Crecimiento sin empleo

Por: Mauricio Cabrera
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La semana pasada comenté algunas de las sorpresas e interrogantes que nos ha dejado este año la rápida recuperación del PIB después de la enorme caída que tuvo en 2020. Quedó pendiente de comentar la más incomprensible, a saber, que este ha sido un crecimiento sin empleo, que en la jerga económica se denomina jobless growth.

No se trata, por supuesto, de que no se hayan recuperado algunos de los millones de empleos que se perdieron por el manejo de la pandemia, pues entre junio del año pasado y este año volvieron a emplearse 2.2 millones de personas, pero todavía la población ocupada está dos millones por debajo del nivel prepandemia, mientras que el PIB semestral de este año si alcanzó un valor similar al de 2019.

Es un crecimiento sin empleo porque, según el DANE, hoy 20.6 millones de trabajadores producen la misma cantidad de bienes y servicios que hace dos años se producía con 22.6 millones. Esta es la cifra total, pero cuando se miran algunos sectores la situación es todavía peor, pues han aumentado su producción con menos trabajadores. Estos sectores son casos típicos de crecimiento con pérdida de empleo (joblost growth).

Así, por ejemplo, la agricultura aumentó su producción en 6.9 %, a la vez que disminuyó el número de trabajadores en 7.5 %. La producción industrial aumentó un poco menos (3.1%), pero lo hizo con 16 % menos trabajadores, y unas variaciones similares tuvo el sector de información y comunicaciones. El sector de la administración pública y los servicios sociales de educación, salud y otros aumentaron su producción 6.1%, a la vez que disminuyeron 11.5 % el número de empleados.

El caso más extremo, y más inexplicable, es el de las actividades artísticas, de entretenimiento y recreación, que con la apertura de la economía tuvieron el mayor crecimiento (19%), pero también la mayor caída en el número de trabajadores (-20 %).

¿Qué significan estos hechos y, sobre todo, cuáles son las implicaciones para las políticas de generación de empleo? Un economista ortodoxo aplaudiría porque implican un aumento de la productividad del factor trabajo: se necesita menos mano de obra para producir lo mismo, o más. Claro que el mismo economista rechazaría la consecuencia de la mayor productividad, que debería ser el aumento de los salarios, aunque en sus modelos el salario debe ser igual a la productividad del trabajo.

Lo cierto es que las empresas aprendieron a producir con menos trabajadores, bien sea porque tuvieron que hacer un esfuerzo para reducir costos ante la disminución de las ventas, o bien porque las restricciones de movilidad las obligaron a introducir nuevas tecnologías que permiten un uso más eficiente del tiempo y otros recursos. En la medida en que se recuperen las ventas, ningún gerente o accionista va a querer renunciar a estas mejoras, sino que va a verlas como una forma de aumentar las utilidades.

El problema, desde el punto de vista social y económico, es que estos aprendizajes llegaron para quedarse, de manera que las empresas no van contratar más trabajadores para producir y vender lo mismo, e inclusive para aumentar un poco la producción. De poco o nada servirán incentivos como los incluidos en la reforma tributaria, de regalar un 25 % de un salario mínimo de un nuevo empleado. 

Se requiere una revisión profunda de las políticas para generar empleo como la planteada por la Misión Alternativa de Empleo*.

https://ail.ens.org.co/wp-content/uploads/sites/3/2021/04/Resumen-EJecutivo-Mesa-Alternativa-de-Empleo-e-Ingresos_29_04_2021.pdf   

Mauricio Cabrera Galvis

Agosto, 2021

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