Dos gansos, dos patos y tres dioses

Por: Luis Alberto Restrepo
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En este cuento, su autor relata los pormenores de una finca cercana a Cachipay, donde se desató un drama pasional, moral y metafísico entre patos y gansos, y cómo concluyó.

A comienzos de 1991, mi mujer y yo compramos una finquita de dos hectáreas a sesenta kilómetros de Bogotá y cinco antes de llegar a Cachipay. Ángela venía manifestándome su deseo de que consiguiéramos una pequeña casa de campo desde hacía por lo menos dos años. Yo, entretanto, le había comprado un cedé con cantos de pajaritos, que ponía a trinar todos los días en el desayuno. 

El sitio de la finca era espectacular. Hablo en pasado porque ya la vendimos. Hacia el poniente se abría un panorama de 180 grados, que descendía en gigantescas y macizas olas verdes hacia el valle del Magdalena y se extendía hasta la remota y azulada cordillera central sobre la cual, en los días despejados, resplandecían tres nevados imponentes, el Ruiz, el Santa Isabel y el Tolima. Por el oriente, el terreno se hallaba abrigado por los soberbios farallones que rodean la sabana de Bogotá, que forman en torno a la zona un monumental teatro romano semicircular. En la parte superior del lote se encontraba la casa, muy modesta, de dos pisos y paredes blanqueadas, que más tarde convertimos en una especie de pequeño chalet un poco más amplio y con un aire suizo gracias a la madera de pino. 

El predio era completamente independiente. No veíamos a los vecinos ni ellos podían vernos y, aunque quedaba muy cerca de la carretera, estábamos perfectamente aislados del ruido por una suave colina verde. A una altura de 1800 metros el clima oscilaba habitualmente entre 20 y 25 grados, aunque en tiempos de lluvia el paisaje podía quedar envuelto de repente en una densa neblina algodonada y la temperatura descendía a 16 o 17 grados. Durante la noche nos arrullaba el cucurrucucú de un búho solitario y a la madrugada nos despertaba la sonata en mi bemol de azulejos, toches, turpiales, mirlas y sinsontes, interrumpida por el canto estridente de un pequeño, pero empingorotado, y vanidoso gallo francés que nos regaló nuestro amigo Santiago. En suma, era un pequeño paraíso. 

Por si fuera poco, por deseo de Ángela, en la compra quedó incluida la primera cuota del arca de Noé: una vaca, seis gallinas, cinco gallinetas, una pareja de gansos y otra de patos. Ese incipiente rebaño multiétnico y pluricultural convivía inicialmente en completa paz, pastando y picoteando libremente por los prados. Nada nos permitía augurar el intenso drama pasional, moral y metafísico del que seríamos testigos y terminaríamos siendo actores destacados. 

Para simplificar las cosas, llamaré a las dos parejas centrales de esta historia Pato y Pata, y Gansa y Ganso. Gansos y patos se paseaban sin prisa por el prado que se extendía a la izquierda y detrás de la casa. Avanzaban a pasos cortos, se detenían, con su largo cuello lanzaban latigazos al suelo para cazar cualquier cosa, un gusano, una hormiga, un escarabajo. 

Para Ángela, unos y otros, gansos y patos, eran bellos. A ella le parece bella toda la naturaleza. Pero a mi la pareja de patos me parecía horrenda. Rechonchos y de corta alzada, no caminaban: se arrastraban por el suelo como pesados tanques de guerra. Tenían un plumaje saraviado de fondo negro con irregulares y desordenadas vetas blancas, muchas tan minúsculas que parecían regueros de cal. En torno a sus picos amarillos exhibían asquerosas verrugas rojas de distintas formas y tamaños. Parecían leprosos o infortunadas víctimas de un extraño cáncer de piel. En compensación, Pato y Pata tenían la apariencia de constituir un matrimonio bien avenido. Con un poco de maldad, pienso que los unía quizás una fealdad compartida que los obligaba a aceptarse con resignación y a luchar por amarse ante la física ausencia de alternativas. El hecho es que andaban siempre juntos. Donde aparecía uno de los dos, enseguida llegaba el otro. 

Los gansos eran justamente lo opuesto. Realmente hermosos, se mostraban completamente indiferentes el uno con el otro. Cada uno andaba a su aire por el prado, ocupado tan solo de procurarse su comida y de lucir su luminosa presencia. Tenían el cuello largo y fino como el de una espigada holandesa y un trasero apenas digno de una negra de San Basilio, todo ello recubierto por un terso y lustroso plumaje tan blanco como la nieve. Sus picotazos eran ágiles y fuertes, y si una persona extraña se les acercaba, podían volverse y atacarlo ferozmente con sus duros picos utilizados como lanzas. Andaban por el campo muy erguidos paseando sus egos con arrogancia y contoneándose como damas de la realeza británica, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y meneando la cola. Con todo, por alguna razón desconocida, en ocasiones se veía a Gansa algo triste, lenta y desganada. Se quedaba distraída mirando al vacío como si estuviera esperando que cayera del cielo un ganso angélico.

Yo no les prestaba atención hasta un día en que me sorprendió una escena singular. Ganso parecía dedicado a perseguir a sol y sombra a Pata. Si ella andaba por el prado buscando su postre de gusanos, Ganso se le iba acercando con cuidado, dando largos rodeos como quien no quiere la cosa y lanzando discretas miradas periódicas hacia los lados. Pata avanzaba entonces unos cuantos pasos para tomar distancia y Ganso la seguía poco después, disimuladamente. Con esta estrategia, Pata iba quedando cada vez más alejada de Pato. Si en su fuga ella bajaba a la cañada por donde corría un riachuelo o iba a zambullirse en el pequeño estanque de cemento ubicado en el costado izquierdo de la casa, Ganso no tardaba en merodear por entre los arbustos de madrediagua o entre las matas de platanillo antes de lanzarse también al pozo. Pato, entretanto, seguía papando moscas y no se daba por enterado, aunque tampoco puede descartarse que dejara hacer a su compañera para espiar sus reacciones. Lo cierto es que Ganso adelantaba su asedio sin resistencia alguna del consorte de Pata.

Así pasaron dos largas semanas hasta que un día, aprovechando que Pata, perseguida, se había metido de prisa en el estanque mientras Pato permanecía muy orondo en el prado, Ganso dio un revuelo, le cayó encima a su presa y tras un fuerte chapoteo y una blanca convulsión de alas y plumas que salían volando por el aire, logró montarla y se la despachó. Casi la ahoga. 

Concluido el trance, el adúltero y violador salió con calma del estanque, se sacudió con gran alboroto, lustró sin afán sus plumas y volvió al prado caminando con solemne seguridad, más lento y más erguido que nunca, como todo un presidente en la toma de posesión. Miró a Pato y para sus adentros debió haber sonreído satisfecho. Sin embargo, ni siquiera por eso Pato se dio por aludido y pareció no inmutarse. Siguió picoteando distraídamente, aunque quizás lo hacía con un poco más de energía que de costumbre. Viéndolo bien, los picotazos salían como disparos a quemarropa. Un poco después de Ganso salió también Pata del estanque, sin fuerzas se sacudió el agua como mejor pudo y, encogida, con la cabeza baja y la cola fruncida, avanzó en dirección a Pato, aunque no llegó hasta su lado. Permaneció a una prudente distancia. Ocasionalmente, estiraba el cuello hacia el suelo con desgana, fingiendo que comía. 

Pasaron algunos días en aparente calma hasta que, en una ocasión, mientras yo almorzaba un humeante sancocho de gallina con papa, yuca y un poco de comino, alcancé a divisar por la ventana del comedor cómo ahora Pato miraba fijamente a Gansa desde lejos y parecía seguirla a la distancia. Como ya lo dije, Pato era feo y mucho más pequeño que Ganso y Gansa. Además, caminaba bamboleándose como un trompo a punto de caer. Pero terco sí era y tenía cuerpo macizo de boxeador. El asedio continuó sin tregua. Gansa parecía rehuirlo, pero Pato no cejaba en su empeño. Si ella avanzaba hacia la derecha, él se desplazaba un poco más allá, y si Gansa se volvía en dirección contraria, Pato se apresuraba a cerrarle el paso a la distancia. Cada día se acercaba un poco más. Su presa parecía no atreverse a darle la espalda –o, mejor dicho, la cola– para no correr el riesgo de un ataque sorpresivo por la retaguardia. Hasta que por fin, a la semana, Pato coronó. 

Encaramado en el saliente de un barranco, una aburrida tarde de domingo Pato descubrió a Gansa más abajo, en un oscuro recodo del terreno, y sin pensarlo dos veces le cayó en el lomo, batió las alas, alargó el pescuezo y la arremetió empujando con fuerza sus cuartos traseros, frenético y trepidante como un epiléptico, mientras Gansa, sorprendida, no acertaba a (¿o no quería?) quitárselo de encima. Pato terminó su faena, se bajó, sacudió sus plumas, le lanzó una mirada radiante a Gansa, dio media vuelta, estiró el cuello hacia atrás, levantó el pico y trepó la cuesta empinándose un poco sobre sus patas torcidas. Se lo veía más alto y podría decirse que hasta buen mozo. Ganso, ajeno e indiferente al contratiempo de su compañera, continuaba pavoneándose (¿ganseándose?) por el prado con la mirada puesta en algún lugar incierto. Entretanto, desde lejos, Pata observaba los hechos. Por casualidad, Ángela y yo pudimos fisgonear toda la escena desde arriba, desde la ventana del segundo piso, como dioses. 

Inesperadamente, el drama pasional derivó en tragedia. No habría pasado una hora cuando Pata cayó tendida e inmóvil en el prado, cerca de la puerta de nuestra casa. Apenas me di cuenta, salí a mirar y vi su cabeza y su cuello completamente morados, casi negros. No descubrí señal alguna de violencia. Pata había muerto de un ataque fulminante al corazón. Resolví dejarla en su lugar para ver si el drama tenía algún desarrollo ulterior. 

Y, efectivamente, no mucho tiempo después, Pato descubrió el cadáver de su antigua compañera y comenzó a darle vueltas a cierta distancia, agitado, nervioso, desconcertado, sin atreverse a mirarla de cerca. Finalmente, ante la brutal e irrefutable realidad de la muerte, sucedió lo menos esperado. A pesar de su torpeza corporal, quizás por primera vez en su vida Pato levantó el vuelo y voló, voló muy alto, con sus plumas teñidas por los rayos de un sol sangrante que se aprestaba también a morir tras los nevados. Trazó cuatro o cinco grandes círculos en el cielo –lentos, majestuosos y solemnes– y retornó a tierra. ¿Había ido a buscar a Pata en el incierto lugar donde descansan los muertos y regresaba decepcionado? ¿O le brindaba su adiós definitivo en un rito fúnebre de despedida? Imposible saberlo. 

En todo caso, Pato regresó y, contra toda lógica, emprendió enseguida una abierta y desvergonzada persecución de Gansa, mucho más intensa que antes, ante la mirada indiferente de Ganso. Por lo visto, al rey del predio no le importaba la suerte de su compañera, ni esperaba nada más de la vida.

Ángela exclamó: 

– ¡Ese Pato es un sinvergüenza! Se veía tan apegado a Pata… ¡No hay derecho! ¡Qué cinismo! No acaba de morir su compañera y se lanza enseguida a perseguir a su amante. ¡Increíble! 

A mí, en cambio, me asaltó una duda malévola. Comencé a preguntarme si la fuga de Pata ante el cerco de Ganso había obedecido a un afán real por evadirlo o había sido únicamente una escena bien montada de cara a Pato. Pata habría podido rehuir a Ganso si se hubiera acercado más a Pato, pero, por el contrario, su fuga la alejaba cada vez más de él. Incluso, no me pareció descabellado pensar que fuera el resultado de una curiosa mezcla de los dos sentimientos encontrados, de temor y deseo. Tampoco era posible descubrir si Ganso asediaba a Pata llevado por sincera atracción, por una insatisfacción secreta o por algún otro sentimiento desconocido. El hecho es que Ganso terminó logrando su objetivo. 

Me pregunté también, en silencio, qué movía a Pato a esa búsqueda de Gansa tan inoportuna y descarada. Podía ser que, tras la desaparición de Pata, se sintiera por fin liberado de su celosa tutela y se lanzara a una loca y desenfrenada relación con Gansa, con un descaro rayano en la más completa desfachatez. Pero también era posible que, en su desespero, buscara a Gansa para vengarse de su petulante marido, responsable final de la muerte de su amada Pata. ¿Quién conoce acaso las intenciones secretas de los patos? 

Da la casualidad que para el día siguiente esperábamos la visita de Francisco. Nuestro amigo era un excelente cocinero y con él nos habíamos puesto de acuerdo en que juntos definiríamos el menú y prepararíamos el almuerzo. De todos modos, mi mujer y yo comenzamos a especular si deberíamos preparar un delicioso pato a la naranja o ensayar un ganso en salsa oscura Worcestershire, con mantequilla, pimienta y tomillo. Mi mujer se inclinó enseguida por sacrificar al “infiel, desleal y traicionero” Pato. Entonces dijo:

– El primer turno tiene que ser para ese miserable de Pato. ¡Como se le ocurre salir corriendo a perseguir a la otra delante del cadáver todavía tibio de su mujer! ¡La tiene bien merecida! Además, Gansa estará más contenta sola que con cualquiera de esos dos zánganos. 

Yo repliqué en tono suave y cuidadoso:

– ¿Y por qué no sacrificar a Ganso, no solo para que pague su culpa, sino también para que Pato y Gansa puedan cuadrarse y vivir felices? ¿Acaso Ganso le pone alguna atención a su compañera? Además, ¿no fue él quien comenzó todo este drama? ¿No llevó a Pato a buscar venganza? Y, aun si supusiéramos que no fue así, ¿por qué ha de ser la justicia la que predomine siempre y el placer no tenga oportunidad? 

Poco a poco, Ángela y yo nos fuimos enfrascando en una discusión cada vez más agria sobre la infidelidad y sus motivos, y sobre el derecho a la vida o a la aplicación de la pena de muerte a gansos y patos. Por una vez al menos podíamos jugar de veras a ser dioses. 

A la mañana siguiente llegó nuestro amigo. Enseguida lo enteramos del drama familiar y de nuestra discusión acerca de quién debía ser sacrificado y porqué. Francisco terció entonces con mucho aplomo en la discusión. 

– Pues no, a mi juicio no deben morir ni Pato ni Ganso, sino Gansa.

– ¿Cóoomo? –exclamó Ángela, indignada.

– Pues sí. A mí me parece que Gansa jugó con los dos, con Ganso y con Pato, y provocó la muerte de Pata. Por lo que me cuentan, Gansa parecía hastiada con su marido y, bien fuera por venganza o para provocarle celos, atrajo y provocó hábilmente a Pato, haciéndose la que lo rehuía. Si fue así, ella en últimas es la responsable de la muerte de Pata.

Los tres nos trenzamos entonces en un debate moral y metafísico. Yo sostenía: 

– Miren, en este mundo todos los días mueren patos y patas, gansos y gansas a campo traviesa, sin que se sepa casi nunca porqué. En la muerte no hay justicia. No mueren los malos, sino los ‘de malas’. Y es tan difícil descifrar las razones de una muerte como escrutar los enrevesados pensamientos de Dios. Definitivamente, es difícil ser Dios. Si yo tuviera que asumir su papel y aplicar justicia, creo que terminaría suicidándome.

– Sí, pero también es difícil ser Pato –concluyó Francisco. 

Finalmente, después de una larga discusión y ante la imposibilidad de ponernos de acuerdo, decidimos por unanimidad invitar a manteles a Pato, Ganso y Gansa, así como al gallo francés y, junto con Ezequiel, Dorita y dos de sus sobrinos, les brindamos una piadosa sepultura. 

Luis Alberto Restrepo M.

Febrero, 2021

3 Comentarios

Hernando Bernal A. 18 febrero, 2021 - 10:39 am

Luis Alberto: no sé si es una parábola o una fábula. De cualquier manera subsiste el problema moral, y al mismo tiempo se deriva una reflexión sobre el valor justiciero de Dios (o de un dios). Gracias por compartirlo. Saludos

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Jorge Luis Puerta 18 febrero, 2021 - 2:38 pm

Excelente, sobre todo por el placebo de ser dioses!!! y…saber mirar la relatividad de la vida desde muchas ópticas…rico plato!!!

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Juan José Correa 18 febrero, 2021 - 7:40 pm

Genial Luis Alberto, disfruté enormemente tu relato apasionado los Dos gansos, dos patos y tres dioses. Me sentí como si estuviera viendo una película. Felicitaciones

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