Es verdad que no todo cuanto leemos en el Evangelio narra hechos históricos verificables. Lo sabían los mismos evangelistas que preferían usar símbolos (también lingüísticos) para anunciar a los demás, no testigos de la presencia de Jesús como ellos, una experiencia que percibían fuera de lo común.
Pero ha sido ese un hábito generador de muchas dificultades cuando tratamos de entender ciertos términos, usados por los cuatro autores, en el modo de escribir una lengua que, ¡puf!, mezclaba el hebreo con el griego; lejano este último para nosotros, propio de especialistas el otro.
A ese propósito, si leemos el texto evangélico nos parece que Jesús no se interesa tanto por los enfermos en cuanto tales como sí lo hace con los pobres: dar el primer puesto a los pobres fue su opción, y debería ser por tanto la nuestra. “A los pobres los tendrán siempre con ustedes” afirma él mismo en cercanías de Jerusalén la víspera de su pasión. Economistas y sociólogos están de acuerdo en sostener que haya sido la pasada pandemia una de las causas del atraso y del retardo en las soluciones a la pobreza. Una de esas fallas, el que buena parte de nuestros ancianos -hoy en aumento cada vez más acelerado- y no pocos adultos vayan al encuentro de la muerte por causa de diversas enfermedades: el famoso coronavirus, escaso hoy pero todavía actuante, es una prueba irrebatible. Entonces, ¿no sería posible incluir en ese primer puesto a los enfermos?
Somos nosotros, y no por cierto el evangelio cuando sabe que los enfermos hacen parte de los pobres a los que respalda la actitud de Jesús, quienes hemos trasformado el sustantivo, el nominativo pobre en un subsidiario adjetivo. Por eso hablamos de “pobre enfermo”, “pobres enfermos”, “pobres pacientes recluidos en un hospital”. Y también por eso, como en los tiempos de la pre- y la postpandemia, procuramos mantenernos lejos de los enfermos y de los centros que los acogen.
Ha llegado la hora de cambiar nuestro modo de expresarnos: “pobres porque enfermos”, “pobres porque sufrientes, “pobres porque recluidos en un hospital”, “pobres porque sometidos a largos tratamientos”. En suma, porque necesitados de misericordia, una misericordia que surja desde nuestras vísceras. Como la de Jesús frente a los enfermos.
Alberto Echeverri
septiembre 2026

