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El lago del padre Emilio

Por Jaime Escobar Fernandez
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(Testimonio de primera mano)

Composición de lugar

“La Quinta de los Padres” o “Colegio Noviciado del Sagrado Corazón”, casa de la primera formación de los jesuitas en Colombia, en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, Colombia.

Corría el año de 1956, quizás 1957. El P. Emilio Arango Arango, S.J. Provincial en ese entonces, solía visitar con frecuencia la casa de formación por gajes del oficio o por un poco de descanso en medio del duro trajín de dirigir en ese entonces a una muy populosa comunidad de jesuitas. El P. Emilio sería protagonista de aquello que podríamos llamar “El lago del P. Emilio”.

Nota previa 

La extracción de material arcilloso para producir ladrillos destinados a levantar la Casa de Formación de la Compañía, dejó enorme hueco al comienzo de la ladera, en la pequeña montaña detrás de la edificación; había pues, profundidad y espacio suficiente para imaginar un pequeño lago donde se bañaran la luna y las estrellas de un cielo limpio y luminoso a campo abierto..

¿De quién fue la iniciativa? ¿Del P. Arango, el Provincial? ¿De los novicios? Me parece recordar que fue Jorge Augusto Salazar uno de los entusiastas; no importa pero lo cierto es que nos dedicamos con pasión los novicios de ese entonces, a dar forma al sueño del pequeño lago a los pies de la colina donde nacía “El cerro del Aguila”, pocas cuadras atrás del enorme edificio y relativamente cerca del “chircal” o fábrica de adobes de arcilla.

Se empezó el trabajo con todo el entusiasmo del caso, sacrificando los cortos descansos entre semana y cualquier espacio disponible para remover tierra, transportarla hasta la “boca” de aquello que sería “el lecho” del lago y elevar allí un muro de contención o “tambre” según el lenguaje local. Poco acostumbrados los “obreros-novicios”, en ambos sentidos y más acostumbrados a las faenas espirituales que a trabajos pesados como la extracción y el movimiento de tierra en carretillas, actividad que produjo además de ampollas en las manos, dolores musculares y fatigas, generó cierto “desmayo” en el entusiasmo original.

El P. Arango, en sus visitas regulares, verificaba el avance de los trabajos y daba aliento a los ánimos decaídos con un lema rayano en “bullying”: “¡Juventud de mantequilla!” Alguna vez, él mismo puso manos a la obra por un rato y pudo constatar por experiencia propia, la causa del lento avance de las obras. La disculpa de los Novicios no se hizo esperar: “trabajo demasiado duro”; a medio camino entre ironía y motivación todos recibimos el remoquete ominoso de “juventud de mantequilla” que dio origen a melodía familiar que cantábamos con cierto “regusto”.

La ironía picante del P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J., no tardó en inspirarle una “trova” a la que el Hermano Guido Arteaga Sarasti, le puso música con “aire de vals”. Así que en una “merienda afuera”, en honor de tan ilustre visitante, como lo era el Provincial, todos cantamos en alegre desquite: 

El Padre Emilio

tiene el halago

Al pie del monte

de hacer un lago;

la cosa es fácil

y muy sencilla

si algún buldozer

mueve la arcilla.

Coro:

¡Viva el Provincial! ¡Viva!

¡Que viva el Rector! ¡Viva!

Y esta juventud de mantequilla 

(se repite el coro).

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”

Por allá en los lejanos años de 1635 Don Pedro Calderón de la Barca escribía:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Poco más de 320 años después, soñamos con un lago sin saber de dónde vendría el agua que lo mantuviera en su nivel óptimo y que lo renovara permanentemente; el “frenesí” de aquella “ilusión”, “sombra”, “ficción”, nos llenó de fervor, pero no de sentido común que al decir de los mayores “es el menos común de los sentidos”. El “llenado” de aquel primitivo “embalse” quedó a merced de las lluvias que fueron elevando su nivel “sin prisa pero sin pausa”. Sentíamos gozo indescriptible cada vez que verificábamos la profundidad que se iba alcanzando.

Las consecuencias que no vislumbramos

Un mes de octubre, si mal no recuerdo, el mes históricamente más lluvioso del año, por obra de diluvial aguacero, el agua superó la altura del tambre y aquello fue Troya. De madrugada a muchos nos despertó estruendo inusitado pero pronto, quienes lo escuchamos, nos dimos vuelta en la cama y volvimos a conciliar el sueño hasta que las primeras luces del día nos dejaron ver la magnitud de aquel desastre: se desbordó “el lago” y un raudal de tierra, piedra y lodo bajó llevándose por delante todo cuanto encontró a su paso y llegó hasta las goteras mismas del pueblo. 

Por fortuna, la avalancha dio un rodeo y Santa Rosa se salvó, mientras nosotros dábamos gracias al Altísimo porque nos “libró de todo mal”. Nunca supimos si hubo reclamos de las autoridades municipales y si los hubo, tampoco supimos cómo se disculparon “los superiores”.

Jaime Escobar Fernández

Marzo, 2023

8 Comentarios
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8 Comentarios

Hernando+Bernal+A. 10 marzo, 2023 - 6:35 am

Jaime; Recuerdos inolvidables de hechos y personas. El lago desbordado. El Padre Emilio, rigor y eficiencia. Chiflis con sus ideas, Guido, a quien le brotaba la música como una función natural. Graicas por todos ellos. Saludos. Hernando

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Rodolfo R. de Roux 10 marzo, 2023 - 8:32 am

Jaime, muy agradable tu picaresca evocación de aquel sueño convertido en ingente lodazal. Loor a la juventud de mantequilla convertida en venerable vejez.

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vicente alcala 10 marzo, 2023 - 8:57 am

Jaime, qué bueno recordar, revivir y escribir. Sobre todo, acerca lo que hicimos bien, agradable, divertido… por lo menos con las buenas intenciones… aunque el clima jugara una mala pasada!

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William Mejía 10 marzo, 2023 - 9:16 am

Desconocía esta historia, Jaime. Algunos años después, dirigidos por un compañero ingeniero, Álvaro Enrique Álvarez, volvimos a construir el lago. Éramos juniores. Se mantuvo varios años (al menos hasta que salí de ahí). Quienes han regresado a Santa Rosa podrán decir si el lago todavía existe.

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Julian Montoya Mier 10 marzo, 2023 - 10:08 am

Genial. Me imagino que ese es el edificio donde hicimos el juniorado años después. No podía faltar la fina ironía de Manuel.

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John Arbeláez Ochoa 11 marzo, 2023 - 10:38 am

A esa “juventud de mantequilla” le hizo falta Chucho Caicedo que sí “curtía” a los novicios en la Ceja. Sobrevivimos los que fuimos a Santa Rosa a terminar el noviciado con Fernando Londoño quien estaba más orientado hcia las quietes con música italiana.

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Reynaldo Pareja 13 marzo, 2023 - 9:45 am

No vivi de cerca la aventura, pero la he gozado visualizandola en mi imaginacion creativa. Gracias Jaime por la narracion tan bien salpicada de detalles que la hacen memorable. Vivan esos que configuraron la “juventud de mantequilla” que contribuyeron a que ahora gozamos de la historia recordada.

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Enrique Torres 29 junio, 2023 - 5:49 pm

Hola a todos, excelente relato, mi nombre es Enrique Torres soy de Santa Rosa de Viterbo y me gusta la historia de la compañía de Jesús en el municipio, quisiera preguntar si alguno sabe como llego la imagen de San José a la vereda Egipto que queda cerca al antiguo noviciado? Ya que he averiguado y encontré que fue un regalo de la compañía a la comunidad, me gustaría saber más como llego. Mi número de teléfono es 3203276080 y correo kiketocru@gmail.com

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