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Diálogos de ultratumba

Quedé chorreando babas en la biblioteca de Montaigne, mientras él me platicaba sobre las ventajas de la duda y la finalidad de la vida.

Con Montaigne en su biblioteca

Quedé chorreando babas en la biblioteca de Montaigne, mientras él me platicaba sobre las ventajas de la duda y la finalidad de la vida.

El castillo de Michel Eyquem, Señor de Montaigne (1533-1592) se sitúa en el suroccidente de Francia, muy cerca del famoso viñedo de Saint-Emilion y en el corazón de un agradable parque. Aledaña al castillo, pero separada de él, se encuentra una torre en cuyo último piso, Montaigne se hizo acondicionar una habitación para que contuviera su biblioteca y le sirviera, asimismo, de pabellón de trabajo. En esa habitación, con aberturas a los cuatro puntos cardinales y visión directa de su casa, del patio de armas, de los jardines, y de las viñas, bosques y colinas de sus dominios, nuestro autor pasó “la mayor parte de los días de su vida, y la mayor parte de las horas del día” leyendo, meditando y escribiendo sus famosos “Ensayos” desde que, a los 38 años, cansado de la vida cortesana y de los tribunales, renunció a su cargo de magistrado en Burdeos y se retiró a su castillo, resuelto a consagrar lo que le quedaba de vida a su libertad, su tranquilidad y sus pasatiempos.

El techo de la biblioteca está compuesto por dos vigas maestras y cuarenta y ocho traviesas, pintadas de blanco, en las que están escritas, en negro, 57 sentencias griegas y latinas que Montaigne leía y releía, al tiempo que deambulaba por la habitación. Algunas de esas sentencias se hallan, literales, en los “Ensayos”, a veces al principio o al final de un capítulo; otras veces traducidas, parafraseadas, o asimiladas en el texto. 

La mayoría de sentencias están dedicadas al ejercicio de la duda; una duda activa y corrosiva que reniega de toda pretensión de conocimiento absoluto, o de ínfulas de sabiduría. Los visitantes de finales del siglo XVIII, reseñan que en uno de los plafones de la biblioteca estaba grabado «Que sais-je?» -¿Qué sé yo?-, lema que refleja el escepticismo de Montaigne y que es más radical que el socrático “Sólo sé que nada sé”, el cual es ya un saber.

Con mis dos hijas -Nicole y Denise- fui en peregrinación al castillo de Montaigne. Tras un buen rato mirando hacia el techo de la biblioteca tratando de descifrar las frases allí escritas, me sentí un tanto mareado por la posición de la cabeza y por el agradable vino “Les Essais” que habíamos degustado previamente. De entre las brumas de mi cerebro surgió entonces Montaigne y me señaló las sentencias escépticas que él había escogido de su admirado Sexto Empírico: ENΔEXETAI KAI OYK ENΔEXETAI, Es posible y no es posible; ΑΚΑΤΑΛΗΠΤΩ. No comprendo; ΟΥΔΕΝ ΜΑΛΛΟΝ. Nada es más; ΑΡΡΕΠΩΣ. Sin inclinación; ΟΥ ΚΑΤΑΛΑΜΒΑΝΩ. No aprehendo; ΕΠΕXΩ. Me abstengo; OYΔΕΝ OPIZΩ. Nada determino; ΠΑNTI ΛΟΓΩ ΛΟΓΩΣ IΣOΣ ANTIKEITAI. Contra todo argumento, un argumento igual;  ΣΚΕΠΤΟΜΑΙ. Examino.

El ilustre gascón guiñó un ojo y me dijo: 

– Solo los idiotas no tienen dudas.

– ¿Estás seguro?

– “Segurísimo”, respondió con ironía.

– Eso se parece al “todo es relativo, y ésta es una verdad absoluta”.

– ¡Caramba!  Me topé con un sabelotodo.

– Descuida, no soy tan joven para pretender saberlo todo. Al contrario, asumo la inconmensurable extensión de mi ignorancia: de la cara oculta de las cosas sólo alcanzo a ver unas pocas y minúsculas arrugas. Por eso con el paso de los años mis dudas volvieron a poner en su lugar las montañas que otrora había desplazado mi fe.

– Menos mal, los dogmáticos me ponen nerviosísimo: toman sus esperanzas por certezas y están convencidos de sus propias fábulas.

– Que son irrebatibles…porque son indemostrables.

– Escucha, ejercí de político, de diplomático, de consejero de monarcas en una Francia llena de sangre por las guerras entre católicos y protestantes. Los fanáticos de ambos bandos  -con su sobredosis de convicción- me mostraron cuántas atrocidades se pueden cometer por defender el propio punto de vista convertido en un absoluto no negociable.

– Dicen que es muy cómoda la posición del escéptico, pero al menos hay que agradecerle al escepticismo que en su nombre no se ha asesinado; ese es un triste privilegio de quienes creen poseer la verdad y tener la misión de imponerla a toda costa.

– Que el escepticismo sea una postura demasiado cómoda es algo sobre lo cual soy bastante escéptico. “He experimentado los inconvenientes que conlleva la moderación. Fui azotado por todos: para los gibelinos yo era güelfo, para los güelfos yo era gibelino” (Ensayos III, 12). Los fanáticos no nos perdonan el hecho de no ser unos incondicionales.

– Y, como dijo Nietzsche, “la verdad jamás se ha colgado del brazo de un incondicional”.

– Los incondicionales creen que saben, y no saben que creen.

– Muchos creen saber demasiado para ser escépticos e ignoran que saben demasiado poco para dejar de ser dogmáticos.

– Aclaro que no afirmo la imposibilidad del conocimiento; si lo hiciera incurriría en una contradicción. Un escéptico -skeptikós- es, literalmente, alguien que observa, que examina, que no está dispuesto a tragar entero ni a comulgar con ruedas de molino; pero no es un dogmático del antidogmatismo. Hace siglos Sexto Empírico definió el escepticismo como la actitud mental de investigar y dudar de todo.

– Esa duda metódica para adquirir mayor comprensión de nuestro entorno está en la base de toda la ciencia moderna. 

– Se trata de una duda activa y constructiva; y tus contemporáneos deberían manejarla con   mayor frecuencia, pues desde aquí observo estupefacto la ingente información supuestamente “veraz” y efectivamente falsa o dudosa que circula en las redes sociales y en los medios de comunicación.

– En momentos tan críticos como los que vivimos actualmente los terrícolas -desajustes climáticos, pandemias, guerras, catástrofes naturales- es fácil perder la serenidad y tomar como verdades irrefutables y definitivas lo que es simple posibilidad, opinión, “doxa” como la llamaban los griegos.

– La incapacidad de dudar, de “suspender el juicio” -epochê- nos aleja de la tranquilidad de espíritu que buscaban los escépticos. Te lo digo sin ambages, en el escepticismo  encontré un camino de prudencia intelectual para vivir serenamente en la incertidumbre. 

– En pocas palabras, encontraste una especie de “guía para incrédulos”.

– ¡No te burles! Puede que no haya nada nuevo bajo el sol, pero hay muchas cosas viejas que ignoras. Ve y lee los Esbozos pirrónicos de Sexto Empírico para que aprendas a estar siempre dispuesto a considerar puntos de vista opuestos y no aferrarte a respuestas definitivas, así cultivarás una indispensable apertura mental pues, como dice Esquilo, “oye sólo a medias el que oye sólo una parte”.  Te remito a Sexto porque este asunto de la duda es imposible de tratar  en el escaso tiempo que nos queda.

– No me aceleres el corazón que todavía trotan en mi cabeza muchas preguntas que quiero hacerte y no sé si se me presente otra oportunidad.

– Espabílate, pues.

– ¿Qué fue para ti lo más importante?

– Saborear la belleza de la vida, ese instante efímero “en el curso infinito de una noche eterna”. 

Montaigne me señala en ese momento el madero de su biblioteca donde está escrito: FRUERE IUCUNDE PRAESENTIBUS CAETERA EXTRA TE. ECCL. 3. (Goza del presente, el resto te es ajeno). Y me dice:

– “Me parece que la muerte es el fin y no la finalidad de la vida” (III, 12).  Acuérdate de vivir, pues morirás. 

– Que la finalidad de la vida sea la vida y no la muerte me recuerda aquella frase de Spinoza: “Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”.

– “En mi opinión la felicidad humana consiste en vivir felizmente y no en morir felizmente, como decía Antístenes” (III, 2). Por eso “mi oficio y mi arte, es vivir” (II, 6), consciente de que “la vida es una cosa delicada y fácil de perturbar” (III, 9). Sí, amigo, “hay que ampliar la alegría y restringir, tanto como se pueda, la tristeza” (III, 9). 

– En mi memoria conservo estas hermosas consideraciones que tienes en el ensayo “Sobre la experiencia”: “Nada es tan hermoso ni tan legítimo que desempeñar bien y debidamente el papel de hombre, ni hay ciencia tan ardua como el vivir esta vida de manera perfecta y natural. De nuestras enfermedades, la más salvaje es el menosprecio de nuestro ser”.

– Allí mismo digo lo siguiente, que me gusta mucho:  “Nuestro deber es componer nuestra manera de vivir, no componer libros; y  ganar, no batallas y provincias sino el orden y la tranquilidad por nuestra conducta. Nuestra grande y gloriosa obra de arte consiste en vivir correctamente; todas las demás cosas: reinar, atesorar, edificar y otras mil, no son sino apéndices y adminículos, cuando más”.

– Antes de que esta conversación se nos corte intempestivamente -como ya me ha sucedido en otras ocasiones-  quisiera decirte cuánto aprecio la franqueza y sencillez con la que te  presentas ante nosotros en los Ensayos. Simplemente nos miras de tú a tú y adoptas un tono que se parece al de una charla entre amigos.

– No pretendo convencer ni imponerme, sino intercambiar y deleitar, ser un amable compañero de ruta que, sin mayores pretensiones, habla a calzón quitado sobre su propia existencia: “Soy yo mismo la materia de mi libro”.

– Y, por eso mismo, en una u otra forma, nos vemos reflejados en lo que dices, pues“todo hombre lleva en él la forma entera de la humana condición” (III, 2). 

– En ese momento oí la voz de Nicole que me decía al oído: ¡Papá! ¡Pareces un bobo mirando al techo con la boca abierta! ¡Te chorrean las babas!

– ¡Estás haciendo el oso!, añadió Denise.

Montaigne se esfumó, muerto, pero de risa. Y yo, un tanto avergonzado, descendí como un coco de ultratumba.

Rodolfo Ramón De Roux

Febrero, 2023

Por Rodolfo Ramon De Roux

Jesuita, 1962-1981. Felizmente casado con Marta Martínez Vigoya; padres de dos hijas. Doctor en Ciencias Sociales de las Religiones (EHESS, París) y en Estudios sobre América Latina (Universidad de Toulouse, Francia). Profesor emérito de la U. de Toulouse, donde fue codirector del Instituto pluridisciplinar de estudios sobre América Latina (IPEALT).

10 respuestas a «Diálogos de ultratumba»

Rodolfo, qué maravilla de diálogo. Los que te conocemos, intuimos en medio de tu ironía burlesca, a dónde te han conducido tus diálogos con los del más allá. Los apartes que tomas y los comentarios que haces dibujan tu pensamiento y sentido de la vida. Por eso te admiro, ve! Gracias por compartirnos tus disquisiciones.

Rodolfo, me quedo con estas dos perlas:
De la cara oculta de las cosas, solo alcanzo a ver unas pocas y minúsculas arrugas.
Hay muchas cosas viejas que ignoras…
¡El arte de vivir la vida!…por eso escribí un «Canto al presente».
Cordial saludo.

La tentación es grande sobre lo que te puedo decir al amparo del “ejercicio de la duda” sobre este diálogo que nos poropones, pero si renuncio a esa tentación y me acojo a la absoluta verdad, mi corazón proclama dichoso que me encantó!

Bravo, bravo Rodolfo por este magistral dialogo alentado por los efectos espirituales de “Les Essais”, que te pusieron en contacto con aquel que atravesaría los planos espaciotemporales al privilegiarte como canal e interlocutor, para recordarnos que durante su anterior experiencia terrenal bajo el nombre de Montaigne pudo constatar que lo más importante en la vida es FRUERE IUCUNDE PRAESENTIBUS CAETERA EXTRA TE (goza del presente, el resto te es ajeno)

Gozar nuestro presente es justamente lo que has logrado!

Te acompañamos a la distancia en tu charla con Montaigne, tanto que me antojaste de releerlo, un placer que pocos nos damos. Me encantó ese recurso narrativo que utilizaste e hizo muy divertido el final. Abrazos de palabras

Qué buena experiencia de vida, con el quien también nos enseña el arte vivir. Acabo de terminar mi doctorado y mi tesis es sobre El arte de vivir en Montaigne. Les comparto el link de dos artículos que he escrito: uno sobre el ser humano y otro sobre la educación. Un saludo desde Barranquilla. Soy Jairo López (jesuita del 2003 al 2013), trabajo en Uninorte y en el Colegio de La Enseñanza.
La educación en Los ensayos de Montaigne, una experiencia dialéctica
https://doi.org/10.5209/ashf.75873
El ser humano en Los ensayos de Miguel de Montaigne
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=8555759

Estimado Jairo, le agradezco mucho el que nos haya compartido sus dos artículos, lo felicito por su doctorado y le deseo muchas satisfacciones en su trabajo docente.

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