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Colombia: ¿una sociedad y un Estado mafiosos? (1 de 4)

Hacia 2015, Colombia se había convertido ya en una sociedad y un Estado mafiosos. Aun hoy, mafias de distinto cuño se han infiltrado en todas las formas del poder político y social y tratan por todos los medios de controlarlas y adueñarse de ellas. El proceso es inestable pero cada día se hace más incontrolable. Veremos cómo evoluciona ahora con el gobierno de Gustavo Petro.

Hacia 2015, Colombia se había convertido ya en una sociedad y un Estado mafiosos. Aun hoy, mafias de distinto cuño se han infiltrado en todas las formas del poder político y social y tratan por todos los medios de controlarlas y adueñarse de ellas. El proceso es inestable pero cada día se hace más incontrolable. Veremos cómo evoluciona ahora con el gobierno de Gustavo Petro.

Calificar a una sociedad y a un Estado de mafiosos no significa que todos sus ciudadanos o funcionarios estén directamente vinculados a mafias. Ni siquiera significa que lo esté una mayoría. Probablemente, las mafias como tales solo constituyan en Colombia, ahora y en el futuro, una minoría; poderosa sí, pero minoría. Sin embargo, no se puede desconocer que algunas organizaciones mafiosas han adquirido en el país un enorme poder y una creciente capacidad de articulación y conducción de los demás poderes sociales, económicos y políticos, a los que les imprime hoy buena parte de su sentido, dirección y ritmo. 

El poder mafioso, al ser ilegal, es inestable. Existen y existirán siempre en Colombia fuerzas sanas y también poderosas que resisten a su lógica. Aunque no lo veamos, ante nuestros ojos se desarrolla diariamente un continuo forcejeo político y social, con avances y retrocesos de ambas partes. En bastantes casos, una u otra organización mafiosa se ve todavía obligada a replegarse, aunque en algunas circunstancias solo lo haga en apariencia. Pero aun sus relativas derrotas suelen ser aprovechadas para mimetizarse y mimetizar mejor al país bajo trazas de legalidad, mientras continúan con su insidiosa labor de zapa. Sin prisa, pero sin pausa, avanzan en su proyecto de fondo: “refundar la patria”.

Mafia

Surge entonces una primera pregunta. ¿Qué entiendo aquí por mafia? En Sicilia ‒donde nació el término‒ la mafia era una confederación de clanes familiares dedicada inicialmente a la protección de una población mal amparada por el Estado y a la aplicación de la ley por su propia cuenta; más adelante, derivó también hacia el narcotráfico y el crimen organizado. 

Hoy, el término mafia se ha globalizado y se emplea para denominar a grandes grupos dedicados al crimen organizado u otras actividades ilegales mal conocidas, pero su acción no se limita a las actividades ilegales. Característica decisiva de la mafia es que combina sus movimientos turbios con los legales y así va penetrando y apoderándose de distintos ámbitos de una sociedad y de su Estado. 

En Sicilia los miembros de esos grupos se calificaban a sí mismos de ‘mafiosos’, es decir, de ‘hombres de honor’, y entre sus ‘códigos de honor’ el más conocido era la omertà o ley del silencio, basada en la lealtad de las familias. En Colombia las mafias no están integradas por clanes familiares, sino por bandas de delincuentes individuales dedicados ante todo (aunque no solo) al delito y el crimen. La cohesión interna y recíproca de estas bandas no proviene entonces de lealtad alguna o de un código de honor que exija el silencio; se deriva de la ambición de cada individuo, de su deseo de permanecer en la banda para beneficiarse de ella, de aprender y ascender en su escalafón, así como del temor, respeto y disciplina que sea capaz de infundir el jefe a todos sus integrantes. Es, por lo tanto, una cohesión forzada, violenta y quebradiza, muy distinta a la de la mafia siciliana. 

Denomino aquí mafia, en singular, a las diversas mafias que operan en Colombia, por cuanto todas ellas confluyen en la ilegalidad formando así una especie de para-Estado y de para-sociedad. 

Luis Alberto Restrepo M.

Noviembre, 2022

Por Luis Alberto Restrepo

Jesuita 1953-1982, primeros dos años de estudios de filosofía y teología en Bogotá, y luego otros dos en Frankfurt a.M. (Alemania), en el teologado de los jesuitas. Regresa a Colombia en 1974, trabaja en Cinep, da clases de filosofía política en las universidades Javeriana, Andes y Nacional. Participa en la Comisión de Solidaridad con los Presos Políticos (CSSP). En esa condición, es invitado a Europa para denunciar las violaciones de los DDHH. Los fines de semana da cursos a maestros rurales y campesinos. Detenido en la BIM y en el Colegio San Bartolomé La Merced durante cuatro meses en medio del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Retirado de la Orden en 1982, tres años después forma pareja con Socorro Ramírez, feminista, líder sindical y política. Desde entonces ambos comparten intensa actividad nacional e internacional, real y virtual.

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