¿El arte al servicio del adoctrinamiento?

Por: Alberto Echeverri
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La historia deja traslucir cierta verdad inquietante: las iglesias cristianas han ido cayendo en una ideologización laicista de sus creaciones artísticas que ha llevado a las políticas eclesiásticas a tomar la delantera sobre la expresión de la fe.  Una revisión somera de lo acontecido en la iglesia católica romana permitirá clarificar esta afirmación. Procederemos a una evaluación del significado que la santidad ha tenido para la devoción popular en la Colombia del siglo ya terminado y primer decenio del sucesivo. Nuestro objeto de trabajo no será la noción misma, sino su reflejo en la expresión pictórica y escultórica de ella a través del culto a los santos que a lo largo de esa época, los siglos XIX y XX, la Iglesia propiciaba en el país.  

El Concilio Vaticano II (1962-1965) declaraba en 1963:

“Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan (…) las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro. Estos (…) están relacionados con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios (…). La Iglesia nunca consideró como propio estilo artístico alguno, sino que, acomodándose al carácter y las condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creándose en el curso de los siglos un tesoro artístico. (…) Ha de ejercerse libremente con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia”.

El diccionario de la Real Academia Española reserva ideología para la “rama de las ciencias filosóficas que trata del origen y clasificación de las ideas” e ideologizar para “imbuir una determinada ideología”. El Diccionario de uso del español la señala como “Doctrina. Ideario. Conjunto de ideas o de ideales”. Sin embargo, el uso marxista del vocablo ha llevado a una definición que las ciencias sociales han asumido progresivamente: “un conjunto de proposiciones teoréticas (ideas, principios, objetivos, ideales, esquemas interpretativos, directivas de valor) que ambicionan constituirse en guía de la praxis de la vida de los hombres” (Yannarás). Ideología e ideologización, por tanto, corren paralelas: existe la primera, pues confluye por fuerza en la segunda. Es justamente una ideologización lo que ha sucedido en el arte cristiano. El itinerario seguido por la significación de los santos a quienes más acude la piedad del colombiano medio lo revela en abundancia.

Empezando por la que ha asumido la representación de la Trinidad, que el cristianismo ubica al centro de su confesión de fe. No es raro encontrarla incluida, sin precedencia alguna sobre las demás, entre las numerosas efigies de santos que ornamentan las columnas de una de tantas iglesias parroquiales o capillas privadas. El conjunto de personajes esculpidos o pintados subraya la encarnación del Hijo, resulta haciendo otro tanto con el Padre y simbolizando, por lo general con una paloma, al Espíritu Santo. De ahí que el arte peruano y boliviano, y en parte el ecuatoriano, han llegado a mostrarnos un “Jesús del gran poder” que en ocasiones tiene tres rostros idénticos y cuya festividad adquiere un significativo despliegue procesional.

 

Las imágenes de san José, el padre de Jesús, plantean un extraño conflicto con las de san Antonio de Padua. José de Nazaret exhibe dos símbolos idénticos a los que presenta el santo italiano: el Jesús niño, por lo general en brazos, y el lirio o la azucena representativos de la virginidad. Con una diferencia radical: José es un hombre demasiado mayor frente a una María casi adolescente, o totalmente anciano y Antonio un joven, por lo general atractivo.  Ningún testimonio evangélico reporta la edad del padre nutricio o putativo de Jesús, mientras aparece un hombre adulto, no muy entrado en años, en los iconos y mosaicos bizantinos. De la predicación apasionada del santo italiano en defensa de los pobres solo saben algunos de sus devotos que convencía más a los peces que a sus oyentes. El esfuerzo de Pío XII en 1955 por reemplazar la fiesta socialista del trabajo por la de san José obrero, patrono de los trabajadores, no parece tener hoy mayor importancia; en cambio, se le ha confiado la protección de los moribundos porque una leyenda sin base evangélica asegura que murió a los ciento veinte años en brazos de María ‒su esposa desde que él tenía noventa de edad‒ y de Jesús, quien para entonces había llegado a los treinta y estaba a punto de ingresar en la vida pública.

Sorprende también la así llamada “Sagrada familia”, de la que grabados, pinturas y esculturas ‒una costumbre muy antigua‒ nos muestran abundantes referencias a los escritos apócrifos del cristianismo originario y no al evangelio, escaso en informaciones como grupo social.  Según las corrientes en América Latina, al menos desde el punto de vista de la composición artística, María la madre adquiere mayor relieve que el hijo, en realidad el más importante. José queda reducido a un papel terciario, expresado por su edad, la de un anciano, y por su actitud lejana y su ubicación, detrás o muy al costado, en el conjunto de la imagen; en muchos casos, se tiene la impresión de que sobrara su presencia en el grupo. Se da por descontado que los rostros y gestos de los tres personajes nada tienen que ver con el indígena ni el negro que pueblan el continente; como máximo, se asemejan a los de un criollo.

Con raras excepciones, san Juan Bautista, en palabras del mismo Jesús “el mayor entre los nacidos de mujer”, un personaje crucial en el arte de la edad media y del renacimiento, ha adquirido escasa relevancia en la comunidad católica romana del país, que prefiere centrar su atención en otros santos que le resultan más cercanos. Ninguna atracción despierta su figura adusta, macilenta y de un cuerpo envejecido por la penitencia, a pesar de que las fuentes bautismales ornamentadas con pinturas o esculturas alusivas a él suelen mostrarlo joven y en ocasiones acompañado de Jesús mismo, a quien bautiza. Interrogados sobre el papel clave del Bautista en el evangelio cristiano, poco o nada afirman conocer los católicos romanos. Hasta hace poco tiempo algunos sabían que era hijo de Isabel, a quien el rosario mariano identificaba como prima de la madre de Jesús. Y no faltan quienes aseguran que administró a Jesús el sacramento cristiano del bautismo: ¿un velado rechazo de la fe judía en la que ambos mueren?

Otro tanto sucede con los cuatro autores de los evangelios cristianos: Marcos, Lucas, Mateo y Juan. Algún encanto, novelesco en ocasiones, ha adquirido la figura del apóstol Juan, mientras en años recientes las de Mateo y Lucas se reducen a la selección de un nombre para los recién nacidos sin que cuente el que hayan sido bautizados o no. En cambio, la piedad popular ha puesto en lugar relevante a un desconocido san Marcos de León, de quien el animal acompañante hace manifiesto que se trata ni más ni menos que del evangelista Marcos; pero los devotos, desconocedores de la historia del discípulo del apóstol Pedro, poco se interesan por su eventual significado porque solo los atrae su eficiencia milagrosa.

No menos extraña resulta la situación, en el conjunto de los santos cristianos, de los Apóstoles, “los Doce” según el evangelio. Abundan sus representaciones grupales, por lo general en el marco de la última cena que comparten con Jesús. Excepción hecha de san Pedro y san Juan, es Judas Iscariote la personalidad que en los últimos decenios provoca una creciente fascinación. Relegado durante siglos al papel del traidor, y por eso despreciado, la curiosidad fantasiosa del barroquismo latinoamericano lo ha elevado hasta un puesto de realce en el que se entremezclan relatos de cierta novelística contemporánea que le atribuye extrañas relaciones con personajes para y extraevangélicos.

La típica barba de un san Pedro anciano, que empuña las llaves distintivas del poder atribuido a la Iglesia de atar y desatar, pero asignadas a él por el humor popular como portero del cielo, en tanto que san Pablo hace otro tanto con la espada que simboliza su martirio son algunas de las someras informaciones en mano de la mayoría de los laicos católicos romanos acerca de los dos apóstoles claves en la consolidación de la fe cristiana.  Esos laicos no tienen mayor noticia sobre los restantes miembros del grupo de los Doce: del apóstol Tomás solo se critica su incredulidad ante el Resucitado, algunos identifican a Mateo el apóstol con el autor evangélico o saben que hay entre los discípulos de Jesús un Judas “bueno”, Tadeo, quien recibe atención en Colombia y en otras regiones de América Latina. Y aunque los nombres de unos y otros dan identidad a instituciones educativas, parroquias, seminarios, diócesis, etc., se desconoce su ubicación en el relato evangélico.

Mayor entusiasmo que los dos símbolos, respectivamente, del pastoreo de la Iglesia y de su misión hacia el exterior despierta una figura singular, hoy excluida del santoral de la Iglesia, pero en cuyo culto y estima insisten todavía muchos creyentes. Se trata de san Cristóbal, a quien se ha encargado desde hace siglos proteger a quienes emprenden un viaje, a pesar de que, en realidad, el primer viajero reportado en la historia del cristianismo fue José de Nazaret. Según la leyenda, Reprobus era un semita (¿hebreo, árabe?) que había servido al rey de Canaán, de cara aterradora y más de dos metros de altura, convertido por un monje que le impuso como penitencia por su mala vida pasada ayudar el tránsito de los peregrinos obligados a la travesía de un río caudaloso (versión cristiana del mito de Caronte, el navegante de los infiernos que conduce a través de la laguna Estigia a los recién llegados). En ese oficio se encuentra un día con el niño a quien carga al hombro para cumplir su tarea: Jesús en persona. Entonces cambiará su nombre por el de Cristóbal, “portador de Cristo”. 

Esta etapa del relato encarna la cristianización de otro mito: el de Eneas constreñido a escapar de la destruida Atenas, que lleva consigo a su padre Anquises y a su hijo Ascanio para llegar al lugar donde poco después se fundará Roma.  La investigación ha develado que Reprobus o Cristóbal, de quien se dice que fue martirizado hacia fines del siglo III y por eso es muy venerado en las iglesias orientales, se habría confundido con san Menas, un soldado romano de indudable historicidad que se va al desierto egipcio tras su bautismo y es hecho mártir en Alejandría a comienzos del siglo IV; patrono de peregrinos, mercaderes y caravanas del desierto frente a nuestro Cristóbal, protector de atletas, marineros y viajeros. Nótese que subyacen aquí las secretas pugnas por la preeminencia interna de las primitivas comunidades eclesiales hacia los tiempos de Constantino y de las luchas iconoclastas apenas en los inicios. 

He hablado hasta aquí de santos varones, con excepción de las referencias a la virgen María. No examinaré la devoción y el culto a la madre de Jesús, que merece consideración exhaustiva porque es sintomático y revelador del estado de la fe cristiana en el país. Para determinar, por ejemplo, los motivos de las ocultas pugnas entre sus diversas y abundantísimas advocaciones (virgen del Carmen, de Fátima, de Lourdes, de los Dolores, de la Medalla Milagrosa…), y de preferencia por las europeas sobre las locales y nacionales. Valdría la pena encuestar jóvenes católicos colombianos sobre el nombre y la historia de la advocación mariana de su preferencia y hacerlo en forma diferenciada por cada departamento para detectar su conocimiento de la Virgen correspondiente a la propia región: el resultado pondrá al descubierto los alcances de la evangelización sobre la figura de María para ellos. 

En la representación artística del apóstol Juan, por lo general identificado con el autor del evangelio y las cartas que llevan su nombre, una larga tradición lo iguala con el “discípulo amado”, citado repetidas veces en el evangelio atribuido al mismo Juan. El evangelio solo afirma que el discípulo amado, que estaba al lado de Jesús en la cena de la noche de la pasión, será invitado a señas por su compañero Pedro a pedirle al Maestro que señale al potencial traidor y, por eso, “acercándose más a Jesús” le hará la pregunta. Por el mismo texto, único entre los cuatro canónicos, nos enteramos de que acompaña a María, la madre de Jesús, y a María Magdalena en la tarde de la crucifixión. Siempre al costado de Jesús y reclinado en su pecho durante la última cena, o completando el grupo de los evangelistas con el águila a su lado, escultores y pintores se complacen en subrayar su juventud y diseñarle un cuerpo que hace presentes un rostro y unos ademanes que trasgreden los tradicionales límites de la masculinidad y la feminidad. Escasísimas las noticias, sin embargo, sobre el discípulo Juan del que hablan los evangelios sinópticos, ambicioso del primer puesto entre sus compañeros para dominar sobre ellos y uno de los que dejan solo a Jesús en su camino a la cruz.  América Latina prefiere, por lo general, verlo en la escena del Calvario, y en varios lugares es tradicional la mutua persecución física de las imágenes de san Pedro y san Juan, en competencia con la Magdalena, la mañana del día de Pascua. 

La historiografía de los santos cristianos demuestra que la historia de sus hechos reales y verificables solo constituye para muchos creyentes un símbolo de la presencia de Dios en el mundo. Que es, al fin de cuentas lo que importa cuando de verdadera experiencia religiosa se trata, pero a riesgo de prolongar los valores de la mentalidad dominante en las diversas culturas y épocas; una visión del hombre y del mundo que no siempre corresponde a la palabra del evangelio sobre uno y otro.   

Alberto Echeverri 

Adaptado por William Mejía de: Una lectura alternativa de la historia del culto a los santos en la pintura y escultura de Colombia en los siglos XX y XXI. Revista Logos Ciencia & Tecnología,  9 (1), julio-diciembre de 2017, 63-77. https://revistalogos.policia.edu.co:8443/index.php/rlct/article/view/406  

Nota del autor para quienes consulten el artículo original:

Reclamé a la dirección de la revista Logos, Ciencia & Tecnología por una serie de errores en la publicación del texto, que no correspondían al que yo había enviado. La respuesta fue la de que debía volver a subirla a la plataforma para que los editores verificaran mi queja. Un procedimiento típico de organizaciones como la de las Escuelas de la Policía Nacional, responsables de la revista, a las que poco interesan las personas de quienes gratuitamente colaboramos en su promoción. Nunca me había sucedido lo mismo con otras publicaciones.   

 

Nota del adaptador: las imágenes son meramente ilustrativas. No corresponden al estudio hecho por el autor.re

2 Comentarios

Hernando Bernal A. 4 noviembre, 2020 - 10:56 am

Alberto: muy interesante e ilustrativo el artículo sobre la función del arte en el adoctrinamiento religioso. Señala caminos para seguir profundizando en el tema. Saludos.

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Carlos Posada 17 noviembre, 2020 - 7:01 pm

Un tema de mucho interés, éste de la relación entre el arte religioso católico y el adoctrinamiento ( arte para adoctrinar, o análisis del arte para conocer el grado al que llegó el adoctrinamiento). Como dice el señor Bernal, el ensayo abre caminos para ahondar el tema: el arte bizantino, el arte griego y los dioses, el arte y la reforma protestante, etc. Gracias señor Echeverri por su completo análisis.

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