Diálogos de ultratumba – Convivir

Por: Rodolfo Ramon De Roux
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beyond, death, faith

He recordado un lejano episodio porque por obra y gracia de la metempsicosis creo haberme topado otra vez (¿o será un sueño?) con un Federico reencarnado, quien me contó que al iniciar su nueva vida un indio navajo le advirtió: si quieres sobrevivir, piensa que quien viene a tu encuentro va a matarte.

Federico era un mico travieso, como todo mico que se respete. Dos cazadores de domingo lo recogieron después de matar a su madre y lo dejaron en la finca familiar, donde pasé mucho tiempo de mi infancia. Cuando a mediodía, después de comer y bajo un calor implacable, los perros de la hacienda se repantigaban al abrigo de cualquier sombra para hacer la siesta, Federico se adormilaba abrazado al cuello de alguno de ellos. Reinaba la confianza, a pesar de la tradicional animadversión de los perros hacia los micos.

Un mal día llegó de visita un finquero vecino. Descendió de su caballo y dejó a su perro en el patio. Federico, inocente y juguetón, se le acercó a acariciarle el hocico. El perro, sorprendido, abrió su bocaza y en un dos por tres lo decapitó. Lloré mucho, pero aprendí que no hay que ser confianzudo con los desconocidos.

Hace poco me topé con un Federico reencarnado, quien me contó que al iniciar su nueva vida un indio navajo le advirtió: si quieres sobrevivir, piensa que quien viene a tu encuentro te va a matar.

‒Caramba, Federico, cuán pesimista has vuelto.

‒Puede ser, pero pesimista es un optimista bien informado. Recuerda que los judíos optimistas terminaron en Auschwitz y los pesimistas acabaron en Hollywood. Ya tuve mi mal trago con ese perro maluco y, como todo aquel que crece y no es imbécil, he perdido la inocencia infantil de quien descubre el mundo. ¡Ah, la niñez!: es el tiempo de soñar…, aunque ya estén en gran parte repartidas las cartas marcadas de la vida.

‒Me va dando la impresión de que todas las tardes colocas tu sillón mirando hacia el Apocalipsis.

‒Y a mí me va pareciendo que eres de aquellos que en tiempos de sequía se alegran pensando que un nuevo día sin lluvia hace más próximo el aguacero.

Bueno, de todas maneras, tanto los optimistas como los pesimistas contribuyen a la sociedad: el optimista inventa el avión y el pesimista el paracaídas. En cuanto a eso de que “me das la impresión” o “te doy la impresión”, mejor dejemos de lado el asunto. Si la cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos, la cosa más fácil es creer que conocemos a los demás.

‒Tienes razón y me excuso. Las apariencias no engañan; nosotros nos engañamos. Tengo que aprender a descifrar las máscaras que identifican a alguien con lo que dice o aparenta ser y dispensan de reconocerlo en lo que hace. Todavía me dejo engañar por los buenos modales de quienes tienen pésimas costumbres.

La convivencia es cosa complicada. Hace unos años Elías Canetti me dio un buen consejo: “Presta atención al latido del corazón de los otros. Están tan lejos”. Por eso, no hay que presuponer lo que alguien tiene en mente. A ese propósito te cuento esta pequeña historia que le sirvió de lección a un cura amigo, párroco en un pueblecito campesino. 

Un día, el borrachín del pueblo, que estaba leyendo el periódico, al ver al cura le preguntó:

‒Padre, ¿podría decirme cuál es la causa de la artritis?

El cura, que no apreciaba al borrachín, le respondió de mala gana:

‒¡Beber, eso es lo que causa la artritis! ¡Jugar a las cartas, eso es lo que causa la artritis! ¡Andar de mujeriego, eso es lo que causa la artritis!

Un poco más calmado, pero ya demasiado tarde, el cura le dijo al borrachín:

‒¿Y por qué me lo pregunta?

‒Porque el periódico dice que eso es de lo que sufre el Papa.

Al cura se le olvidó ese día que hay que tragarse las palabras ociosas: esa dieta disminuye riesgos relacionales. 

‒Cambiando de tema, Federico, la metempsicosis te ha venido como anillo al dedo. Estás como nuevo.

‒Me ha servido coger las cosas con calma. Terminé de rumiar mi venganza contra los canes, pues me di cuenta de que lamerse las llagas de la vida envenena. Por otra parte, Ghandi me convenció de que si seguimos con lo de “ojo por ojo” todos vamos a quedar ciegos muy pronto. Termina costando más vengar agravios que soportarlos.

‒Eso mismo me advirtió Confucio. Me dijo que por más cálculos racionales que hiciera, antes de embarcarme en un viaje de venganza tendría que cavar dos tumbas. Además, afilando la venganza se te mellará el alma y se te estropeará la buena digestión. Perdona, pues, no porque el otro lo merece, sino porque tú te lo mereces.

‒Así es, aunque también tengo claro que perdón no es sinónimo de amnesia: recordar quién me da una puñalada trapera me ahorrará el error de llamarlo “destino”.

‒Me alegra que hayas regresado tan aterrizado después de tu anterior vida como miquito travieso y despreocupado. Espero que goces al máximo de la felicidad que puedas, sin disminuir la felicidad de los demás.

‒Para eso, estoy buscando un “amorcito” y unos cuantos buenos amigos. Cada día que pasa me doy más cuenta de que lo esencial es amar y ser amado, aunque a veces no me queda claro en qué consiste el amor.

Una vez se lo pregunté a Ramón de Campoamor y me salió con esto: 

 Preguntas ¿qué es amor? Es un deseo  
 en parte terrenal y en parte santo:  
 lo que no sé expresar cuando te canto;  
 lo que yo sé sentir cuando te veo.  

Respuesta bonita, pero que sigue siendo nebulosa, como el amor, esa mezcla de bruma, hormonas e ilusiones en diversas proporciones.

‒Cuando me preparaba para esta reencarnación, Antoine de Saint-Exupéry me dijo que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección.

‒Así es. Si cada uno mira para su lado, el amor, que llegó como champaña, se va como vino.

‒Sobre los amigos, ¿qué consejos puedes darme?

‒No dejes que crezca la hierba en el camino que a ellos conduce. En ese camino, como me dijo Albert Camus, el amigo no debe caminar delante de ti: puede que no lo sigas; ni caminar detrás de ti: puede que no lo guíes, sino que debe caminar junto a ti.

‒A mí, La Bruyère me dijo que la amistad no puede ir muy lejos cuando ni unos ni otros están dispuestos a perdonarse los pequeños defectos.

‒Cierto, hay que aprender a escribir en la arena las faltas del amigo. Hace mucho Khalil Gibran me dio este otro buen consejo: “No busques al amigo para matar las horas, búscalo con horas para vivir”. Te lo aseguro, Federico, los amigos son preciosos, duplican nuestras alegrías y dividen nuestros pesares. Y si son verdaderos amigos, con ellos puedes pensar en voz alta y ser como eres, pues no utilizan tu debilidad para afianzar su fuerza, pero no abuses de los amigos. La mejor manera de quedarse sin ellos es tratarlos como si fueran sucursales de uno mismo. Consérvalos, te lo aconsejo, con un “ni”: ni muy cerca, ni muy lejos.

‒Agradezco tus reflexiones. Quisiera contarte que cuando me estaban preparando para mi nueva vida me advirtieron que seleccionara bien a mis amigos y me hicieron aprender de memoria el “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Sin embargo, Paul Verlaine me susurró al oído: “No hay que juzgar a las personas por sus amistades. Judas, por ejemplo, tenía amigos irreprochables”.

‒Veo que también te enseñaron a bromear con irónica agudeza, y me alegro. En nuestra existencia humana la risa es un limpiaparabrisas del drama: permite continuar el viaje, aunque no haga cesar la lluvia. Excusa, Federico, pero tengo que volver a casa; la reina del hogar se preocupa por mis tardanzas, sobre todo ahora cuando los achaques de la vejez van creciendo como crecen las sombras cuando el sol declina.

‒No exageres. Para ser cuasi octogenario te ves muy bien. Por otra parte, si te pones a llorar por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

‒No me lamento. Hacerse viejo es una pena; pero es la única manera de no morir joven, de tener el privilegio de contemplar el curso de una larga vida y de liberarnos del peso del “qué dirán” los otros, porque muy pronto no volveremos a verlos.

‒Rodolfo, te deseo que en estos años que te quedan perfecciones el arte de envejecer que, como me comentó José Luis Sampedro, es arreglárselas para acabar como los grandes ríos, serena, sabiamente, en un estuario que se dilata y donde las aguas dulces empiezan a sentir la sal, y las saladas un poco de dulzura, y cuando te das cuenta, ya no eres río sino océano.

‒Y yo te deseo que tengas un buen día, que el viento sople a tus espaldas y que la vida te trate dignamente.

Rodolfo Ramón de Roux

Marzo, 2022

5 Comentarios

vicente alcala 24 marzo, 2022 - 4:42 am

Este artículo parece un koan, porque los koan “son anécdotas y afirmaciones por lo general enigmáticas, frecuentemente sorprendentes y alguna veces chocantes usadas en el zen para producir avances súbitos de visión intuitiva”. Y, como un maestro, Rodolfo, tu te quedarías callado, porque el discípulo tiene que descifrar el koan. El problema es que la mayoría de nosotros no somos budistas, y las interpretaciones que nos demos pueden ser más enigmáticas que el mismo koan. Gracias maestro Rodolfo.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 24 marzo, 2022 - 10:37 am

Manera maravillosa, debordante de paz y serenidad, como vas avanzando por el amplio estuario de tu vida. Deseable para todos. Mil gracias.

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John Arbeláez Ochoa 24 marzo, 2022 - 11:07 am

Como siempre, Rodolfo, aguda y muy amena tu reflexión. Casi como un tratado sobre el estoicismo que voy descubriendo poco a poco en la vida y en los escritos de mis fecundos amigos.
Cómo se vislumbra Ignacio de Loyola en nuestros pasos por el mundo y en los pasos de Federico plenos de sensatez y humanidad que en muchísimos aspectos transparenta las bondades del estoicismo.

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Rodolfo Ramon De Roux 25 marzo, 2022 - 11:59 am

Vicente, Luis Guillermo, John, les agradezco sus amables comentarios.

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César Vallejo 26 marzo, 2022 - 7:37 pm

Delicioso pasaje, Rodolfo Ramón. Lleno de “paz y serenidad” (palabras de Luis Guillermo), lleno de sabiduría y escrito con maestría, para deleite de quienes tenemos la suerte de leerte. Mil gracias y un abrazo.

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