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Cuando viajamos, salimos de nuestra zona de confort. Encontramos nuevas gentes, espacios que nos revelan cosas insospechadas, situaciones que nos interpelan. Nunca somos los mismos después de un viaje vivido a fondo. Exjesuitas en Tertulia quiere convertirse en ese álbum hecho por muchas manos y recibir de usted lo que ha aprendido, lo que lo hizo cambiar.

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Continuando el relato de nuestro viaje a la India, Jaipur fue la tercera ciudad que visitamos. Allí viven los padres de Sam, esposo de Anku, nuestros guías, cuya familia entera nos atendió como anfitriones. De nuevo sentimos la intensidad de su respeto familiar, la sabiduría de los mayores, la apertura al visitante y el deseo de agradar y comprender las diferencias que nos ayudan a crecer. 

Jaipur*, la capital del estado de Rajasthán, es una ciudad grande, con carácter, mucha historia y lugares hermosos por conocer. La llaman la ciudad rosada porque la construyeron con estuco rosado y a comienzos del siglo XX, para recibir al entonces príncipe de Gales, volvieron a pintar las edificaciones de color rosa.

El primer día desayunamos solo frutas porque estábamos invitados a una clase de Sujok, ciencia ancestral de sanación ‒una terapia alternativa‒, que utiliza presión en las manos y en los pies para que te sientas mejor. La clase nos la dio la mamá de Sam: es uno de sus hobbies.

Aprendimos, practicamos y, en un día, empezamos a ver los resultados. Recordé que en cada pie y en cada mano están las terminaciones nerviosas conectadas con cada órgano de nuestro cuerpo. Por lo tanto, puedes percibir en tu pie tu sistema digestivo, reproductor, respiratorio, etc. Quedé muy interesada por aprender más. Ya lo verán… 

Ceremonia de Bienvenida con el fuego

Después de la clase llegaron los tíos y el papá de Sam y empezó la ceremonia del fuego, como celebración de bienvenida. En el medio de un salón de su casa fuimos prendiendo poco a poco el fuego hasta que la madera adquirió color rojizo, fundiéndose en una sola llama y dándonos un poco de calor, pues era una mañana bastante fría para mi piel. Se agradeció al Creador y se pidió por luz y mucha salud para el mundo que está pasando por un momento muy frágil. Fue una ceremonia grandiosa, con muchos mantras, donde todos participamos, hablando perfecto inglés. La comunicación fue muy buena y me sentí bilingüe.

Luego nos sentamos a disfrutar un brunch. La mesa estaba muy bellamente dispuesta, con su juego de vajilla que quizás era para recibir a la visita. Ellos nos atendían y pasaban una variedad de manjares nativos para que probáramos de todo. ¡Se sentía muy bonito! Love is in the air. No podía creer tanta atención y variedad. Fue una sensación que agradecí en silencio. Estábamos en medio de una familia india, compartiendo unas costumbres de una manera muy profunda. Di gracias una y más veces. Pusieron el picante aparte (Anku ya conocía mi flojera con lo picante) para que yo probara de todo. ¡Qué delicia, qué sabores, qué olores, qué texturas! Y ellos caminando alrededor de nosotros, pendientes de cada detalle. ¡Que experiencia tan única vivimos ese día!

Salimos con “barriga llena, corazón contento” a conocer la ciudad. La primera parada fue en el observatorio Jantar Mantar, que mandó construir el rey en 1734 porque quería explorar todo lo que pudiera verse en el espacio: planetas, estrellas, constelaciones. Deseaba también crear un horario, un calendario y hallar su relación con los signos del zodiaco. Por eso, decidió levantar la ciudad alrededor del punto más exacto del “Reloj del Sol”.

Observatorio Jantar Mantar

Caminamos después al centro, hacia el Hawa Mahal, un palacio lleno de ventanas, como de juguete. Lo utilizaban para venir a meditar, subir y deleitarse con la vista, mientras el viento se colaba por cada espacio y cada ventana. Solo era para eso: ¡para alabar al viento!  

Palacio de la ciudad- Hawa Mahal- Jaipur

Nos desplazamos luego al palacio Amber y al Nahagar Fort, una fortaleza localizada en una montaña. De lejos se veía cómo la muralla china…  Muchos kilómetros: así, tal cual. No sé por qué este lugar no es más conocido. El mundo tiene que saber más de más este subcontinente asiático. 

Tomamos un jeep para subir a esa montaña, por calles estrechas y con la oportunidad de ver monos en su salsa. De repente, ¡un ruido encima de nuestra cabeza! Eran ellos, los micos, saltando y jugando de un lado a otro. Son famosos y además ladrones. Les gusta llevarse las gafas de los turistas. Llegamos al castillo y de ahí, a caminar y subir para observar la belleza de su construcción y la vista panorámica de Jaipur. 

Nahargarh Fort – Jaipur

Almorzamos un poco tarde en un restaurante. ¡Nos sentimos en el siglo XV! ¡Qué atención, qué comida tan deliciosa y qué postre!  Los meseros nos invitaron a conocer la casa que usan para atender invitados muy especiales. ¡Todo de plata! Sillas, mesas, adornos, copas, cubiertos como para asombrarse de verdad: bello, ¡bellísimo!

Once upon a time restaurant- Nahargarh Fort

Bajamos cuando caía la tarde. Terminada la aventura, nos llevaron de compras. Teníamos que regresar con un atuendo indio… Llegada la hora de cenar, todo me pareció exquisito. ¡Me estaba enamorando de la riqueza de sabores de la India!

* El sufijo pur, frecuente en el nombre de ciudades indias, suele significar asentamiento, ciudad, fortaleza o castillo.

Pilar Balcázar

Marzo, 2020

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Hoy amanecimos en Jodhpur. Hermoso clima en la mañana, fresco, tanto como para una chaqueta y un gorro para hacer yin yoga afuera, en medio del verde de los campos y del azul de la piscina. 

El desayuno fue nuestro desayuno normal: dinos cómo quieres que te preparen los huevos y los acompañantes. Darío ya estaba extrañando una comida occidental. Salimos en plan de turismo a la ciudad antigua, llamada Ciudad azul. Muchas de sus paredes, techos, pisos y escaleras son azules. Esta coloración fue una herencia de la cantidad de brahmanes que vivieron allí y que mandaron pintar sus casas de ese color para diferenciarlas de las de las demás personas.

Caminamos unas dos horas. En una esquina me sentí en Mykonos (Grecia), en otra me sentí en Fes (Marruecos), en otro lugar me sentí en Granada por algunos balcones y cuando llegamos a un mirador y observamos la muralla en la montaña, la fortaleza real Meheranger, construida en el siglo XV, me sentí en la Alhambra cuando se la mira desde las cuevas de Sacromonte… 

¡Qué mezcla de recuerdos, buenas sensaciones y emociones! Sentí que una energía hermosa nos rodeaba: todas esas paredes querían decirme algo, las puertas y ventanas me sonreían y la gente que nos encontrábamos en el camino nos saludaba. Los niños querían conversar, darnos sus manitas y mirarnos. Sentí felicidad en el aire, a pesar de la pobreza extrema circundante.

El recorrido incluyó la casa donde creció la mamá de Anku. Una construcción de 123 años donde viven su abuela, dos tíos, la tía y la nana que la crio. Todos ellos salieron a darnos la bienvenida y nos mostraron su casa con mucho orgullo. Subimos hasta la terraza y la recorrimos completa. 

Me dio mucho gusto tener la oportunidad de estar con personas locales y percatarme de su modo de vivir. Disfruté con conciencia esta visita familiar. Luego, nos dirigimos a un colegio donde el abuelo de Anku fue profesor de matemáticas. ¡Qué colegio! Cada aula abierta y en una de ellas, había niñas en clase, con una profesora que parecía parte de las alumnas. Las distrajimos por unos minutos: pedían fotos por doquier. 

Después viajamos en tuctuc por unas calles estrechas donde escasamente cabe un solo mototaxi. ¡La sensación fue indescriptible! Parecía que estuviéramos en una montaña rusa de Disney. ¡Wow! No sé cómo no se accidentan más: son unos especialistas en conducir por esas callejuelas.

 

Esta vez sí disfruté el almuerzo. ¿O sería que estaba aprendiendo a tolerar un poco el picante con una nueva modalidad? El cocinero me sugirió que le pusiera panela raspada a la comida. Así lo hice: entonces, comí y repetí. 

La tarde fue para seguir caminando, ver tiendas, el acueducto y conocer el palacio real. Ese día estaban preparando una fiesta. Vimos que muchos invitados llegaban y la guardia real los recibía con tambores y un desfile. Sorpresiva e inesperadamente nos tocó vivir ese momento especial. 

 

Regresamos al hotel y a las 5:30 p.m., como los británicos, tomamos el té inglés en el jardín del hotel. Por la noche, los padres de Anku nos invitaron a una cena hecha por su mamá. Todos disfrutamos de sabores y texturas diferentes a las de un restaurante local. ¡Toda una comida gourmet! Para mí, resultó un poco picante. Sin embargo, esta vez también repetí.   

La velada acabó a las 9:00 de la noche. Nos fuimos a descansar, rellenos de cuerpo y alma, pues habíamos tenido un día realmente maravilloso.

Pilar Balcázar

Marzo, 2020

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Un viaje mariano

Por Vicente Alcala
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Entré a la Oficina de Turismo y, después de saludar, pregunté: 

‒ ¿Dónde queda la Cueva de Iría?

‒ No se llama así, señor, me respondieron. Cova de Iría es la comarca cercana, que está allá, me respondió el funcionario, y me indicó por la ventana. Era como decir, aquí, el valle de Teusacá.

Estábamos cerca al Santuario de la Virgen de Fátima, no lejos de Lisboa, en Portugal:

La confusión mía, seguramente, se debía al recuerdo latente de la gruta de Lourdes y al eco del cántico escuchado desde la infancia: El trece de mayo, la Virgen María, bajó de los cielos a Cova de Iría. Ave, ave, ave María.  

Sin embargo, allí no había gruta sino una encina, sobre la cual se manifestó María a los tres pastorcitos lusitanos. ¿Fue una imaginación, una alucinación, un sueño…? No, ellos estaban seguros: una cosa era la encina y otra, muy diferente, la presencia de aquella señora reluciente.

Hoy, no solo los Papas, sino muchos fieles, visitan, veneran, y ruegan a la Virgen de Fátima

Antes de emprender el recorrido mariano por Europa, en Bogotá habíamos saludado a la Virgen de Chiquinquirá, cuando la acercaron para la visita del Papa Francisco en 2017.  

Desde Portugal, pasamos a Andalucía. En primer lugar, fuimos a Sevilla, a visitar a la Virgen de la Macarena

En Córdoba, visitamos el Noviciado de la Compañía de Jesús, y en él, a la Virgen del Silencio.  

                                                                                                                     

La Virgen de los Dolores se venera en Granada

Llegamos luego a Almería donde, cerca del cabo de Gata, se apareció la Virgen del Mar, patrona de la ciudad.  

En Zaragoza, en la basílica, junto a la Virgen del Pilar se halló una bomba de la guerra civil española sin explotar: un símbolo de la protección de María, la Madre de Jesús.   

En Barcelona, la Catedral de la Sagrada Familia manifiesta que, como en todo hogar, la Madre es su centro y su corazón. 

En otros países vimos las columnatas con la imagen de la Virgen que presiden plazas y avenidas en Munich, Insbruck, Zagreb… 

Y en Udime (Italia), invocamos a la Virgen de la Salud, representada en esta imagen.

    

Uno de los lugares más bellos y conmovedores del viaje fue el paraje y la casa de la Virgen María, cerca de Éfeso (en la actual Turquía). Allí ‒según la tradición‒ pasó la Madre de Jesús los últimos años de su vida junto a san Juan. Recordemos que Jesús, en la cruz, “al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ’ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”(Jn 19, 26-27). 

La casa original era del siglo I. La actual fue construida en el siglo XI y posteriormente reconstruida.

Para terminar el viaje, visitamos la iglesia de San Salvador de Chora, en las afueras de Estambul. Allí hay 12 mosaicos que representan la vida de María. Estos son dos de ellos:

En esta iglesia, los campesinos ‒como no sabían leer en su época‒ recibían la catequesis con la ayuda visual de los mosaicos. 

Para despedirnos, admiramos el mosaico de la Dormición de María:

Es dormición porque la Madre de Jesús al ser inmaculada de pecado, fue preservada de la corrupción de la muerte y elevada a la vida inmortal ‒partícipe de la resurrección de Jesús‒, como celebra la Iglesia en la festividad de la Asunción el 15 de agosto de cada año.  

No todas han sido las mejores fotografías, ni logramos recorrer todos los lugares más significativos, pero la muestra es suficiente para comprender el valor de la presencia de María en las comunidades de todas las regiones creyentes en Jesucristo, a través de los veinte siglos de la era cristiana.  

Vicente Alcalá Colacios

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A través de la fundación Nuevalife.org, participo en un grupo internacional de asistencia a la comunidad wayúu del norte de la Guajira colombiana. Pensamos que íbamos a dar apoyo en accesos al agua, la educación, la salud y el cuidado animal, pero salimos aprendiendo de ellos cariño, acogida, sinceridad y cultura.

Hoy es nuestro segundo día de experiencia en las comunidades Wuayuu. El tiempo pasa lento y nos alcanza para hacer muchas cosas. El calor sube grado a grado y, de repente, veo caras rojas y deshidratadas. Necesitamos parar, tomar agua y descansar.  Estamos pintando las paredes de afuera y mejorando la escuela de la comunidad. 

La escuela de la comunidad

Un grupo de personas de la comunidad Jayapamana nos recibió en un salón con algunos profesores y nos ofreció una bebida blanca, quizás avena, pero pronto corrió una voz: “No se la tomen, está hecha con agua del grifo, …¡qué pena! Fue un momento incómodo: había que cuidar nuestros estómagos. También nos ofrecieron chivo a la brasa. Nunca lo había probado. No soy amiga de comerme esos animalitos. Otra vez, ¡qué incomodidad! 

Después compartieron sus costumbres, sus bailes típicos y vestidos y nos contaron el significado de un baile llamado La Yona. Es una danza al compás de tambores, donde ellos buscan equilibrio social, solidaridad colectiva y relación entre el cosmos y el ser humano. En él, muchas mujeres corretean al hombre que se mueve de espaldas hasta hacerlo rendirse a sus pies.   

Después de una demostración, nos escogieron a Camilo y a mí para interpretarlo. Lo sentimos en el alma y en el cuerpo, pues no fue tan sencillo terminarlo. Reímos y nos divertimos. Había mucha alegría en el ambiente.

Bailando la Yona con Camilo, mi hijo.
          Los niños jugaron fútbol y los más chicos pintaron y fueron muy creativos   

Almorzamos a la sombra. Una mujer wayúu nos llamó a cada una de nosotras para pintarnos la cara. Era su regalo, su ofrenda. 

Compartiendo regalos y sonrisas

Ver caras felices de todas las edades no tiene precio. Compartir mi teléfono y hacerlos reír con los filtros fue lo máximo. Sentir que quieren estar cerca de ti, tomarte la mano y que al menos les des una mirada de complicidad.   

Mi corazón se ha expandido nuevamente y mi alma se ha llenado de agradecimiento con Dios, con la vida, con Nuevalife.org y con cada uno de los miembros de esta gran familia.   

Mañana será un nuevo despertar e iremos a otra ranchería. 

Me voy feliz y agradecida, con la convicción de que volveré a ver crecer estas caritas.

Pilar Balcázar

Diciembre 2019

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Somos sombras que caminamos siempre juntos

Cuando los ciclistas se aproximan al final de una competencia deportiva encuentran señales que indican cuántos kilómetros faltan para culminar la etapa. Entonces aceleran, en especial en el kilómetro final, para definir quién obtiene la victoria.

Las señales del camino, en Galicia, indican cuán cerca estamos de nuestro destino
Por caminos del norte de España, hacia Santiago de Compostela

Tras recorrer más de 800 km del camino que iniciamos en Lourdes, en bus, en tren y a pie, arribamos a Sarria. Solo quedaban 125 km para llegar. En cada lugar donde nos detuvimos hicimos sellar nuestro pasaporte del camino para recibir la “Compostelana”, cumpliendo las condiciones de esta peregrinación milenaria. A diferencia del deporte, en el camino de Santiago se trata de cumplir todas las reglas y no de llegar primeros y por cualquier medio. 

Antes de recorrer el último trayecto hicimos estas reflexiones:

Lo que falta es poco, pero es lo definitivo. Lo hecho hasta aquí ha sido muy importante. Sin embargo, eso de nada vale si, al final, lo definitivo se hace mal. Todo hay que hacerlo bien. La mediocridad debe estar ausente de la vida. Hay que medir las fuerzas para el último tramo. Reconocer los límites propios para el trayecto final permite dosificar la marcha sin agotar los recursos. 

Con sol o con lluvia, ¡seguimos adelante!

Quiero y voy a llegar. A no ser por una razón de fuerza, realmente mayor, caminaré, iré a pie hasta el final. Hemos superado muchas dificultades, barreras, dolor y contado con la ayuda de muchos, utilizado racionalmente nuestros recursos y aprendido a usar bastones que ahorran energía, brindan seguridad, soporte y firmeza a nuestros pasos. Si los sanos los manejan, los enfermos y limitados, con mayor razón, debemos recurrir a ellos. Hay que saber quiénes y cuáles son nuestros bastones.

Nuestros bastones, apoyo para los débiles y fortaleza para los sanos

Si quiero llegar, debo conocer mis fuerzas y debilidades. Aunque el trayecto que falta es corto, quedan etapas que exigen lo mejor de nosotros. Debo cuidar lo que soy y lo que tengo, sabiendo mis debilidades. No puedo tomar atajos. Ni antes, ni en lo que queda, las trampas o los atajos son aceptables. Las normas y las reglas del juego deben respetarse siempre.

Tengo razones valiosas para llegar. Quiero llegar por un compromiso conmigo mismo, libre, responsable y alegre. Nadie me ha forzado. Quiero llegar porque siempre, durante mi vida, he podido cumplir lo prometido. 

Nuestro destino fue la meta que nos animó siempre

Llegaremos juntos. El camino lo hemos recorrido unidos con mi compañera de vida. Somos uno solo y llegaremos juntos, a nuestro ritmo, hasta el final. Esa fue nuestra promesa y la cumpliremos. Aprendimos a ser sinceros, a mirarnos de frente y a apoyarnos en nuestras debilidades. Este camino es como nuestra vida.

La fuerza nos viene de Aquel que nos unió. Somos compañeros de camino y destino. Todo lo podemos en quien nos fortalece y es la razón de nuestra fe y esperanza. Iniciamos la ruta pidiendo su gracia para recorrerlo y la culminaremos testimoniando que hemos cumplido, con la gracia recibida. Con Dios iniciamos; con Él, terminaremos. El destino lo sabemos; el camino lo hacemos.

Al final de la jornada, sugerimos:

  • Tenga claro su destino y a dónde quiere llegar. Muchos, por no haberlo definido, jamás logran su propósito. Llegar a Santiago de Compostela era nuestro objetivo; sin embargo, éramos conscientes de que nuestra ruta nos llevaba mucho más allá de Compostela. 
La valla de entrada a Santiago de Compostela
  • Haga cálculos reales antes de iniciar la marcha. Hacer cuentas, disponer de fuerzas físicas, financieras y espirituales suficientes le permitirá llegar hasta el final.
  • Tenga claro y sólido el motivo por el que quiere transitar la rutaLa razón por la que decide recorrer el camino le servirá para superar dificultades y obstáculos. Según la época del año habrá que remontar montañas a pleno sol, cruzar cañadas, caminar bajo la lluvia, resistir el frío y, en ocasiones, la nieve, pero aprenderá a agradecer todo lo recibido en su vida y a consolidar la promesa de vivir hasta el final, más allá del horizonte.
Un grato encuentro en las calles de Santiago con los peregrinos 
María Ángela Ferro y Goyo Vélez
  • Escoja con conciencia y en absoluta libertad. Hágalo como algo propio, porque le viene en gana y sin presiones de nadie. Aunque puede ser duro, llegar es su compromiso. Este le ayudará a cumplir lo que se ha prometido.
  • Elija cómo y con quien quiere hacerlo. Unos lo logran caminando, en bicicleta, solos, en pareja o en grupo, dependiendo de sus fuerzas físicas y espirituales. Todas las modalidades son válidas; sus ventajas y desventajas se evidenciarán a lo largo de la ruta. Para nosotros, el compañero de nuestro viaje fue el mismo que motivó al apóstol Santiago a recorrer Europa y a decir al mundo que tenemos un destino más allá de Compostela.
  • Vaya al ritmo del más débil. Si quiere arribar acompañado, usted puede ser el que más ayuda necesite. Se trata de llegar unidos, sin dejar atrás a su acompañante.
  • Pregunte y verifique las respuestas. Aunque muchos le ayudarán, también hay avivatos que quieren lucrarse de su deseo de llegar.
  • Caminar y cumplir la meta cada día nos muestra un horizonte nuevo, un paisaje novedoso que es apasionante. Cada día es nuevo y es necesario seguir adelante. 
A “espaldas” de la Catedral, llegando a nuestra meta
  • Nuestra meta en la vida, nuestro Santiago de Compostela, lo sabemos; el camino, lo hacemos. Depende de nosotros y de nadie más cumplir nuestra misión.
  • Nuestro Santiago y nuestro camino lo llevamos dentro, aunque jamás hayamos estado en España.
La foto que testimonia nuestra llegada a Santiago

Bernardo Nieto Sotomayor

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…y el arte hecho vida

Todo comenzó inesperadamente. La última vez que nos vimos, mi hermana María Victoria, sobreviviente de casi siete operaciones de todo tipo ‒¿de ahí su identificación con Frida?‒ me hizo prometerle que si tenía la oportunidad de estar en México visitara la Casa Azul, testigo de la vida y muerte de Frida Kahlo  con su Diego Rivera. Tota murió en enero 2016.

Foto: Peter Andersen – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0 
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=296837  

En noviembre de ese año pude cumplirle la promesa. Fueron seis horas de una experiencia casi religiosa (en el sentido de re-ligare): sentí que juntos hicimos el recorrido por toda la casa.

La rebelión de la vida hierve por toda la Casa Azul. Rebelión contra la polio infantil; rebelión contra el fatal accidente sufrido en su juventud, que le dejó a Frida secuelas irreparables en todo su cuerpo; rebelión que explota en colores, en formas, en la naturaleza del jardín interior, en la riqueza artesanal de México presente en todas partes.

Lo más elocuente es que esta rebelión de la vida surge desde la cama a la cual estuvo atada durante mucho tiempo (su madre instaló un espejo en el techo del baldaquino para que ella pudiera pintar sus autorretratos) y desde el estudio, donde la silla de ruedas y el caballete son testimonios fieles de su pasión por pintar, como impulso de la vida.

Visitamos la Casa Azul el día de muertos, fiesta nacional mexicana como ninguna. Aquí está el altar de muertos, que ella acostumbraba a poner cada año, otra explosión de color y de vida, con su foto en el centro, rodeada de cempasúchil o flor de los muertos que los guía a la eternidad.

Ese día había también en la casita aledaña que da al patio y que creo que era la de los cuidanderos una exposición de los vestidos y joyas usados por Frida. Primero el dolor: arneses de acero forrados en tela y correajes que trataban de hacerle llevadera la vida. Y luego, de nuevo, la explosión de colores, texturas, tejidos de maravillosas obras artesanales de todo suMéxico, algunas de ellas diseñadas o retocadas por ella misma, apoyada por las manos diestras de su madre. 

La leyenda cuenta que a las funciones públicas (conciertos y otros eventos) Frida llegaba expresamente un poco tarde… para lucir, con un orgullo no disimulado, sus tocados mexicanos.

Pasé dos horas en el jardín, a la sombra de los árboles…, en silencio. Al fondo, unas jóvenes escolares visitaban la exposición, guiadas por su profe, una guía sin par…

“El arte más poderoso de la vida es hacer del dolor un talismán que cura, una mariposa que renace florecida en fiesta de colores”… escribió Frida en su diario.

Jorge Luis Puerta

Huaraz, noviembre 2020

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“Bajémonos a la realidad“ fue nuestro lema de hoy en Cinque Terre. 

Ya no estamos para subir y bajar escaleras. ¡Ya noooo! Se nos pasó el tiempo y la hora. ¡No es la edad: es la salud! 

Mis células me ruegan que no abuse de ellas. Con la escalera que tenemos que subir para llegar a nuestra habitación es más que suficiente. ¡Son casi 40 escalones. 

De la estación del tren son apenas 377 escalones de bajada. Y ¿qué tal el regreso?

La idea era caminar por una hora, pero no contábamos con estas “maravillosas” escaleras Volvimos a la dura realidad.   

Decidimos tomar un bus que nos bajara a la estación del tren y allí comprar un pase por el día y conocer así los cinco pueblos de Cinque Terre. 

Empezamos por Riomaggiore, que es un pueblo menos antiguo, muy pequeño, con subidas y bajadas. Llegamos hasta donde comenzaba el camino peatonal, pero estaba cerrado. Lo llaman la vía del amor.

La puerta está forrada de candados donde los enamorados se juran amor eterno. Observamos y leímos algunas notas escritas que me hicieron llevar esta energía al cielo y pensar que ojalá les dure. 

Luego tomamos el tren y pasamos por Manarola, Vernazza y Monterosso, donde nos bajamos. Caminamos por esta población y disfrutamos una paleta de frutas mientras nuestros ojos se deleitaban con el paisaje. La gente del polo, creo yo, bañándose en estas playas  heladas, llenas de hombres que venden diversidad de telas con mandalas coloridos. 

Seguimos nuestro objetivo de conocer otro pueblo. Tomamos el tren y regresamos a Vernazza, donde almorzamos en la plaza central frente a un espectáculo variado. 

Allí vimos hombres que escalaban las rocas para luego lanzarse al agua, la llegada de embarcaciones con muchos turistas, pintores que hacían acuarelas de todos los tamaños y un paisaje totalmente alucinante.   

Disfrutamos la plaza. Vimos cómo los vecinos sacaban su ropa a asolear en los balcones. El almuerzo estuvo delicioso, regado con un buen vino italiano y finalizamos con el té de costumbre.  

Tomamos de nuevo el tren para ir a Manarola.  Allí pudimos caminar por las rocas pegadas al mar por un camino que solo estaba disponible por un pequeño tramo. Llegar, tocar el agua helada, descansar y respirar el aire fresco que nos regalaba la naturaleza no tuvo precio.     

Regresamos lentamente y subimos hasta tomar el tren. Luego, en bus, nos dirigimos al centro de Corniglia, el pueblo que habíamos escogido para pernoctar. Otra vez más escalones ese día. Llegamos a nuestra habitación sin ganas de salir de esa pajarera.

Por la noche, pensar…: ¿será que volvemos a bajar?

Pilar Balcázar

Mayo 2019

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Los “ángeles” del camino

Muchos son los nombres de los ángeles que aparecen en diferentes momentos y pasajes bíblicos. Los que aquí mencionaré son de carne y hueso y significaron una gran ayuda para mantener la decisión de recorrer lesionado el camino de Santiago desde Lourdes hasta el corazón de Galicia. 

Ante todo, fue necesaria la valoración médica que me autorizara a caminar. De acuerdo con los resultados de la resonancia magnética y el nivel de dolor, yo tenía una “falsa ciática”, consistente en una fuerte contractura en el músculo piramidal. Los analgésicos y antiinflamatorios ayudarían en el lento proceso de recuperación. 

Quisimos hacer el camino sin ayuda de empresas turísticas y de acuerdo con nuestras posibilidades físicas y financieras. Eso nos ahorró un buen dinero. De acuerdo con nuestros nuevos planes, iniciando en Lourdes la peregrinación el 16 de abril, llegaríamos a Santiago hacia el 6 o 7 de mayo. Para ello deberíamos estar en Sarria el 30 de abril, de modo que pudiéramos caminar el tramo final. En cada población donde pasáramos la noche iríamos a pie desde la estación del autobús o del tren hasta el hotel. Escogimos hoteles que estuvieran cerca de la estación y del “casco viejo” de cada sitio, para recorrer los sitios históricos, visitar las catedrales y algún otro lugar de interés histórico o artístico. 

También analizamos nuestras finanzas. Habiendo pagado los tiquetes y algunos hoteles, cancelar el viaje o posponerlo para otoño implicaba costos importantes. Se impuso nuestra determinación de peregrinar en primavera, como experiencia personal, espiritual y en pareja. Mi lesión nos permitiría conocer lugares que solo se recorren despacio y sin afanes.  Entonces comenzaron a manifestarse los “ángeles de carne y hueso” que nos acompañaron antes y durante el viaje. 

Eliana Montaño

Esta joven fisioterapeuta trabaja a domicilio en Bogotá y siguió estrictamente las indicaciones médicas. Con sólidos conocimientos para tratar lesiones y manos entrenadas para aliviar dolores recomponiendo músculos y tendones, me atendió diez días antes del viaje, cuando peor estaba la lesión, en terapias cuidadosas, intensas y dolorosas. El tiempo no fue suficiente para que la lesión desapareciera, pero me animó para persistir en el viaje. Eliana me puso en movimiento para poder subirme al avión. Además, me dio su pequeño listado de súplicas que dejé a los pies de la Virgen de Lourdes, como lo prometí. 

Diana González

En el teléfono su voz siempre sonó paciente, cálida y comprensiva. Sé que aún trabaja en la aerolínea que nos transportó de Bogotá a Madrid y nunca vi su rostro. Faltando apenas 24 horas para el vuelo escuchó la historia de mi lesión. Nos asignó sillas cómodas para estirar mi pierna y aliviar la fatiga de las más de 10 horas de vuelo. Además, logró que en Bogotá y Madrid un funcionario especial me condujera en silla de ruedas por los largos corredores y controles aduaneros. Diana arregló todo esto cuando ya se habían cerrado todos los plazos. Este ángel tiene un auricular, un buen computador y un corazón de oro, dispuestos a servir a quienes lo necesitan.

Jairo, un servidor sin apellido

En Madrid me recogió un hombre de mediana estatura, fornido y con un inconfundible acento paisa. Desde hace cuatro años recibe personas que necesitan silla de ruedas en el aeropuerto. “Soy Jairo, un servidor”, me dijo con una sonrisa al vernos llegar a la sala de equipajes. Él y mi esposa me ayudaron a acomodarme en una nueva silla de ruedas. Sin decir su apellido, nunca se apartó de nosotros, recogió nuestras maletas, nos llevó a la aduana y a la oficina de correos, nos ayudó a despachar una valija para Berlín y, luego, se subió con nosotros al autobús que nos llevó hasta el terminal 4, donde, finalmente, nos puso dentro del tren de cercanías que nos permitiría conectarnos con el tren a Bilbao. Este antioqueño, caficultor de origen, fue guía, portamaletas, enfermero y amigo, lleno de sonrisas y energía. Jairo, estaremos siempre agradecidos por tu bondad. Tus manos recolectoras de café aprendieron a servir el mejor: el de la entrega a los demás. Ojalá algún día vuelvas a tu patria a enseñar sobre servicio amoroso con la convicción tuya.

La familia de Tarbes

El domingo 15 de abril eran casi las siete de la noche. Unas horas antes habíamos tomado el autobús en San Sebastián, en la frontera vasca. La “diligente” vendedora de pasajes que nos dio las sillas delanteras del autobús, nunca nos dijo que en Tarbes la parada no sería en la estación de autobuses. Al llegar allí, a 20 kilómetros de Lourdes, el conductor nos dejó en un descampado solitario. Por decencia, nos ayudó a bajar los morrales y la maleta y se marchó sin más. No había taxis por allí, el celular no funcionaba en ese descampado y comenzaba a caer la noche. No había un alma con la que pudiéramos hablar en ese frío atardecer de domingo. Decidimos “echar dedo”. En silencio me encomendé a la virgen y sentí la seguridad de que encontraríamos una solución en la aventura.

Durante unos desalentadores 30 minutos ningún automóvil se detuvo, ni siquiera para curiosear o preguntar qué hacíamos allí. Cuando ya comenzaba a anochecer, cerca de las ocho de la noche, una pequeña camioneta Volkswagen cruzó frente a nosotros. Se detuvo y comenzó a dar marcha atrás unos cincuenta metros más adelante. Era una hermosa familia de inmigrantes albaneses con tres hijos pequeños. Sin dudarlo Omar, el papá, nos escuchó. El y su esposa hablaban muy poco francés y sus tres hijos pequeños fueron nuestros interlocutores. Recogió nuestros equipajes y los acomodó como pudo en el baúl. En su idioma les indicó a los niños cómo acomodarse y nos subió al auto. El niño más pequeño se sentó adelante con su mamá, Mariah. Eliah y Elsa, los otros dos hijos se acomodaron uno sobre otro y Myriam y yo pudimos sentarnos en la silla de atrás. 

Al saber que íbamos para Lourdes, nos explicaron que estaba a 20 kilómetros. Omar, sin dudarlo ni un momento, nos llevó a hasta la estación del tren, a dos cuadras de nuestro hotel y no nos cobró ni un solo centavo. Durante el viaje conversamos sobre Santa Teresa de Calcuta, que nació en Albania. Ellos honraron su nombre y se solidarizaron con los extranjeros. A ellos también, los llevamos en el corazón. 

Javier Murugarren. El kinesiólogo de Pamplona

Unos días después ya habíamos visitado Bilbao, Gernika, Loyola y San Sebastián, pero mi pierna mejoraba poco. Además del morral que llevaba en mi espalda, nos turnábamos con Myriam para arrastrar la única maleta en la que llevábamos toda nuestra ropa. Tenía que descansar cada dos o tres cuadras, buscando cualquier lugar para estirar la pierna. 

Este bulto con ruedas era nuestro equipaje conjunto: un error que no hay que cometer. Pesaba 25 kilos!

Al llegar a Pamplona, a las 8.00 p.m., dejamos el equipaje en el hotel del casco viejo y salimos a buscar un lugar en donde nos sellaran nuestro pasaporte de peregrinos. 

Myriam en la calle del Hostal Bearan, nuestro hospedaje en Pamplona
Al fondo, el edificio del Ayuntamiento, cerca de la tienda del peregrino

En una de las callecitas del centro entramos a La tienda del peregrino. Por el letrero, cerrarían a las nueve de la noche. Un vasco de nombre Ignacio nos atendió amablemente y nos puso el sello. Al verme caminando “como chencha”, apoyado en mis bastones, me miró detenidamente y me preguntó qué me pasaba. Brevemente le narré mi aventura, escuchándome con toda atención. Nos dijo que si pasábamos al día siguiente a las diez de la mañana, nos daría noticias de un amigo kinesiólogo y masajista profesional que prestaba su servicio, certificado por la autoridad de sanidad de Pamplona, a caminantes y deportistas. Él, con seguridad, podría ayudarme. Le agradecí sinceramente, esperanzado en recibir una ayuda que me aliviara la dolencia. Mientras curioseábamos la tienda, dieron las nueve, hora del cierre. 

Sin que lo advirtiéramos, Ignacio hizo una llamada a alguien. Cuando íbamos a salir, entró a la tienda un sonriente, fornido y macizo navarro cuyo nombre nunca olvidaré.  

– Hola, soy Javier Murugarren, para servirte, me dijo tendiéndome la fuerte mano y se saludó de abrazo con Ignacio, el dueño de la tienda. Sin más, me ordenó: 

– A ver, macho, ¡camina un poco sin bastones! 

Ante su indicación, le entregué los bastones a Myriam e intenté dar unos pasos con mi pierna adolorida y tiesa. Me observó y, luego de cuatro pasos, me dijo: 

– ¡Suficiente!  Y, sin más, me hizo presión justo en el centro del dolor de mi pierna. 

–  A ti te duele aquí, ¿verdad?, dijo con absoluta seguridad. 

– Sí, le respondí, intentando retirarme para aliviar la presión. 

– Te espero mañana a las diez en mi consultorio. ¡Tienes una falsa ciática y te la voy a quitar mañana mismo! Ya lo verás.

Les mencioné a dos navarros que llevaban los nombres de Ignacio y Javier, fundadores de la Compañía de Jesús. Reconocieron complacidos la coincidencia y nos despedimos. 

Javier Murugarren, el kinesiólogo que me puso a caminar bien. Luego del duro masaje, nos ofreció una cerveza para compensar el maltrato

Para hacer breve la historia, Javier en dos intensas sesiones, una muy dolorosa y otra más suave y de recuperación, logró soltar el nudo que tenía en el músculo y sentí inmediatamente el alivio. A partir de Pamplona pude comenzar a caminar más relajadamente y, cuando llegué a Sarria, el 30 de abril, estaba listo para caminar el tramo final recuperado prácticamente de mi lesión.

Ruinas de la ciudadela donde fue herido el capitán Ignacio de Loyola.
En el recinto amurallado, con un cañon de la época

Hay muchos otros ángeles de carne y hueso que nos acompañaron en este camino y a quienes quisiéramos recordar desde estas líneas. Gracias a ellos, esta peregrinación marcó un hito en nuestras vidas y hoy seguimos caminando uno al lado del otro, despacio y apoyándonos en nuestros bastones del peregrino. Con un solo destino, somos compañeros de camino. 

Bernardo Nieto Sotomayor

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Italia es un país relativamente pequeño, con una población numerosa, en fácil conexión geográfica con otros países también pequeños y con culturas muy variadas, pero que van evolucionando hacia una cierta comprensión y colaboración mutua en lo que hoy llamamos la “comunidad europea”, por la que transitan día tras día gentes de otros continentes. 

Vivir aquí me ha permitido entrar en contacto con grupos y personas que me confrontan en todos los órdenes: la fe, la cultura, los valores, la visión del mundo. En contraste, además, con la América Latina tan nueva y tan llena de jóvenes, Italia es el primer país en Europa (y segundo en el mundo) en población de viejos y ancianos. 

En septiembre, tres rovelasquesas apagaron su torta de cumpleaños con 100 velitas. Los rovelasqueses varones duran un poco menos, pero los “jovencitos” suelen morir de los 70 años en adelante. La mayoría de las mujeres de esta población fallece con más de 80 años a las espaldas: ¡un argumento que comprueba que la presumida superioridad de la resistencia masculina no es válida! 

Hace unos meses el colectivo Unidos por Colombia, que reúne a los colombianos residentes en el norte de Italia ‒una mayoría en Milán y otros en los pueblos de la periferia‒, me han invitado a unirme a ellos en el consejo de la asociación, un puesto que pocos quieren ocupar debido a sus ocupaciones laborales y familiares. Como de costumbre, hasta hace poco una mujer era la que había asumido la responsabilidad del grupo. 

Es una lástima que los socios no superemos ni siquiera el 30 % de los colombianos a quienes se han sido dirigido en espera de una respuesta. Y nada ayuda el consulado colombiano, el único en un país de más de 1760 kilómetros de longitud territorial (hay otro cónsul honorario en Génova). Nuestro consulado apenas dispone de la información de que “en el norte de la república viven cerca de 30.000 colombianos”, que se suman a otros 200.000 inmigrantes, solamente entre ecuatorianos y peruanos.

Alberto Echeverri                                   

Noviembre de 2020

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De nuevo escogimos un circuito al final del invierno, pues es mucho más tranquilo que durante el verano. Teníamos varias alternativas de viaje, pero unos amigos nos habían recomendado con insistencia viajar a este pais. 

El reino hashemita de Jordania se encuentra rodeado por Siria, Irak, Arabia Saudita e Israel.  Es la encrucijada de pueblos y conquistadores como los nabateos en el siglo VI a. C. y luego egipcios, babilonios, persas, griegos, romanos y árabes. Por ese país pasan las caravanas comerciales y los peregrinos que van a La Meca.

Allí se han encontrado vestigios arqueológicos del paleolítico (50.000 a 15.000 a. C.) de las edades de piedra, bronce, hierro, etc. En el año 636 los musulmanes vencieron a los bizantinos y los cruzados llegaron en 1099.

Nuestro recorrido, día a día, iniciado el11 de marzo, fue este:

Día 1.  Conocimos al grupo con el que compartiríamos el circuito. Éramos 25 y nos alojábamos en tres hoteles diferentes. La gran calidad del grupo la hicieron la puntualidad y la simpatía. El guía se llamaba Omar y nos reunía con el grito «los amigos de Omar».

De Amán, la capital, salimos a visitar la ruta de las fortalezas del desierto. Construidas a principios del siglo VIII, sirvieron inicialmente como lugares de descanso y caza para los califas. Posteriormente, romanos, cruzados y musulmanes las convirtieron en cuarteles para controlar las rutas entre Oriente y Occidente. 

Qasr Amra es una modesta construcción edificada entre los años 705 y 715 que servía a los califas Omeyas de lugar de descanso y reencuentro con la forma de vida de sus antepasados. También les permitía escapar de la vida puritana de La Meca y Medina. Contaba con la sala de audiencias del trono y unas alcobas laterales. De allí se pasaba al hamman, compuesto de tres cuartos (vestier, tibio y caliente). En el exterior se hallaba el aljibe con la noria que subía el agua que llevaban a otro local para calentarla y distribuirla en el hamman: un sistema sofisticado para la época. Lo más interesante son las pinturas de figuras humanas, muy raras en el arte islámico. Aunque no las prohíbe el Corán, fueron vetadas por los sucesores de Mahoma.  

Azraq es una gran fortaleza que levantaron los romanos con bloques de basalto para controlar este oasis en medio del desierto entre Arabia y Siria. Su puerta es un gran bloque de piedra de más de una tonelada que puede abrirse y cerrarse. Los techos los sostienen arcos de piedra, pues la madera era escasa en la región. El rey Feisal y Lawrence de Arabia la usaron en la guerra contra los otomanos.      

De regreso a Amán visitamos el teatro romano, que está muy bien conservado. Tiene una capacidad para 6000 espectadores y cuenta con una acústica increíble. Cerca de este y en la cima de una colina que domina la ciudad se localiza la ciudadela de la acrópolis en la que sobresale el templo de Hércules que se construyó durante el mandato del emperador Marco Aurelio (161-180). Allí, en una explanada, instalaron el museo arqueológico con colecciones de objetos del paleolítico hasta la dominación otomana.      

Teatro romano en Amán

Día 2. Salimos hacia el sur e hicimos varias paradas interesantes en el camino.

La primera fue el monte Nebo. Allí subió Moisés para ver la tierra prometida antes de morir. Desde este mirador puede verse ‒cuando está despejado‒, el mar Muerto 1230 metros más abajo, al borde del cual se descubrieron los famosos manuscritos que llevan su nombre. Se ven también el río Jordán, Jericó, Jerusalén y los montes de Judea.

Al lado quedan las ruinas de una capilla del s. IV, construida para conmemorar la muerte de Moisés. La descubrieron en 1933 los franciscanos que se ocupan de la custodia de la Tierra Santa. Contiene un bello mosaico del año 531 con escenas de la vida del campo y animales.  

Fuimos luego a Mandaba, una ciudad floreciente de la época bizantina, famosa por sus iglesias y mosaicos, producidos por escuelas del s. VI. Uno de los más importantes es el plano de Palestina que muestra detalles de la topografía de la región y los países limítrofes. En el centro aparecen Jerusalén con sus murallas, el santo sepulcro, Belén y el río Jordan, que desemboca en el mar Muerto.

Mosaico en Mandaba

Antes de llegar a Kerak atravesamos una réplica del gran cañón del Colorado. ¡Un paisaje impresionante!  Esta ciudad existía desde el s. VIII  a. C. Los cruzados construyeron la fortaleza que controlaba el paso de las caravanas entre Egipto, Damasco y Bagdad; por allí pasaban los peregrinos que iban a las ciudades santas del islam en Arabia. La ciudad cayó en manos de las tropas árabes de Saladino y en 1840 pasó a manos de los otomanos.

Antes de regresar al hotel visitamos la pequeña Petra, de montañas rocosas, desfiladeros y desierto. Un aperitivo de lo que nos esperaba al día siguiente.

Día 3. Viaje a Petra, uno de los monumentos que la Unesco ha declarado patrimonio de la humanidad de la Unesco. Su superficie es de unos 100 km² y tiene unos 800 monumentos. Es un lugar forjado por años de erosión, donde el pueblo nabateo dejó numerosos vestigios que perduran hoy día.

La región estuvo habitada desde tiempos inmemoriales. El Antiguo Testamento habla de ella en el Génesis. Los temblores de los años 365 y 747 causaron su decadencia. 

Para entrar, la explanada en la que se encuentran algunas sepulturas se va cerrando hasta convertirse en un desfiladero de 2 m. de ancho y 80 a 100 m. de altura. El camino serpentea en medio de colores de diferentes matices producido por el claroscuro de una luz que va cambiando. La expectativa se ve recompensada cuando el desfiladero se abre y aparece la fachada rosada de una tumba monumental tallada en la roca. Es lo más bello de Petra por sus proporciones (28 x 40 m. de altura) y una armonía casi barroca en un medio pétreo. A partir de allí el camino se dirige hacia el centro de la antigua aglomeración.

Tumba en la roca, en Petra

A la izquierda se encuentra el teatro, tallado en la roca. Sus 33 filas tenían una capacidad para unos 4000 espectadores. Frente al teatro, talladas en el acantilado, se observa una serie de tumbas. Se sigue avanzando por una calzada romana que lleva a la parte baja. A cada lado hay tumbas, templos, bajorrelieves.

Gracias al almuerzo tuvimos fuerzas para subir 800 escalones tallados en la roca que llevan al Ed Deir o Monasterio. Fueron 45 minutos a buen ritmo (claro que para los sedentartios había servicio a lomo de burro). El templo también está tallado en la roca y su fachada es de 40 x 47 m. Su estilo dórico le da una visión imponente, unida a armonía arquitectónica que produce paz. Desde allí puede subirse a unos miradores naturales que bordean profundos precipicios en medio de un paisaje lunar de rocas y aridez.

Templo de Ed Deir

Día 4. El Wadi Rum hace parte del desierto de la península arábiga. Por eso, Cambiamos el bus turístico por los jeeps de los beduinos para hacer un recorrido en medio de sus montañas, picos, desfiladeros, valles y dunas de diferente consistencia. Escalamos la de una arena tan fina que parecía talco: se daba un paso y se retrocedían dos. Los colores cambiaban con el juego de la luz entre sol y sombra. En esos magníficos paisajes filmaron la película de Lawrence de Arabia. Almorzamos en una carpa beduina, pues es su territorio, y regresamos a descansar.

Día 5. Puntuales como siempre, salimos hacia el norte. El primer lugar que visitamos fue Jerash, la antigua Gerasa o ciudad de las 1000 columnas. Testimonia el esplendor de las ciudades de la frontera del imperio romano; impresiona por lo bien conservada. A sus vestigios se entra por el arco de Adriano, del año 129 de nuestra era. Después vimos el hipódromo, los templos de Zeus, Artemis y Dionisio, el foro en forma circular, con sus columnas jónicas, el mercado, los baños romanos con sus piscinas, la avenida de 800 m. de longitud con su sistema de alcantarillas, las fuentes de las ninfas ‒del año 191‒, en la cual el agua brota de las cabezas de siete leones.

El teatro del sur, construido entre 90 y 92 d. C., podía recibir más de 3000 personas. Su acústica es perfecta. Permitía que todos los espectadores oyeran a los que hablaban desde el centro de escenario, como pudimos comprobarlo. El teatro del norte, más pequeño, construido en el año 165, se usaba para las reuniones del consejo. En 235 su capacidad se amplió para que cupieran 1600 personas.

Por la tarde nos dirigimos al mar Muerto en medio de un fuerte aguacero, que casualmente se terminó antes de que llegáramos. Es la frontera común de Jordania e Israel. Su superficie es de 80 x 14 km. Su tamaño ha venido disminuyendo por causa de la evaporación y las represas que han construido sobre el río Jordán, que lo alimenta. Se encuentra a 399 m. bajo el nivel del mar, lo cual lo convierte en el punto marítimo más bajo del planeta. Su agua es tan rica en sales y minerales que hace que uno flote sin ningún esfuerzo y se convierte en lo más simpático del paseo.

Eduardo y viajeros en el mar Muerto

Día 6. En esta última jornada día salimos hacia el norte de Amán para visitar las ruinas de las ciudades grecorromanas Pella y Umm Qais en las montañas que dominan el Jordán y que tienen una hermosa vista sobre el lago de Tiberiades, la meseta del Golán y la frontera con Siria.

Al regreso iniciamos las despedidas y la entrega de datos personales, pues al día siguiente regresábamos en diferentes vuelos. Posteriormente, intercambiamos fotos, las mejores de las cuales son las que incluyo en este relato.

Eduardo Pardo

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¡Eso fue hoy New Delhi para mí!

Despertar a las 4.00 a.m., porque todavía mi cuerpo no entiende que tenemos más de 13 horas de diferencia. Empezamos a las 5.15 a.m. con té de jengibre y limón y nos pusimos un atuendo apropiado para ir a clase de yoga. 

Caminando en plena oscuridad hasta llegar al estudio de yoga, ver aquella luz tenue, escuchar música en mantras muy suaves y sentir la energía de ese lugar me produjo las primeras emociones de la jornada.

Una chica hindú nos recibió y empezó la primera clase de yoga para Darío y para mí, una sin fin… La sentí diferente a las que había tenido antes. Estaba en la India, como tantas veces lo habíamos soñado con mis amigas de yoga. Fue muy especial y duró de 6.00 a 7.00 de la mañana.Regresamos directamente al templo porque “…hoy, hoy es domingo..” (mi cancion favorita los domingos… resonaba en mi mente) y la ceremonia es única. ¡Oh Dios! ¡Qué ceremonia!  Bailamos y danzamos: mujeres en un lado y hombres en el otro.

Mujeres hermosas nos involucraron inmediatamente en su ritmo. La energía y la devoción brotaba por los poros de cada una y era contagioso. Me sentí igual a ellas y agradecí la fortuna de estar en medio de esta cultura milenaria que tiene tanto que enseñarnos.

Bailamos más de una hora, quizá. Fue un ejercicio más efectivo que el cardio en el gimnasio. Salimos a desayunar: por hoy, solo frutas.

Luego nos fuimos a explorar. Caminamos por un parque donde mujeres limpiaban los prados mientras sus hijos correteaban y se subían a los árboles. Fue una escena de película. Sí: de película de los años 50. 

Llegamos al templo Lotus, llamado así porque su diseño es una flor de loto que tiene 27 pétalos que están construidos en concreto blanco y recubiertos con mármol griego.

Entramos en silencio, con respeto y admiración a meditar y agradecer. Arquitectónicamente hermoso, sus nueve puntas representan las nueve religiones cuyas enseñanzas son similares, pues existe un mismo Dios para todos. Era un templo Baha’i. Me gustó su filosofía, que despertó en mí mucho interés. 

Después de la calma viene la tormenta (aunque el dicho es al contrario). Aquí se aplica así, al recorrer Delhi en “tuk tuk”. La polución la sentí en ojos y  garganta. Abundan el ruido, la gente, las motos. Hay movimiento por doquier.

India es caleidoscópica  y diversa: el que quiere ver pobreza, ve pobreza. El que quiere ver sabiduría, ve sabiduría; el que quiere ver espiritualidad, ve espiritualidad; el que quiere ver caos, ve caos…  Terminas viendo la India que lleves por dentro.

En la tarde visitamos el templo más antiguo de Delhi, el de Humayun, que fue el segundo emperador de la India en el siglo XVI. Dicen que esta construcción fue la fuente de inspiración para edificar el Taj Mahal.

Percibí mucha influencia musulmana. Volví a sentirme como en casa, con jardines extensos y árboles gigantes. Regresé a mi infancia y quizás a mis vidas pasadas, pues reconocí árboles ancestrales que me pedían que los abrazara…

De allí fuimos a visitar la tumba  de Gandhi. Recordé su filosofía ‒que comparto‒, lo cual nos dio pie a conversaciones muy profundas que me dejaron el corazón lleno.

De regreso a casa, después de un día pleno, a descansar y recibir el último regalo del día: un masaje ayurvédico.

¡Gracias, Anku, nuestra guia, por tu ser !

Pilar Balcázar

Marzo, 2020

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Madera

Por Jorge Luis Puerta
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Me cuentan, y también lo leo, que nuestra dolorida costa Pacífica colombiana, por la que viajé tantas veces, abandonada eternamente por el Estado, se ha encontrado desde hace años con los efectos de la guerra fratricida nacional y con el tráfico de todo tipo de sustancias.

Hace un tiempo, la madera atraía a familias enteras. Padres, hijos y otros parientes, se internaban en esos bosques inhóspitos, amenazantes, buscando una “mancha” que les permitiera sobrevivir durante algunos meses. Había empresas multinacionales que necesitaban “tragarse” la madera para fabricar pulpa de papel y para otros usos.

Con el tiempo y el sudor de hombres y niños esa madera navegaba por ríos y quebradas días enteros y llegaba a los sitios donde las empresas la compraban, pagando poco y mal. Descontaban peso a las “trozas” mojadas, además, las balanzas eran suyas. Había que vender, pues era impensable e imposible volver, río arriba, con tanto peso. 

El descontento parió una idea de mejora: ¿por qué no organizamos lugares de acopio más cercanos a nuestras viviendas, con pesas bien calibradas, con secaderos, con capacidad para tratar esas trozas tan enormes? Y fueron surgiendo dos, tres, cinco sitios…, pero las empresas no venían a comprar, de lo acostumbradas que estaban a recibir y pagar solo lo que le llevaban…

Pasaron muchos días. Algunos comenzaron a desanimarse…, cuando un fin de semana apareció un barco comprador. Nuestros ojos no podían creerlo. Ahora, la negociación fue totalmente diferente. El sudor se transformó en lágrimas de alegría.

Hubo una celebración interminable…

Jorge Luis Puerta

Octubre 2020

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Mercados

Por Jorge Luis Puerta
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Hace años me hice una promesa: lugar a donde viajo, mercado que visito. Los mercados son las grandes vitrinas de las ciudades, de los países, mapas vivos de las costumbres de cualquier cultura. 

Son, además, una experiencia sensorial única, por la mezcla de colores, sabores, sonidos y para el tacto. Me viene como ráfaga a la memoria aquella escena de Amelie, la película francesa del 2001 donde, en el mercado, ella mete su mano en un costal de lentejas… proyectándonos esa frescura profunda que hay que sentir alguna vez…

Mercado de La Perseverancia- Bogota Foto:Google

Rememoremos: comencemos por el humilde mercado de la Perseverancia ‒mi barrio en Bogotá‒ hoy universalizado por el interés de Netflix de dar a conocer al grupo de señoras que han revitalizado el comedor con propuestas innovadoras de todo el país, muy bien acogidas por los clientes.

En Francia los mercados son muchos. Uno me es entrañable: el Marché d’Aligre, en París, cerca de donde vivíamos. Allí conseguíamos desde plátanos verdes africanos para hacer nuestros patacones, hasta enormes mangos de Malí ‒uno solo alcanzaba para toda la familia, éramos seis‒ cuyo vendedor, un árabe parlanchín, ofrecía tajaditas gratis a la gente que hacía largas colas para probar.

Marche d’Aligre, Paris. Foto: Google

El Bourogh Market de Londres nos embriaga con la variedad infinita de comida artesanal de todo el mundo y con su popular fish and chips sencillo, pero buscado por todos. Y ni qué decir del mercado del Covent Garden que se me clavó en la mente cuando lo vi por primera vez en aquella My Fair Lady de la adorable Audrey Hepburn de mis 19 años y me dije que algún día tendría que estar allí.

Bourough Market y Covent Garden, Londres. Fotos: Google

En Perú, en el marco del boom gastronómico que rompe fronteras, los mercados se están convirtiendo en restaurantes improvisados de muy buena y variada comida callejera. En Lima, un mercado de barrio, como el de Surquillo, es un punto obligado de visita. Sus comerciantes organizados ofrecen una muestra de todo el Peru, en un espacio chico, pero acogedor.

Mercado de Surquillo, Lima y Mercado Central de San Pedro, Cusco. Fotos: Google.

En Cusco, el mercado central de San Pedro siempre tuvo una particularidad marcada para mí: allí hallas todas las posibilidades para librarte del mal de ojo, para encontrar las ofrendas rituales obligadas en el pago a la tierra, en la construcción, en el techado de tu casa, para las limpias de huesos, digestivas y hasta de males del corazón y de otros mas difíciles como el susto…

Y, como se debe, hay que terminar este viaje en los mercados de México. Por sus dimensiones, todo allí es enorme. También la variedad de colores, de sabores, de olores. Sin embargo, la memoria retiene dos pequeños que nos produjeron experiencias memorables: el de Mazatlán, por su variedad de taquerías, moles y mezclas para los tacos, y el de Oaxaca con sus pasadizos de carnes fritas o asadas a la brasa, callejón de humo y de olores inimaginables; por los chapulines tostados de todos los tamaños que se ofrecen a la entrada y la gente se los lleva en bolsitas, como si fuera maní.

Mercado de Oaxaca y Mercado de Mazatlán. Fotos: Jorge Luis Puerta

Ray Bradbury en su novela Vino del estío, celebra sublimemente a los mercados: un viejo coronel norteamericano a punto de morir en un sanatorio de Illinois, ha logrado hacer una llamada furtiva que es recibida a tres mil kilómetros de distancia… en México. Pide que abran la ventana, que pongan el teléfono allí. Entonces escuchó “…la débil y tinteneante música de un organillo donde sonaba La marimba… y el ruido de las tortillas que se freían en las cocinas del mercado”.

La vida de los mercados convocada como último recuerdo antes de partir…

Jorge Luis Puerta

Octubre 18, 2020

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¡Santorini de mis amores, Santorini de mis recuerdos!

Igual que yo, habrás percibido mi sentir cuando pisé de nuevo tu suelo.  Mi alegría se desbordó en lágrimas y agradecí profundamente a la vida y a Dios por regalarme esta oportunidad una vez más. 

Vine en 1984 por primera vez. Quedé encantada y soñé con volver. 

Recorriendo tus caminos

Lo hice en 2003 y otra vez soñé con regresar de nuevo. Pude volver en 2014, acompañada de un dolor físico que me hizo despedirme para siempre de tu tierra, de tu suelo, de tu sol, de tus escaleras, de tus subidas, de tus bajadas, de tu gente, de tu viento, de tu mar y de tu cielo. 

Sin embargo, nunca digas nunca. Cuando pones tus deseos en tus sueños y los trabajas, siempre todo resulta posible.  

¡Hoy estoy aquí de nuevo, Santorini! 

Recorriendo por tus caminos recién pintados para que yo los mire y los admire. Hoy estoy oliendo tus aromas y disfrutando tu mar Egeo. Hoy estoy aquí con tiempo y sin reloj para disfrutarte y admirarte largamente.

Hoy estoy aquí levantándome con tus amaneceres y acostándome con tu luna.  Hoy agradezco tu existencia, Santorini. 

Tus amaneceres y tu luna..

¡Qué feliz me siento! ¡Cómo me regalas este sentir! ¡Qué más puedo expresar que no sea gratitud! A ti, Santorini, a la vida, a ese mar que te rodea, a este planeta Tierra que tiene tantas maravillas que a veces no valoramos. 

¡Dios creador, regálame un corazón repleto de agradecimiento ! 

Gratitud eterna!

¡Gracias, gracias, gracias!, mi amado Santorini! 

Y así, me despedí…, esta vez completamente satisfecha.

Pilar Balcázar

Junio, 2019

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En 2018, mi esposa Myriam y yo decidimos hacer el camino de Santiago luego de la semana de Pascua, al comienzo de la primavera europea. 

La expresión “hacer el camino” tiene pleno sentido. Desde el año 814, al encontrarse en Galicia los restos del apóstol Santiago ‒el evangelizador de Europa‒ la ruta se fue construyendo y se abrió a los peregrinos. Caminarlo y sudarlo en peregrinación no exenta de aventuras, a caballo, en bicicleta o en una combinación de transportes es hacer el camino. Y más si se comienza en otro país, desde lejos. Requiere preparación, atención a los detalles y, en nuestro caso, fe y mucha perseverancia. 

Habíamos planeado comenzar nuestro recorrido en Saint Jean-Pied de Porte, el legendario pueblecito medieval de apenas 1500 habitantes y punto de partida del llamado Camino francés. Esa zona del país galo abarca la región vasca francesa y los pirineos vascos de Navarra. Por allí y por Roncesvalles pasó Carlomagno. La Canción de Rolando exalta esas épocas y luchas. 

Yo quería recorrer el camino en bicicleta, con el esfuerzo físico que exigen las agrestes y bellas rutas francesas y del norte de España hasta la ciudad del apóstol Santiago. Desde enero me había inscrito en un grupo de ciclistas aficionados para recorrer los más de 800 kilómetros desde Saint Jean hasta Sarria, en el corazón de Galicia. Ascenderíamos los Pirineos, llegaríamos a Roncesvalles y pasaríamos luego a Pamplona para conocer el cerco amurallado donde un bombazo destrozó la pierna del capitán Iñigo de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Entre una ciudad y otra, Myriam viajaría en bus y nos encontraría en los hoteles donde pasaríamos la noche. Los últimos 130 kilómetros, desde Sarria hasta Santiago, los caminaríamos juntos. Todo estaba listo: habíamos comprado los tiquetes aéreos y de tren hasta Bilbao. Los primeros hoteles estaban reservados.

Contra todos los planes, diez días antes del viaje tuve una dolorosa lesión en mi pierna derecha y me vi obligado a abandonar la bicicleta. Aún convaleciente, con analgésicos y antinflamatorios, no tuve más remedio que pensar en hacer el trayecto en bus o en tren y, de pronto, caminar en algunos tramos. Con el grupo de ciclistas acordamos que nos encontraríamos en varias ciudades a lo largo de la ruta y eso nos daría alguna ventaja para conocer un poco más los lugares más emblemáticos. Esta fue la primera lección de nuestro viaje: aunque todo esté listo y en orden, muchas veces es necesario cambiar la estrategia si se quiere llegar a la meta. 

Con mucho dolor físico, pero con gran ilusión, salimos de Bogotá hacia Madrid el 11 de abril. Yo iba en silla de ruedas y me ayudaba con un bordón para mover mi adolorida y rígida pierna.

Saliendo para Madrid en silla de ruedas. Aeropuerto El Dorado

El 15, aún muy resentido, pero apoyado en mis bastones de caminante, llegamos a Lourdes para iniciar el 16 la peregrinación.

Lourdes nos recibió en medio de la lluvia

Lourdes nos significó, ante todo, una experiencia de fe y un lugar de oración. Cimentada sobre una formidable roca, se levanta hoy la catedral gótica que recuerda las apariciones de la Virgen María a Bernardette Soubirous. 

La catedral, asentada sobre la roca y la gruta de las apariciones

De acuerdo con los hechos, ella era una adolescente analfabeta de 14 años, originaria de la comarca. Transmitió al mundo lo que la señora llena de luz que ella veía reiteradamente en la gruta de Massabielle le había dicho el 25 de marzo de 1858: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. 

Este dogma católico lo había proclamado el papa Pío IX tres años antes, el 8 de diciembre de 1854. Ante la declaración de la jovencita, las autoridades eclesiásticas y civiles quedaron desconcertadas. Bernardette, siempre tranquila, nunca pretendió explicar ni tener ningún conocimiento sobre el significado de esas palabras, ni de lo que vio en la gruta. 

Luego de largos interrogatorios que se prolongaron durante casi cuatro años, el 18 de enero de 1862 el obispo de la población de Tarbes, a 20 kilómetros de Lourdes, declaró en una carta pastoral que “la Inmaculada Madre de Dios se ha aparecido verdaderamente a Bernardita”. Ese mismo año, el Papa autorizó al obispo que permitiera la veneración de la Virgen María en Lourdes. Desde entonces, se relatan cientos de milagros ocurridos allí y atribuidos a la intercesión de María, Madre de Dios. El más reciente se reconoció en 2018 después de una peregrinación al santuario, con la curación de una monja francesa de 69 años aquejada por una grave discapacidad física. 

La fuente que brotó en el lugar que “la señora” le indicó hurgar con el dedo a Bernardette, delante de una multitud de lugareños, produce desde entonces 100.000 litros de agua cristalina cada día.

Así pues, sin límite de tiempo, sentados en el interior de la catedral frente al altar y en la primera banca, los dos esposos oramos y conversamos sobre nuestra fe en Jesucristo y sobre María, Madre de Dios. Pusimos ante ellos toda nuestra vida, nuestros proyectos, nuestros hijos, nuestra familia, nuestros amigos, las tareas pendientes y pedimos la bendición del Señor para el camino. 

En el interior de la basílica, el altar mayor.

Luego, caminando despacio, fuimos hasta la gruta de las apariciones y nos declaramos oficialmente en camino, peregrinos hacia Santiago, antes de que nos entregaran nuestro pasaporte con el primer sello que indicaba el punto de partida y el origen de nuestra ruta y que debíamos sellar luego en cada población donde nos albergáramos en la ruta hacia Compostela.

La gruta de las apariciones

El próximo relato alude a los “ángeles” que encontramos en nuestra aventura de peregrinos.

Bernardo Nieto Sotomayor

Abril, 2018

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