El futuro que nos espera

Por: Luis Alberto Restrepo
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La idea de la libertad política individual es un engendro más bien reciente que hoy se encuentra abocado a una radical transformación.  

La libertad individual no existió en la Grecia clásica. Aristóteles ni siquiera concibió la idea de una voluntad individual. Había, eso, sí pueblos libres como también pueblos esclavos, pero no individuos. A partir del siglo III, en el cristianismo naciente, de la mano de Agustín de Hipona y del neoplatónico Plotino surgió la idea de una libertad individual. Sin embargo, no se trataba entonces de una libertad política, sino de la libertad moral del individuo para hacer el bien. Solo esta podía ser denominada verdadera libertad. La mera posibilidad de obrar o no obrar, o de hacer el mal, no era para los cristianos expresión de una verdadera libertad. Por el contrario, este tipo de libertad era considerada como esclavitud de la voluntad a los instintos y apetitos más bajos del individuo. 

La libertad política individual adquirió una primera forma jurídica en el imperio romano, aunque subordinada siempre a la despótica voluntad imperial. A lo largo de la Edad Media, la libertad individual fue siempre sometida a la arbitraria voluntad de Papas y obispos, e incluso a los horrores de la Inquisición.

Desde el siglo XVI hasta el XVIII, a la par con el desarrollo del Renacimiento, las ciencias exactas y la Ilustración, la idea cristiana de libertad moral descendió del cielo, cambió de traje y adquirió su luminosa presencia ´secular’ ‒es decir, terrena‒ de libertad política individual. Desde ese nuevo punto de vista, el período precedente fue calificado como una época oscura, llena de prejuicios, una ‘Edad Media’ entre la época clásica de Grecia y Roma y la orgullosa y optimista ‘Modernidad’, cuando los hombres comenzaron a soñar con la plena emancipación del individuo frente al poder de la Iglesia y con la liberación de las mayorías frente a la dominación de unos pocos. Sin embargo, los grandes relatos que guiaron ese pretencioso período –como el cristianismo, la revolución política, la democracia liberal o el marxismo‒ fueron arrastrando paso a paso a la humanidad desde los inmensos abusos del colonialismo hasta los horrores de la segunda guerra mundial. 

Entonces, decepcionados, los hombres sustituyeron el optimismo moderno por la idea de una ‘posmodernidad’ escéptica, distante de todos los grandes discursos optimistas y reducida a la más simple y caprichosa libertad individual. Que cada uno haga de su capa un sayo, siempre y cuando no pise ni moleste la capa del vecino. Que cada mujer u hombre haga con su vida lo que –literalmente‒ “le dé la gana”. El “libre desarrollo de la personalidad” consagrado en nuestra Constitución. 

Esta actitud escéptica ha permitido que salga a la luz la infinita diversidad de los seres humanos. Que los muchos hombres y mujeres que hasta entonces se veían forzados a permanecer ocultos en el closet de su casa, puedan abrir la puerta, salir a la calle y comenzar a reclamar el respeto que se les debe como personas dignas. Es lo que en Colombia hemos llamado “el libre desarrollo de la personalidad”. En eso estamos y falta mucho, muchísimo, para concluir esa tarea. De todos modos, esta emancipación ha permitido ir corrigiendo muchas y muy graves injusticias, aunque también ‒¿cómo no decirlo? ‒ haya conducido a numerosos desvíos socialmente nocivos, que no es del caso analizar aquí. 

Sin embargo, todas las formas de la libertad ‒la medieval, la moderna y la posmoderna‒, viven hoy su agonía y se enfrentan a una nueva era aún desconocida, que se avizora como lo que propongo llamar la ‘Era del Orden’: orden y seguridad. Ese orden es totalmente diferente para los pocos que ya lo imponen desde las cumbres de un poder colectivo y para las mayorías, que se encuentran inevitable e incondicionalmente sometidas a él, so pena de perder la vida. Eso es lo que nos enseñan Xi Jinping y el partido comunista de China, y lo que ahora pretende imitar el mafioso criminal Putin. 

Por favor, no me crean demasiado porque tiendo siempre a ser pesimista. Creo que, en América Latina, ni siquiera ese orden serio y disciplinado que apunta con claridad hacia un futuro posible podrá imponerse. Bajo el pretexto de orden y seguridad, serán pequeños déspotas corruptos los que ejercerán su dominio sin una visión clara ni una estrategia metódica y de largo plazo para alcanzarla. Solo regirá el capricho cotidiano de brutales dictadores y sus recursivas tácticas para mantenerse en el poder y reprimir y dividir a la oposición. 

Post scriptum. Hablo aquí de “los hombres” por dos razones: la primera, porque sería muy enojoso estar repitiendo a cada paso “los hombres y las mujeres”. Y la segunda, porque la Historia y sus horrores la han hecho casi siempre los “machos”.

Luis Alberto Restrepo

Marzo, 2022

3 Comentarios

Marta Helena Andrade 8 marzo, 2022 - 5:31 am

GRACIAS, un gran abazo

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Rodolfo de Roux 8 marzo, 2022 - 6:16 am

Los que creen que podemos hacer “lo que nos dé la gana” tienen un altísimo -e ilusorio- concepto del libre albedrío. Pero, bueno, de ilusiones vivimos. ¿No es así, amigo Larpo?

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Alfredo Cortés 9 marzo, 2022 - 3:01 am

Gracias Luis Alberto por tan interesante análisis.

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