¿El futuro de la sociedad y la sociedad del futuro?

Por: Hernando Bernal
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Indagar sobre el futuro de la sociedad y la sociedad del futuro aparentemente sería formular una sola pregunta y, por lo tanto, una simple repetición de la misma idea. El objetivo de este escrito es demostrar que cada una de ellas tiene un sentido propio que requiere su propia respuesta. 

Responder al futuro de la sociedad parte de reconocer los síntomas cuya gravedad podría llevar a la desaparición de la humanidad como habitante del planeta Tierra. La respuesta está marcada por el signo de la sostenibilidad, la cual se formula a su vez como una utopía en construcción. 

La visión de la sociedad del futuro se elabora a partir de la innovación disruptiva creada por los avances de la ciencia, en especial lo relacionado con la biotecnología y la ingeniería genética, hacia algo que sería considerado como una distopía: es decir, la configuración y el predominio de una especie de seres racionales más allá del ser humano. 

En la conjunción de las dos posibles respuestas existe, por lo menos, la esperanza de que si no se diera la sostenibilidad del hombre en su condición actual, pudiera darse sin embargo la trascendencia de su racionalidad y de su comportamiento en seres con capacidad de mantener y prosperar en cualquiera de los mundos posibles. 

¿Utopía o distopía?

La humanidad realiza un permanente cuestionamiento sobre su futuro, el cual ‒a su vez‒ implica reconocer las limitaciones que con frecuencia ocurren sobre las realidades y deficiencias de su propio presente y de su cotidiano acontecer. 

Cuando Tomás Moro en el siglo XVI inventó y usó por primera vez el término utopía (1516), aludió precisamente a esta inconformidad sobre la situación que vivía la sociedad europea de ese entonces. Lo hizo, además, como resultado de la actividad del descubrimiento y colonización de las Américas, cuyo inicio lo había dado el encuentro de nuevas tierras y nuevas sociedades, resultado del viaje de Colón (1492) en busca de caminos diferentes para acceder a las Indias o sociedades del Oriente. 

Para Moro, la utopía era una descripción dada por los marineros que buscaban nuevos mares y nuevas tierras y, por lo tanto, nuevas formas de vivir y comportarse en sociedad. En su carácter de hombre público, perteneciente a la nobleza de ese momento, imaginó un mundo regido por leyes diferentes y por formas diversas de funcionamiento y comportamiento de los Estados y gobiernos europeos. Describió una sociedad con un funcionamiento distinto en lo relacionado con el derecho a la propiedad individual y con un contrato social logrado por consenso que requería, por ende, la total aquiescencia de los ciudadanos que la conformaban.

Moro acentuó la necesidad de una clase dirigente, con sabiduría y alta responsabilidad en el sentido de Platón ‒descrito en La República‒ y que, por lo tanto, reflejaba una democracia aristocrática basada en la excelencia humana y en la participación y aquiescencia ciudadanas. Expuso la necesidad de la organización inteligente de grupos humanos con estructuras jerárquicas y mecanismos permanentes de supervisión. Es decir, una utopía en términos académicos, o sea, entendida como algo probablemente irrealizable. 

El pensamiento sobre la sociedad posible y deseable venía desde la antigüedad. No se lo tuvo entonces como algo utópico, en el sentido de imposible, sino como una alternativa de sociedad que podría y debería implementarse. Tal fue la concepción Agustiniana sobre la Ciudad de Dios, que en contraposición a la sociedad de los hombres contemplaba la necesidad de llevar a la realidad mundana la vigencia del reino de Dios mediante la construcción de naciones en las cuales se realizaran a cabalidad los preceptos cristianos, especialmente los relacionados con las bienaventuranzas. 

En la sociedad occidental de los últimos siglos convergieron, sin lograr una cohesión y manteniendo sus diferencias, las ideologías de Moro, Platón, Agustín, Bacon y Marx, cada una de las cuales generó una utopía propia y diferente. En esta situación de convivencia ideológica, la utopía de la democracia participativa de Moro y Platón, y la utopía espiritualista de Agustín en la Ciudad de Dios, por una parte, se han visto enriquecidas por la utopía del desarrollo económico, entendido como la sociedad del consumo masivo, fruto en parte de la utopía científica de Bacon, y por su opuesto, la sociedad comunista fruto del materialismo dialéctico propuesto por Marx, por otra, las cuales predominan como características de la sociedad actual, si bien se traducen en una polarización antagónica entre ambas, propia de la realidad y de la praxis política de las naciones y de la gente que las configura. 

El saldo ideológico que para el mundo de la modernidad ha resultado de esta simbiosis ideológica se traduce en el reconocimiento de los derechos humanos como único elemento aglutinante de la sociedad actual. Los derechos humanos universales, a los cuales no se habría podido llegar sin los conflictos mundiales de las dos guerras que ocurrieron en la primera mitad del siglo XX, se consideran por lo tanto como un consenso de valores que es posible compartir a pesar de las diferencias ideológicas.

Además, en el mundo moderno es preciso señalar que la dialéctica social para establecer el predominio de los valores humanos universales ha conducido a manejar, e inclusive superar, las diferencias provenientes por razón de género, edad, procedencia, ubicación geográfica y origen étnico, dando pie a movimientos sociales reivindicativos que, además de su sustento ideológico, promueven estructuras legales que los favorecen, los afirman y los hacen posibles.

Sin embargo, en la búsqueda de esta utopía por el bienestar, por la promoción de la igualdad, por el logro de la equidad ‒entendida como acceso a las oportunidades en la participación de los beneficios obtenidos por la reproducción del capital y el desarrollo tecnológico‒, los hechos contundentes de incremento de las diferencias sociales han creado un clima de rechazo o, por lo menos, de escepticismo ante el valor de todas las ideologías que les dieron sustento. En consecuencia, las ideas y formas de democracia, cristianismo, capitalismo, socialismo, marxismo, desarrollismo, globalización ‒para señalar solo las más importantes‒ han sido llamadas a calificar servicios en razón de sus debilidades, cobijadas todas ellas con el apodo de “metarrelatos”. 

Esta última tendencia de escepticismo ideológico es lo que se ha llamado “posmodernismo”, cuya definición implica reconocer que toda utopía es ineficiente e incapaz de realizarse a sí misma y en la que, además de sus resultados positivos, es preciso cualificarla también por sus posibles efectos negativos. Con esto se llega a la concepción de la distopía, entendida como aquella utopía con visos negativos y nefastos que sería necesario redefinir o reconceptualizar.   

La incertidumbre y la desilusión sobre las utopías que conforman el mundo de la posmodernidad ha producido desde comienzos del siglo XXI hechos tan protuberantes como la agresión al país del capitalismo con el derrumbe del Word Trade Center en Nueva York en septiembre 11 de 2001, las manifestaciones de la primavera árabe en los países islámicos, el movimiento de los indignados en Europa ‒principalmente en los países ibéricos‒, las grandes manifestaciones antigobierno orquestadas entre ideólogos y medios de influjo en la opinión pública en China y en otros muchos países, como en 2021 en Cuba y  Colombia, y el florecimiento de los populismos, especialmente en las países latinoamericanos. Todos estos hechos confirman la nueva visión distópica sobre el futuro de la sociedad, entendida a su vez como inconformidad generalizada sobre los sueños utópicos que en alguna forma predomina en el ambiente intelectual contemporáneo.

Además, los hechos actuales derivados de la pandemia del Covid-19 y su globalización en términos de crisis económicas y laborales, y el derrumbe de la confianza en las instituciones creadas para asegurar la paz mundial, como resultado del conflicto en Ucrania, han acentuado la preocupación por el futuro de la humanidad ante la crisis biológica que tiende a acentuarse y ante la probabilidad del escalamiento de un conflicto bélico con características nucleares y catastróficas. 

La conclusión que surge como resultado de esta visión histórica conlleva a cuestionar si es posible la formulación de una nueva utopía para la sociedad del futuro y definir cuál podría ser.  

Ciertamente y como resultado de lo aprendido del análisis histórico la visión de futuro no podrá quedarse solo en el sueño de una sociedad mejor (utopía), sino que tendrá que prever los resultados futuros con sus limitaciones, riesgos, imposibilidades, fallas y dificultades (distopía).

Este texto forma parte de los documentos que se prepararon para la participación de la Asociación Colombiana de Universidades ASCUN para su intervención en la III Conferencia Mundial de Educación Superior de la Unesco. Esta conferencia, reunida en Barcelona en mayo de 2022, tuvo por objeto reformular las ideas y prácticas de la educación superior para garantizar el desarrollo sostenible del planeta y la humanidad.

Hernando Bernal Alarcón

Junio, 2022

3 Comentarios

Humberto Sánchez Asseff 16 junio, 2022 - 10:46 am

Hernando, muy interesante, claro y conciso tu analisis de la distopía actual. Menos mal que podemos esperar dos artículos más sobre el mismo tema, pues el futuro se ve con desesperanza. Quedo atento a tus publicaciones.

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