Desvaríos del año 2057

Por: Luis Alberto Restrepo
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Un cuento muy extraño con una moraleja enigmática para lectores pacientes que se dejen distraer y divertir un poco.

En la esquina de la avenida Caracas con la calle 53 de Bogotá, José María ‒Chepe‒, fue atropellado por un taxi amarillo. Quedó tendido en el andén, lanzado con violencia sobre el duro cemento, con la boca, los ojos y las piernas abiertas e inmóviles. Su pantalón gris, de paño, estaba hecho piltrafas, lleno de barro y rasgado en la rodilla derecha y la nalga izquierda. En un santiamén se formó en torno suyo un pequeño corrillo de curiosos; entre ellos, alguno se puso a esculcar el saco del caído buscando la billetera. Los demás le gritaron “ladrón” y salió corriendo. 

Al principio, después del tramacazo y del susto, Chepe, completamente atontado y con sus ojos aún cerrados, oía sin embargo los comentarios a su alrededor: ¡Está muerto! ¡No! ¡Todavía respira! ¡Levántenle la cabeza para que respire mejor! ¡No sea bruto, que lo mata! ¡Llamen una ambulancia! ¿Quién tiene un celular?… Poco a poco las voces se fueron apagando, como si le bajaran volumen a la transmisión de un partido de futbol. 

Por pura casualidad, Mario pasaba por allí y se acercó a ver qué acontecía. Apenas reconoció a su amigo, se agachó para darle ánimos. ¡No te vayas! ¡Aguanta! ¡Respira! ¡No te vayas!… Pero Chepe comenzó a sentir que se deslizaba por un estrecho tobogán muy oscuro, casi negro. Iba de espaldas y se escurría vertiginoso por una pista de aceite. Al arrancar alcanzó a musitarle a Mario con angustia: ¡acompáñame, por favor! 

Mario era yo. Salté de un brinco al túnel, me puse también de espaldas y arranqué a toda miércoles. Al fondo, brillaba un puntico muy luminoso que aumentaba lentamente de tamaño a medida que avanzábamos. De repente, una fuerza extraña nos frenó un segundo y nos tiramos de prisa fuera del tobogán. Nos encontramos entonces en plena avenida Santander, en Cartagena, y nos quedamos alelados mirando a nuestro alrededor y mirándonos entre los dos como si fuéramos extraterrestres. 

No se veían carros. En cambio, unos como huevos gigantes, rojos, amarillos, azules, negros, blancos, de todos los colores, sobrevolaban la ciudad en todas las direcciones, trazando en su ruta grandes cuadrados en el cielo como si dibujaran un enorme tablero de ajedrez. Era una especie de extraños huevos-aviones; de “hueviones”, los calificamos. Se desplazaban sin ruido como ángeles silenciosos, movidos por energía electromagnética, según nos lo explicó una pareja de turistas italianos. Nos dijeron que en el parqueadero de la Marina había una gran cantidad de esos hueviones y enseguida nos dirigimos hacia allá.

Nos recibió un robot muy educado, que con mucha paciencia nos enseñó el manejo del aparato. Nos subimos por el costado, poniendo el pie izquierdo en un gran esquí de caucho negro y resistente, que servía a la vez de estribo o de tren de aterrizaje y amarizaje, y lanzamos luego la pierna derecha hacia dentro. Tomamos asiento en un sofá muy cómodo y pusimos en una ranura el chip de mi tarjeta de crédito, aunque el robot nos dijo que no hacía falta y nos ofreció gratis nuestro primer viaje. La carcasa era convertible y uno decidía si quería ir descubierto o si prefería que lo protegiera un caparazón transparente que se desplegaba de atrás hacia delante y bloqueaba el paso de la lluvia y de los rayos ultravioleta, de manera que se mantenía muy fresco y bien aireado. Optamos por cerrar la tapa. 

Chepe y yo tomamos un gran huevo color amarillo pollito y le dijimos: si eres tan duro, sobrevuela la ciudad vieja y luego enfila hacia el norte, pasando sobre el viaducto y la ciénaga de la Virgen y de ahí hacia adelante. El aparato despegó con una discreción, suavidad y silencio apenas propios del marido que vuelve a casa a la medianoche caminando en puntillas con los zapatos en la mano. El huevión podía calcular la altura de los obstáculos que iba encontrando y elevarse más si era necesario. Para el arranque se encaramó unos 200 m. y comenzó su solemne desplazamiento. Solo faltó la marcha triunfal: ¡tataaa!, ¡taratatán!, ¡tan!, ¡tan!, ¡taratataaa… ¡ta!, ¡ta! 

Aunque los extraños aparatos voladores parecían lentos, puesto que no pasaban de 20 km. por hora, los viajes resultaban muy rápidos porque el huevo inteligente iba escogiendo la ruta más corta y más despejada, de modo que nunca se metía un trancón. Bruto no era. Por supuesto, en la consola frontal se desplegaba una amplia pantalla de GPS que nos iba mostrando la trayectoria y, si uno quería, podía escuchar la descripción del viaje en uno de cinco idiomas: castellano, inglés, francés, italiano y alemán… o poner música. Sobrevolamos el ya por entonces muy lujoso barrio Getsemaní, cruzamos sobre el Centro de Convenciones, pasamos por encima de la Torre del Reloj, el patio de la Alcaldía, las callejuelas del centro de la ciudad llenas de enredaderas moradas, flores y buganvilias rojas, blancas, anaranjadas y amarillas. Subiendo y bajando suavemente dimos la vuelta completa hasta el hotel Santa Clara, el teatro Adolfo Mejía, el hotel Santa Teresa ‒que seguía siendo de un tal Gilinski‒ y emprendimos vuelo hacia el norte.

Cartagena era otra. Al parecer, unos años atrás el mar había penetrado a la ciudad vieja por los arcos de sus entradas, había roto la muralla cerca del teatro Adolfo Mejía y se adentraba por todas las calles hacia el centro. Por fortuna ‒caso muy raro en Colombia‒, unos diez años antes un alcalde había previsto lo que vendría con el cambio climático y había hecho rociar toda la ciudad hasta un metro y medio de altura con una finísima capa transparente de grafeno líquido. El grafeno es milagroso, doscientas veces más resistente que el acero y mil veces más delgado que un cabello. Había sido descubierto en los años treinta del siglo XX. En 2004, dos científicos de origen ruso, Novoselov y Geim, consiguieron aislarlo a temperatura ambiente, pero la extracción a partir del granito resultaba muy costosa. En el 2021, un equipo catalán logró producirlo en grandes cantidades y bajos precios y, en 2037, un equipo de dos colombianos, un alemán y un gringo se inventaron el grafeno líquido. 

De manera que todo en Cartagena ‒casas, edificios, templos, calles‒, todo había quedado impermeabilizado y protegido del agua, del sol, de los orines, la mierda y los vómitos de vagabundos borrachos y colocados. Las calles y hasta las mismas casas eran ahora canales venecianos por los que se desplazaban en silenciosa placidez graciosas góndolas o pequeñísimos kayaks, ensamblados con plaquitas de grafeno sólido.

Sobrevolando nos enrutamos hacia las afueras de Cartagena y a la entrada de Tierra Baja nos acercamos a un negro formidable que vendía trozos de mango condimentados con el polvo y la arena del lugar. Por él supimos que estábamos en el año 2057. El hombre nos vendió unas tajadas de mango, escupió un gargajo y se fue.

Regresamos a la ciudad vieja en nuestro huevo volador y apenas aterrizamos, resolvimos regresar a la boca del túnel y tomarlo en sentido contrario. Un poderoso viento nos absorbía hacia el otro extremo de la luz, hasta que llegamos a la superficie en Bogotá. Entonces Chepe se despertó del sueño. 

Así es la vida. Una piñata con dulces de colores con pequeños o grandes éxitos siempre relativos y a veces con tragos muy amargos e imprevistos a los que muchos tratan de darle alguna coherencia, hasta que les llega el punto final. A partir de ese momento cada uno viaja solo. No somos los dueños del tobogán ni de los hueviones. Y no hay huevión que se pueda meter por ese túnel y nos conduzca hasta el otro lado. 

Sin embargo, todo hay que mirarlo con una sonrisa en los labios, en la mente y en el hígado, porque todo es parte del Innombrable, de lo mismo-mismo, según lo escuché de un brujo que conocí en Tailandia.

Luis Alberto Restrepo M.

Agosto, 2022

4 Comentarios

Rodolfo de Roux 12 agosto, 2022 - 2:07 am

Larpo, te deseo un feliz viaje en el huevión que te toque al final. Te has ganado un paseo sideral en primera clase.

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Luis Alberto Restrepo 14 agosto, 2022 - 12:17 pm

Gracias, Rodolfo. Ya estoy preparando el viaje.

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EDUARDO JIMENEZ 12 agosto, 2022 - 7:12 am

Siempre atento a lo que escribe Luis Alberto. Este texto, con tinte futurista y del más allá, me encantó. ¡Muchas Gracias!

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Alfredo 19 agosto, 2022 - 11:03 am

LO DISFRUTÉ MUCHÍSIMO. EXCELENTE.

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