Diálogos de ultratumba – Reír y no presumir

Por: Rodolfo Ramon De Roux
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Después de dialogar sobre algunas prácticas que aumentarían nuestra felicidad, los dialogantes de ultratumba conversan alegremente sobre el valor de la risa como defensa contra los males nacidos de la vanidad y el autoengaño.

Me encontré anoche con Zizhang, destacado discípulo de Confucio, quien me contó que en cierta ocasión, cuando acompañaba al Maestro en uno de sus viajes, le preguntó sobre la humanidad y este le respondió:

‒Cualquiera que pueda expandir las cinco prácticas en todo el mundo, aumentará la felicidad.

¿Y cuáles son?

‒La cortesía, la tolerancia, la buena fe, la diligencia y la generosidad:

La cortesía evita los insultos.

La tolerancia gana todos los corazones.

La buena fe inspira confianza en los demás.

La diligencia asegura el éxito.

La generosidad confiere autoridad sobre los demás.

Zizhang, ese elevado pensamiento de tu maestro trae a mi mente un proverbio judío sobre las cinco propiedades que caracterizan al sabio:

           No interrumpir al que está hablando.

           Escuchar y reflexionar.

           No hacer preguntas inútiles.

           Responder a propósito y con orden.

           Decir “no sé” cuando se ignora.

A lo anterior añadiría el axioma fundamental de las relaciones humanas: “A nadie le gusta que lo jodan”.

‒Si se siguieran esos once consejos se evitarían muchos sinsabores, me dijo Zizhang.

Desafortunadamente el mundo está lleno de majaderos e insensatos. Inclusive algunos no se contentan con tallar su propia cruz, sino que solo se calman cuando se convierten en la cruz de otros.

Al oír esto Augusto Monterroso, que paseaba una oveja negra, anotó con picardía:             

‒Alguien que a toda hora se queja con amargura de tener que soportar su cruz es a la vez la cruz del otro, que amargamente se queja de tener que sobrellevar a toda hora la cruz que le ha tocado cargar en esta vida, y así, de cada quien según su capacidad y a cada quien según sus necesidades.

Carlos Enrique Marx, que solamente escuchó la última frase, saltó de alegría y aplaudió frenéticamente, pensando que había llegado a un mitin comunista y que había terminado la quiebra de la Casa Marx. Monterroso me miró asombrado y esbozamos una sonrisa burlona. Como Baltasar Gracián se dio cuenta de que nos estábamos gozando al de Tréveris y que este comenzaba a mosquearse, nos dijo muy serio: 

‒No hay mayor desaire que el continuo donaire. Lo jovial debe tener su momento y la seriedad todos los demás. No hay que ser ingenioso a costa de los demás, pues es más odioso que difícil.

Monterroso, algo amilanado, agarró su oveja negra e hizo mutis por el foro. En ese mismo instante apareció George Santayana quien nos defendió, diciendo: 

‒La risa es la mejor defensa propia contra los males nacidos de la vanidad y el autoengaño, contra la verborrea con la cual el hombre se convence a sí mismo de que es la meta y el acmé del Universo.

¡Bravo!, ¡!Bravo!, exclamé. Estar enamorados del sonido de nuestro propio nombre causa risa. Pero estamos dispuestos a comer luciérnagas si esto nos sirve para brillar en público.

‒Máxima perfección, mínima ostentación, sentenció Gracián. De lo contrario, perderemos en estima y ganaremos en envidia.

Mejor no olvidar que por más alto que subamos en la vida, siempre estaremos sentados sobre nuestras propias nalgas. Me asombra ver por ahí tanto soberbio intoxicado con los humos de su propia estimación, convencido de ser la vaca que más pasto tapa.

‒Ojalá se dieran cuenta de que ya somos el olvido que seremos, replicó Borges mirando de soslayo al emperador Marco Aurelio que antes había dicho con lacónica lucidez: “Un poco y habré olvidado todo; un poco más y todos me habrán olvidado.  

Todos vamos hacia la región del misterio y del olvido; la única diferencia es que algunos llegan primero. Bien lo recitabas, amigo Homero: “como el linaje de las hojas, así es también el de los hombres”. Un día aparecen y otro día desaparecerán.

Y a ti, amable Álvaro Mutis, no te falta razón cuando me dices cuánta vanidad hay en “todos esos pasos que da el hombre usándose para la muerte, gastando su fuerza y sus bienes para llegar a la tumba.

El imperturbable Lao Tsé sonrió al recordar cuánto cuestan las ínfulas que nos damos:      

‒El que se empina pierde rápido el equilibrio. El que camina a zancadas no llega lejos. Quien quiere brillar, no ilumina. Quien es ostentoso no impone respeto. Quien se exalta a sí mismo no será estimado.

‒Y, a pesar de todo, no nos quitamos de encima nuestro orgullo quisquilloso porque “igual que un granito de polvo irrita nuestro ojo, así irrita nuestro corazón la mínima pequeñez que atenta a nuestra vanidad”, suspiró el muy espiritual Angelus Silesius.

Sor Juana Inés de la Cruz, ingeniosa religiosa, nos guiñó un ojo y agregó: 

‒Hay que consumir vanidades de la vida y no la vida en vanidades, como querer ser exaltado.

‒Sin duda, quien se exalta a sí mismo no será estimado, pero sospecho que quien se humilla quiere ser exaltado, replicó burlonamente Nietzsche, alisándose el bigotazo.

‒Buena esa, Federico, pero yo tengo una mejor, dijo Pacho Zuluaga ‒quien ya no necesita            presentación‒. Una vez alguien me confesó que a él podían ganarle en todo…, menos en            humildad. Tan elemental personaje se llamaba, muy apropiadamente, Cándido, y era el sacristán del pueblecito donde yo estaba celebrando la fiesta del Corpus Christi. En solemne procesión íbamos recorriendo la plaza central del pueblo. Sostenía en mis manos la custodia con la hostia consagrada y delante de mí iba Cándido, quien balanceaba devotamente el incensario. En una de las esquinas de la plaza, un grupo de adolescentes cuchicheaba y reía. Entonces, Cándido gritó sorpresivamente y a pleno pulmón: 

‒¡Hijueputas, respeten al Santísimo!

Soltamos todos una carcajada y terminamos así alegremente nuestro encuentro.

Rodolfo Ramón de Roux

Julio, 2022

4 Comentarios

Edmundo Pérez G. 16 julio, 2022 - 7:58 pm

Querido Rodolfo Ramón:

Alucinante, y aperitivo para el próximo…
Por lo demás, me acojo a la sentencia de Gracián: “Máxima perfección, mínima ostentación…”, y evito balancear el incensario ante tus artículos, para que no “pierdas en estima ni te ganes envidias…”, ya que “a nadie le gusta que lo jodan”.
Abrazos de admiración y aprecio,
E. Pérez G.

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Rodolfo Ramon De Roux 17 julio, 2022 - 7:06 am

Edmundo, agradezco tu preocupación por preservar mi modestia, lo cual es muy necesario pues de la modestia ajena nunca nos cansamos; de la propia, pronto.

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JUAN GREGORIO VELEZ VÉLEZ VÉLEZ 27 julio, 2022 - 10:21 am

Gracias Rodolfo Ramón.
Lo que más me gusta de tu artículo es que nos propones ese maravilloso encuentro en ultratumba con todo los que queramos.
Además que serán encuentros graciosos y amables, como deberían ser todos los de los humanos.
Sigue, por favor, recreando nuestra imaginación y recordando la sabiduría de los sabios de todos los tiempos.
Fuerte abrazo.

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Rodolfo Ramon De Roux 27 julio, 2022 - 10:35 am

Gracias, Goyo. Te vas a reír pero en mis sueños me veo frecuentemente hablando apaciblemente con mis amigos difuntos y salen a relucir cosas tan interesantes que me levanto a escribirlas; ya tengo práctica para hacerlo a la tenue luz del celular, cosa de no despertar a mi media naranja.

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