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¿Deberíamos aprender de él?

En un relato anterior, Miguel le comentaba a su papá lo que había escuchado de parte del profesor Gustavo en la clase de ciencias naturales de primaria. Hoy, el inquieto muchacho utiliza el celular para llegar a los billones de células del organismo y sacar conclusiones sociales.

En un relato anterior, Miguel le comentaba a su papá lo que había escuchado de parte del profesor Gustavo en la clase de ciencias naturales de primaria. Hoy, el inquieto muchacho utiliza el celular para llegar a los billones de células del organismo y sacar conclusiones sociales.

Miguel se acercó otro día a su papá y le dijo:

‒Papi, hoy en la clase de ciencias el profe Gustavo nos pidió que buscáramos en Google del celular cuántos aparatos o sistemas funcionan en el cuerpo humano y que mañana le lleváramos un comentario sobre eso. 

‒¿Y qué encontraste, Migue?

‒Que son ocho. En este momento me acuerdo del respiratorio, el digestivo, el circulatorio, el nervioso y el reproductor.

‒Sí, añade el locomotor, que son los músculos y los huesos, y el urinario y el endocrino, que son una serie de glándulas en diferentes partes del cuerpo, con funciones delicadísimas e indispensables.

‒Sí, esos eran los otros aparatos que me faltaban.

‒¿Y qué fue lo que más te impresionó de lo que encontraste?

‒Pues, imagínate que entre todos esos ocho aparatos hay unos cincuenta billones de células. Cada una de ellas tiene una misión propia. Pero lo que me asombró es que, para poder cumplirla, se unen unas a otras como ella y entre todas van formando los distintos tejidos del cuerpo.

‒¡Qué maravilla!, Migue.

‒Pero es que ahí no para todo, papi.

‒¿Cómo así?

‒Es que los tejidos se organizan en unos como grupos o equipos distintos para trabajar juntos hasta que logran formar los diferentes órganos del cuerpo.

‒¿O sea que cada órgano de nuestro cuerpo existe gracias al trabajo y esfuerzo de cada célula unida a las demás?

‒Si, papi, y si no se unieran, no podríamos tener ni corazón, ni pulmones ni nada del cuerpo.

‒¡Qué buena estuvo hoy tu clase!, Migue.

‒Pero todavía falta lo más maravilloso, papi.

‒¿Aún más?

‒Sí. Es que cada uno de esos aparatos o sistemas del cuerpo no se sientan a creerse los muy muy, o los más importantes del cuerpo.

‒¿Y entonces?

‒Pues que todos se juntan y colaboran entre sí, cada uno entrega lo mejor de sí mismo para que el cuerpo completo pueda funcionar. ¿Te imaginas un corazón por ahí solo? No serviría para nada, se moriría enseguida.

‒Y qué comentario es el que piensas hacerle mañana al profe Gustavo?

‒Dos cosas, papi. La primera es que la vida de nuestro cuerpo solo es posible porque desde su célula más pequeña hasta sus aparatos o sistemas completos se unen y colaboran entre sí buscando el bien de todos. De lo contrario, moriríamos.

‒Y la segunda?

‒ Que nuestro cuerpo nos muestra instrucciones para nuestra propia vida. Que lo único que debemos hacer es leerlas y ponerlas en práctica. Si hiciéramos eso, no viviríamos peleando y matándonos entre nosotros mismos, solo por demostrar que somos los más importantes o los más poderosos.

Luis Guillermo Arango Londoño

Febrero, 2023

Por Luis Guillermo Arango

Nació en Medellín, Colombia, el 23 de enero de 1937. Jesuita (enero 20, 1955 - diciembre 8, 1973. Trabajó dos años en el Hospital Pablo Tobón Uribe como Director de Relaciones Humanas. Luego, en Seguros Sura, como empleado. Jubilado, siguió como asesor en Seguros hasta los 80 años. Casado, viudo, felizmente vuelto a casar. Una hija, psicóloga. Vive en Medellín, agradecido con la vida.

2 respuestas a «¿Deberíamos aprender de él?»

Luis Guillermo, muy agradable el diálogo de padre e hijo, y muy claros los aprendizajes del niño. Me quedé curioso por conocer “el relato anterior”… (¿o no lo leí?)

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