Dinastías y mafias electorales

Por: Mauricio Cabrera
830 Vistas
men, agents, group-6233974.jpg

El fenómeno de las dinastías electorales no es nuevo ni exclusivo de Colombia. Lo problemático es que los feudos electorales se fortalecieron con las listas abiertas para las elecciones de los cuerpos colegiados, las “operaciones avispa” y el debilitamiento de los partidos. Además, movimientos políticos sin ideología ni principios se volvieron dispensadores de avales

Los hijos no son culpables de los delitos de los padres, ni tienen que heredar las condenas de sus familiares. Es el argumento que más se repite cuando hijos o parientes de políticos que han sido condenados por diversos delitos buscan ser elegidos para algún cargo público, y que ha vuelto a salir a raíz de los cuestionamientos a los elegidos presidentes de la Cámara y el Senado. Es cierto, pero también debería decirse que no deben heredar los votos conseguidos por sus familiares con el poder y el dinero obtenido ilegalmente.

El fenómeno de las dinastías electorales no es nuevo ni exclusivo de Colombia. Basta pensar en apellidos como Bush o Kennedy para constatar que en todas partes se cuecen habas. Lo problemático en nuestro país son dos características de los clanes que corrompen el sistema democrático.

El primero son los feudos electorales que se fortalecieron con las listas abiertas para las elecciones de los cuerpos colegiados, las “operaciones avispa” y el debilitamiento de los partidos políticos. Caciques políticos, dueños de un número de votos suficiente para ser elegidos, se convirtieron en meretrices de la política vendiendo sus votos al mejor postor.

A su vez, movimientos políticos sin ideología ni principios se volvieron proxenetas, dispensadores de avales que recogían bajo su sombrilla personajes de todos los talantes, con el único objetivo de sumar votos que les permitieran pasar el umbral, mantener la personería jurídica y recibir dineros del Estado por los votos obtenidos.

Además, el fraccionado sistema electoral colombiano permite multiplicar las ganancias electorales de los mismos votos, como en las promociones de pague uno y lleve dos. Así, un senador con su cauda de votos amarrados, puede usarlos no solo para elegirse a sí mismo, sino que en las elecciones regionales los moviliza para que su hijo sea elegido al Concejo de la ciudad, y algún pariente cercano, alcalde de otro municipio. Para evitar suspicacias, el hijo y el pariente pueden inscribirse con el aval de otro partido. Todo un ejemplo de solidaridad familiar.

El segundo fenómeno es cuando las dinastías se convierten en clanes mafiosos y políticos, que son delincuentes condenados, se hacen elegir en cuerpo ajeno, utilizando sus maquinarias electorales para que sus hijos o parientes los reemplacen. Si bien pudo haber casos de este estilo el siglo pasado, lo cierto es que la práctica se generalizó en Colombia cuando fue descubierta la alianza entre los paramilitares y políticos de todos los partidos, pero sobre todo del uribismo.

Cuando los tribunales condenaron a varios políticos por lo que se llamó la parapolítica antes de las elecciones de 2010, algunos lograron mantener el aval para sus parientes en los partidos conservador, liberal, de la U y Cambio Radical, pero también otros formaron un nuevo partido, el PIN, donde sus familiares lograron cuatro curules al Senado.

En los comicios de 2104 y 2018 se repitieron los elegidos en cuerpo ajeno, pero ya no solo con los condenados por la parapolítica, sino también con los implicados en los sobornos de Odebrecht. Para las próximas elecciones ya se habla de que, por ejemplo, familiares de la prófuga Aida Merlano, o del senador Pulgar, sobornador de jueces, están buscando avales en varias toldas.

La supervivencia de la democracia requiere que desaparezcan estas dinastías electorales, para lo cual se requieren verdaderos partidos políticos y no montoneras manejadas por caudillos.

Mauricio Cabrera

Julio, 2021

Dejar un comentario