Del ‘Quijote’ al WhatsApp

Por: Francisco Cajiao
47 Vistas

La vida no está hecha de lo que ocurre, sino de la posibilidad de transformar eso en palabras.

El 23 de abril se celebra el día de nuestra lengua, conmemorando la muerte de Miguel de Cervantes en 1616. En esta ocasión quiero destacar el esfuerzo de las secretarías de Cultura y Educación de Bogotá para avanzar en las propuestas de estímulo a la lectura, la escritura y la oralidad que hace más de una década vienen impulsándose en la ciudad.

Nicolás Montero, secretario de Cultura, dice que “leer es soñar universos posibles, leer es atreverse a construir nuevas sendas de pensamiento, leer es extender la mano para encontrar la mano de los demás y tejer las redes que nos permiten crecer como comunidad, como sociedad, como ciudad. Leer es leer para la vida”.

Podría añadirse que la vida humana no está hecha de lo que ocurre, sino de la posibilidad de transformar en palabras lo que ocurre, para que la experiencia pueda irse desplegando en los relatos de un abuelo, en las cartas que alguna vez se enviaron por barco o por avión sobre mares y montañas, en los mensajes que se disparan de manera misteriosa e instantánea mezclando letras con voces y dibujos con canciones por WhatsApp. Las palabras, los textos en que las palabras mutan sus significados, los gestos que acompañan una conversación o los signos de puntuación que organizan el pensamiento son la vida misma de las personas.

Esta herramienta fantástica, cuya aparición requirió muchos miles de años de evolución, nos convirtió en una especie hecha de signos. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos como otros animales, pero no vivimos como ellos, porque tenemos la manera de viajar por el tiempo poniendo nombre a los recuerdos y describiendo con palabras mundos que todavía no han sido construidos. Podemos lanzar nuestras ideas, nuestros sueños y nuestros miedos dibujándolos en piedras, papiros, pergaminos, papeles y secuencias de ceros y unos para que vaguen por la historia dejando huellas y cayendo en la mente de quienes pueden leerlos.

Las palabras que los seres humanos hilamos para narrar nuestras vidas y denunciar los horrores que amenazan la existencia de comunidades, naciones y hasta del planeta pueden burlar todas las talanqueras y las censuras. Ellas salieron en papelitos minúsculos de los campos de concentración, han saltado los cercos de las dictaduras en radiodifusoras clandestinas, se cuelan en canciones y poemas en miles de lenguas. Pero las palabras también tienen su historia negra: han destruido vidas, estigmatizado pueblos, facilitado masacres, ensalzado criminales o dulcificado tragedias con eufemismos insólitos.

Nuestra lengua es un delicado instrumento que podemos usar de mil maneras: en buenas manos y conociéndola a fondo es fuente esperanzadora de grandes proyectos colectivos. Pero su pobreza también nos empobrece y nos aísla. Es triste no tener palabras suficientes para compartir la vida. Por eso, lo más importante en la educación de los niños es ayudarles a apropiarse de esta riqueza con la cual podrán vivir, amar, crear y perdurar. Enamorar a los niños desde su primera infancia de los libros es el mejor acto educativo. No es a través de sesudas teorías y planes como aprendemos a leer. Desde luego, hacen falta, pero el libro que se atesora, la historia que se lee a la hora de dormir una y otra vez como si siempre fuera nueva tienen una magia que nunca muere si además en la escuela se ofrecen los libros como alimento cotidiano, siempre disponibles, siempre llenos de cosas por descubrir. Enseñar a leer y escribir es un acto sublime de generosidad y una semilla perdurable de libertad.

Al pensar en la lectura y la ciudad viene a la mente Tamara, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino: “La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma”.

Francisco Cajiao

Mayo, 2021

4 Comentarios

Ed Garcia 4 mayo, 2021 - 6:35 am

Gracias por este ensayo. Me encanto. Recuerdo un Francisco Cajiao en el teologado de Chapinero en los anos 70s. Por se acaso, estuvimos juntos en ese entonces. Edmundo Garcia

Responder
Edmundo Garcia 4 mayo, 2021 - 6:40 am

Gracias. por el articulo. Francisco Cajiao — estuvimos juntos en el teologado de Chapinero en lost anos 70s? Edmundo Garcia

Responder
Dario Gamboa 4 mayo, 2021 - 7:17 am

Bello artículo Pacho! Cuanta profundidad y cuánta verdad. Gracias por hacernos reflexionar en la gran riqueza de la lectura y la de la escritura para devolver lo adquirido a los demás…!

Responder
Jorge Luis Puerta 4 mayo, 2021 - 10:11 am

Pacho: a menudo, leerte es un placer. Doble, esta vez, lo que me lleva a recomendarte uno de los mejores libros que nos ha traído esta pandemia: “El infinito en un junco” de Irene Vallejo, joven escritora española. Si ya la conocías, me alegro. La compartimos. No conozco un homenaje más completo, poético y estimulante sobre el libro en nuestras vidas. Saludos.

Responder

Dejar un comentario