Hijos hay muchos. Algunos gentiles, otros amargos, aquellos optimistas, los de más allá dedicados a hacer la propia voluntad y así por el estilo.
En Colombia empiezan a faltar los hijos de acuerdo con recientes estadísticas. Sin embargo, los niños son estimados, protegidos, amados; en tantísimos casos, sobreestimados.
Sobreestimados quiere decir que se les profesa un afecto rayano en la adoración: “Mi tesoro adorado” para muchas mamás, no importa la edad del vástago. El papá no se atreve a usar ese lenguaje pero en el fondo siente lo mismo. ¿Ellas y ellos han olvidado quizás el primer mandamiento, la primera palabra: “Al Señor tu Dios servirás y a él solo adorarás”? Quizá lo peor no sean los casos individuales. El extremo es, sin duda, el culto de la juventud agazapado en ese estilo de la relación entre padres e hijos.
El tío anciano y la abuela decrépita estorban, la suegra o el suegro seniles suscitan fastidio. Los hijos nunca, menos aún si llegaron hace poco tiempo. Los proyectos de los padres tienen siempre que ver con estos seres que comienzan a vivir. Los viejos no merecen proyectos, al fin de cuentas morirán en cualquier momento. Pareciera que nuestra época fuera el tiempo de la juventud y solo de ella. Hace tiempo las antigüedades eran estimadas, apreciadas, muy bien pagadas. Hoy estas viejeras han pasado, lo importante es renacer siempre. O, al menos en la era de los cirujanos plásticos, mantener el rostro y el cuerpo jóvenes porque las arrugas ya no suscitan admiración.
Afirman los teólogos que no se entiende la fe cristiana sin el pasado hebreo. He pensado con frecuencia que el san José, padre putativo de Jesús, que desde hace siglos resulta pintado y esculpido como de edad avanzada y por eso patrono de los agonizantes y de la buena muerte (la de los ancianos, obviamente), no sea otra cosa que el mejor símbolo de una venganza sofisticada: la de los admiradores de los viejos profetas contra el sobredimensionamiento de la juventud.
Pero si de hecho nuestras raíces, las de los cristianos y las que heredó América Latina de la colonizadora Europa, son más, mucho más antiguas, en el fondo ya no se trata de una moderna adoración de los niños. Tan solo del simple y rotundo miedo a la muerte, siempre al acecho. Lo demostró la pandemia de hace varios años.
Alberto Echeverri
Octubre, 2026


1 comentario
Alberto amigo, ¿recuerdas cuando en nuestra mocedad cantábamos alegremente “Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus”?
Sí, sí, porque “Post iucundam iuventutem, post molestam senectutem, nos habebit humus”.