Entre amigos, con Gustavo Alfonso Quintana Romero (2 de 4)

Por: Bernardo Nieto
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La primera entrega mostró al estudiante de medicina que se ve obligado a casarse muy joven ‒a los 20 años‒ y muy pronto decide quemar las naves para irse a estudiar a Francia, donde nace su primer hijo, luego deshace su matrimonio y obtiene la patria potestad. Ahora veremos al joven profesional, su primer consultorio como ginecólogo, su intento de volverse arquitecto, su práctica de la interrupción de embarazos y su entrada en el mundo de la eutanasia.

BN. ¡Muy difícil situación!

AQ. El año rural que me tocó en Pandi, Tolima, hizo que Gustavo Andrés se quedara con mi madre. Yo viajé con Vilma. ella estudiaba psicología en la Universidad de los Andes. Yo la vi una vez en un almacén de calzado, cerca al parque de los hippies, en la calle 60. Para mí fue amor a primera vista. Empecé a frecuentarla. ¡No te imaginas la guerra que hicieron sus padres porque se dieron cuenta de que yo había estado casado! A tal punto que antes de que me graduara ‒creo que estaba en cirugía‒, se apareció en el hospital y me dijo: “¡me volé de mi casa!”. Su papá le dijo que iba a salir a matarme. Esa misma noche cogimos un transporte para Cali donde unos amigos míos y una compañera de psicología de ella. Nos alojaron en un hotel. ¡Yo, huyendo, para que no fuera a matarme el papá de Vilma! ¡Eso fue algo…!

BN. Vilma ya era mayor de edad…

AQ. Sí, claro. Nos casamos y nos fuimos a Pandi. Vilma acababa de sacar su cédula de ciudadanía y se puso Vilma Pinilla de Quintana. En ese entonces podía utilizar mi apellido, pero después fue muy complicado que le quitaran el de Quintana cuando nos separamos.

BN. Con Vilma ¿cuántos hijos tuviste?

Solo una hija. Andrea, mi hija mayor.

BN. Cuando terminaste el rural en Pandi, ¿qué hiciste?

AQ. Pasé a ser médico del hospital de Arbeláez.

B.N. Luego del rural, ¿qué especialización cursaste?

AQ. No hice ninguna, hermano. En ese momento, me metí de médico normal, médico de planta. A los médicos de planta recién egresados, los otros médicos nos confiaban el hospital porque teníamos conocimientos muy nuevos; además, había hecho mi internado en el hospital de Facatativá. Los mejores alumnos podíamos salir y hacer el internado fuera de San Juan de Dios, donde se quedaban los alumnos menos buenos de la facultad. A los que éramos prominentes nos mandaban a hacer el rural. Hice el internado en seis meses, aunque se supone que debía durar un año. Por ese premio, logré que mi rural sólo durara seis meses. Como me gradué con honores me dieron la posibilidad de hacer ginecología en el Materno Infantil. Hice allí tres años de especialidad en ginecología. Soy médico cirujano, ginecólogo.

En ese momento traté de abrir un consultorio. Un muy buen amigo me financió. Me dio siete millones para pagar un arriendo de un millón mensual en un apartamento muy bueno, en un edificio de la calle 50 con la carrera séptima, donde tuve durante 35 años mi consultorio. Allí empecé a dedicarme a interrumpir embarazos. Comencé un año antes que “Oriéntame”. Logré gran fama. Interrumpiendo embarazos conseguí muy buenos ingresos como médico. Estuve 35 años en eso. 

BN. ¿Qué edad tenías en ese momento? 

AQ. A los 28 años inicié la interrupción de embarazos. 

BN. ¿En ese momento existía Profamilia?

AQ. Sí, pero no existía todavía “Oriéntame”.

BN. ¿Esta actividad era legal o ilegal? 

AQ. En ese momento interrumpir embarazos era absolutamente ilegal. Si me hubieran denunciado, me habrían enviado a la cárcel. Y me sucedió…

BN. ¿Cómo fue esa experiencia?

AQ. Sucedió porque yo había establecido nexos con médicos de Estados Unidos y, sobre todo, porque había asistido a unos cursos que ellos dieron en Miami, donde era legal el aborto. Tomé esos cursos y traje los mejores equipos para hacer interrupciones de embarazo por medio de aspiración por vacío. Hacía interrupciones hasta las 14 semanas. Un día llegó una paciente que tenía 16 semanas. Yo no intervenía casos tan avanzados. Le dije que, como acababa de regresar de Miami, podía venderle unos dólares y ella podía ir allá para que le interrumpieran su embarazo, pero no quiso ir a Estados Unidos por el miedo que le dio, a pesar de que tenía visa. Entonces se hizo pasar una sonda para tratar de interrumpir su embarazo, vino a mi consultorio, verifiqué que había iniciado su propio aborto y la remití a la Clínica del Country. 

Allí la recibió una colega ginecóloga. Desafortunadamente, la cantidad de líquidos que le pusieron le causó una falla cardíaca y falleció por esa causa. Buscaron los documentos que había llevado y en la chequera encontraron la constancia de que me había pagado 600 dólares. La juez determinó que esa suma correspondía al pago que me había hecho por su aborto y me incriminaron por haberle causado la muerte. El médico que dictaminó la causa de su deceso afirmó que la paciente fue inundada de líquidos y eso hizo que le fallara el corazón.  

BN. Te quitaron la visa para ingresar a los Estados Unidos. ¿Cómo fue eso?

AQ. En enero de este año, 2021, me quitaron la visa. El FBI había hecho hospitalizar a una paciente de Minneapolis en un hospital psiquiátrico de Minnesota. Cuando llegué a visitarla, me esperaba el FBI: me acusó de haberle recibido dinero, lo que no era cierto; no la conocía. 

Adujeron como causa para quitarme la visa el que yo, aproximadamente 10 años antes, había hecho una “consulta médica”. Pero no fue una consulta, sino una asesoría a un médico colombiano que residía en Los Ángeles y que me invitó, junto con su esposa, a un almuerzo, que costó unos cien dólares. Les dije que si ellos lo consideraban apropiado, que me pagaran 33 dólares por lo que consumí en ese almuerzo, pues no tenía licencia para ejercer medicina en Estados Unidos, el restaurante no era mi oficina médica ni la del médico que me estaba consultando. Les manifesté que la primera enmienda de la Constitución estadounidense me facultaba para expresar mis ideas mientras no ofendieran a nadie.

Entré a Fort Lauderdale el 6 de enero. Me detuvieron, me quitaron la visa y me deportaron sin visa el 7, después de 15 horas del interrogatorio más infame que cualquier ser humano puede enfrentar, como si yo fuera un criminal.

BN. ¿Hoy puedes entrar en Estados Unidos?

No puedo. Me castigaron con cinco años sin visa. Pueden volver a dármela si les pido perdón, dentro de cinco años.

BN, Pasando a otro tema, ¿intentaste ser arquitecto?

AQ. ¡Sí, claro! También quise ser arquitecto. Me presenté y ocupé el primer puesto en el examen de admisión de arquitectura en la Javeriana y empecé a estudiar la carrera. Un padre Ramírez dirigía Admisiones y me dijo: ¿cómo así, Quintana, que usted, treinta años después de haberse graduado, viene y ocupa el primer puesto en el examen de admisión?

BN. No podían decir que no…

Alcancé a cursar seis semestres, pero los maestros de Diseño y los de Taller empezaron a aburrirme, porque los planos me los hacían dos arquitectos: uno, egresado de la Nacional y, otro, de la Piloto. Los diseños eran míos, pero no los planos, porque no tenía tiempo para hacerlos por estar trabajando en el consultorio. Con lo que este me producía, tenía cómo pagarle a esos muchachos y ellos felices porque yo pagaba muy bien. Los profesores me cogieron “entre ojos”, me aburrieron y terminé saliéndome tras terminar sexto semestre. 

Estando en la facultad le sugerí al decano ‒no al decano del “medio”, que siempre es un cura, sino al decano real‒, que podía financiar una investigación para ver si era verdad o no el lema de la Javeriana, “Hombres y ciencia al servicio del país”. Yo le decía: ¿es así? ¡Aquí no nos enseñan sino las cosas más sofisticadas de la arquitectura! ¿En qué momento nos ponemos en contacto con lo que necesita el país, donde hay semejante deficiencia de vivienda para la gente pobre? A este decano no le permitieron hacer la investigación.

Salí y me matriculé en Coruniversitec. En el examen de ingreso, ¡también saqué el primer puesto! Me gradué de diseñador industrial tecnológico, después de seis meses de estudio. 

Entonces, me digo con toda humildad: ¡qué fortuna la cabeza con que me dotaron mis padres! Cuando estudiaba medicina en la Nacional, iba a clases con el padre Mankeliunas en la facultad de Psicología. Los compañeros de esa carrera me hicieron el examen de cociente intelectual. ¿Y adivina de cuánto salió? ¡149! Los seres normales tenemos 100, pero los genios tenemos de 140 para arriba. 

En la Nacional también me presenté al Conservatorio para estudiar canto. Un buen día fui y pedí hablar con el Decano. Era hermano de los cirujanos que ponen la válvula de Hakim. Estudié dos años allí. Las clases eran frente al Parque Nacional. Tenía 52 horas semanales, como si estuviera haciendo dos carreras simultáneas. Un día le dije al Decano: maestro… Me interrumpió: espere un momentico, Quintana, voy a mirar su expediente. Tardó media hora. Leía y miraba. Al fin, habló: doctor Quintana ¿usted, de verdad, quiere retirarse del Conservatorio? Sí, profesor, porque no tengo la voz de Mario Lanza y no considero que pueda ganarme la vida como cantante. 

Me respondió: mire, estoy sorprendido. ¡Usted es la primera persona que en el examen de admisión no tuvo una sola falla, ni en ritmo ni en tono! Me habían puesto a oír unos tonos que no eran los tonos de las notas normales y yo decía que no eran los tonos normales. Usted tiene unas capacidades musicales tales que cómo es posible que se nos retire. Maestro, le contesté, con todo el pesar me toca hacerlo. 

Durante ese tiempo también participé con Delia Zapata Olivella del grupo de baile de la Universidad Nacional. Ella admiraba lo que yo hacía como bailarín, imagínate. 

BN. Entonces, ¿era un momento de la vida en el que se abría una cantidad de caminos?

AQ. Sí. Además, la Universidad Nacional brindaba la posibilidad de ingresar a la Facultad que te diera la gana. Intenté entrar a Arquitectura, pero me dijeron que no: a partir de ese año, no lo permitieron, aunque como ex alumno y con el antecedente de mis resultados académicos tenía todo el derecho de hacerlo. 

BN. Volvamos al tema central. Te gradúas de médico y te especializas. ¿Qué te dejó en el alma la experiencia de interrumpir embarazos para pasar a practicar la eutanasia?

AQ. Te explico por qué empecé la eutanasia. Los médicos cirujanos del hospital San Juan de Dios, cada vez que teníamos un paciente con cáncer, en algún momento debíamos decirle: mira, ya hicimos quimioterapia, hicimos cirugía, hicimos radioterapia, hemos hecho todo lo posible por salvarte de tu cáncer. No nos queda otra alternativa que enviarte a tu casa a esperar la muerte… Entonces, empecé a seguir a esos pacientes. 

BN. ¿Cuántos años tenías?

AQ. Tenía 35 años; de eso hace 39. Cuando me gradué a los 29, ya funcionaba el consultorio en ginecología y empecé a tener contacto con esos pacientes a quienes nadie les aplicaba esa “pena de muerte” casera que los médicos les endilgábamos. Entonces, entendí que como médico mi deber ético era hacer eutanasia. Era una obligación ética como médico; ignoraba que la eutanasia estuviera penalizada. En ese momento conocí al doctor Carlos Gaviria, en la entidad “Derecho a morir dignamente”. Me hice muy amigo suyo. Él fue quien, en un caso en que una persona pidió que debía castigarse mucho más severamente el ayudar a morir por compasión a un paciente terminal, volteó la torta. Afirmó que nadie tenía la obligación de padecer un dolor insufrible que no pudiera ser ayudado por la eutanasia. Eran nueve los miembros de la Corte Constitucional y hubo dos oposiciones. Uno fue el homónimo del médico venezolano que acaban de beatificar, José Gregorio Hernández. 

BN. ¿Cómo defines esa especialidad o actividad? ¿Cómo se llama?

AQ. No podría decirte que existe una especialidad médica como tal, que uno pudiera hacer en tres años de especialidad. No, la eutanasia puede hacerla cualquier ser humano, cualquier médico que sepa cómo darle muerte a un paciente sin que sienta dolor. Eso se hace mediante la inyección intravenosa de un anestésico, seguida de la aplicación de un despolarizante cardíaco que detiene el corazón. Una vez este se para, el metabolismo del paciente consume todo el oxígeno presente en su sangre. Una vez se acaba el oxígeno en ella sucede algo parecido al carro al que se le acaba la gasolina. La gasolina de los seres humanos es el oxígeno: sin este somos incapaces de sobrevivir.

BN. ¿Pero esa persona sufre?

AQ. Esa persona no sufre absolutamente nada, porque una vez que uno coloca el anestésico, el paciente alcanza a tener conciencia entre 50 y 60 segundos, no minutos, ¡segundos! Después, el paciente no siente ningún dolor ni tiene conciencia de lo que le está sucediendo.

BN. ¿Qué te dejó, repito mi pregunta, la experiencia de acompañar a mujeres que querían interrumpir su embarazo? ¿Crees que eso te permitió dar el paso a asistir a pacientes terminales en una muerte digna?

AQ. Exactamente. Acabas de dar en el clavo. El hecho de defender el derecho humano de una mujer a no tener un hijo que no desea creó todo el ambiente ético para dedicarme a hacer la eutanasia, porque me dio el valor de enfrentar el derecho humano a tener un buen morir, por medio de la eutanasia, a pacientes terminales que no pueden tener la atribución de aplicar su sentencia de muerte, porque no saben cómo hacerlo. Y, si lo hacen, es colgándose de una soga o metiéndose en una guillotina. 

Entonces, defender ese derecho humano, que es tan sagrado como el derecho a no tener un hijo que no se desea, es lo que yo hago, aduciendo mi derecho a acompañar al paciente terminal y no ser culpable, porque la voluntad del paciente me releva de tomar la voluntad de su propia muerte. Un asesino o un sicario, por dinero, le quitan la vida a un ser humano que quiere seguir viviendo. Yo no hago eso.

Fíjate la diferencia filosófica tan importante: es el mismo paciente el que desea morir.

Bernardo Nieto Sotomayor

Mayo, 2021

1 Comentario

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Luis Alberto Restrepo 1 junio, 2021 - 8:03 am

Interesante narración, Bernardo. Supongo que es la historia de alguien muy conocido por ti. Salud!

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