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Cuando viajamos, salimos de nuestra zona de confort. Encontramos nuevas gentes, espacios que nos revelan cosas insospechadas, situaciones que nos interpelan. Nunca somos los mismos después de un viaje vivido a fondo. Exjesuitas en Tertulia quiere convertirse en ese álbum hecho por muchas manos y recibir de usted lo que ha aprendido, lo que lo hizo cambiar.

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Años atrás veía fotos de este monte y me preguntaba: ¿será posible que algún día vaya y lo conozca? Oía tantas historias de la marea que subía y bajaba y que había días en que no era posible llegar. Entonces comencé a leer para entender y tener claro cómo ir y poder subir al punto más alto sin preocuparme por la marea.

Era tal mi emoción que este Monte empezaba a aparecerse en todas partes: libros, fotos, revistas, comentarios de amigos en Facebook, en Instagram… Entonces, me dije: ¡ya! Ya llegó la hora. Y llegó de verdad. Hicimos planes para viajar a Normandía, cerrando el viaje con el punto más al occidente de la región en el Monte Saint-Michel.

Manejamos desde Paris y pasamos por algunas ciudades durante varios días. Llegado el día reservado, nos dirigimos al suroccidente de las playas de Omaha Beach que guardan una gran historia: en ellas aconteció el día “D” del desembarco que fue clave para ponerle fin a la segunda  guerra mundial. 

Aproximándonos por la carretera y entrando al área, a lo lejos se alcanza a ver como un triángulo entre la bruma y el sol tenue. A medida que vas acercándote puedes apreciarlo mejor.  

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Llegamos a las cercanías y nos registramos en un hotel ubicado a 3,5 kilómetros de la subida o puerta principal del monte.

Salimos. Eran las 5.30 p.m. y una temperatura de 20 grados centígrados. Un sol suave caía sobre un puente casi seco. Comenzamos a caminar muy emocionados hacia lo desconocido y añorado. Nos cruzamos con 3 o 4 personas y vimos que pasó un bus con algunos pasajeros… Desconocíamos si había horarios o reglas para visitar ese lugar.

Terminamos de recorrer el puente. Tomamos muchas fotos y entramos a un área más amplia, como un parqueadero para bicicletas, dicen que no más de 100. Aquel bus llega hasta un punto en el puente, el chofer se baja, cierra con llave delantera, se sube por la parte trasera del bus y comienza a manejar de regreso. ¿Habían visto un bus de doble cara?  Pues este lo es… 

A lado y lado notamos arena húmeda y entendimos que ahí era donde la marea sube y cubre toda la zona, hasta convertir el Monte en una pequeña isla. Entonces, me pregunté cuándo subiría. 

Entramos por la puerta principal. Algunas tiendas estaban cerradas y había muy poca gente. Caminamos por su única calle ‒no tan amplía‒ que va subiendo hasta la parte más alta, donde está el monasterio. Bajamos y decidimos cenar en un lugar que estuviera abierto. ¡Qué suerte la nuestra! Conseguimos la mejor vista frente a un ventanal desde donde vimos la caída del sol y también a unos cuantos turistas que regresaban hacia la arena húmeda adentrándose en un mar sereno. Parecía que no tenían ganas de retornar.  

Esto nos llamó la atención. Observamos a un grupo de 8 a 10 personas, acompañado de un guía que indicaba dónde pisar. Estuvimos pendientes de ver cuándo volvían. Cayó la noche oscura y fresca y no vimos su regreso. ¿Le darían la vuelta a todo el Monte? O simplemente no regresaron… Nuestro mesero hizo muchas bromas al respecto, pues decía que muchos caminaban con ganas ¡de que la arena se los tragase!

Muchos hablan de su experiencia con la marea, pero la verdad es que no es tan dramático. Los especialistas del clima saben cuál será el comportamiento del agua y esta sube pocas veces al año:  invierno y con luna. ¡Hasta saben la hora en que sucederá! Muchas de las personas que trabajan en el Monte Saint-Michel terminan su jornada a las 11.00 p.m. y salen de regreso para sus casas sabiendo que no tendrán problema con que el mar haya subido. 

Nosotros, con el corazón contento y unos cuantos vinos en el sistema digestivo, caminamos de regreso en medio de la oscuridad. Tomamos el bus y a descansar se dijo, porque al día siguiente estaríamos de vuelta para recorrer el Saint-Michel con ojos de luz. 

Y así fue. Ya había mucha más gente. Hicimos fila para entrar al monasterio. Lo recorrimos y escuchamos su historia. Todavía viven monjes allí: celebran misas, estudian y se preparan como en una abadia. Es un lugar lleno de entradas y salidas, subidas, bajadas y jardines preciosos con una vista alucinante y una energía que te envuelve.

De día era otra sensación. Mi alma se llenó de agradecimiento. Observé cada detalle desde las alturas, imaginé la marea cuando subía, vi cómo cambiaba color del agua cuando variaba el ángulo de mi mirada. Mis ojos se iban al infinito y la energía fluía. Parecía que todos allí estábamos felices.  

Dispones de unas tres horas para hacer esta visita. Recorres el monte, lo observas, lo agradeces y te vas con el corazón contento a seguir tu próximo destino. Tuvimos la fortuna de ver su noche y su día.

Por la tarde estuvimos en ciudades cercanas y al anochecer preparamos lo necesario para un picnic viendo la caída del sol frente al Monte Saint-Michel. 

¿Desearías algo mejor?

Pilar Balcazar

Septiembre, 2021

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Con este artículo termino los relatos del viaje que hicimos con Darío, inmediatamente antes de que en 2020 comenzara la pandemia del COVID-19, al denominado subcontinente indio, una experiencia llena de vivencias, conocimiento y recuerdos imborrables.

Amanecimos en Agra y viajamos muy temprano para Vrindavan, ciudad donde está el templo más antiguo de Brahma, una de las deidades más importantes del hinduismo.  Ese día celebraban el Holi, que es una fiesta antiquísima de colores del amor, en la cual la gente festeja el amor eterno y divino de Radha Krishna. Todos salen a las calles a pintarse con polvos, y a bailar y cantar. 

No quería participar de esta celebración, pero no quise ser la que introducía el desorden, pues recordaba mi ciudad Popayán con fiestas de este tipo, que nunca me han gustado… y, bueno, ¡oh sorpresa! Igual que en Popayán y este año, además, ¡con agua! Íbamos yendo en tuk tuk hacia el templo y en menos de 10 minutos estábamos pintados con mil colores y emparamados. No lo disfrutamos, el clima era un poco frío y algunas personas estaban resfriadas desde la mojada anterior.  

Volvimos al hotel, donde con dulzura alguien pintó nuestros rostros, pues para ellos esto tiene un significado especial. Pasamos un resto de día tranquilos y en paz, viendo corretear a los micos por balcones y ventanas después de robar con mucha astucia los anteojos de los turistas. ¡Todo un espectáculo! 

En la tarde nos invitaron a un concierto de flauta, tambores y mantras, pero primero nos dieron una charla sobre el significado de esta fiesta. Luego, bailamos y gozamos de sonidos sublimes, como las voces de tres niños que hacían parte de los mantras. 

De aquí salimos a cenar comida típica y a lo típico: en el suelo y con la mano. La disfruté muchísimo, pues era nuestra última cena y mañana sería nuestro último día en la India. 

Al día siguiente y muy temprano fuimos a clase de yoga con la maestra Mataji, una mujer muy pausada y sabia. De despedida, ella habló tan hermoso que me transporté y quise quedarme allí con esta gente tan sencilla y auténtica. Amé a esa mujer desde anoche en la ceremonia y hoy cerró con broche de oro. Sus palabras se incrustaron en mis venas y tendones y sentí el deseo de abrazarla, como si la conociera de muchos años.   

La experiencia fue tan especial que de verdad me dije: ¡cómo quisiera volver! Ella decía que lo único seguro es que todos los días hay cambio, hay transformación, que debemos dar sin esperar recibir, que si nos ponemos a esperar llegan la tristeza y la frustración, que debemos aprender el desapego a las cosas y a los seres queridos y que mientras más lleves a tu divinidad en tu corazón, más cerca estarás de la paz que anhelas, serás más sensato y nada ni nadie te sacará de tu centro. 

Dijo también que existe un solo Dios y que respetemos los muchos maestros. Son tus actos los que cuentan. Si no vivimos para servir, no servimos para vivir. Son las palabras que recuerdo de ella. 

Todo esto ya lo hemos oído. La tarea es volverlo consciente, así como la respiración es el mejor vehículo para centrarte y conectarte. La respiración lo es todo y, sin embargo, lo damos por hecho. Dijo que siempre agradeciéramos y actuáramos con consciencia…

Nos despedimos de esta maestra con lágrimas en los ojos y llegamos al templo donde había una energía bellísima: música, gente cantando, flores y mucho colorido.  

Estuvimos allí durante unos 30 minutos. Después me dije: ¡hasta pronto, India!  Luego, a subir las maletas y viajar tres horas en bus hasta el aeropuerto de Delhi: cada persona del grupo de turistas a su respectivo destino. 

See you son, India, ¡me llevo tu gente en mi corazón!

Pilar Balcázar

Marzo, 2020

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Safari con Harari

Por Silvio Zuluaga
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Entré a la Librería Nacional del Centro Andino en Bogotá y le comenté a uno de los dependientes que quería leer algo sobre el comienzo de la vida humana, pues pensábamos hacer un safari a algún país del centro de África. Sin dudarlo, me dijo: “No se arrepentirá, léase estos dos libros: Homo Sapiens y Homo Deus”. 

Leí los dos libros sugeridos. Realmente me encantó el estilo periodístico de Harari y, sobre todo, me fascinó la manera agradable como este historiador israelí narraba el cuento de cómo el Homo sapiens ha venido y sigue evolucionando.

En poco tiempo terminé de disfrutar la lectura de Homo Sapiens y Homo Deus. Entonces pensé: tengo que leer El origen de las especies de Darwin, con el fin de entender un poco el proceso de la evolución y, aunque tediosa su lectura, el autor me fue llevando parsimoniosamente por el sendero lento, soñoliento a veces y cargado de casualidades de la generación de la vida hasta el Homo sapiens.  

Pues bien, una tarde mi esposa y yo aterrizamos en Nairobi e hicimos un safari, que lo vivimos con un ingrediente adicional: al ensueño y la admiración de paisajes y animales salvajes, en su hábitat natural, le añadimos memorias de cómo hemos devenido y seguimos mudando como sapiens

En Nairobi iniciamos una gira en avioneta a los parques naturales de Amboselli y Masai Mara. El primer vuelo lo hice en la silla del copiloto. El capitán era un hombre de pocas palabras, lo cual me dio la oportunidad de hacer un recorrido mental desde que hace 3500 millones de años aparecieron los primeros microorganismos hasta que fue surgiendo, poco a poco, el Homo sapiens

Durante los diez días siguientes se entremezclaban la fantasía de leones en acecho y jirafas elegantes con la imagen de los cazadores-recolectores y vagamundos que se iban asentando, domesticándose ellos mismos, domesticando animales y plantas y, en medio de la revolución agrícola aprendiendo, muy aplicados, a acumular trigo y a planear a mediano plazo. 

Asimismo, las migraciones de cebras y wild beasts, miradas desde un globo aerostático, era una vivencia mágica que nos traía la pregunta de por qué aquellos seres primitivos emprendieron un éxodo al Medio Oriente, a Europa y a Asia… De igual manera, cuando nuestro guía-conductor del jeep buscaba pacientemente en las praderas jabalíes, hipopótamos, avestruces y antílopes, llegaban a la mente el lento proceso de la invención del lenguaje y de las religiones y las múltiples formas de gobierno: tribal, feudal, monárquico…  

En fin, un safari Hararisíaco.

Silvio Zuluaga

Agosto, 2021

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Santos Domingo y Roque

Por Samuel Arango
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Después de cierta edad ‒de los 70 normalmente‒, la madrugada no es problema. A las cuatro o cinco ya estamos conectados a las noticias, mala forma de iniciar el día, arreglando la casa u organizando las pastillas nuestras de cada día. “Pareces de 15”, me dijo un día un amigo. Si, de 15 pastillas al día, le contesté.

Muy temprano miramos a dónde hay que ir en la mañana y en la tarde. Casi seguro a reclamar medicinas a la EPS ‒en donde usualmente nos encontramos con compañeros de colegio o universidad, o con las antiguas novias‒, a comprar tierra y abono para las maticas, a buscar el regalo de cumpleaños de la nieta. 

Pero sin duda, una de las mejores maneras de amanecer temprano es para encontrarse a las cinco y media con los amigos puebliadores y salir sin desayunar para el norte, para el sur, para el oriente o para el occidente de Antioquia. Mi preferido para madrugar es el oriente, porque a esa hora se levanta el sol y los arreboles son orgásmicos, sensacionales. A esa hora, cuando se mira el cielo, no se duda de la existencia de Dios. A veces la neblina se entromete por entre las montañas como cobija de algodón y nos hace sentir en el cielo o como los cóndores de los Andes.

En esta oportunidad, la trompa de la camioneta de Carlos Eugenio, el conductor elegido, se enrutó hacia el noreste, vía Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa, La Pradera, Santo Domingo. Nos topamos con el río Medellín acabado de afeitar, espumas que se van y que luego se convierte en el río Porce. Recordamos a Cisneros y el viejo Túnel de la Quiebra, que pasamos cuando niños y del que salíamos negros por el tizne del humo de la locomotora. El desayuno recalentao viene humeante y aromoso, con todas las de la ley, es decir acompañado con chorizo, arepa, quesito, chocolate espumoso. Por esta región atienden en los buenos restaurantes de carretera unas bellas venezolanas, jóvenes, sonrientes, atentas. Nos cuentan su historia y manifiestan su agradecimiento por poder trabajar y sostener a algunos parientes que vinieron con ellas. como la mamá o los hermanos. y los lejanos a quienes pueden enviarles algunos pesitos. Esperan volver cuando no tengan que aguantar hambre en su bello país. Gente hermosa.

Llegando ya a Santo Domingo, el médico Germán Gonzalo González (GGG) chicanea al ofrecer una frutica pequeña, parecida al mortiño y con sabor a guayaba agria, llamada jaboticaba. Esta es la primera vez que la veo y disfruto. Hablamos de las onces o mediamañana y Juan Santiago Chef nos explica que el vero nombre de onces viene de las once letras que tiene la palabra aguardiente… Será creerle. Ya empiezan a aparecer los cañaduzales, los nuevos sembrados de cacao y la tierra del mejor escritor que ha tenido Colombia en toda su historia. Ya brillan allá sus cúpulas…

Santo Domingo de Guzmán

La población la fundó en 1778 una familia Duque. La capilla se nominó en honor de Santo Domingo de Guzmán, nacido en 1170, fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos. Contemporáneo de ese gran santo Francisco de Asís. Se dedicó a la defensa de la religión católica debido a la influencia que estaban tomando los herejes, los gnósticos y maniqueos. Una monja dominica de la época lo describió así: “estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente colorado, cabellos y barba casi rojos, bellos ojos luminosos”.

Santo Domingo se precia con razón de haber sido cuna de personajes insignes como los escritores Francisco de Paula Rendón, Magda Moreno y el nunca bien ponderado Tomás Carrasquilla. Allí vio la luz, como decían las mamás, el obispo posiblemente asesinado Gerardo Valencia Cano, el beato y mártir Jesús Emilio Jaramillo, y Augusto López Valencia, empresario cercano a los bien vivientes pasiadores. 

Don Tomás María Carrasquilla Naranjo

Merece capítulo aparte este escritor a quien el investigador canadiense Kurt Levi le dedicó dos sesudos libros. Tuve la oportunidad de visitar a Levi en su oficina de la Universidad de Toronto. Me dio media hora de tiempo y conversamos tres horas. Me enseñó mucho sobre Carrasquilla y me regaló los dos libros, con dedicatoria, que había escrito. Adoraba a Medellín, en donde estuvo en varias oportunidades. Su lección principal: Carrasquilla no es un autor costumbrista como lo han etiquetado; es un autor universal, comparable con Cervantes. La perfección y la riqueza de sus personajes me permiten asegurar que es uno de los mejores escritores de la lengua española de todos los tiempos…

Visitamos en esta puebliada la casa museo, en una esquina de la plaza. Museo bien organizado y cuidado, con elementos valiosos que recuerdan al escritor de La Marquesa de Yolombó y de tantos textos poderosos como A la diestra de Dios Padre y San Antoñito, que Teleantioquia llevó a las pantallas. Recordamos su vida, sus cualidades y sus perversiones. Esta visita fue en realidad un baño de cultura y humanismo profundo.

Olguita, la encargada del museo donde hay libros como estos, nos ofreció ingenuamente el “bizcochito encoñador” (sic): un bizcochuelo típico, que obliga a comerse más de uno.

San Roque y su perro

San Roque fue un santo francés nacido en Montpellier, pero cuya vida transcurrió en Italia a donde viajó y se encontró con la peste que azotaba la región. Se dedicó muchos años a atender a los enfermos hasta que él mismo se contagiaó. Se retiró a la montaña, a una cabaña aislada y solitaria. A San Roque se le representa acompañado por un perro, porque dicen que cuando en su aislamiento ya no podía valerse por sí mismo debido a la enfermedad, un misterioso perro le llevaba cada día un pan, que él remojaba en una fuente de agua que milagrosamente brotaba al lado de su lecho. De allí lo rescató un noble de la región. Logró curarse, pero luego lo confundieron con un espía. Llevado a la cárcel, murió tras cinco años de prisión. 

San Roque, el antioqueño, fue creado en 1880 por zambullidores, cateadores y barequeros que buscaban oro. Tierra “cañera” por excelencia. “El trapiche muele y muele la caña y vuelve a empezar, la pena que estoy sintiendo, quién la pudiera calmar…”.  La zona huele a miel, panela, blanquiao y velitas. El templo es uno de los más bellos de Antioquia, sin duda. La cúpula es copia de la de Florencia, Italia. Es enorme, magnífica, extravagante, 

En la carretera, el agua brota de las alturas y se atraviesa en el camino. Es abundante, clara, danzarina. También se ve café, cacao, lulo, fique y pastizales.

Tomamos una vía destapada, de las que le gustan al experto e incansable conductor elegido. Es como montar en una licuadora, pero nos lleva al corregimiento de Cristales, en donde se desatienden las penas y se olvidan los coscorrones.

Para terminar, me piden que cuente que a un gato que tenía 16 vidas lo mató una 4×4, como la camioneta de Carlos Eugenio. No hay que reírse y mejor paro acá, antes de que se me ocurra otro “chistemalo”.

Texto y fotos: Samuel Arango M.

Agosto, 2021

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La carretera panamericana, a medio construir hace muchos años, lleva a la ciudad de San Juan de los Pastos, alias Pasto. Localizada en el valle de Atriz, sorprende el tamaño de la ciudad: cerca de 500.000 habitantes. Ciudad limpia, ordenada, sin huecos en las calles, con muchas nuevas obras en progreso. No es un pueblo: es una ciudad amable y saludadora.

Se cree que Nariño es pura montaña, que el Nudo de los Pastos o el gran Macizo Colombiano forman a Nariño. Pero la verdad es que el departamento cuenta con tres zonas claramente definidas que tipifican diversas idiosincrasias. La zona Pacífica, con extensos territorios planos que dan al océano Pacífico, con ríos de inmenso caudal, como el Telembí y el Patía, y con una población predominantemente afrodescendiente o negra. La región Andina, la de las montañas imponentes con volcanes por todos lados: Galeras, Santa Isabel, Puracé, Cumbal, Chiles y Azufral, y la región amazónica, que va a dar al Putumayo y a la cuenca del gran río Amazonas. La mayoría de la población es mestiza, seguida de la indígena y negra.

Nariño es sorprendente. Lo primero que encuentra el viajero, si va por avión, es la dificultad para el aterrizaje en el aeropuerto de Chachagüí. Es único en el mundo por la intensidad de los vientos. En nuestro caso hicimos tres intentos, en un avión que se movía como una licuadora. Para el viajero que lo ignora es atemorizante. Los ateos rezan más que los religiosos cuando la aeronave, a dos metros del piso, vuelve a elevarse y el piloto anuncia que es un primer intento fallido. Luego, llega el segundo intento: la torre de control pasa rauda por la ventanilla y vuelve a elevarse al aparato. El vuelo va a Cali, aterriza y espera una hora a que se calmen los vientos.  Al tercer intento, el avión aterriza en medio de un bamboleo mareador. Se escuchan los aplausos. ¡Llegamos! Los pilotos se asoman a ver la salida de los pasajeros en medio de una sonrisa maliciosa. En realidad, ese fenómeno es diario y no pasa nada, ellos lo saben.

Igualmente, el viajero nuevo encuentra que en el aeropuerto no hace frío. Que es un clima templado muy agradable y debe guardar la chaqueta, el suéter, la bufanda y los guantes que tenía preparados.

La carretera panamericana, a medio construir hace muchos años, lleva a la ciudad de San Juan de los Pastos, alias Pasto. Ubicada en el valle de Atriz, sorprende su tamaño: casi 500.000 habitantes. Ciudad limpia, ordenada, sin huecos en las calles, con muchas nuevas obras en progreso. No es un pueblo, es una ciudad amable y saludadora. San Juan de Pasto, en un principio fue llamada Villaviciosa de la Concepción de Pasto ¿Viciosa? Esa palabra en su tiempo significaba laboriosa, dedicada, esforzada. Así que el nombre no es de ninguna manera despectivo, como lo es ahora.

Una vez instalados salimos a realizar el primer recorrido por el centro. Nos dedicamos a las obras de los jesuitas, líderes de siempre en la ciudad. Su influencia ha sido, es y será definitiva.

Casa de ejercicios Loyola, acogedora, calida, bien dotada. Tutelada por el imponente Volcan Galeras

En 1772, la Compañía de Jesús fundó el colegio San Francisco Javier, que estuvo vigente hasta 1779, cuando se extinguió la Orden en todo el mundo. En 1885, la Compañía refundó el colegio, como Colegio Seminario. En 2012, inició una reestructuración del edificio, que duró dos años y, en agosto de 2014, fue reinaugurado y desde entonces es conocido como el claustro histórico del colegio Javeriano. 

El colegio cuenta con más de 1200 estudiantes y una metodología innovadora en la que el estudiante es ante todo un ser humano, responsable de su propio desarrollo y en la que el colegio y los maestros ‒no profesores‒ se constituyen en acompañantes respetuosos e impulsores de sus estudiantes.  Una metodología moderna que es ejemplo en el país y el continente.

Colegio San Francisco Javier

Un claustro viejo en historias, pero moderno en su ideología, con énfasis en lo social. Acaba de inaugurar el teatro más moderno de la ciudad, apto para los conciertos más exigentes del mundo.

En Pasto, la gran iglesia de los jesuitas es el templo de Cristo Rey. Una auténtica joya arquitectónica que refleja a fondo la espiritualidad de la Compañía de Jesús, de su fundador, san Ignacio de Loyola, y de su compañero de acción, San Francisco Javier. El templo es, sin duda, uno de los mejores y más bellos de la ciudad.

Este templo se erigió luego de que los jesuitas decidieran en 1930 echar abajo la vieja iglesia de Santo Toribio, levantada en 1572 por los dominicos, adyacente al convento de Santo Domingo. Se encomendó su construcción a la experta dirección de los hermanos jesuitas José María Ibarmía y Rubén Vega. Los planos los realizó el hermano Gogorza y el templo se inauguró en 1936. La plazuela donde estaba ubicada esa vieja iglesia se conoció siempre como de Santo Domingo. En 1797, la casa que fue colegio de los jesuitas era un cuartel y los muros iniciados para la construcción de la iglesia estaban abandonados y aparentaban ruinas de un gran edificio. Cuando los jesuitas regresaron a Pasto se les confió la iglesia de Santo Domingo.

Templo de Cristo Rey

Una de las curiosidades del templo, además de las bellísimas tallas en madera del viacrucis, la constituyen varios murales pintados por religiosos de la comunidad en los que muestran en el infierno, como en La Divina Comedia de Dante Alighieri, a obispos, sacerdotes, reyes y hasta Papas. Los fotógrafos no paran de tomar sus impresiones de esta novedad.

Villa Loyola es una finca ubicada en el municipio de Chachagüí, a 27 km de Pasto. La Fundación Suyusama trabaja de manera articulada con el Centro de Innovación Agroecológico y Ambiental Villa Loyola. Promueve la implementación de estrategias de protección y uso sostenible de los recursos ambientales en Nariño, mediante el desarrollo de talleres dirigidos a campesinos que se vinculan con la Fundación, denominados Giras Agroecológicas. Se abordan temas como análisis de la calidad biológica de los suelos, fertilizantes orgánicos, microorganismos eficientes, biofertilizantes líquidos, abonos orgánicos sólidos, producción y transformación del cultivo de café, diversificación productiva, entre otros. Es un centro de irradiación educativa hacia los campesinos que se ven favorecidos por la granja hasta el punto de llevar a ella sus cosechas de café para el procesamiento total. Es una granja experimental de innegable aporte social.

Villa Loyola

Llaman la atención de los visitantes, que acuden en busca de información o para cursos de capacitación agropecuaria e incluso para ejercicios espirituales, los techos de la vieja casona que albergan cientos de nidos de avispas que en un principio pueden causar temor, pero que luego se convierten en amigas de convivencia. Se cultivan para el proceso natural de fertilización de las plantas y resultan inofensivas, claro, mientras no se sientan agredidas.

También es un verdadero deleite contemplar los jardines que cobijan las más hermosas flores y plantas de tierra templada. Entre las sorpresas maravillosas se encuentra la flor de la cebolla junca, que admiramos una y otra vez, a la que le tomamos múltiples fotos por ser para nosotros una sorpresa real, como lo es para las abejas que se deleitan con sus néctares.

Por donde quiera que se camine en la ciudad, hay diversos templos, cada uno con historias increíbles y bellezas únicas e irrepetibles. No las visitamos todas, pero sí algunas de las más representativas. La iglesia de san Juan Bautista fue el primer templo que se construyó en la ciudad, terminado el 17 de junio de 1559. Fue la catedral de Pasto, hasta la construcción de la actual.

El acceso lateral por la carrera 25, sobre la plaza de Nariño, cuenta con un pórtico de estilo barroco español, con una talla labrada en piedra, copia de un diseño del pintor y escultor Miguel Ángel Buonarotti. La ornamentación del templo presenta ciertas formas de sincretismo, o sea, la unión de elementos que se traen de fuera y aquellos que aporta la región, lo que permite armonizarlos sin privarlos de sus características particulares. Esto explica que follajes y capiteles de columnas se encuentren adornados con hojas de la flora nativa (cedro, aliso, chaquilulo, etc.).

Iglesia de San Juan Bautista

Para enorme sorpresa de los visitantes, en una de las capillas interiores reposan los restos del capitán Hernando de Ahumada (hermano de santa Teresa de Jesús) y del caudillo pastuso Agustín Agualongo, el intrépido adalid que defendió a su pueblo con inigualable valor. En el caso de Ahumada, la inscripción en la placa de mármol dice textualmente: “No explotó a los indígenas ni se enriqueció con los oficios burocráticos”. En el templo, además, se encuentran los restos de cinco hermanos de la gran doctora de la Iglesia.

El templo del Sagrado Corazón, actual iglesia catedral, es una monumental construcción de estilo gótico, pero con incorporación de los estilos dórico y corintio, que hacen una amalgama interesante y hermosa, así como sólida. Lo inauguró en 1922 el obispo ‒ahora santo‒ Ezequiel Moreno, en donde antes estuvo el templo de San Francisco de Asís, saqueado e incendiado a principios del siglo 19, lo que hizo que la comunidad franciscana saliera de la ciudad.

Catedral de Pasto

La iglesia de san Andrés, inicialmente fue una ermita, y se terminó de construir en 1591, luego de un devastador terremoto ocasionado por el volcán Galeras. Se ubica en uno de los sectores más tradicionales de la ciudad, conocido como Rumi Pamba, que en quichua significa llanura de piedra. Rumi pamba ha sido escenario de importantes acontecimientos para la historia de Pasto, como la decapitación, en 1564, a manos de las autoridades españolas, del joven criollo Gonzalo Rodríguez quien, desde comienzos de la Colonia, buscaba la independencia de este territorio, hecho que le otorgó la categoría de “precursor de precursores”.

Iglesia de San Andres

El templo de Santiago comenzó siento una ermita que se construyó hacia finales del siglo 19.  En 1895, se inició la obra del actual templo de Santiago Apóstol, inaugurado años después por el obispo Ezequiel Moreno Díaz, hoy santo de la Iglesia. El templo fue entregado a la comunidad capuchina, que aún lo tiene bajo su cuidado.

Este templo se caracteriza por su gran altura y especial belleza arquitectónica. Tiene características de estilo románico, como el arco de medio punto, muros gruesos y severos, columnas de fuste cilíndrico y su puerta principal, ligeramente abocinada.

Templo de Santiago

Recorrer a Pasto es un programa de nunca acabar. Las sorpresas se encuentran en cada esquina. Venden un jamón serrano exquisito, quesos fabulosos, carnes de cuy, chancho,  cordero y res. El conocido canelazo calienta en segundos el cuerpo que tirita. Aprendimos alguna de las recetas: aguardiente caliente, jugo de mora, canela en polvo y… arriba, abajo, ¡al centro y adentro! Eso sí, antes de los tres minutos uno tiene que deshacerse de la chaqueta, el suéter, la bufanda.

Pasto es una ciudad cálida por su gente y su ambiente tierno y acogedor. 

Texto y fotos de Samuel Arango M.

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Una familia aventurera

Por Eduardo Pardo
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Comparto con ustedes un relato biográfico familiar, antes de que mi memoria empiece a fallar y se desdibujen los recuerdos. Mi familia, como verán, vivió en distintas ciudades y países y disfrutó mucho los viajes, con una manera particular de tomar decisiones.

Mi papá nació en Popayán. Al terminar bachillerato y con los $500 que había ahorrado durante varios años, se fue para Francia. Estuvo en París y después en Lille, donde estudió Comercio. Esta experiencia lo marcó, Al regresar a Colombia conservó la obsesión de viajar y conocer, pero la segunda guerra mundial, el matrimonio y los hijos cambiaron sus planes. 

Tenía varias pautas que orientaron su vida: pedirle a Dios un techo y el pan de cada día; trabajar duro, para disfrutar la vida a partir de los 50 años; dejarle a los hijos la mejor herencia ‒una buena educación‒ y conocer varios países con sus culturas.

Desde niños nos inculcó el respeto a la mujer, a quien no se toca ni con el pétalo de una rosa; que la gente vale por lo que es y no por las apariencias; decir siempre la verdad y ser justos; decidir por nosotros mismos sin dejarnos llevar por la mayoría, etc.

A los siete años me dio la llave de la casa para que dejara de molestar pegándome al timbre. Yo me comprometí a ser responsable y no perderla. A los 10 me dejaba llevar el timón de la camioneta cuando lo acompañaba a la finca y me permitía manejar un tractor. 

En la familia se tomaban las decisiones más importantes por votación. Una vez llegó emocionado, diciendo que en la Costa vendían una finca algodonera que sería un buen negocio. Su plan era que viviéramos en Santa Marta, el dirigiría la finca de lunes a viernes y vendría los fines de semana. Votamos: él perdió y nos quedamos en Cali. 

En 5° de primaria descubrí que tenía vocación de misionero y para ello decidí que quería ingresar al seminario menor (Escuela Apostólica) de los jesuitas en El Mortiño, al norte de Zipaquirá. A mis papás les pareció muy prematuro. Él me dijo que tomara una hoja de papel, la dividiera en dos y escribiera a la izquierda lo positivo y al otro lado lo negativo de irme, que reflexionara y que era yo quien tomaba la decisión. Ganó el lado izquierdo y aceptaron que me fuera. 

Durante esos años seguíamos hablando de viajes. Pensábamos en diferentes países americanos, desde Canadá hasta Chile. Y cuando se vendía algún novillo en nuestra finca, una parte se ahorraba para el viaje.  Estando en la Apostólica llegó de vecinos de ellos una familia española. Se hicieron amigos. Mis papás empezaron a preguntarles sobre el costo detallado de la vida en España. Hicieron cuentas y vieron que vendiendo el ganado de la finca se pagaban los pasajes de ida. La finca se alquilaba, la casa se vendía y se ponía la plata a producir intereses. Ello nos permitiría vivir cómodamente. Éramos cinco personas; mi hermano menor solo tenía dos años.

Votamos otra vez y todos dijimos: nos vamos. La familia y las amistades nos trataron de locos e irresponsables. En el fondo pienso que hubo incomprensión, pues no era evidente ver a un miembro de la familia de mi padre dejarlo todo para irse con su familia a la aventura en un país desconocido. Como mi papá le tenía miedo al avión, él, mi mamá y mis hermanos se fueron en barco. Salieron de Buenaventura y llegaron a Barcelona. Fueron 25 días de navegación, con varias escalas. Como yo estaba en El Mortiño, con un calendario diferente, me adelantaron los exámenes finales y me fui en el Super Constellation de Avianca, que tenía cuatro motores. Un viaje muy simpático, pues nos bajamos en Barranquilla para almorzar, hicimos una escala en Puerto Rico, para el aperitivo, y cenamos en el avión. Al otro día, desayunamos en las islas Azores, almorzamos en Lisboa y, finalmente, llegamos a Madrid. Transcurría 1960.

El plan inicial era vivir en Madrid, pero cuando averiguaron en los colegios de los jesuitas y en la Presentación, les dijeron que no tenían cupo, pero que nos recibían en Barcelona. Por lo tanto, entré a la “Apostólica” de allí. Era una casa de cuatro pisos, pegada al Colegio de San Ignacio, al que asistíamos como seminternos.

Mi hermana, que entraba a cuarto de bachillerato, tenía que pasar el examen que llaman “reválida”, para evaluar sus conocimientos. De entrada, las monjas le dijeron que tenía que repetir el año, pues no estaría preparada para ese examen. Les dijo que eso no era justo y que no quería perder un año. Propuso que prefería hacer una formación de Secretariado Bilingüe. Siguiendo la costumbre familiar, ella expuso sus pros y contras y mis padres aceptaron su decisión. 

Papá cumplió su deseo de no trabajar más. Asistía como oyente a unos cursos de historia universal en la universidad, pues era un tema que le gustaba. Con mi mamá, paseaban por la ciudad, visitaban museos e iban a teatro y zarzuelas.

En el verano, aprovechando los tres meses de vacaciones escolares, nos fuimos a paseo por Europa en camping. Teníamos un carro Simca. En la parrilla y la bodega llevábamos todo lo necesario para cinco personas: ropa, carpa, colchones inflables, mesita y asientos plegables, y lo necesario para cocinar. Habíamos previsto el recorrido, pero si encontrábamos un bonito lugar o monumentos históricos para visitar, acampábamos allí. Cada uno tenía una ocupación específica que hacer y así todo quedaba listo rápidamente.

En ese tiempo no existía la geolocalización. Un plano vial de cada país y de cada ciudad era suficiente. Mi mamá y yo éramos los copilotos. Durante las horas de viaje ‒lo hacíamos por carreteras secundarias, a una velocidad máxima de 80 km/h‒ nos distraíamos cantando, leyendo la historia de la próxima ciudad, oyendo las crónicas de nuestros padres y hasta rezando el rosario. Durante el recorrido, en cada ciudad visitábamos museos, iglesias, monumentos, castillos, etc. De este modo, nos impregnábamos de la vida de cada país, su gente, costumbres, comida y folclor.

En 1961 visitamos Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Austria, Suiza. Por la Costa Azul francesa regresamos a Barcelona. Como el dólar subía en Colombia recibíamos menos dinero cada vez. Papá comenzó a pensar en regresarnos. Como era decisión importante, volvimos a votar. Como era de esperarse, ganamos los que queríamos quedarnos, con el compromiso de reducir los gastos “superfluos”.

Cuando entré a cuarto bachillerato, mi hermana se fue a vivir durante seis meses con una familia en Irlanda para aprender bien inglés. Asistía al colegio con las hijas de la familia. Durante ese año decidí que quería ingresar al noviciado de los jesuitas en Colombia, para poder entrar al mismo tiempo con mis compañeros de El Mortiño. Mis padres no estaban de acuerdo en que regresara a Colombia, pues apenas tenía 16 años. Nuevamente tuve que presentar mi hoja con los aspectos positivos y negativos. Volvieron a aceptar mi decisión.

Iniciamos otra gira en el verano de 1962. Salimos por el sur de España para pasar a Portugal y, al regreso, atravesar España por el centro. Después nos dirigimos al sur de Francia, a Mónaco y pasamos a dar una vuelta por Italia. De allí nos fuimos a Inglaterra. Mis padres habían decidido que como yo me regresaba, mi hermana era prioritaria y le convenia dominar perfectamente el inglés.

Como yo no había montado en barco, como regalo de despedida viajé del sur de Inglaterra a New York, en el Queen Mary. En esa ciudad estuve unos días, alojado en la casa de un tío. Salí para Colombia y entré al noviciado, donde había sido aceptado.

Mi familia se quedó ese año en Inglaterra. Papá comenzó a dar clases de español, para ocuparse en algo que le gustaba y tener un ingreso complementario. Después, mi familia se fue a vivir dos años en Bélgica, para que mi hermana aprendiera bien el francés y pudiera ser perfectamente trilingüe, como preparación para trabajar en un organismo internacional. Por supuesto, mi hermano entró a primaria y también aprendió francés.

Al final de esos dos años, mis papás y mi hermano regresaron a Colombia en barco de la Flota Mercante Grancolombiana. Mi hermana viajó donde mi tío, a New York. Alla consiguió su primer trabajo en la ONU y decidió quedarse a vivir allí. Mis papás, que no lograron acostumbrarse a vivir en Cali después de cinco años viajando, no dudaron en irse a experimentar la vida en New York y compartieron un apartamento con ella. Mi hermano menor ya tenía ocho años y comenzó su colegio en inglés. Papá reanudó sus clases como profesor de español en el Instituto Berlitz de Manhattan.

Seis años después, mi hermana quiso independizarse e irse a vivir en París, Ginebra o Roma, sedes de organizaciones internacionales. Tomó un vuelo New York-París y le resultó un puesto en la Unesco. Nunca pensó que pasaría allí 30 años trabajando como documentalista. Al año largo se repitió el mismo proceso: mis papás dejaron la vida en New York para irse a experimentar la parisina.  A mi hermano, que ahora era la prioridad paternal, le convenia perfeccionar el francés, pues dominaba el inglés, que se había convertido en su primer idioma. 

Estando toda la familia en París, regresé al hogar paterno en 1973, después de retirarme de jesuita. Mi hermana se casó. Entonces, mis papás y mi hermano decidieron regresar a Estados Unidos. Esta vez se instalaron en Winston Salem, Carolina del Norte, donde había una buena universidad para el futuro de mi hermano. Yo me quedé en París haciendo un posgrado. Al terminarlo, viajé a Winston.

Allí murió mi mamá. Regresé a París, donde me habían ofrecido un puesto. Papá y hermano se quedaron en Winston, para que este terminara la universidad. Después, los dos llegaron a París. Desde entonces, mi papá se quedaba allí durante la primavera y el verano, y regresaba a Colombia durante otoño e invierno. En Cali tenía hermanas y hermanos. 

Como él siempre había dicho que quería hacer como los elefantes, “que regresan a morir donde nacieron”, se fue a vivir a Popayán. Tenía 82 años. Un primo suyo vivía en esa ciudad.  Los tres hijos parisinos íbamos a visitarlo por turnos, una vez al año. 

El último en verlo fui yo. Al llegar lo encontré muy acabado. Me dijo: Eduardo, esto no es vida y ya me quiero morir. Le contesté, tienes toda la razón, vamos a rezar para que sea así, pero mientras tanto anímate lo más posible. Al despedirme me dijo que seguramente sería la última vez que nos veríamos. Le dije que yo también lo creía, pero que muriera en paz, pues había cumplido sus tres deseos: trabajar hasta los 53, viajar y disfrutar de la vida, y darnos una buena educación que nos permitió ser profesionales. El circulo se cerró. Tenía 85 años cuando falleció en 1992.

Vivo en París desde 1979; mi hermana, al jubilarse de la Unesco, se fue con su familia a Estados Unidos. Mi hermano también vive allá. Ahora, todos seguimos viajando, pero solo en vacaciones.

Eduardo Pardo M.

Junio 2021

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Las coincidencias suceden en la vida. El nombre de una cantante famosa, cuya madre en una ocasión no pagó un taxi, quedó debiéndolo muchos años y jamás lo canceló con creces, se convierte en salvación para la esposa del autor, ante una situación desesperada con una funcionaria del aeropuerto de Dubai.

Shakira a sus 13 años

Esa mañana de mayo de 1999, después de saludar a mis alumnos de un curso de posgrado en la Universidad del Norte en Barranquilla, les pregunté: 

–¿Ustedes conocen a Himerio de la Cruz?

–No –me dijeron.

Entonces, les narré lo que me había ocurrido la víspera en la noche.

–Himerio fue quien me recogió en su taxi en el aeropuerto –les expliqué.

Himerio, un hombre amable, de complexión recia, que pasaba de los 50 años, era uno más entre los cientos de taxistas de la ciudad, pero tenía una historia muy especial que me compartió, y yo se las conté a mis alumnos.

Al comenzar el viaje hacia el hotel, Himerio y yo hablamos de Barranquilla. Le comenté que tenía buenos amigos allí: algunos fueron mis compañeros de estudio en Bogotá o Medellín, y otros eran empresarios o directores de gremios. 

En nuestra charla, hablamos de personajes famosos, como la inolvidable compositora y cantante Esthercita Forero (llamada “La Novia de Barranquilla”), quien pronto cumpliría 80 años. Himerio y yo fuimos también recordando varios nombres (él mencionaba uno, yo continuaba con el siguiente, como en un juego de ping-pong). 

Hablamos del cantante Mario Gareña, autor de la popular canción “Yo me llamo cumbia”; también de la prestigiosa diseñadora de modas Silvia Tcherassi, y de algunas estrellas de la pantalla: la reconocida Judy Henríquez y Sofía Vergara, una de las mejores actrices cómicas de la televisión estadounidense.

Yo le expresé mi admiración por Alejandro Obregón, nacido en Barcelona, pero criado en la ciudad, famoso por sus pinturas, muchas sobre el mismo tema. “Es difícil decidir cuál de sus cóndores, a pesar de su aparente repetición, es más original y bello que los otros”, le comenté a Himerio. 

En ese momento él, que era un gran aficionado al futbol, me habló de los jugadores Efraín Sánchez (lo llamaban el Caimán) y de Iván René Valenciano. 

Himerio aún recordaba al barranquillero Marcos Coll, el único que ha marcado un gol olímpico en toda la historia de los campeonatos mundiales: fue en el partido de Colombia contra Rusia en aquel lejano torneo de Chile en 1962, cuando el juego quedó empatado a cuatro goles. 

Himerio era muy niño en esos tiempos, pero esta historia se recordaba y disfrutaba con frecuencia en las reuniones de amigos: ya era casi un mito fundacional de la ciudad. 

–¡Todos ellos son también barranquilleros! –me explicó con orgullo.

Y es que desde comienzos del siglo XX Barranquilla fue la puerta de entrada de muchas innovaciones a Colombia: no solo el fútbol, sino también la aviación, la radio comercial, la telefonía… 

Finalmente, le expresé mi admiración por nuestra talentosa Shakira. 

Y fue entonces cuando Himerio me confió su historia con la destacada cantante, ocurrida diez años antes, en 1989.

–Ella tenía 12 o 13 años. Su madre, Nidia Ripoll, me pedía que las llevara a visitar las empresas de Barranquilla, en busca de un patrocinio para la carrera que desde niña ya quería emprender –me explicó Himerio, y luego se lamentó:

–La verdad es que no le fue muy bien, no consiguieron ningún apoyo, y muchas veces me quedaron debiendo el costo de mi servicio. 

Comprendí la situación: eran los años de la bancarrota de William Mebarak, el papá de Shakira. Le expresé a Himerio mi admiración por su generosidad, y le pregunté si los había vuelto a ver. Me contó lo siguiente:

–Sí, hace dos años (era 1997) llegaron al aeropuerto, y el automóvil que los debía llevar a la ciudad tuvo un problema mecánico, entonces me contrataron a mí.

Mientras Himerio me narraba su historia, yo iba rememorando el arrollador triunfo de Shakira durante los años recientes, gracias a sus exitosos álbumes Pies Descalzos y ¿Dónde están los ladrones? y a sus giras internacionales de conciertos, en los que casi siempre se agotaba la boletería. Porque la cantante es un gran ejemplo de fe en sí misma y en su inmenso talento, y también de superación de los difíciles obstáculos que tuvo que enfrentar en los primeros años de su carrera. Esa dura experiencia la animó a crear en 1997 la fundación Pies Descalzos que con sus cinco escuelas en Colombia educa y apoya con alimentación a 4000 niños.

Entonces, yo quise saber:

–Himerio: ¿ellas se acordaban de ti cuando te pidieron que las llevaras a la ciudad?

–Sí, Shakira y su madre me saludaron muy amablemente.

–¡Y me imagino que te pagaron el triple por tu servicio!

–No, solo me pagaron la tarifa normal –me confesó.

–¿No se les ocurrió pagar con creces todos esos servicios que te habían quedado debiendo hacía tantos años? ¡Porque para Shakira, en ese momento, su único problema de plata era decidir qué hacer con ella!

–No, señor –me contestó escuetamente.

Y así seguimos charlando hasta llegar al hotel. Cuando él me ayudó a bajar mi maleta, se me ocurrió una broma. Lo miré y le propuse este negocio:

–Himerio, no me cobres nada, y cuando yo sea tan famoso como Shakira, te pago el triple.

Él me miró, tomando mi frase mitad en serio y mitad en broma, me contestó que no, yo le pagué y nos despedimos.

-o-o-o-o-o-o-

Años después, en abril de 2007 y en otra ciudad muy lejana de allí, ocurrió algo también relacionado con un aeropuerto y con Shakira. 

Fue la cantante quien entonces “salvó” a mi esposa Cristina de un grave problema en Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, a más de 13.000 kilómetros de Colombia. Nuestra hija y su esposo (profesores en la American University), la habían invitado por varias semanas al vecino Emirato de Sharjah. Querían que los acompañara en ese momento tan importante del nacimiento de nuestro primer nieto. 

Un par de semanas después de la llegada del niño, la llevaron al aeropuerto de Dubái, desde donde debería regresar a Medellín, con escala en Nueva York. A ellos no les permitieron entrar a acompañarla mientras esperaba la salida de su vuelo, pues aún no habían ampliado la zona de pasajeros que ya se quedaba muy corta. 

Y allí empezó el problema.

La funcionaria de la aerolínea que atendió a mi esposa, una mujer de mirada adusta y voz recia, se empeñaba en negarle la posibilidad de abordar el avión.

–No puede viajar: su rostro no corresponde a la foto del pasaporte –le dijo secamente. 

Discutieron durante un rato tan largo que se hizo casi interminable. Cristina, en su angustia y temerosa de perder el vuelo, le señalaba los sellos de inmigración en su documento: 

–Ahí lo puede ver: yo viajé desde Medellín a Nueva York y de allí vine a Dubái con ese mismo pasaporte, y sin ningún problema.

Pero la funcionaria, inflexible, se negaba a permitirle el viaje. Mi esposa, al borde del desespero, gritó en español:

–¿Es que aquí no hay nadie que le ayude a una colombiana?Text Box:  (Foto propiedad de iStock, Getty Images)

Entonces se sorprendió al ver a un funcionario emiratí que se acercó a ella sonriendo, mientras exclamaba entusiasmado en español:

–¡Oh, sí, Colombia, Shakira, Colombia!

“Me llamó la atención su perfume suave y agradable y la limpieza impecable de su vestimenta”, me dijo después mi esposa.

El funcionario ordenó que le entregaran el pasaporte y las maletas. Él mismo las llevó al siguiente puesto, donde dio instrucciones precisas. Luego se ofreció a acompañarla hasta el avión. En el trayecto, le contó que había vivido en España, donde aprendió el idioma. 

–¿Pero por qué me habla de Shakira? –le preguntó ella agradecida.

–¡Ah, es que hace tres meses ella dio aquí un concierto maravilloso –le confesó el funcionario –y quedé enamorado de Colombia! 

¡Y así fue como nuestra cantante, sin saberlo, “salvó” a mi esposa de esa situación tan molesta!

Christian Betancur Botero 

Mayo, 2021

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Puebliando ando

Por Samuel Arango
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Puebliar es un privilegio que solo se les permite a muy pocos. Vendedores, transportadores, comerciantes… Cuando es por obligación, casi no se disfruta. Puebliar por placer y con amigos es una excepción y un privilegio de muy pocos en el mundo, sí, ¡en el mundo!

Puebliar significa embriagarse de paisajes, llenarse de conocimientos, vivir experiencias irrepetibles, conocer personas que nunca vas a volver a ver, pero que siempre has de recordar. Cuando uno pueblea aprende lo que jamás va a lograr en un aula. Puebliar es sentir frío y calor, brisas y sofocos, risas y preocupaciones que pasan pronto. Es esperar y correr, sudar y tiritar. Viajar es llenar de estética el alma y de saberes el seso. Puebliar es adentrarse en los caminos de la geografía y en los vericuetos de los hombres. Es conocer la historia, la geografía, la culinaria, las culturas, los cuentos. 

Cuando uno pueblea, aprende a distinguir los olores del guano en la Amazonía, de la sal en la Guajira, de la guayaba en Barbosa y Vélez, de la boñiga en los Llanos, de los mariscos entre los manglares de Tumaco y de cebolla en la laguna de Tota, en Boyacá. Es aspirar con fruición los aromas ignotos de los guadales en el Quindío. Es percibir el olor de la madera y los bejucos en Urabá. Puebliar es tocar las aguas tibias del Caribe, la arena brusca del Cabo de la Vela y la lana virgen de Boyacá. Es escuchar el grito alegre y penetrante de los monos chillones, el viento huracanado y silvador del desierto, los pericos multicolores de Leticia, el grito profundo de los búhos y las lechuzas. Es oír la serenata perenne que ofrece el silencio de los nevados y los picos retadores.

Puebliar es distinguir los colores chillones y festivos del litoral, o los serenos y serios de las alturas. 

Puebliar en Antioquia es meterse de lleno bajo la ruana de las arboledas, de los caminos de herradura. Es seguir el paso de las mulas en los barrizales que con su chuc, chuc, chuc, andan al paso de la experiencia profunda. En Antioquia se reúnen en alegre algarabía los tiples, las maracas, las flautas y los tambores. En Antioquia se sube, se baja, se resbala, se espera, se asientan todas las experiencias posibles. Los ojos se embriagan de belleza, de sueños y de fantasías.

Y no hemos tocado a la gente. Cuando se caminan las sendas de Antioquia se topa uno con toda la gente buena que en el mundo existe. Desde el tradicional y querido bobo del pueblo, hasta la matrona caderona que se cansó de cambiar pañales y la chapolera que canta sus pesares sin sentir vergüenza. Niños cacheticolorados, embarrados. Jóvenes de mirada esperanzada y ganosa. Muchachas que apenas explotan a la vida detrás de unos ojos ensoñadores y enigmáticos. Trabajadores que le meten el hombro al presente mientras miran el futuro que se repite sin contemplaciones. Fondas, caminos, travesías, monumentos a curas fundadores.

En todos los caminos aparecen, como por milagro, los cristos y las vírgenes. Una religiosidad entre profunda y supersticiosa, pero convencida. Devociones a uno u otro santo. Advocaciones a veces absurdas, pero siempre significativas.

Y si hablamos de comida, el asombro nos invade. Las mejores morcillas de Envigado, los inigualables chorizos de Santa Rosa de Osos, los pandequesos de Cuibá, los frisoles de Liborina, los panderos de La Pintada, el blanqueado de Girardota. Comida a montones con arepas de cayana, de pelao, redondas y planchas. 

Puebliar es, pues, una experiencia inolvidable, digna de reyes y que ojalá no sea solo de amigos pensionados que entienden que ahora sí pueden disfrutar la vida, porque puebliar es vida.

El secador solar de los campesinos, hace parte del hermoso paisaje caminero

El buen puebliar exige ciertas características que no es fácil que se den al tiempo. pero afortunadamente en este grupo de puebliadores se dan. No les interesa ni el licor ni el cigarrillo, casi todo les gusta, no ponen problemas por todo, son buenos conversadores, discuten ‒pero no pelean‒, se respetan y admiran entre sí, saben hablar y saben escuchar, tienen muy buen humor, son buenos comelones; pocos, pero madrugadores y muy puntuales. Planean bien los viajes. 

Al mismo tiempo que comparten un modo de vivir, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Uno planea la gira con horas, segundos, distancias, actividades. Otro conoce el departamento de Antioquia al dedillo, sabe por dónde se va, por dónde se regresa, qué hay para conocer, de quién son las tierras, quién hizo el puente sobre cada quebrada; le encanta conducir, especialmente por carreteras destapadas e inmundas. Otro es parco y solo habla cuando los demás terminan, el que habla de último, habla mejor, escribe bien y olvida el bastón cada que puede. Otro es experto en culinaria tradicional y típica, distingue entre el sabor de un chorizo santarrosano y otro de Santa Fe, lleva bien las cuentas de la “vaca” a la que todos aportan, sin que les cobren, pide rebaja hasta en los peajes, sabe de ganado y conoce los animales mejor que a los políticos, Otra es la mamá, pendiente de que no vayan a dejarla y de que todos estén bien; aconseja, mima y concluye al final de cada tema. Otro es alegre y chistoso, aunque lo caracterizan los chistes flojos, disfruta el paisaje, la compañía, las comidas, la gente de los pueblos y hasta los bobos de la plaza principal. Otro es médico y pronostica el futuro corporal de los paseantes, sabio y generoso.

En fin, ¡pasear con buenos amigos y compañeros es un placer casi sensual!

Lo mejor del grupo es su capacidad de gozar, de extasiarse, de admirar, de emocionarse ante el espectáculo glorioso de la naturaleza que se detecta en cada animal, en cada planta, en las vegas y los bosques, en los ríos, quebradas y saltos, en los guaduales y los yarumos, en las plantas como las orquídeas y las semillas como el ojo de venado. Este grupo de paseadores es único e irrepetible. Algunas veces viajan amigos invitados, si hay puesto en el único vehículo, aunque siempre caben en el corazón.

Una de las delicias de las puebliadas es, sin duda, encontrar cantidades de detalles que se habían olvidado o que apenas se conocen: detalles de comida, de caminos, de personas, de acontecimientos. No es posible hablar de una vez de todo lo que nos hemos topado puebliando, pero por ahora van algunos ejemplos de lo que hemos visto y disfrutado: en una palabra, vivido.

En comidas recordamos en algún pueblo la “sopa de cura de vereda” ‒una de las más deliciosas y típicas de los paisas‒, que aún se ve, pero que por desgracia escasea. Es la sopa de arroz con carne molida, tajada de plátano maduro, huevo frito blandito y culantro. Otra sopa como para dioses es la sopa de guineo, que no le gusta mucho a uno de nuestros paseadores, no entiendo por qué. También va con culantro ‒al culantro ahora le dicen cilantro porque las damas devotas de los pies del divino rostro, escrupulosas ellas, lo pidieron‒. Ni qué decir del sancocho trifásico que nos mira desde el fondo de la olla de barro con unos enormes ojos de manteca. Carne de res (morrillo), costilla de cerdo y rabadilla de gallina. Le agregamos las increíbles y nunca bien ponderadas papas rellenas que saben a gloria. Los enamorados de Gloria entienden. O los chorizos “no me olvides” y los pandequesos de Santa Rosa. O los tamales de Mira en Santa Fe de Antioquia. O la aguapanela con quesito de Don Matías.

Disfrutamos de la vitamina Ch, prohibida por los médicos, pero recomendada por nosotros: chicharrón, chorizo, chinchurria, para no hablar del rollo rojo de tienda que vuelve loco a otro de nuestros compañeros de viaje. También se encuentra el tradicional fiambre de paseos, envueltos en hoja de biao o de plátano, con huevo duro, tajada de maduro, carne dura, arroz, papa cocida, arepa y aguacate.

En las tiendas de abarrotes de todas las plazas encontramos los tradicionales sombreros aguadeños, el mentolín ‒que sirve para todo‒ o el Vick Vaporub que alivia las picaduras y que descubrimos que si se unta en el cuerpo o se deja abierto en la mesa de noche, aleja los malditos zancudos. Aprovechamos para maldecir a Noé que echó una pareja de ellos en el Arca, antes del diluvio. También se ven las herraduras de todos los tamaños, las enjalmas, las zamarras, las alforjas ‒madres del carriel‒, el jabón de tierra, sal Glauber y el horroroso hígado de bacalao que les daban a todos los hijos de la familia de mi novia adolescente, cuando terminaban de almorzar y que fui incapaz de tolerar. 

Uno de los aspectos que más sobresalen en las carreteras son los objetos religiosos. Van desde las cruces con el nombre del finado, hasta las grutas de la Virgen adornadas con farolas de los camiones. Vírgenes pintadas con colores chillones como el azul godo, el verde cogollo y el rojo bermellón. Incluso con labios pintados. Son miles las estatuas de la Virgen que cuidan el camino, así les falte la cabeza, o una mano, o el Niño Jesús. Lo más curioso es que más del 90 % de estas vírgenes son zurdas, pues cargan el Niño en su mano izquierda. Nadie sabe si María, la madre de Jesús, realmente era zurda.

En los encuentros religiosos del camino conocimos la historia del papa de Barbosa y del pregonero de Copacabana, la meseta de las brujas en Ciudad Bolívar y la loma del amor en Dabeiba, en cuya cima las parejas se unen en sexual abrazo y ruedan pegados, por la ladera. Acá nos acordamos y reímos con sana irreverencia de una tradicional copla llanera que reza: “Cuándo será que taremos, /como los pies del Señor, / uno encimita del otro/ y un clavito entre los dos”.

Aún nos reímos de la anécdota de uno de nuestros contertulios de viaje que le preguntó a un viejo sacristán de pueblo el nombre de los santos que rodeaban la nave central de la Iglesia, para terminar preguntando: y de todos estos santos, ¿el único vivo sos vos?

Abundan en las iglesias los Señores Caídos, santa Laura, el padre Marianito, las vírgenes en todas sus advocaciones, san Martín de Porres, san Francisco, el Corazón de Jesús, pero sin duda sobresale la copia fiel, en mármol y de autor italiano, de la Pietá de Miguel Angel que se encuentra en el templo de San Pedro de Los Milagros. Cien veces he ido a verla y espero ir otras cien veces.

El camino continúa. Iremos comentando las sorpresas de los caminos y de los pueblos y los paisajes que se nos meten por los ojos y nos alimentan el alma.

Samuel Arango M.

Mayo, 2021

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Es inusual en nuestros viajes poner nuestra atención con afecto en nuestros medios de transporte, a menos que nos lleve en un ser vivo, como un caballo o un camello.  Esta vez, sin embargo, se mira afectuosamente un bus de transporte terrestre; singular sí, pero muy de nuestra idiosincrasia colombiana: un bus pirata.

Eran las 5 a.m. de un sábado de octubre, hace diez años. Aún recuerdo los detalles. Partíamos de Bogotá a Barranquilla. En la mano portaba ansioso el pasabordo frente al mostrador donde una rubia, vestida de rojo, se comunicaba con alguien a través del micrófono de su diadema negra, que lucía muy bien coronando su cabeza. La contemplaba encantado, hasta que habló a través del altoparlante, anunciando que nuestro avión no podía salir, porque tenía una falla mecánica. Ya no la vi tan bella, pues esa voz que informaba retrasos no correspondía con su estampa y hasta noté que sus enormes pestañas eran de plástico.

Hacia la costa caribeña partimos a las 10 a.m. Volamos sin sobresaltos ‒odio esos bancos de nubes que suben de repente las naves para dejarlas caer con estremecimientos que humedecen y enfrían mis manos‒. Esta vez pude dormir hasta el anuncio de “prepárense para aterrizar”. Tenía prisa. No solo dejé presuroso el avión, sino que subí a un taxi para llegar pronto al barrio Simón Bolívar, donde tomaría un bus para Santa Marta. Allá me esperaban familiares y amigos para disfrutar de unos días de arena, sol y mar. 

Mi prisa, sin embargo, no era asunto de la empresa Brasilia. Solo me ofrecía la posibilidad de partir a las 2 p.m. No sé si fue la sensación de calor o la dificultad de encontrar comida vegetariana lo que me impulsó a subir a un bus en la calle, haciendo caso omiso a quienes me habían advertido que era mala idea viajar en un bus “pirata”. Un joven pregonero anunciaba la partida inmediata de aquel automotor que avanzaba en marcha lenta y apenas cobraba $10.000 hasta Santa Marta, en su ruta hasta Maicao. Pagué esa suma al asistente, quien me dio un comprobante. Luego, noté que había otro asistente cobrando pasajes al fondo del bus. Casi inmediatamente entró otro, acompañando a una familia, a la cual asignó asientos, y después un cuarto personaje con otros pasajeros. En total, había cinco personas acompañándonos, dos de ellos “tiqueteando”.

Cuando no cabían más pasajeros apareció un personaje que demostraba, con sus ademanes y gestos, que estaba a cargo del bus. No solo revisó los comprobantes de pago, sino que exigió a uno de los asistentes que le entregara el dinero de la venta de los pasajes. Después de contar pasajeros y recontar dinero, sospechó que lo estaban “tumbando”. Lo comprobó al preguntarnos a unos pocos cuánto habíamos pagado y notar diferencia en nuestros recibos con respecto al dato que sus ayudantes anotaban. 

En mi caso me habían cobrado $10.000, aunque mi viaje terminara kilómetros antes de Santa Marta, pero anotaron $7000 en la planilla. Esto enfureció al dueño del negocio, quien se retiró vociferando en busca de los dos traidores, pero solo encontró a uno para confrontarlo con nuestra información; el otro ya no estaba. Después de amenazas de una parte, explicaciones y retorno de dinero al transportador (no a nosotros) todo volvió a la calma, con excepción de un pasajero que reclamó por lo suyo y fue bajado, sin contemplaciones, previa la devolución de su dinero. Los transportadores sabían que aquel día no había suficiente oferta de transporte y sí mucha demanda, pues era la víspera de un puente festivo.

La última discusión al inicio de este viaje, que no mostraba signos de arrancar, se dio entre el dueño y uno de los voceadores, quien reclamaba molesto su propina, pues había conseguido persuadir a dos pasajeros de tomar el transporte alternativo y no el de la empresa regulada. “Si te sirve la mitad, y el resto cuando regrese; tómalo. Si no, póngala como quiera, mijo”, fue la solución al impase y la señal de que, al fin, el automotor iniciaba su marcha. Tanto alboroto por la propina atrajo la atención de un policía de tránsito. Al requerir los documentos pertinentes, conductor y dueño bajaron para entablar una conversación con el agente estatal, cuyo contenido no fue posible escuchar. Parecía revisar documentos. Supongo que uno de esos papeles debió ser un billete, pues las sonrisas y el apretón de manos como despedida pareció indicarlo. Lo realmente significativo es que ahora sí comenzaba aquel viaje hacia mi destino.

Durante esos minutos de espera para que partiera el bus, estuve tentado de bajarme y  quedarme a la orilla de la vía, a la espera de otra opción, pero decidí correr el riesgo de la aventura en un transporte pirata, en parte porque ya me había familiarizado con algunos pasajeros, con quienes compartí galletas y nueces que traía conmigo y, sobre todo, porque contemplar el paisaje me curó de recelos: el mar a mi izquierda creaba ciénagas pequeñas y grandes, de innumerables formas, a las que nutría de vida marina, lo que aprovechaban pescadores con el agua arriba de la cintura o navegando en pequeñas canoas. Las bandadas de garzas y gaviotas moteaban de blanco el cielo azul, además de señalar a los pescadores por donde nadaban los peces. 

Esta visión teñida de ensueño me mantuvo entretenido hasta que el estruendo producido por el estallido de una de las llantas y el zigzagueo subsiguiente de aquel aparato que no se detenía ni se mantenía en su carril surgió como una pesadilla en la que parecía inminente una zambullida aparatosa en una de aquellas lagunas de agua salada. El terror se reflejaba en los rostros; solo una señora perdió el control y gritó. Sus vecinos procuraron calmarla y después la regañaron por su falta de fe y su llamado a la tragedia con su vocería. Cuando, al fin, el conductor pudo detener aquel rebelde automotor y bajó a revisar el daño, decidió que debía continuar el viaje en esas condiciones, con la promesa de andar muy lentamente y parar a reparar el daño en el peaje, 20 kilómetros adelante. La señora, furiosa esta vez, cambió sus gritos por reclamos y amenaza de una denuncia ante la policía, lo que no inquietó a los responsables del viaje. Incluso la calmaron con la idea de que, precisamente, en el peaje encontraría agentes de policía. Con cinismo se reían.

Era cierto; en el peaje había varios policías que eran viejos conocidos del conductor, quien se adelantó a contarles por qué había traído el bus hasta ese sitio con una llanta reventada, pues lo consideraba el mejor lugar de la zona para desvararse porque había dos montallantas a unos pasos de allí. Los policías estuvieron de acuerdo; su actitud condescendiente desanimó cualquier denuncia de nuestra parte. La curiosidad de los pasajeros ya no se centró en lo que la señora diría a la policía, pues nuestro interés estaba en enterarnos acerca de cómo se resolvería el problema técnico que nos detuvo. 

Las condiciones deplorables que ostentaba aquella rueda reventada y arrastrada varios kilómetros no auguraban solución fácil y rápida. También nos apremiaba la necesidad de encontrar sitios que pudiésemos utilizar como baños improvisados y la compra de algunas golosinas y refrescos para calmar el hambre y la sed. Le advertí al conductor que debajo del bus había una fuga de un líquido viscoso, seguramente de los frenos, pero me respondió: “lo que ve caer, amigo, no es del freno, sino del depósito del baño que está al lado. Es mejor que no lo verifique con sus dedos. Eso explica por qué ese servicio higiénico está cerrado”. 

Observé con detalle el estado de aquel aparato, en que había confiado cuando me prometieron un viaje rápido por solo $10.000. El tanque para el baño tenía un dispositivo de drenaje bien extraño: media botella de coca-cola litro invertida; una manguera rota descolgaba en otra parte, indicando que alguna vez aquel transporte dispuso de aire acondicionado; en uno de los costados, un golpe había dañado la puerta de un depósito de equipaje y abundaban los rayones sobre la pintura. Miré, entonces, aquel bus con respeto. Se me reveló de pronto como un viejo guerrero del asfalto, lleno de cicatrices y del que todos en la vía esperábamos algo: los pasajeros. un tiquete barato y el arribo a tiempo; los policías, su “mordida”; los vendedores, el  sustento diario; el montallantas, el pago de la reparación; los voceadores, la propina; los niños, la gran oportunidad de acompañar a sus mayores fuera de su casa y, hasta una prostituta, el disfrute de un paseo gratis en el asiento al lado del conductor. La de este viaje acompañaba a uno de los vendedores de tiquetes, no al chofer, aunque aprovechaba los descuidos de aquel, para mostrar sus atributos a los otros socios, sobre todo al dueño del bus. Cuando su amante del día notaba algo, marcaba su territorio con un beso o rodeando su talle con un brazo. 

A las cinco de la tarde me bajé de aquel guerrero y me dirigí al hotel. Me acompañaba una sensación ambigua: cierta urgencia de tomar una ducha y darle algo a mi estómago, mirar la cara de los amigos que me esperaban, saber de mi esposa e hija que venían en otro vuelo y cierta nostalgia de no haber compartido con mi amiga Joyce aquella aventura en esta tierra, para ella exótica: mi Colombia.  

Luis Arturo Vahos V.

Mayo, 2021

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¡Por supuesto! Es posible y fascinante viajar a través de las historias mientras podemos empacar maletas y poner sellos en el pasaporte. Por eso, vale la pena recordar algunos de esos momentos sublimes, casi inefables, de nuestros viajes. Ya no es tan significativo el cómo fueron sino más bien cómo los recordamos, qué recordamos y por qué son tan fuertes y vívidas esas imágenes. 

No es nada fácil decidirse por un país, un recorrido, un lugar específico o una emoción particular. Con los textos pasa algo similar a lo que sucede con los amores: hay que decidirse por uno para entregarle la atención y cuidado, para ordenar los sentimientos, las ideas y, de esa manera, disfrutarlo debidamente y con todos los sentidos. Por eso, intentaré narrar mis recuerdos de lo vivido en los ghats de Varanasi, India, uniendo las experiencias de dos ocasiones en las que pude estar allí: en 2009, junto a la Academia Cultural Yurupary, y con la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia en 2016. 

Los viajes, sabemos, se parecen mucho a los libros porque, cuando se revisitan, esta vez en la imaginación, se ven, sienten y gozan de muy distinta manera. La maravilla está en que tanto relatos como lugares siguen siendo los mismos, pero nosotros cambiamos no solo de edad, sino también de experiencia interpretativa, de sensaciones, de emociones, de entendimientos. Esos lugares, al igual que los libros y los amores, parecen cada vez nuevos, diferentes y, por eso mismo, fascinantes, atractivos, adictivos. Todo vuelve a ser, si lo permitimos y deseamos, novedoso, seductor, interesante. 

Varanasi es el nombre oficial de la ciudad tradicionalmente conocida como Benarés, la de los templos, la sagrada, la de la luz. Con una población de cuatro millones de habitantes, irradia vida, bullicio y alegría. Pero, además, podría decirse que es la ciudad de la muerte. De acuerdo con la promesa del Dios Shiva, quien muera en Varanasi será liberado del ciclo de las reencarnaciones y, por lo tanto, su alma disfrutará de la luz divina, del Nirvana. Es debido a esto que muchos ancianos y enfermos de la madre India eligen pasar allí la última etapa de sus vidas. 

En la parte central de la ciudad hay una larga serie de imponentes edificios sobre la rivera del Ganges. Son templos y palacios que se conectan con el río a través de amplias escalinatas, los ghats. Cada vez que se llega a la experiencia fuerte y potente de Varanasi, parece que todo vuelve a moverse en una especie de circularidad, muy propia de la filosofía hinduista. El amanecer y el anochecer, como momentos del reiterado inicio y final del día, son los horarios más recomendables para vivir la experiencia de los gaths del Ganges, con su magia y ritualidad. 

La diosa Ganga 

Al sumergirse en el río Ganges, los hinduistas están ante su Diosa Ganga. De ninguna otra manera se entendería que todos, sin distinción alguna, se sumerjan en actitud de veneración. No se están mojando en un charco de agua, están ante el más sagrado de sus templos. Teóricamente, hay diferentes ghats para diferentes actividades: los de cremación, los de aseo y oración, las lavanderías. Aun así, los límites entre uno y otro no son claros y se confunden, lo que equivale a hacer todo en el mismo río, desde lavarse los dientes, asear el cuerpo y lavar la ropa, hasta orar y limpiar de todos los pecados de vidas pasadas a los seres queridos, entregando las cenizas de la cremación de sus cuerpos al río. 

El Ganges, hermoso, amplio y generoso recibe a todos sin distinción para purificarlos y permitirles el paso a otra forma de vida que dependerá de cómo se haya procedido en la anterior. Los niños menores de un año, las mujeres embarazadas, los sacerdotes, los leprosos y los muertos por picadura de serpiente no son cremados. Ellos ya están purificados. Asimismo, los cuerpos de las vacas, animales sagrados y dadores de vida también flotan río abajo. 

Las mortajas para los cuerpos humanos son una fiesta y se ven desfilar los cadáveres por muchos lugares rumbo al río, ataviados con prendas rojas, amarillas, naranjas. Es definitivamente conmovedor acompañar al hijo mayor del difunto, siempre de pie cerca al sacerdote, porque será quien inicie el encendido de la pira funeraria. Él rasurará completamente su cabeza como manifestación de luto y emprenderá una larga caminata. Para asegurarse de que la ceremonia transcurra en silencio, las mujeres no asisten a los ghats de cremación porque se cree que les es más difícil contener las lágrimas. Es tranquilizante que a las 5:00 de la mañana, en pleno y bello amanecer en el Ganges, el olor no nos recuerde para nada que es un cuerpo humano el que se está incinerando, porque prevalece el olor de la madera elegida: teca, mango o sándalo, según el presupuesto familiar. 

Según dicen, cada día se incineran unos 150 cuerpos. El cadáver se sumerge en el río antes de la incineración. Concluido el ritual, las cenizas se depositan en las aguas sagradas. Mientras tanto, en los ghats de oración, los fieles miran y rezan devotamente la salida del sol como ejercicio diario de lo que ha sido antes y será otra vez, y otra vez. Se trata de que cada uno se renueve diariamente, igual que el sol, el cual es sagrado, por supuesto, como casi todo lo demás; los millones de dioses en India tienen, todos y cada uno, su motivo y razón de ser. Estamos siendo testigos de honor allí porque es el círculo infinito de la vida que se renueva, de manera constante e infinita. En ese ciclo entramos todos, hombres, dioses, elementos de la naturaleza. 

Se encuentra uno allí, en los ghats, dramáticamente solo entre la multitud y los amigos viajeros, lleno de un maravilloso no se qué, pero en cualquier caso, sereno, emocionado, conmovido. Nadie tiene que indicar que nuestras cámaras fotográficas, sedientas de imágenes, permanezcan en reposo. La indicación se siente y se obedece de manera casi natural. No estamos ante ningún espectáculo, sino ante un sentido ritual de fe. Se nos permite presenciar una ceremonia ancestral que, por los siglos de los siglos, se ha realizado allí, en la hasta hace poco llamada Benarés, una de las ciudades más antiguas del mundo. 

Aparece, de manera natural, la oración privada por nuestros difuntos amados y por la hermosa vida. Es inexplicable por qué en pocos minutos se pasa de la extrañeza, la lejanía y el temor a ver este momento y sus personajes como si fueran hermanos, amigos de siempre y del alma. Nosotros, los viajeros extranjeros, lloramos en silencio para no alterar la conmovedora experiencia mientras reflexionamos sobre la pequeñez humana. Entra uno en una rara especie de comunión intercultural. Lo mismo que le sucede a Anita Delgado cuando, en Pasión India, entrega a su hijo para que sea bendecido por los hijras. Allí uno siente que el río es nuestro templo sagrado, sin distinciones religiosas o culturales, y que cada uno puede tener un encuentro directo con su idea de divinidad o con lo más profundo de su ser, si profesa el hermoso humanismo de Spinoza. Imposible dejar de preguntarse ante semejante celebración, más de vida que de muerte, cómo quiere uno ser recordado. 

Sería triste alcanzar a ver solo un río sucio y una gente extraña en los ghats de Varanasi. Esta experiencia puede ser tan devastadora como la vivida por Jorge Zalamea en El sueño de las escalinatas, quien vio en esas escenas el más desgarrador espectáculo de la miseria humana. O puede pasar, como fue mi caso, que dejé el alma cargada de una dulce sensación mística, como una especie de paz interior. 

Sospechar de la propia mirada 

Si en algo nos alerta Varanasi es respecto a nuestros prejuicios y miradas reduccionistas, porque cuando viajamos lo que se ensancha es nuestro criterio. Por eso los viajes son entrenamientos en interculturalidad, tolerancia, entendimiento, interreligiosidad, diversidad, respeto. Si viajamos para confirmar exclusivamente nuestra pobre y limitada verdad, determinados por la educación, religión, política y economía que llevamos puestas, no lograremos nunca afinar el oído y la mirada para que aquello diferente, contradictorio, confuso, incierto, que también nos constituye, sea valorado y considerado. 

Por el resto de mi vida tendré ante mí la imagen de un perrito en los gaths robándose un hueso humano que todavía tenía algo de carne y le sirvió para saciar su hambre. A ninguno de los nativos de India en el rito de cremación le pareció extraño aquello y a mí se me movieron las entrañas. Por un momento sentí aquella imagen como el más tremendo irrespeto al cuerpo sagrado de un ser humano. En pocos minutos logré reaccionar y comprender que estaba leyendo aquello con la torpeza de mi religiosidad, mas no espiritualidad. Por ejemplo, en muchas culturas, como la etíope o la tibetana, es costumbre dejar los cuerpos humanos a la intemperie para que los animales se alimenten. Esto es lo considerado como bueno y noble con la naturaleza. Nada tiene que ver, en absoluto, con faltas de respeto, veneración o dignidad. 

El problema fundamental está en creer que nuestra mirada es la única buena, válida, digna, salvadora y que lo que se aparta de ese entendimiento es malo, pecaminoso, peligroso o supremamente sospechoso. Es allí donde nacen tantos fundamentalismos y maltratos de todo orden. Vale la pena recordar que el mundo no es en blanco y negro. Tiene la inestimable riqueza de la diversidad, de las abundantes tonalidades del gris cuando va del blanco blanco al negro negro. Para lecciones de ese tipo es que vale la pena ir por el mundo intentando ser un mejor ser humano y manteniendo bajo control el cinismo de la simplificación y la arrogancia de sentirse el ombligo del universo. 

Gracias a lo aprendido en la Fundación Gandhi y a las conversaciones largas con mis amigos, indios e hinduistas, Harivadan y Hasita Shah, la mirada y el oído se me han ido afinando para descubrir la belleza y profundidad de la cultura de la India.

Luz Gabriela Gómez Restrepo

Fotos: Carlos Arturo Fernández Uribe

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Para escapar del frío invernal y como unos amigos nos habían comentado su maravilloso viaje a India, decidimos viajar allá en 2013. Ante la inmensidad de este subcontinente, escogimos la región del Rajastán, tierra de marajás: un entretenido viaje de 12 días.

Las raíces de India se pierden en tiempos inmemoriales. Hay vasijas y objetos del  neolítico. Puede hablarse de civilización a partir de 2500 AC.  En el 600, había 16 monarquías hereditarias ; el sánscrito era el lenguaje de las cortes. En el 500 AC la conquistó Darío y más tarde Alejandro Magno invadió lo que hoy es Paquistán, que formaba parte del subcontinente indio, junto con los actuales Afganistán y Bangladés. Durante los siglos IV y V la dinastía Gupta unificó India. Entre los siglos X y XI la conquistaron musulmanes turcos y afganos, que instauraron el sultanato de Delhi en el XII. En el XIII, los descendientes  del Genghis Kan la invadieron y dominaron durante 200 años. En 1498, Vasco de Gama llegó a sus costas y en 1600 los ingleses, holandeses y franceses ya tenían puestos comerciales en sus puertos.                
                                                                                                                                                       Para no alargarme, pasemos a la dominación inglesa a partir de 1850. En 1920, Gandhi inició un movimiento de desobediencia civil, boicot de los productos ingleses y no violencia. Obtuvieron la independencia en 1947, con Nehru como primer ministro, pero por la rivalidad religiosa entre hinduistas y musulmanes hubo un éxodo en medio de gran violencia. La mayoría de los musulmanes se instalaron en el occidente y oriente de Paquistán, antes de que esta región se independizara y tomara el nombre de Bangladés. 

India tiene una extensión de 3.287.563 km², que la ubica en el 7° lugar en extensión y 2° en población, con 1200 millones de habitantes. Las principales lenguas son hindi, inglés, árabe y punjabi; hay otras 22 que son oficiales y más de 1000 dialectos.  Las principales religiones son hinduismo, islamismo, sijismo, budismo y jainismo. Afirman que tienen más de 10 millones de dioses, cifra que simboliza las representaciones infinitas de Dios. La adoración de una determinada divinidad es cuestión de preferencia individual. Son creyentes y los fanáticos son minoría. 

La trinidad de los dioses hinduistas son Brahma, el creador, con su esposa Saraswati ; Vishnu, dios de la prosperidad, con Lakshmi, y Shiva, el destructor, acompañado de las diosas Kali, Durga y Parvati. Otros dioses populares son Hanuman, de la música ‒que se representa con la forma de mono‒, Ganesha, de la sabiduría y felicidad ‒en forma de elefante‒, Parvati, la esposa de Shiva, y miles mas.

En cuanto a las castas, el hinduismo enseña que los humanos fueron creados a partir de las distintas partes del cuerpo de Brahma: los brahmanes (sacerdotes, intelectuales) de la boca; los chatrias (políticos y militares), del pecho; los vaishias (comerciantes y artesanos), de la cadera, y los shudras (siervos y obreros), de los pies. También hay subcastas, como los intocables, sobre los cuales hay una idea errónea, pues el presidente actual pertenece a ella. Normalmente, los matrimonios se efectúan entre miembros de la misma casta. Y como las castas tienen un origen “divino”, son aceptadas y no hay “lucha de castas”.  

Después de esta introducción histórica, pónganse los cinturones, pues el vuelo de Lufthansa está próximo a despegar: París-Munich-Delhi. La segunda etapa será de noche, pero con la diferencia horaria el sueño solo será de cuatro horas. Llegamos y al salir del aeropuerto nos esperaba nuestro guía, el chofer y su ayudante. Por primera vez nos vimos las caras los 15 participantes. ¡Teníamos buena pinta!

Inmediatamente, iniciamos el tour de Delhi y un primer impacto por su diferencia con París. Era día festivo y el gentío era impresionante. El tráfico, una locura, pues poco se respetan los semáforos, Y cuando no había, no pude entender quién tenía la vía. Por la calle transitaban al mismo tiempo peatones, carros, buses, bicicletas, motos, carretas y las famosas “vacas sagradas”, todo ello en medio de un ruido infernal, pues todos pitaban al mismo tiempo. En algunos andenes se veía a los pobres que viven bajo un techo hecho de retazos, cocinan en una fogata y se lavan en el primer grifo que encuentran, todo ello con dignidad, pues no hay  mendigos y sus espacios se ven limpios. 
                 
En el tour nos llevaron al barrio donde vivían los ingleses, quienes planificaron la ciudad con amplias avenidas y parques. El barrio de las misiones diplomáticas, de grandes casas rodeadas de jardines. Pasamos frente al palacio del gobernador inglés; el Arco del Triunfo o  Puerta de India; el Fuerte Rojo, que defendía la ciudad, y el palacio del emperador Shajahan; el jardín donde se halla la tumba de Mahatma Gandi; la tumba de Humayun, construida  por un arquitecto persa en el siglo XVI, precursora del Taj Mahal y, para terminar, la mezquita Jama Masjid, una de las más grandes de país.     
                                                                                                                                                       Después de esta visita panorámica y un poco rápida nos esperaban 265 km de ruta para llegar al primer hotel: ¡más de siete horas!, debido al deplorable estado de una carretera de dos carriles, por donde andaban  todos los vehículos antes citados, más tractores, camellos, cabras, burros, etc., muchos de ellos en contravía. Menos mal que el hotel era un antiguo palacio de los marajás, donde nos recibieron con collares de flores, aperitivo, un punto rojo en la frente ‒símbolo de felicidad‒ y ¡un buen bufé! 

MANDAWA / BIKANER. Mandawa la paseamos a pie para entrar a los havelis, casas de los principales comerciantes, decoradas con frescos multicolores que representan escenas de caza, danzas y mitología hindú. En Bikaner visitamos el Fuerte de Junagadh, impresionante ciudadela construida en 1485. En la principal de sus siete puertas está grabada la flor de loto, símbolo de pureza, y las huellas de las manos de las esposas que se inmolaron con sus esposos, cuando los quemaban. Solo se incinera a los adultos para que dejen de reencarnarse y lleguen al paraíso. Los niños, en cambio, son enterrados para que puedan continuar el proceso de reencarnación. Las salas de audiencia están ricamente decoradas. En estas, en los patios y otras dependencias hay unas pequeñas ventanas camufladas que permitían que las mujeres vieran lo que ocurría y dejaban pasar la brisa durante el verano.

BIKANER / JAISALMER.  Jaisalmer es ejemplo de de una ciudad fortificada rajputa : paso obligado de las caravanas, controlaba el comercio entre India y Paquistán. Visitamos la ciudadela en lo alto de una colina: domina la ciudad, cuyas piedras de construcción son amarillas. Los templos jainistas son ricamente decorados por dentro y simples por fuera. A quienes esculían la piedra y mármol de los templos y palacios, les pagaban de acuerdo con el peso del polvo que quedaba al terminar su trabajo ; por eso, todas las tallas son increíbles. También entramos a varias casas de los comerciantes ricos, parte de una casta elevada.

Por la tarde fuimos a visitar una granja de hierbas medicinales, cuya dueña de casa nos ofreció un té. Para terminar el día fuimos al borde del desierto del Thar para un corto paseo en camello (el nuestro se llamaba babu y lo llevaba el chico Roya) y ver la puesta del sol en medio de las dunas. Estabamos a 100 kms de la frontera con Paquistán : había muchos cuarteles del ejército, dada la rivalidad de estos dos países que poseen la bomba atómica. 

JAISALMER / JODHPUR. En la siguiente jornada visitamos el fuerte Mehrangarh, construido en 1459. Esta fortaleza es un inmenso museo formado por varios palacios. El mausoleo es en mármol blanco. En esa época cada una de estas ciudades y su región eran independientes y gobernadas por los marajás. Por eso, siempre hay fortalezas, palacios y templos. En la tarde, visitamos fábrica de artesanías y una comunidad de la secta bishnoi para ver la ceremonia del opio, que no se fuma, sino que se toma. Estas visitas permiten apreciar el trabajo artesanal y promover las ventas, y siempre hay que regatear. Una amiga nos había prevenido y lo confirmó el guia: hay que ofrecer un tercio del precio inicial. Como siempre ofrecían alguna bebida y eran muy amables, uno se sentía comprometido.

JODHPUR / UDAIPUR.  Tomamos la ruta hacia Ranakpur, reputada por sus extraordinarios templos de mármol blanco, los santuarios jainistas, impresionantes por su arquitectura y tallado de piedra y mármol. Después del almuerzo cogimos una pequeña carretera de montaña, al borde de la cual había gran cantidad de micos. A muchos compañeros de viaje les salieron canas cuando el chofer adelantaba en curva o al final de una subida, sin ninguna visibilidad. La pitadera duraba antes, durante y después: son campeones para adelantar a alguien y cerrarse justo cuando el bus o camión que viene al frente pasa a 10 centímetros. Y si es una moto o carro, los sacan a la cuneta. Los buses llevan gente en el techo o adentro: ponen un segundo nivel en que solo pueden ir acostados o sentados como yoguis.

Llegamos a Udaipur, la perla de Rajastán. Fue constuida en el siglo XVI. Se ubica junto a un lago y está rodeada de montañas, su defensa natural. Paseamos en barca por ellago Pichola, en medio del cual hay un palacio en el que filmaron escenas de películas de James Bond. Paramos en una islita que tiene un pequeño palacio donde el marajá iba a descansar en  momentos de mucho calor. Realmente, todos estos mandatarios poseían grandes fortunas y se daban la buena vida.

UDAIPUR / PUSHKAR. Antes de emprender el viaje regresamos al lago para visitar el City Palace. Al igual que en otros palacios, hay cantidad de salones, patios, decoración suntuosa, escaleras, celosías. Una vez más es imposible describir todos los detalles y bellleza de los objetos, arquitectura y decorados. Mejor, ¡vayan a descubrirlos ustedes mismos!            
                                                                                                                                                   Como almorzamos antes de salir, el trayecto pareció bastante largo. Menos mal que el paisaje cambiaba, cruzábamos caseríos con puestos de ventas a lo largo de la calle principal. Gran colorido de vestidos y rostros diferentes, todo ello mejor que mirar las nubes desde un avion.

PUSHKAR / JAIPUR.  Pushkar es uno de los lugares sagrados del país al que acuden los peregrinos. Allí se encuentra el único templo dedicado a Brahma, el creador. Hay un lago donde vienen los fieles a hacer sus abluciones para purificarse. Durante el almuerzo vimos una representación de marionetas, que son muy populares. 

Jaipur, capital del Rajastán, es la ciudad rosada. Visitamos el palacio del marajá, en una parte del cual hoy vive el rajá. Reúne diferentes colecciones y su sala de las audiencias es impresionante.

Al salir, fuimos a dar una vuelta en rickshaw, vehículo donde uno va sentado y el conductor pedalea la bicicleta. Después entramos al observatorio astronómico, edificado en el s. XVIII. Los instrumentos están al aire libre y tienen una precisión de milímetros o segundos. También paseamos por un barrio cuyos almacenes estan pegados unos junto a otros. Veíamos  mujeres sentadas en tapetes, mirando las mercancías y discutiendo el precio. En Jaipur se encuentra el Palacio de los Vientos, de una arquitectura particular, pues su fachada está llena de diminutas ventanas por donde circula el aire y que permitían que las mujeres pudieran mirar las manifestaciones públicas sin ser vistas.

Al día siguiente visitamos el palacio fortificado de Amber. Como se ubica en una colina,  subimos en elefante. En este conjunto hay un templo a la diosa Kali: es negra y tiene un collar con las cabezas de sus enemigos. Al final de la tarde fuimos a una gran sala de cine para ver un pelicula al estilo Bollywood. Nos reímos bastante, pues la pareja protagonista hacía cantidad de caras, los dos se coqueteban al máximo, pero sin tocarse; cantaban y bailaban acompañados por una coreografia. 

Cuando salimos a dar una vuelta después de cenar, oímos música y fuimos a ver qué era. Se trataba de la fiesta de un matrimonio, a la que la gente que pasaba podía entrar. Nos acercamos a una puerta y nos invitaron a seguir. Tímidamente, nos aproximamos a otra puerta, que daba a un gran patio con un estrado en el que había músicos. Quienes iban llegando se acercaban al bufé para tomar algo. Otra persona insistió en que avanzáramos y nos sirviéramos algo. No nos animamos, pero nos quedamos un rato observando la fiesta. En India la costumbre es invitar no solo a la familia y amigos para la ceremonia del primer día, sino a todo el pueblo o el barrio al día siguiente. Puede decirse que es un matrimonio de “puertas abiertas”. Esto ocasiona que las familias se endeuden de por vida entre la dote y la fiesta. Eso “justifica” que aborten cuando es una niña, hasta el punto que el Estado prohiba las ecografías para que los padres no sepan el sexo del bebé (mejor sería que acabaran la tradición de la dote y la fiesta monumental. Así se evitaría que hubiera miles o millones de hombres que no encuentran esposa y terminan violando a las mujeres).

JAIPUR / AGRA.  Finalmente, llegamos a Agra para cerrar el viaje con broche de oro, visitando el Taj Mahal. Como los buses no pueden acercarse, tomamos una carroza tirada por un caballo. Descubrir este mausoleo funerario de mármol blanco es impactante. Se escucha tanto de esta “maravilla del mundo”, que al verla uno puede desilusionarse, lo que no fue nuestro caso. Realmente es fantástico. Lo construyó el gran mongol Shah Jahan durante 22 años (1631 a 1653), en honor a su esposa Muntaz Mahal como testimonio de amor. Ella murió relativamente joven tras darle 14 hijos. Lo rodean jardines con fuentes. Tiene cuatro minaretes y cerca hay un templo hindú y una mezquita. Al lado corre el rio Yamuna. Con el transcurso de las horas su color pasa de un blanco intenso a rosado, cuando el sol se va ocultando: pudimos observarlo, pues permanecimos allí tres horas. 

AGRA / DELHI. En las afueras de Agra está el Fuerte Rojo, idéntico al de Delhi. Allí estuvo prisionero Shah Jahan, después de que uno de sus hijos lo destronara y matara a sus hermanos para apoderarse del trono. Dicen que quedó ciego de tanto mirar la tumba de su esposa, que se veía en la lejanía. 

Para regresar a Delhi viajamos por primera vez por una verdadera autopista de cuatro carriles y separador central. A cada lado hay una valla metálica; no obstante, vimos perros, cabras y personas. Solo faltaron las vacas. Durante el trayecto se preparó el sobre con la propina para el guia, el chofer y su ayudante. Es la costumbre en todos los circuitos turísticos organizados. Nuestros acompañantes la merecían. 

En la ciudad volvieron la pitadera, el gentío, la pobreza, los colores y los olores. Para quemar tiempo nos llevaron a un centro comercial totalmente moderno, que tenía almacenes de las grandes marcas. Nada que ver con la India tradicional que acabábamos de recorrer. ¡Todo un choque de culturas en el mismo país! 

A media noche fuimos al aeropuerto para tomar el vuelo de Lufhtansa de las 3.00 a.m. para Frankfurt y cambio de avión para París. Cuando arribamos a la ciudad donde vivimos, era el decimotercer día de nuestro viaje a una India increíble.

Es el 33° país que visito. Así voy cumpliendo uno de mis objetivos : viajar y conocer países y culturas es muy enriquecedor.

Esperamos que hayan disfrutado del viaje, de nuestras fotos y las de Patrick. Quedan invitados para el próximo recorrido, si Dios quiere…



Eduardo Pardo y Graciela Rodríguez

2013

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Llegando a Viena

Por Pilar Balcázar
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Si fuera a contarles aventuras…, esta experiencia inesperada en una estación casi que perdida de la República Checa, con mi esposo y mis dos hijos adolescentes, sí que fue una aventura de verdad. 

Después de unos días en Praga, tomamos el tren con destino a Viena. Teníamos que hacer una escala en la población de Nadrazi, para un cambio de tren. Supuestamente todo estaba planeado para que así fuera, pero el tren salió dos minutos retrasado de Praga, lo cual hizo que perdiéramos la conexión en nuestro camino a Viena. Corrimos de un lado a otro con nuestro equipaje para tratar de tomar a tiempo a nuestro tren, pero el esfuerzo fue inútil. Salió, sin que pudiéramos alcanzarlo.  

Bueno, lo perdimos, nos dijimos. Quizás habrá otro pronto, pero supimos que el siguiente tren pasaría ocho horas después. ¿Esperar ocho horas en esa estación? ¡Ni de vainas! Averiguamos y descubrimos que podíamos irnos en un taxi. Estábamos apenas a dos horas y media de Viena por carretera.

Allí comenzó la nueva aventura. Nadie hablaba inglés, francés, español o portugués. Nos daba la impresión de que todos estuvieran enojados. Nadrazi era un pueblo sombrío, un poco frío, viejo y acabado. Parecía como si se hubiera quedado en 1900. Además, su gente tenía una actitud poco amigable. Se veían refunfuñones y amargados…

En esa estación de tren emprendimos la tarea de preguntar uno a uno quién hablaba alguno de los idiomas antes mencionados. Al fin, alguien entendió algo y fue a buscar a un chico libanés. Le expusimos nuestra idea de conseguir un taxi que nos llevara a Viena. El chico, con unos dientes muy blancos y una sonrisa amable, se dispuso a colaborarnos. Yo lo amé de inmediato, pues su sonrisa contrastaba ante tanta indiferencia y mala cara. Este ángel nos ayudará, pensé…

Después de 10 minutos volvió y nos dijo:

‒Encontré un hombre que está dispuesto a llevarlos hasta el hotel en Viena. Les costará 200 euros. No tendrán de qué preocuparse. Es bueno, conoce el camino y sabe dónde queda su hotel… Eso sí, ¡solo habla checo!

Aceptamos, más por salir de ese ambiente hostil que por otra cosa, pues ocho horas de espera en esa estación y sin poder comunicarnos, se sentirían como si fueran 16. 

Nuestro salvador llegó. Nos saludó con un gesto. Era alto, flaco, de ojos azules saltones, peludo y de barba descuidada. Darío se hizo adelante y yo atrás con nuestros tesoros, Santiago de 16 y Camilo de 15. Ese carro partiría a lo desconocido para nosotros, rodeados solo por una campana de fe y confianza. Todo estará bien, me dije. 

Todos íbamos en silencio, mirando el paisaje, montañas bajas y mucha planicie, llena de molinos de viento, uno que otro pueblo desolado, sin un alma en la calle, y una carrilera que a veces se dejaba ver, también vacía y triste. 

Yo, con mi mente positiva y tratando de respirar con normalidad, hilaba pensamientos para tener algo que decir. Era extraño: se había enmudecido el diálogo familiar. De pronto, Darío le comenta al señor algo sobre los molinos de viento y el taxista le responde: humm…, humm, y seguimos callados. Decidí romper el silencio y hablar con los chicos: intentamos relajarnos admirando el paisaje y comentando al respecto entre nosotros cuatro.

Transcurrieron las dos horas y media y nos fuimos adentrando en una ciudad con cara de gente.  ¡Esto es Viena, dijimos!   

Tras 15 minutos de recorrido por la ciudad, el taxista se detuvo y se bajó del carro. Empezó a sacar el equipaje y nosotros todavía adentro. Debe ser aquí el hotel, nos dijimos. ¡Sí, síii!  ¡Bajémonos! Le agradecimos al señor: gracias, mercithank youobrigado… Probablemente entendió por nuestras caras felices. Le pagamos y se devolvió a su mundo triste y hostil…

Buscamos la dirección y nos dimos cuenta de que la entrada al hotel era en la esquina.   ¿Es aquí! ¡Hemos llegado!  ¡Qué alivio!, pues la mente colombiana que a veces se imagina cosas hace que el estrés florezca. ¡Ya estábamos en Viena, la ciudad donde compusieron Mozart y Beethoven!  Ahora, ¡a disfrutar su música, sus conciertos, sus palacios, sus museos, sus jardines, su arquitectura, sus parques!

Viena es realmente una ciudad que te inspira, te hace tomar un fuerte suspiro y decir otra vez: ¡Gracias, estamos en Viena! ¡A gozársela!

Pilar Balcázar

Julio, 2009

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Los viajes continúan en el recuerdo. Y los recuerdos se identifican con las fibras más profundas de nuestra existencia: somos lo que hemos sido, lo que hemos vivido. Cada día, cada viaje, cada experiencia, es un ladrillito que nos construye, aunque parezca intrascendente y sea difícil transmitir el valor que le damos. 

Muchas veces recuerdo una imagen de hace 42 años. Caminando por un sendero del Monte Athos, en el norte de Grecia, nos perdimos. Pero arriba en la colina, no sé qué tan lejos, veíamos un pequeño monasterio; no había camino y debíamos atravesar la maleza que nos separaba de él. Sentí entonces un agudo dolor en la pierna: una abeja me había picado, una especie de inyección que ardía intensamente y que me acompañó varios días. Esperábamos que en el monasterio nos indicaran cómo encontrar el sendero perdido. Cuando finalmente llegamos, la sorpresa fue inolvidable. No había monasterio; estaba abandonado y solo se conservaban los muros y partes del techo. Pero en las paredes colgaban láminas enmarcadas, con vidrios rotos, retratos de los últimos zares rusos, Alejandro III y Nicolás II y sus familias. No había nadie, como si, de repente, estuviéramos en otra dimensión: en un mundo tan sagrado y extraño que ni siquiera tuvimos la tentación de llevarnos una de aquellas láminas, casi basura, destinadas a la destrucción y que a nadie interesaban. Lo demás son suposiciones. Quizá, quién sabe cuántos años atrás, fue residencia de monjes rusos y, tal vez, en épocas turbulentas, que a juzgar por las láminas de los zares se remontaban a comienzos del siglo XX, estos monjes debieron buscar refugio en los grandes monasterios de la península. La soledad era sobrecogedora. 

Es un recuerdo que atesoro, a pesar de que podría haberlo olvidado hace mucho tiempo. Pero volver sobre él me sirve ahora como disculpa para recordar el viaje más insólito de todos los que he realizado en mi vida. 

En agosto de 1979, tres amigos colombianos, estudiantes en Italia (Carlos Alfonso Crismatt, quien falleció siendo misionero en Angola; Carlos Esteban Mejía y yo), decidimos visitar el Monte Athos, quizá la región más extraña de Europa, tanto que es llamada a veces “el Tíbet cristiano”. La República Monástica Autónoma de la Santa Montaña existe desde el año 963; gozó siempre de la protección de los emperadores de Constantinopla, de los reyes y zares de los países bizantinos, del Patriarcado de Constantinopla y de todas las Iglesias orientales. Pero ante un mundo que desaparecía, a comienzos del siglo pasado se acogió a la protección de Grecia. Es la más oriental de tres penínsulas en el norte de Grecia que, como largos dedos, penetran en el mar Egeo. Tiene una longitud de 57 km y entre 7 y 10 km de anchura. Por ser un estado monástico autónomo perviven en Athos leyes medievales, inimaginables en un país moderno. La más llamativa es la que, ya desde su creación en el siglo X, prohíbe el ingreso de las mujeres.

Carlos Alfonso Crismatt (adelante) y Carlos Arturo Fernandez (atras). Esta y otras fotos fueron tomadas con una camara Instamatic, propia de estudiantes

En épocas de esplendor, Athos tuvo hasta 40.000 monjes. Hoy lo habitan unos 2500, ortodoxos, de origen griego, ruso, serbio, georgiano, búlgaro y rumano. Hay 20 monasterios principales y una docena de pequeñas comunidades de ermitaños. Y hay anacoretas: monjes que viven en soledad, lejos de las grandes comunidades, pero vinculados con alguna de ellas. 

Aún hoy el Monte Athos es tan extraño que acepta apenas 110 visitantes al día, de las cuales solo 10 pueden ser no ortodoxos. No recuerdo las cifras de hace 40 años, pero al llegar a Kayrés éramos unas 30 personas, todos peregrinos ortodoxos, excepto estos tres  viajeros colombianos. 

Los días siguientes caminamos por paisajes increíblemente bellos, con una vegetación exuberante, conociendo antiquísimos monasterios llenos de reliquias, de incunables, de iglesias fabulosas. Era pleno verano, con un calor que apaciguábamos a veces en un mar intensamente azul, en costas desiertas. A veces pienso que esta historia no la viví, sino que la soñé. Por fortuna, mi mamá conservó las postales que enviaba de todos mis viajes y con ellas puedo reconstruir el recorrido por los monasterios. 

Nuestro propósito era comenzar, siempre a pie, por los monasterios de la vertiente oriental de la península. Por eso, de Kayrés fuimos al Monasterio de Iviron, del siglo X, y tras visitarlo seguimos hacia Stavronikita, el más pequeño del Monte Athos, una especie de fortaleza frente al mar. 

Monasterio de Stavronikita

Para ser hospedado en un monasterio es necesario llegar antes del final de la tarde. Aunque llegamos a Stavronikita a una hora oportuna, nos indicaron que estaba lleno, pero como no teníamos adónde ir, nos acomodaron en la torre más alta, con una vista que quitaba el aliento. Esa noche cenamos con los monjes en un comedor que parecía salido de una película. Comimos berenjenas cocidas frías; tras recoger los platos y hacer las oraciones, pusieron en la mesa el desayuno que tendríamos al día siguiente: berenjenas frías. Nos invitaron a la misa que empezaba a las 4:00 de la mañana, pero nos aclararon que si llegábamos a las 7:00 asistiríamos todavía a buena parte de la ceremonia. Seguimos al Monasterio de Pantocratoros, del siglo XIV. Como siempre, una iglesia bellísima llena de frescos y de iconos. Y claro, berenjenas frías, de nuevo. Una tormenta nos obligó a quedarnos y pudimos descansar y dormir en Pantocratoros. 

Monasterio de Pantocratoros

Al día siguiente conocimos Vatopedi, más al norte, el segundo monasterio más importante del Monte, que fue la mayor universidad monástica del mundo bizantino, con reliquias tan santas como el cinturón de la Virgen y el cráneo del Bautista. Nuestro propósito era tomar el barco de la tarde hacia el sur, al Gran Lavra, el monasterio principal. Pero la vida tenía otro plan, nuestra aventura apenas empezaba e íbamos a conocer mucho más de lo previsto. 

Monasterio de Vatopedi

El mar estaba muy picado y no pasó el barquito. Entonces, para llegar al Gran Lavra, debíamos buscar la costa occidental y, por tanto, caminar de regreso a Kayrés, la capital, atravesando la península. Ya al atardecer divisamos un gigantesco monasterio y fuimos a pedir hospedaje; tras mucho tocar la campanilla apareció un monje: no podía recibirnos, nos explicó. Aquel había sido un monasterio de 4000 monjes, pero años atrás ocurrió un incendio, como en muchos monasterios del Monte; ahora vivía él solo, cuidando las ruinas, a la espera de que algún día se pudiera reconstruir el edificio. Ya de noche llegamos a Kayrés y nos alojamos en un hotelito que parecía salvado de la Edad Media, con paredes de madera vieja y carcomida y lámparas de aceite. 

Estando en Kayrés pudimos usar el viejo autobús hasta el puerto de Dafni. Tras una larga caminata llegamos a Simonos Petras, el más impresionante de los monasterios, construido sobre un acantilado a 330 metros sobre el nivel del mar. El barco finalmente llegó y salimos hacia el Gran Lavra: un recorrido especialmente hermoso, con la abrupta montaña de 2000 metros de altura, dedicada a la Transfiguración del Salvador, tachonada de casitas de ermitaños y anacoretas. 

Monasterio de Simonos Petras

El Gran Lavra, el primero y más importante de los monasterios de Athos, fue fundado por San Atanasio en 963. Sus riquezas artísticas y documentales no tienen comparación en la península; por eso, se protegió con una muralla de piedra que recoge numerosos edificios alrededor de dos patios principales, como si fuera una pequeña aldea. 

Monasterio Gran Lavra

Pero faltaban sorpresas. Era nuestra cuarta y última noche en el Monte Athos y al día siguiente tomaríamos el barco para regresar a Grecia. Sin embargo, hacia las 8:00 de la noche el monje encargado de los huéspedes nos informó que el mar seguía muy picado y que al día siguiente no habría barco. Tampoco podíamos quedarnos allí más de una noche, sino que debíamos salir temprano en la mañana hacia el Monasterio de Iviron: al menos ocho horas de camino siempre que no nos extraviáramos, nos dijo, y nos recordó que si llegábamos tarde no nos abrirían la puerta. 

Fue un recorrido inolvidable en medio de bosques magníficos. Inolvidable, por la pérdida que pronosticó el monje que, casi mágicamente, nos llevó al pequeño monasterio ruso abandonado con sus retratos de los zares. El camino nos permitió conocer otro monasterio, el de Karakalos, antes de llegar, justo a tiempo, a Iviron. Era nuestra quinta noche en Athos. Nuestro “Diamonitrión” estaba vencido y nos preocupaba el rigor de las normas; pero nadie pareció notarlo. El lugar es tan magnífico que, según una antigua leyenda, la Virgen María estuvo aquí junto con su hijo y le pareció tan hermoso que se lo pidió de regalo. 

En Iviron nos despedimos del Monte Athos. Al día siguiente, 16 de agosto, tomamos el barco y regresamos a Grecia, agotados pero felices. Con los años, los recuerdos parecen ir mezclándose con los sueños, con los anhelos, con las imaginaciones. Pero tengo la certeza de que esta vez todo fue real. Ahora hay muchas novedades en la Montaña Sagrada. Además de celulares y correos electrónicos, hay carreteras que unen los monasterios y minibuses entre ellos o, si uno prefiere, un servicio de taxis que, sin embargo, parece ser bastante costoso. No pienso así de la vida: pero frente a esas novedades, en este caso sí creo que, al menos para quienes entienden el viaje como una experiencia vital, el tiempo pasado fue mejor en el Monte Athos.

Carlos Arturo Fernández Uribe

Fotos de Carlos Esteban Mejía Londoño 

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Invité a mi esposa a un crucero delicioso por el Nilo, pero mi maleta no me llegaba.
Íbamos de templo en templo y de ciudad en ciudad, entre Luxor y Asuán. Yo llamaba cada
día a la aerolínea, hasta que…

Nuestra hija Amalia y su esposo Luis Alberto eran profesores en la American University de Dubái. Allí nació Gustavo, nuestro primer nieto. Mi esposa María Cristina y yo fuimos en 2007 a visitarlos para celebrar la Navidad. Nos acompañó nuestro hijo Ricardo, estudiante de doctorado en biología molecular en la Universidad de Auburn. Después de las fiestas de fin de año, Ricardo se fue a París y María Cristina y yo viajamos a Egipto para tomar un inolvidable crucero por el Nilo. 

La aerolínea egipcia extravió mi maleta. Mientras la buscaban, debí comprar algunas camisas y ropa interior. La primera camisa en Luxor me costó 4 libras (1 libra egipcia hoy = 25 centavos de dólar). La maleta seguía perdida y compré nuevas camisas en Edfu (en un pobre pasaje comercial con piso de tierra entre el templo y al barco). Me pidieron 40 libras por cada una. Cuando les respondí que la primera me había costado cuatro, me dijeron: “se las dejo en cuatro”: ¡90 % de descuento! Así es Egipto, un país rico en turismo y petróleo, con un pueblo pobre y vendedores engañosos.

La maleta continuaba extraviada, pero el barco-hotel era un ejemplo de excelente servicio y muy buena comida. En la terraza y en las alcobas nos regalaban “esculturas” hechas con verduras o con las toallas. La vista del Nilo era tan espectacular, que me olvidé por un día más del problema.

Disfrutamos la visita al templo de Luxor, que mide casi un kilómetro:, hermoso, lleno de historia. Al fondo, un guardia con fusil vigilaba un pequeño montículo de tierra. Me dijo: “usted puede subir cuando baje la persona que está allí”. Cuando bajé, me pidió propina, algo muy frecuente en Egipto.

¿Y la maleta? ¡Otro día más sin ella!

En Egipto nos sentíamos como metidos dentro de un pesebre, con las mismas vestimentas y casas de la época de Cristo. Se acercaban al barco vendedores en lanchas, que les arrojaban a los clientes la mercancía por la ventana del camarote e intentaban “negociar”. 

–¿Cuál es su nombre? –me preguntó el vendedor. Como ya conocía sus trucos, le tomé el pelo.

–Me llamo Mustafa.

–No, Mustafa soy yo. Usted, ¿cómo se llama?

–Mustafa –insistí.

–Está bien, Mustafa, mire esta alfombra –y me la arrojó por la ventana del camarote.

Se la devolví, cerré la cortina y subí a la azotea del barco para ver cómo “negociaban” con otros pasajeros.

La franja del Nilo mostraba la vegetación, pero metros más allá de cada orilla todo era un desierto inacabable. ¿De la maleta?… Nada de nada, hasta ahora

Nos llevaron en un coche tirado por caballos al templo de Horus. Al salir, uno de los caballos comenzó a orinar, y alcanzó a salpicar a una turista europea. Le pregunté a los cocheros y a los guardias con fusil: 

 ¿Este espectáculo también lo cobran… o es gratis? 

Todos rieron.

Desde el primer día nos asignaron una mesa en el restaurante, al lado de otros “americanos” (una gringa con su novio egipcio, que vivía en Nueva York, una pareja de brasileños… y nosotros). Hicimos una gran amistad. 

En la mesa siguiente, una familia costarricense de ocho personas. Las demás mesas, todas ocupadas por europeos. El barco nos ofreció una fiesta de “jalabilla” (traje árabe). Durante esta, el gerente del barco se me acercó para informarme que mi hija Amalia me llamaba al teléfono desde los Emiratos Árabes: le había preguntado de nuevo a la aerolínea… ¡pero nada de la maleta!

El último día, ya en El Cairo, nos llevaron en un lujoso carro Mercedes Benz con chofer y guía a conocer las pirámides y la esfinge. 

No pude menos que recordar la arenga que, 210 años atrás (julio 21 de 1798), Napoleón dirigió a sus soldados en ese mismo sitio, antes de la batalla: “¡Soldados de Francia, 40 siglos de historia os observan desde lo alto de estas pirámides!”.

 ¿Y la maleta? Nunca apareció. Al final me dieron unos cuantos dólares…, pero el paseo fue inolvidable.

Christian Betancur Botero

Marzo, 2021 


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Cuando supe que nuestro compañero, Alfonso Mario Cepeda Sarabia, un reconocido y dedicado médico alergólogo barranquillero, logró que once fotografías que tomó con su celular las había seleccionado el Instituto Smithsonian en enero de 2021, entre las mejores del mundo en la categoría de naturaleza ‒aunque afirma que no sabe nada de fotografía‒, decidí entrevistarlo. 

Alfonso Mario Cepeda Sarabia (AMC), un reconocido y dedicado médico alergólogo barranquillero ‒novicio de Chucho Caicedo y Javier Osuna y junior jesuita con Enrique Gaitán y Gonzalo Amaya‒, aunque afirma que no sabe nada de fotografía, logró que once fotografías que tomó con su celular fueran seleccionadas en enero de 2021 entre las mejores del mundo por el Smithsonian Institute en la categoría de naturaleza. 

El resultado final del concurso se conocerá en abril próximo. Sin embargo, el hecho de que sus once fotografías fueran seleccionadas significa para él haber ganado el máximo premio. 

Reconoce que no sabe manejar una cámara fotográfica y habla con sencillez sobre su afición a contemplar y captar con su móvil la belleza natural que se ofrece gratuitamente a los ojos y al corazón. En su concepto, esa capacidad también la tienen las personas del campo, acostumbradas a vivir en medio de la naturaleza y sus paisajes. 

Bernardo Nieto (BN) conversó con él sobre este logro. Le respondió desde su celular, el mismo que usa para tomar fotos, con la calidez de un amigo y la sabiduría del profesional que trabaja por la salud de muchos y que cura a la gente ayudado por sus bellas imágenes.

Alfonso Mario y su esposa Marcela en el malecón de Barranquilla, donde tomo las fotografías seleccionadas por el Smithsonian que ilustran este articulo

BN. ¿Cómo se adentra en la fotografía un médico alergólogo especializado? ¿De dónde y desde cuándo viene la afición?

AMC. Yo considero que el médico alergólogo, en general, tiene que ser un buen observador del mundo, porque las alergias hoy pueden hoy surgir en cualquier parte. En mi caso, soy una persona contemplativa. Me encanta ver el mundo. Y el mundo es todo: paisajes, personas, lugares, cosas, objetos, acciones, en fin… Creo que eso me ha llevado a querer captar el mundo; una de las formas, además de hacerlo con el alma ‒porque uno lo capta con el alma‒es también tratar de dejar algunos momentos para la memoria, lo que puede hacerse con la filmación, con la fotografía o con el audio. Yo escogí darle a la fotografía. 

BN. Además de médico especializado, eres fotógrafo…

AMC. ¡Yo no soy fotógrafo! Pero si quieres decirlo, soy fotógrafo del mundo, pero no fotógrafo propiamente, porque no sé nada de fotografía. No tengo idea y no utilizo una cámara; solo uso mi celular, este celular con el que estamos hablando. ¿Qué capto? Bueno, lo que me atrapa el alma. Cuando algo me gusta, que encanta o que instintivamente me llama la atención, lo capto. Toda la vida he tomado fotos, pero nunca como en este año 2020 que acaba de pasar y lo que va corrido de 2021. Antes lo hacía muy poco, por aquello del rollo y el revelado, etc. Las primeras cámaras digitales, aunque muy buenas, tenían poca resolución. Por fortuna eso ha ido progresando. Ahora, las cámaras de los celulares van teniendo cada vez mejor resolución. 

A pesar de que hoy uso un cacharrito, un iPhone 7, que hoy está pasado de moda, atrasado en tecnología, es el que he utilizado para la mayoría de mis fotos. Algunas las he tomado con el iPhone 11 de Marcela, mi esposa. Obviamente, esas tienen mejor resolución. Pero la mayoría con mi iPhoncito 7, que me recuerda la canción de Roberto Carlos: “Mi cacharrito… beep, beep… beep piru piru… je, je je”. Marcela me regaló un iPhone 12, el último en tecnología. Ya estoy comenzando a tomar fotos con mejor resolución y mejores alternativas.

BN. ¿Por qué tomas amaneceres? 

AMC. Bueno…, yo tomo amaneceres, tomo atardeceres, tomo medios días, tomo mañanas, tomo tardes, tomo noches… cuando la luz lo permite. Después de la cuarentena, una de las cosas que me ha gustado en Barranquilla es que nuevamente pudimos ir al malecón. ¡Me ha encantado! Porque estamos a la orilla del río y en el malecón tú ves el río; al otro lado del río, ves el parque natural isla de Salamanca; detrás del parque, ves la Sierra Nevada y detrás de la Sierra ves el cielo, a veces la luna, a veces el sol, las nubes y las aves que circundan.

BN. Las más lindas las has tomado al amanecer, ¿o no? 

AMC. Sí, casualmente caminábamos mucho por el malecón y la cuarentena nos cerró esa posibilidad. Yo añoraba poder volver, hasta que el 11 de agosto se abrió de nuevo el malecón de 5 a 8 de la mañana. Entonces nos levantábamos a las 4.30. Vivimos a ocho minutos del malecón y a las 5.00 a.m. prácticamente éramos los primeros, o casi. Abríamos el malecón nosotros. Porque tiene unas entradas que están vigiladas y controladas con la toma de la temperatura, por aquello de la pandemia. Entonces, abríamos el malecón y listo… ¡A caminar! Íbamos en plan de caminata, de hacer ejercicio. Caminábamos entre 5 y 10 kilómetros cada día, pero mi intención ‒más que esa‒ era contemplar el bello y hermoso paisaje, que cada día es diferente. No hay dos amaneceres iguales, no hay dos atardeceres idénticos. Eso me atrapó desde el primer momento. 

Apenas llegaba, antes de comenzar a caminar, empezaba a tomar mis primeras fotografías, sin que lo hubiese planeado. En medio de mi caminata o trotada, apenas veía algo que me gustaba, me detenía y lo captaba. A veces gastaba dos o tres segundos, a veces esperaba unos cuantos segundos más para tomar una o más fotos y luego continuaba mi ejercicio. Marcela seguía caminando y yo, después, trotaba un poquitico, la alcanzaba y luego seguíamos haciendo ejercicio… Creo que eso es todo. 

BN. ¿Qué hay que hacer para tener esa sensibilidad, esa capacidad de contemplar algo bello?

AMC. Yo creo que lo primero que hay que hacer, para quien lo tiene natural e instintivamente, y estoy seguro que mucha gente lo tiene, es aprender a degustar la naturaleza, verla y sentirla, porque escuchas el canto de los pájaros, de las aves, percibes la brisa deliciosa, sientes el sol tenue y después el sol más fuerte, sientes muchas cosas. Entonces es aprender a degustar todo eso. Si no se aprende a degustarlo, no se aprende a admirarlo. Si pasas rápidamente por un paisaje, pues… ¡no lo viste! y, menos aún, lo apreciaste y, todavía menos, lo degustaste… Entonces, creo que es cuestión de aprender a degustar de lo que Dios nos dio. ¡Al natural! 

BN. Somos parte, finalmente, y viva, de la naturaleza. ¿Tomas conciencia de eso?

AMC. De acuerdo. Tomar conciencia de eso. En algunas de estas fotos hay personas; en la mayoría, no las hay. Pero tengo muchísimas fotos de personas y de rostros, de objetos, muchísimas fotos de lugares distintos del mundo, de museos, etc., ¡Pero aquí me atrapó la naturaleza que tenemos en nuestra querida Barranquilla y que vemos en nuestro hermoso Gran Malecón…!

BN. ¿Cómo fue eso del Smithsonian? ¿Cómo te enteraste de que había un concurso o una invitación a participar con fotografías propias?

AMC: Siempre que tomaba fotos, al regresar a mi casa, a veces a las 6.00 o 6.30 de la mañana, mientras desayunaba, comenzaba a revisar mis fotos y a escoger las que más me gustaban, siempre emocionado, porque las más bonitas, cuando las veo, me emocionan, me dan paz…, me dan tranquilidad, me dan una serena emoción…, ¿de acuerdo?

El hermoso despertar del rio Magdalena

BN. Un profesor mío de arte lo definía como emoción estética…

AMC. ¡Sí! La emoción estética es sentir los latidos del corazón, las cosquillas en el estómago. Es sentirse alegre, pleno de mirar eso. Y ciertas fotos es contemplarlas y volver a verlas. Y, si te alegran el corazón y te traen sentimientos agradables y alegría, ¡qué hermoso hacerlo repetidamente! Entonces, escogía las fotos y, desde los primeros días, me dio por compartir algunas de ellas con amigos y con algunos grupos de los chats. Siempre recibía excelentes comentarios:

‒ ¡Qué cosas tan hermosas…!

‒ ¡Oye, Alfonso, esto es bello…! ¡Publícalo! 

En fin… Yo no había participado nunca en un concurso de fotografía ni aquí en mi propia casa. Nunca, en nada… Entonces me metí en noviembre de 2020 a averiguar. Y de los grandes concursos que tienen que ver con lo natural, el que se vencía próximamente era el del Smithsonian, el 30 de noviembre. Faltaban pocos días. Entonces escogí varias fotos y me dije: si en el concurso de 2019 participaron más o menos 40.000 fotos, en el del 2020 serán 50 o 60.000 fotos… ¡no sé cuántas! Mi intención no era ganar un premio, pero sí que mis fotos quedaran entre las seleccionadas y publicadas en el Smithsonian Magazine. ¡Oye!, que por lo menos seleccionen “unita”. Si mando una o dos, tendré poco chance, pero si envío 20, de pronto tengo la oportunidad de que escojan al menos una. 

¡Yo quería mandar 20! Comencé a escogerlas el 20 de noviembre, como a las 5.00 p.m. Desconocía la metodología. Enviar cada foto tomaba un tiempo…, varios minutos. Primero, tenías que enviarlas con una determinada resolución, no de baja resolución; luego, al ir a enviar la foto, debías darle un título. Entonces, instintivamente, le ponía en ese momento los títulos que se me ocurría y aparecen aquí. Y cuando iba a mandarlas…, ¡a ver, un momentico! Tenía que describir algo que me llamó la atención. En fin…, cuando daba un doble clic en esas fotos, en el enlace aparecía una frase, que también debía escribir en el momento de enviarla. Muchas fotografías eran sentimientos que yo tenía. 

Voy a ponerte un ejemplo. Una mañana publiqué en Instagram una foto de una madrugada en que la aurora era azul ‒normalmente es roja o anaranjada‒. Esa mañana era azul, ¡azul!, y ¡el río adquirió el color azul!, como casi nunca he podido volver a verlo. En Barranquilla la aurora viene del oriente, por donde sale el sol. Tomé varias fotos de la aurora azul y del río Magdalena azul. Cuando iba a mandarla a varios a amigos, a publicarla en Instagram, yo escribí: “La aurora viene del Este…/, y el Magdalena, ladrón, / le roba el azul celeste”. Con esa frase la publiqué. Entonces mucha gente me dijo: 

‒ Alfonso…, no sé qué es más bello: si la foto o el verso, la frase… 

Entonces, pensé: ¡qué interesante la cosa!

A esa foto la llamé Blue River (río azul). Luego, cuando vi que el Smithsonian pedía: “Ahora, ponga una frase o algo que le haya inspirado o que describa el momento o cómo fue tomada la fotografía”; puse esa frase en inglés. Lástima que en ese idioma no rima, como en español. Este ejemplo muestra lo que implicaba el proceso de enviar cada foto: una operación que tomaba varios minutos: uno debía pensar lo que iba a poner y lo que iba a escribir, etc. Fue un trabajo demorado.

Cuando había enviado mi undécima foto e iba para la 12, apareció un aviso en la pantalla del computador: “¡Se terminó el concurso!” Eran las 6.00 p.m. Había transcurrido una hora y apenas logré mandar 11. De pronto seleccionaban algunita…

Empecé a entrar un par de veces por semana al sitio web del concurso 2020 del Smithsonian. Veía un montón de fotos seleccionadas, pero las mías…, nada.  ¡Cero…! Je, je, je, je… Y volvía otra vez y… ¡nada!

‒ ¡Pa´ qué reviso más…! Ya no las escogieron, comenté.

Pero, bueno…, me dio por seguir revisando. Ahora miraba una vez por semana. Veía unas fotos seleccionadas y me decía: 

‒ ¡Caramba! ¡Creo que tengo unas fotos que me parecen más bonitas que algunas de las que estoy viendo! Pero bueno, allá tendrán sus criterios…

BN: ¡Estaban poniendo primero las de menor calidad! Y esperando a las mejores…

AMC: ¡Claro! Una noche, antes de mediados de enero, me metí al computador con un sentimiento neutro, como que ya no tenía esperanzas. Entré y de pronto, ¡pácate! ¡Apareció una foto mía! 

‒ ¡Uy, veee! ¡Mi premio! ¡Este es mi premio! ¡Escogieron una foto mía! 

No era una foto de la premiación, que es en abril, sino de la selección. En ella entran muchas fotografías, pa´ escoger las de la premiación. Pero son fotos seleccionadas. ¡Qué más premio podría aspirar, sino que me seleccionaran una fotico! Ya tuve mi premio. Me animé a seguir buscando… Y, de pronto, vi la segunda… ¡Van dos! Proseguí, ¡tenía que continuar. ¡Sorpresa! Una tras otra, seleccionaron las 11 fotos. ¡Todas! ¡No podría creer esa vaina!

Playa escarlata

BN: ¿Qué sentiste en ese momento? 

AMC: Pues una emoción increíble… Primero, era como de incredulidad ¡Era una alegría incrédula!  Ja, ja… ¡Qué emoción sentí! ¡Era una emoción increíble! 

BN: ¡Qué maravilla!

AMC. Y en cada foto, cuando le dabas doble clic, además de la frase aparecían algunas cuestiones técnicas, como con qué cámara se habían tomado. Veía las fotos y leía: Cannon, Nikon, Leika… Entonces, me decía: ¡miércoles, no tengo nada que hacer ahí!

Me había registrado en el Smithsonian en la categoría de móviles y me puse a buscar la categoría de pájaros. Casi me desmayo de alegría cuando la primera foto escogida en birds ¡era una mía! Estaba compitiendo contra las cámaras Cannon, Nikon, Leika y no sé cuántas marcas más, y estaba de primero. ¡No podía ser!

Mis amigos y algunos amigos que tengo aquí, que son…, tú sabes…, muy del arte y tres directoras de museos me decían, 

‒ Bueno y ¿con qué cámara las tomaste? 

‒ ¡Con ninguna! ¡Con mi iPhone 7! 

‒ ¡No puede ser! Le ganaste a los profesionales ¡Increíble! 

Yo me decía: ¡miércoles! Entonces, ¡como que sí eran bonitas las fotos!

O sea, realmente mi consideración no es como que sí eran bonitas, como que no fui el único al que le parecieron bonitas mis fotos. ¡A ellos también les parecieron bonitas! Hombre…, obviamente, para mí esto fue un estímulo pa´ decir… ¡caramba!, puedo seguir creyendo en que lo que a mí me gusta, si es bonito, para otros también lo será. 

Mucha gente me dijo:  

‒ Alfonso, esto merece ser mostrado… ¡Vale la pena que muchos vean tus fotos!

Oración

Bernardo Nieto Sotomayor

Marzo, 2021

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