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Nos ha tocado vivir un mundo agitado. Los avances de la ciencia y tecnología suceden atropelladamente. La forma de comunicarnos nos ha cambiado la vida. Una pandemia extrañísima nos ataca de repente, a escala global, mostrándonos lo mejor y lo peor de lo que somos, mientras muchos países se polarizan en ideologías opuestas y son corroídos por la corrupción de un dinero y de una violencia insaciables. Queremos recibir aquí sus reflexiones…

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La proclama del Libertador es ilustradora: “si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

A unos estudiantes de bachillerato, el profesor los puso a escribir sobre el manejo que el Gobierno ha dado a las manifestaciones que ha habido en el país durante más de cuarenta y cinco días. Lo malo fue que el profesor había tirado línea antes, planteando su orientación política, partidaria de las protestas y de los bloqueos, sin importar los vandalismos, que juzgó como un mal menor e incluso justificable como respuesta anticipada a la presencia de la fuerza pública en las calles. 

Los padres de familia se quejaron de que pusieran a sus hijos a exponer en el aula influidos por la orientación política del profesor. Consideraban que no se debía educar a los alumnos siguiendo corrientes políticas o partidistas. La respuesta del profesor fue que él hacía educación ciudadana, y en las redes, donde se supo del caso, se alzaron voces afirmando que sí se debe llevar a los estudiantes a tomar posiciones partidistas en clase, ya que somos seres políticos y la política es todo.

Se ha vuelto común e indiscutible la frase “la política es todo”, inspirada en la idea correspondiente, tomada ‒según se afirma‒ de Aristóteles, al que hacen decir que “el hombre es un animal político”. El filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez escribió una vez un ensayo sobre esa expresión que él, buen conocedor que era de la lengua griega, tradujo más bien como “el hombre es un ser viviente en sociedad humana”. 

A mí me gusta esa traducción, no solo porque tiene en cuenta la raíz original de los términos, sino también porque arroja luz sobre la comprensión de la política, concepto que tiene un sentido y una historia inconfundibles en el contexto en que nació y en el pensamiento posterior de los tratadistas. La proclama del Libertador es ilustradora: “si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Educar en política, referida a la convivencia con otros seres humanos y no necesariamente centrada en el partidismo, y como distintivo de lo que somos como seres políticos en sociedad, ayudaría mucho más a unirnos que a dividirnos en rabiosas facciones o partidos políticos polarizados, como acontece en la realidad que estamos afrontando  Todo el lenguaje político actual –y ahí si valdría decir “todo”‒, incita más a la confrontación belicosa que al consenso, lo que vuelve muy difícil atender al llamado para llegar a acuerdos en las circunstancias que padecemos. 

Los dirigentes más pacifistas ‒que los hay, por fortuna‒ claman por un acuerdo social. Ojalá hubiera oídos suficientes para acoger ese llamado. Lamentablemente, los ánimos están caldeados y enfrentados, y el ambiente no contribuye mucho a lograr eso que los pensadores de la política en otras épocas llamaron “el pacto social”. Se imponen más las posiciones antagónicas que parecen darle la razón al inglés Hobbes cuando afirmó que “el hombre es lobo para el hombre”. 

Pese a todo, la política civilizada y, por consiguiente, educar para convivir, son indispensables para superar la situación social deshumanizada, instintiva y destructora que nos agobia.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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En el año 2020, la desigualdad en la distribución de la riqueza mundial se incrementó de manera sustancial: los ricos ganaron más y los más ricos ganaron todavía más. Debiido a ello, la desigualdad aumentó, como sostienen las investigaciones del banco Credit Suisse, uno de los más grandes de Suiza.

Como en el poema de Zalamea, llegan más pobres a las escalinatas, porque los pocos ricos cada vez tienen una tajada más grande de la riqueza mundial: “Todos los índices muestran que la desigualdad en la distribución de la riqueza mundial aumentó sustancialmente en 2020: la participación del 10 % más rico subió 0.9 puntos porcentuales, la del 1 % más alto subió 1.1 % puntos y el Gini empeoró en 0.6 puntos”.

Esta contundente afirmación no es de alguna ONG castrochavista interesada en desprestigiar el sistema capitalista, ni de economistas sospechosos por progresistas, como Piketty o Stiglitz. Tampoco son cifras inventadas, pues están sustentadas con una sólida base de información.

Lo que la hace muy creíble es que lo dice una entidad que tiene por qué saberlo, porque le maneja la riqueza a buena parte de esos privilegiados. Se trata del Global Wealth Report, que cada año publica el instituto de investigaciones del Credit Suisse, el tercer banco suizo por el tamaño de los activos que maneja.

La versión 2021 del reporte se concentra en los efectos del COVID-19 sobre la riqueza mundial y su distribución. Un primer hallazgo inesperado es que a pesar de la crisis económica generada por la pandemia, la riqueza mundial no se redujo; por el contrario,  incrementó en 7.4 %. Más extraño aún: los países más afectados por el COVID-19 fueron los que registraron las mayores ganancias en riqueza.

La explicación de esta paradoja, según el Credit Suisse, está en la intervención de los gobiernos y los bancos centrales que irrigaron toneladas de dinero en las economías y bajaron las tasas de interés, lo que elevó los precios de las acciones y la finca raíz. Como los pobres tienen muy poco de estos activos, aunque recibieron ayudas monetarias para compensar las pérdidas de empleo e ingresos, no se beneficiaron de esas alzas.

En la base de la pirámide, 2879 millones de adultos tienen una riqueza menor a 10.000 dólares; son el 55 % de la población, pero solo poseen el 1.3 % de la riqueza mundial. El incremento de la desigualdad es evidente, puesto que el año pasado eran 2768 millones (53.6 %), y su participación en la riqueza era 1.4 %.

A la clase media (con riqueza entre 10.000 y 100.000 dólares) tampoco le fue bien: en número, se redujo de 14.7 % a 13.7 % de la población; su porción de la torta bajó de 34 a 32.8 %.

En la cúspide de la pirámide, a aquellos que poseen más de un millón de dólares les fue muy bien: aumentaron de 50.8 a 56 millones, y su participación en la riqueza mundial pasó de 43.4 a 45.8 %.

En Colombia la desigualdad en la distribución de la riqueza es un problema que no ha preocupado nunca a los gobiernos, a punto tal que ni siquiera hay cifras que permitan medir su evolución.

*          *          *

Adenda: La semana pasada señalaba que el gran esfuerzo del gobierno para erradicar 130.000 hectáreas de coca era tan inútil como el de Sísifo, puesto que las Naciones Unidas reportaron una disminución de solo 11.000 hectáreas en el área sembrada. Según el gobierno gringo la situación es todavía peor, pues en su medición el área sembrada aumentó (sí, aumentó) en 33.000 hectáreas. 

Lo más trágico es que ninguno de los dos gobiernos reconoce que la guerra contra las drogas fracasó y que es necesaria una estrategia diferente.

 Mauricio Cabrera Galvis

Junio, 2021

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Hemos tomado “prestado” el título del libro reciente de Victoria Camps[i]. Mujer valiente, por su capacidad de sacar lo privado a lo público y de hablar sobre la Ética del Cuidado, cuando ello no se mencionaba. Escrito por Carlos Alberto Posada y Jorge Luis Puerta.

En mi casa fuimos finalmente tres hermanos. Digo finalmente, porque hubiéramos sido seis, si las muertes prematuras, epidemia de la época, no hubieran dado cuenta de tres de ellos, casi recién nacidos. Cuando a mi madre la incapacitó una isquemia, era lo “normal” que fuera la mujer ‒mi hermana[i]‒ quien se encargara de cuidarla. Como mi hermana no lo hizo, falleció sin que la familia, incluida mi madre, se lo perdonaran.

En un ambiente de múltiples cambios, claramente exigidos por problemas urgentes sin resolver, Colombia y América Latina están buscando soluciones políticas, sociales y económicas en pos de metas promisorias. El momento es oportuno, porque venimos de una etapa positiva, aunque insatisfactoria, de crecimiento económico; hoy estamos obligados a definir cómo distribuir los logros obtenidos, en beneficio de toda la sociedad. La democracia exige asumir la cuestión de la desigualdad como problema prioritario. Hay que identificar y adelantar políticas que permitan el acceso a bienes, a oportunidades y a derechos para que todos podamos ejercer una ciudadanía plena. 

La pandemia del coronavirus y el aumento mundial de la esperanza de vida[ii], han cambiado ‒afortunadamente para toda la sociedad‒ muchos de esos roles que se creían “naturales”: uno de ellos, el del cuidado de los ancianos entregado a las mujeres y a las familias, sin ninguna responsabilidad del Estado. Y en el caso de los hospitales, las enfermeras cumplían un rol meramente auxiliar de los profesionales de la medicina.

El Estado se sentía tranquilo de que organismos caritativos privados, asistenciales, benefactores, se hicieran cargo de los ancianos, de los enfermos terminales, de todos aquellos “sin valor” para nuestras sociedades “modernas, dinámicas y competitivas”.

Esta pandemia nos ha permitido revalorar la ética del cuidado al mostrarnos como seres frágiles que necesitamos de los demás. La necesidad, el derecho al cuidado que tenemos todos, nos revela su dimensión política. “En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana”, afirma Victoria Camps, citando a Carol Gilligan, otra pionera. Y remata: “Esta sociedad cuidadora es algo absolutamente fundamental en estos tiempos. La soledad, el derecho a una muerte digna, son ejemplos de un fenómeno cada vez más amplio, que afecta a más gente, que se ha ignorado y que necesita una atención, una asistencia, un cuidado”[iii].

El concepto de “economía del cuidado” quiere dar cuenta de la importancia del aporte de bienes, servicios y actividades relativos a las necesidades más básicas y necesarias para la existencia y reproducción de las personas. La noción de cuidado se refiere a que el bien o servicio provisto “nutre” a otras personas, otorga elementos físicos y simbólicos para sobrevivir en sociedad; el término “economía del cuidado” afirma que estos bienes o servicios sí contribuyen a generar valor económico. 

El trabajo del cuidado que involucra a las personas puede ser o no remunerado; pero el trabajo del cuidado no pagado, sucede en hogares, en comunidades, en comedores, en construcción de infraestructura o en mejoras de diferente tipo. En estos casos, por lo regular hay fuerza de trabajo femenina y los niveles de remuneración son muy bajos. Por eso hay que entender que la producción de bienes y servicios del cuidado es imprescindible para la reproducción humana y para generar capacidades sociales. Por tanto, ya que son indispensables para el desarrollo de las personas, debe tener responsables, sean personas o instituciones. Ese trabajo, prioritariamente femenino, no lo han reconocido ni valorado la política, ni la economía.

Se abre todo un mundo a la especialización académica del cuidado, en universidades e institutos, para moldear actitudes como las de vigilancia, asistencia, ayuda, control, conocimientos científicos, que demandan “cercanía, respeto y empatía con la persona a la que hay que cuidar”. 

Que el cuidado sea un objetivo político “significa hacer que las administraciones sean organismos aptos para cumplir su misión de atender y auxiliar a la ciudadanía más necesitada. Significa diseñar estructuras que propicien la redistribución de las obligaciones de cuidarnos mutuamente. Significa también, tomarse en serio la llamada «transición ecológica» y hacer del cuidado de la «casa común» una preocupación sostenida y prioritaria”, afirma Victoria Camps.

Nosotros, los que hoy pasamos de 70 años, somos una de las primeras generaciones conscientes de esta nueva realidad. Por eso debemos ser parte de la solución y no del problema. La jubilación que hoy gozamos, quiere dejarnos en la inactividad y… nosotros deseamos seguir activos, viajar, leer, escribir, aprender, trabajar, aunque sea parcialmente… como lo hacen muchos otros. 

Modelar esa nueva sociedad del cuidado es también otro reto al que podemos contribuir.


[i] María Victoria Puerta.

[ii] Naciones Unidas afirma que, en 2050, una de cada seis personas será mayor de 65 años. Ver informe Perspectivas de la población mundial 2019

https://www.cepal.org/es/publicaciones/45989-perspectivas-la-poblacion-mundial-2019-metodologia-naciones-unidas-estimaciones

[iii] Tronto, Joan (2013). Caring Democracy. Markets, Equality, and Justice. Nueva York: NYU Press.

Jorge Luis Puerta y Carlos Posada

Junio, 2021


[i] Camps, Victoria (2021). Tiempo de cuidados. Barcelona: Arpa.

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La pobreza rural se acercó a la urbana, pero esta convergencia no es satisfactoria para nada. La pandemia golpeó muy duro a las ciudades: el número de pobres aumentó en cuatro millones de personas y el ingreso per cápita cayó 12 %. Una situación sin precedentes: las ayudas sociales fueron insuficientes para compensar las caídas en el nivel de vida.

De acuerdo con los datos recientes que presentó el Dane, la brecha de pobreza que existía entre el campo y la ciudad se cerró en 2020. Pero esta convergencia es triste porque la pobreza urbana se incrementó de manera sustantiva e igualó a la pobreza rural.

En 2019 la distancia entre las ciudades y las áreas rurales fue significativa. La incidencia de la pobreza era, respectivamente, de 32,3 % y 47,5 %. Y en 2020 fue de 42,4 % y 42,9 %. La pandemia, más el desempleo, más la caída de los ingresos golpeó muy duro a las ciudades. A nivel urbano, el número de pobres pasó de 12,2 millones de personas a 16,2 millones. El aumento fue de 4 millones. Y el ingreso per cápita cayó 12 %, y pasó de $818.000 a $719.000.

Los resultados observados en 2020 no tienen precedentes. La pandemia desató procesos endógenos perversos. Hasta ahora las externalidades propias de las vecindades habían sido favorables. Y las interacciones positivas de las aglomeraciones permitieron que antes del 2020 los niveles de pobreza de las ciudades fueran muy inferiores a los del campo. La pandemia desató las externalidades negativas de la convivencia urbana. Los males se transmitieron rápidamente y de manera endógena. En Bogotá la pobreza subió 12,9 puntos porcentuales. Pasó de 27,2 % en 2019 a 40,1 % en 2020. En Cali el aumento fue de 14,4 p.p. En Barranquilla de 15,6 p.p. De las cuatro grandes ciudades, la menos golpeada fue Medellín, con un aumento de la pobreza de 8,5 p.p.

La situación no fue más crítica gracias al efecto positivo que tuvieron las ayudas sociales. Los programas Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Colombia Mayor, y las compensaciones de los últimos meses, como Ingreso Solidario, Bogotá Solidaria, Bono Vital Bucaramanga, etc., evitaron que la pobreza fuera mayor. Sin estas ayudas, en las ciudades la pobreza no hubiera sido de 42,4 % sino de 45 %, así que el impacto fue de 2,6 p.p. Es relevante el efecto que tuvieron estos subsidios en las zonas rurales. Gracias a ellos la incidencia de la pobreza no fue de 50 % sino de 42,9 %. Las ayudas sociales redujeron la pobreza en 7,1 p.p.

El país tiene que continuar avanzando en el mejoramiento de los registros administrativos, y en la integración de estos con las encuestas. Las angustias de la pandemia permitieron dar pasos muy positivos en esta dirección. Pero, claramente, las ayudas sociales fueron insuficientes para compensar las caídas en el nivel de vida. Por tanto, es necesario diseñar alternativas de reactivación que mejoren el empleo y el ingreso. Y para avanzar en esta dirección el Estado tiene que llevar el liderazgo. Sorprende la antipatía de la política económica por las fórmulas keynesianas. Y llama la atención la excesiva ortodoxia del Banco de la República. Han pasado 30 años desde la Constitución de 1991, y la política monetaria tiene que ser replanteada. Así lo han dicho el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Pagos Internacionales.

El nuevo keynesianismo tiene que ser verde. Y las ciudades, junto con el Gobierno Nacional, deben encontrar los mecanismos para transformar las externalidades negativas en positivas. Es posible imaginar un futuro en el que la convergencia entre el campo y la ciudad no sea triste. Y aspirar a que la brecha se cierre en un escenario en el que los niveles de vida sean relativamente altos, y el país haya logrado que nadie viva por debajo de la línea de pobreza.

Jorge Iván González

Junio, 2021

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¿Se puede determinar una relación de causalidad en las aglomeraciones producidas en los más de 45 días de manifestaciones en las que la participación de la juventud ha sido más notoria?

Eran las cuatro de la madrugada cuando la despertó un llanto de una mujer mayor que no paraba de susurrar una especie de plegaria.  Se quedó asustada bajo la sábana con que se tapaba, tratando de ignorar aquella lúgubre voz de cementerio. No se atrevió a levantarse de la cama sino hasta cuando los rayos de luz entraron por las rendijas de su ventana entreabierta. Fue cuando se dio cuenta de que el lamento venía del apartamento de enfrente.

Supo entonces que algo muy triste había pasado en la habitación que da a su casa. Un vecino le dijo en voz baja que el joven de 36 años que vivía allá dentro había muerto en la noche. Que el llanto era de la mamá que lloraba al hijo al que se había llevado el COVID-19: “Es que la gente joven se está muriendo ahora más que los viejos que ya están vacunados”, pensó. Las noticias que emiten los hospitales dicen que las UCI se han ido llenando de jóvenes contagiados y que las cuentas no paran cuando a diario verifican que en Colombia han aumentado los enfermos y el número de fallecidos por la pandemia.

Un dato alarmante que no se tiene en cuenta, como lo ha dicho con angustia la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, en las declaraciones que dio el miércoles sobre la protesta organizada para el pasado 9 de junio, cuando criticó la convocatoria que hizo el Comité del Paro para “tomarse Bogotá” durante la manifestación de ese día y calificó de irresponsable que se sigan planeando tomas de la capital y de Colombia que ya han tenido suficiente con las tomas guerrilleras y paramilitares que han asolado al país. La razón de fondo detrás del clamor de la alcaldesa es que Bogotá atraviesa por un momento crítico por las altas cifras de contagios por COVID-19 y de ocupación de UCI, que llegaron al tope de su capacidad.

Pero lo que más preocupa, si aún cabe esa expresión dentro de la copa desbordada de inquietudes, es que la mayor concentración de casos se está dando entre quienes tienen 20 a 49 años según la Secretaría de Salud del Distrito. Pensábamos que los adultos mayores eran únicamente la presa de este espantoso virus, por lo que los cuidados han girado a torno a la población de mayores de 70 años. Ahora resulta que más jóvenes están contagiados y mueren en mayor cantidad.

¿Se puede determinar una relación de causalidad en las aglomeraciones producidas en los más de 45 días de manifestaciones en las que la participación de la juventud ha sido más notoria? La alcaldesa respondió afirmativamente, con base en estadísticas públicas. Eso es lo que yo quiero lamentar como educador: no encuentro razonable ni responsable que gran parte del debate en torno a las manifestaciones se haya centrado particularmente en los aspectos del derecho a la protesta. No está bien que ese sea el único elemento de discusión, ya que infortunadamente las protestas se han dado en el contexto ominoso de una pandemia que está causando muertes desoladoras entre los jóvenes a quienes dirigentes y políticos agitan para que salgan a las calles. Es una tragedia humana que no tiene dolientes. Solo el llanto de las madres.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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En las entregas anteriores expuse que la igualdad es una utopía imposible e incluso contraproducente para el desarrollo integral humano y para la equidad. El índice de Gini, aunque es un buen esfuerzo de medición, muestra que la igualdad es imposible y no es la mejor herramienta para resolver el problema práctico que enfrenta la humanidad: la miseria y la pobreza de masas de seres humanos. Hay que pensar, entonces, en la dignidad.

En el artículo anterior planteé que no es lo mismo igualdad que equidad. Mientras la igualdad es utópica, la equidad es posible y conveniente. La equidad es darle a cada uno lo que le corresponde, aunque en muchos aspectos este hecho se convierta en fuente de desigualdad. Definir lo que le corresponde a cada uno y cómo entregárselo es un problema aún no resuelto. En la presente entrega espero aproximarme a fórmulas reales.

He planteado que la “pobreza” es un término relativo, no absoluto. Como la riqueza no está cuantificada ni limitada, pues los seres humanos la hacemos crecer continuamente, llega a las personas de manera desigual. Esto genera tener que redefinir continuamente los valores para medir la pobreza.

El concepto que considero que puede darle luz al tema y ser la fuente de aplicación práctica es el siguiente: la dignidad humana es universal. Ontológicamente, todo ser humano es digno de respeto, de una vida coherente con su grandeza como ser vivo, con un origen y un destino superior al de los demás seres que habitan y constituyen el planeta.

Independientemente de las corrientes filosóficas y/o religiosas que los inspiren, la evolución ha llevado a que los seres humanos tengan intrínsecamente una dignidad que debe reflejarse en su vida desde su nacimiento hasta su muerte. Una concepción digna, una vida digna y una muerte digna son derechos inalienables de todo ser humano. A esta conclusión ha llegado la humanidad luego de múltiples momentos históricos en los cuales se creyó que había diferencias de dignidad por razas, géneros, naciones, conquistas, ideologías o religiones.

La comprensión y aceptación universal de la dignidad de todo ser humano ha sido un largo camino de miles de años, pues sojuzgar un grupo por otro mediante guerras, esclavitudes, conquistas, adoctrinamientos forzados, intolerancia o explotación económica fue una característica universalmente aceptada hasta hace pocas décadas y aún prevalece en algunas regiones y sociedades. Sin embargo, es indudable que en los últimos 200 años ha emergido en la mente de los líderes y en las organizaciones sociales la claridad de la dignidad humana como valor supremo de toda persona.

La forma concreta como esta dignidad se ha buscado y aceptado aparece en tres momentos históricos en los siglos recientes: la promulgación de los Derechos del Hombre, la Declaración de los Derechos Humanos y los Objetivos del Milenio. Los primeros, en la Revolución Francesa, exigían que todo ser humano ‒por el hecho de serlo‒ tenía derechos en la sociedad. Proclamados políticamente con el grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, los asambleístas los resumieron en derechos a la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión, muy de acuerdo con la situación de la época.

Así como el concepto de dignidad tomó miles de años en explicitarse y concretarse, su aplicación aún dista mucho de ser universal en sus elementos básicos. La libertad física de todo ser humano apenas fue un primer paso que lentamente ha ido cubriendo la Tierra, pero muchas libertades básicas todavía son discutidas o negadas. 

Luego de colonialismos extremos, guerras y millones de muertos, la humanidad concretó en 1948 la Declaración de los Derechos Humanos. Las Naciones Unidas, como ente que pretende representar a toda la humanidad, buscó hacer realidad en la vida de todos los ciudadanos de cualquier nación sus derechos a la libertad, a la vida, a la educación, a la libre expresión, a la libre asociación, a la movilidad, al trabajo, a la propiedad, a la libertad de pensamiento y conciencia, a la práctica de la religión, a la salud, al bienestar, a la vivienda digna y a la alimentación.

Finalmente, en el año 2000, también las Naciones Unidas promovieron y lograron la firma por parte de 189 naciones de los ocho objetivos del milenio: 

1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre.

2. Lograr la enseñanza primaria universal.

3. Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.

4. Reducir la mortalidad infantil.

5. Mejorar la salud materna.

6. Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades.

7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.

8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Este compromiso se acerca más, prácticamente, a concretar aspectos mínimos que la dignidad humana exige en temas de alimentación, salud, educación y, sobre todo, dignidad.

Cada vez entendemos mejor la dignidad humana y vemos la posibilidad real de cómo puede expresarse esa dignidad. El concepto y sus componentes es dinámico, en la medida en que el hombre progresa en la comprensión de sí mismo y en las herramientas para transformar el mundo y generar riqueza. Hace 300 años no era posible combatir universalmente la peste bubónica; igual puede decirse de la educación secundaria universal: hoy es posible y exigible como parte de la dignidad básica.

La dignidad humana exige derechos y deberes. Hoy no puede aceptarse que haya niños muriendo de hambre, desnutrición o por enfermedades como el sida, personas sin educación, discriminación por género, familias enteras sumidas en la pobreza. Entonces, ¿quién debe hacerse cargo del respeto de la dignidad humana concretada en los derechos del hombre, los derechos humanos o el combate contra la pobreza, entendida con las posibilidades actuales?

La dignidad humana exige que el primer responsable de lograr esos mínimos sea el ser humano individual. Como dijo recientemente el papa Francisco, “la mayor dignidad es ser capaz de producir para sí mismo y para su familia”.

No es digno que familias enteras vivan de la asistencia social indefinidamente. Como seres sociables nuestra vida y nuestra actividad se realizan en comunidades. Nadie es individualmente autosuficiente ni puede generar riqueza solo. Todos usamos de una manera u otra los bienes comunes que a lo largo de la historia se han ido conformando. Por ello, la equidad y la dignidad exigen que retribuyamos a la sociedad parte de lo que logramos, como aporte al funcionamiento de la sociedad que nos da la oportunidad de generar riqueza. En términos económicos podemos afirmar que la sociedad es un factor esencial de producción.

Como individuos, hay múltiples formas de retribuir a la sociedad en que vivimos: impuestos, creación de empleo, avance de los conocimientos, generación de riqueza y su distribución, fortalecimiento de las instituciones sociales, cooperación y solidaridad con los que tienen menos, responsabilidad social empresarial, filantropía, desarrollo de las artes y ciencias, búsqueda de solución a los problemas de salud, educación y desarrollo, respeto a los límites del planeta. La equidad y la dignidad propia exigen que aportemos a la sociedad. Lo contrario es injusticia y un egoísmo indigno.

La equidad exige que el patrimonio común que se forma con el aporte de todos se redistribuya de manera equitativa. En este caso puede afirmarse que consiste en hacerlo de acuerdo con las necesidades de cada integrante de la sociedad. Como el objetivo digno es que cada uno se provea al menos lo básico, aquellas personas, grupos, regiones o países que no lo han logrado tienen esa como su principal necesidad. No se trata de una asistencia perpetua, que es indigna, sino de generar elementos catalizadores que coadyuven a la autosuficiencia, como la educación y la salud. Quienes han logrado superar las etapas básicas tienen otras necesidades y potencialidades que la sociedad les debe permitir y proteger en un proceso dinámico, donde la dignidad humana se respete y aflore universalmente; por ejemplo, un marco de libertad y competitividad.

Las instituciones que a lo largo de la historia se han creado y constituyen la sociedad y la vida en común, son a su vez responsables del respeto y desarrollo de la dignidad de todos sus miembros: el Estado en todas sus ramas, las organizaciones privadas, las agencias y organismos multilaterales, los países, independientemente de su nivel de desarrollo y riqueza. Buscar en comunidad la solución a los problemas de la sociedad no es un acto de generosidad; es un derecho y un deber de nuestra esencia como seres humanos.

Los aportes a la dignidad de los habitantes del planeta son responsabilidad de todos los que lo habitamos. Por lo tanto, es indigno que existan mil millones de seres humanos viviendo por debajo de la línea que hoy puede definirse como pobreza, con sus consecuencias de hambre, mortalidad infantil, ignorancia, discriminación e incapacidad para que cada uno sea capaz de llevar lo necesario para sí y para su familia.

A título de ejemplo para llevar a la práctica estas ideas, propongo la creación de tres fondos:

1. El Fondo Mundial para la Innovación y el emprendimiento, bajo el impulso, supervisión, y la operación de los bancos multilaterales. Su objetivo será operar el Fondo, recibir los aportes, estudiar los proyectos, analizar los casos y proyectos y conceptuar su viabilidad con préstamos y aportes de capital no reembolsables, según convenga. Todos los socios de este Fondo podrán presentar proyectos en un proceso vigilado que culmina con la obtención de la patente o la aprobación de viabilidades técnicas y financieras. Una vez aprobada la viabilidad, los promotores del proyecto entregarán al Fondo un porcentaje del capital inicial

2. Fondo Mundial de regalías, con un sistema similar al usado actualmente para recibir la retribución a los países que explotan activos de los Estados. Con el fin de reconocer la acumulación de los esfuerzos del pasado de toda la humanidad, las empresas y/o personas naturales deberán entregar al Fondo un porcentaje de la producción de la empresa o proyecto con destino a este Fondo, el cual sol será utilizado para superar la pobreza que los administradores del Fondo definan periódicamente.

3. Fondo de liquidez solidaria, cuyos administradores identificarán periódicamente los grupos de población que requieran un apoyo o ingreso mínimo para respetar la inequidad de su situación y suplirla. Se alimentará con un porcentaje del PIB mundial (0.5 %).

Concluyendo, la forma práctica cómo podemos ejercer los derechos y deberes del ser humano ha mostrado ser compleja y difícil. Hace parte de nuestra continua comprensión del mundo y de nosotros mismos. No parece adecuado el camino de una búsqueda utópica de igualdad que incluso perjudica y maltrata inútilmente la equidad y el desarrollo de personas y grupos sociales. Parece más adecuado el camino de la equidad que nos demanda entregar, de lo que logramos, la parte que retribuye a la sociedad que nos da la oportunidad de generar riqueza, sin temor alguno de, por otra parte, disfrutar nuestros logros.

Finalmente, la dignidad humana nos obliga a ser capaces de desarrollar nuestras potencialidades para generar riqueza material, intelectual y espiritual y a hacernos responsables de que no haya ningún habitante del planeta cuya dignidad sea conculcada.  Para ello se requiere perfeccionar nuestras instituciones y crear otras para beneficio de toda la especie humana y del planeta que habitamos. 

Nuestra obligación no es solo crear riqueza; lo es también conservarla y distribuirla.

Carlos Torres H.

Junio, 2021

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Los bloqueos surgidos durante el paro en varias carreteras nacionales, especialmente en el suroccidente del país, han incidido en un desabastecimiento que ha ocasionado que se dispare la tasa de inflación debido a un choque de oferta.

Se aceleró la inflación. Después de casi un año con aumentos de precios por debajo de la meta del Banco de la Republica, en el pasado mes de mayo la tasa de inflación anual llegó a 3.30 %, como consecuencia del desabastecimiento producido por los bloqueos a varias carreteras nacionales. 

Varias reflexiones son pertinentes al respecto:

1) El impacto del desabastecimiento sobre la inflación, sobre todo de alimentos y combustibles, se comprueba al examinar los componentes del Índice de precios al consumidor (IPC). El aumento de los precios de los alimentos (9.52 %) es casi el triple del IPC total, mientras que el de los energéticos (4.58 %) crece 50 % más. En consecuencia, la variación de los índices que calcula el DANE, sin contar estos dos componentes, se mantiene en niveles cercanos al 2 % anual.

2) Otra comprobación de que la causa del aumento de los precios es la reducción de la oferta de alimentos se tiene cuando se observan las diferencias en la tasa de inflación entre varias ciudades. Las mayores tasas de inflación se registran en las ciudades del suroccidente, la zona más afectada por los bloqueos: Popayán (23 %), Florencia (21.4 %), Cali (19.6 %); además, en ellas los precios de los alimentos han tenido aumentos superiores a 20 %. Por el contrario, en la Costa Atlántica los bloqueos fueron mucho menores y, por ejemplo, en Cartagena, la variación del IPC anual siguió por debajo del 2 %, y el de alimentos fue una tercera parte del nacional. Registros similares se tienen en Montería, Sincelejo o Riohacha.

3) El aumento de la inflación se debe a un choque de oferta, es decir, a una disminución de la oferta de ciertos productos y servicios, muy diferente al aumento de precios que se produce por un exceso de demanda. Además, es un fenómeno transitorio, pues en la medida en que se van levantando los bloqueos y se normaliza el suministro de alimentos y materias primas, los precios han empezado a bajar, de manera que es posible que en unos dos meses se tenga una variación negativa del IPC de alimentos y una reducción del IPC total.

4) Las medidas de contracción monetaria –subida de tasa de interés o disminución del dinero en circulación– pueden ser útiles (aunque no siempre) para controlar una inflación de demanda, pero cuando el choque es de oferta no solo son inútiles, sino que además son perjudiciales, pues pueden conducir al peor de los mundos, un estancamiento con inflación. No hay duda de que la Junta Directiva del Banco de la República conoce bien esta diferencia y no va a responder a un aumento de la inflación por razones de oferta con un incremento de sus tasas de interés, sobre todo cuando el desempleo sigue por encima de 15 %.

5) Una consecuencia muy negativa de este aumento de la inflación causado por el desabastecimiento de alimentos es que afecta en mayor proporción a los más pobres y vulnerables: el incremento de los precios de la canasta de bienes y servicios de los más pobres (3,84 %) y el de los vulnerables (4,03 %) es superior al índice promedio, mientras que el de los más ricos ha sido inferior (2.27 %).

Bloqueos a carreteras que perjudican la economía nacional y que agudizan el hambre en los hogares más pobres no tienen legitimidad para reclamar los cambios necesarios y urgentes a la precaria situación de estos grupos sociales.

Mauricio Cabrera

Junio, 2021

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A nosotros, veteranos de muchas batallas, nos corresponde seguir reclamando que los jóvenes tengan más oportunidades y no los conviertan en carne de cañón callejera las ideologías del odio.

Viví cuatro años de mi adolescencia en las cercanías de Zipaquirá. Fueron los años del bachillerato que hice en el colegio-seminario que los padres jesuitas tenían en una finca que se llamaba El Mortiño, pero por ser ambiente campestre la vida no era de club. Nos despertaba una campana a las 4:30 de la mañana, cuando el cuerpo estaba aún tibio bajo las cobijas en aquella fría campiña sabanera. A los que nos gustaba el deporte, como a mí el baloncesto, nos tocaba desperezarnos más rápido para bajar a la cancha a entrenar durante la semana, a menudo bajo esa llovizna pertinaz que cae en el altiplano cundiboyacense.

No me sienta mal como costeño contar esta parte de la historia, sabiendo por enésima vez que García Márquez estudió el bachillerato en un colegio del casco urbano de Zipaquirá. Y mucho menos ahora cuando Egan Bernal, El cóndor de Zipaquirá, ha ganado a los 24 años el Giro de Italia, y antes el Tour de Francia a los 22, para gloria suya y alegría de los colombianos que atravesamos en este momento no digamos los gloriosos, sino los dolorosos, como en el rosario. De algo o de mucho espero que nos sirva este triunfo suyo en Europa, allá donde ciertos compatriotas, al revés del campeón, nos hacen quedar como parias, regando una mala imagen del país.

Egan no se arropó con la bandera del “nos están matando”, mientras subía y bajaba por las montañas de Italia en bicicleta. Al contrario, en sus primeras declaraciones dijo que quería regresar pronto a Colombia, la tierra que ama. ¿Volver a esa Colombia donde matan a los jóvenes?, pensarían algunos europeos mal informados por algunas ONG.

Es necesario que el Estado escuche a los jóvenes, que aumente el presupuesto de la educación y la matrícula cero, que los jóvenes participen con ideas en la democracia, pero que no sea quemando etapas. La justicia no consiste en que la tengan fácil, sino en que haya igualdad de oportunidades, pero también con reconocimiento a los méritos de cada cual. Y todo eso se gana madrugando para entrenar, esforzándose en el estudio, teniendo aguante para llegar lejos, por sí mismos y no con dádivas, dándole duro para resistir los trayectos extenuantes y superar los hándicaps. No son cosas del pasado. 

Por muchos años, y hasta reciente fecha, fui testigo de los largos recorridos en bus que tenían que hacer, y todavía hacen, los estudiantes universitarios para llegar a las seis y treinta de la mañana a la clase de química, de cálculo o de filosofía. Y a nadie le hizo daño esa lucha por ser mejor; por el contrario, los que se esforzaban más eran siempre los que sacaban mejores notas y puntajes en las pruebas Saber. 

Lo que sí es cierto es que el mercado no está ofreciendo más empleo a los jóvenes; pide experiencia cuando no la puede tener quien acaba de terminar sus estudios; paga salarios mínimos cuando empiezan a trabajar, pero sin promocionarlos con mayor remuneración después. 

A nosotros, veteranos de muchas batallas, nos corresponde seguir reclamando que los jóvenes tengan más oportunidades y no los conviertan en carne de cañón callejera las ideologías del odio.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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Hoy, en Colombia, hay 3.600.000 desempleados. En Cali, hay 100.000 más que antes de empezar la pandemia. Se requiere un programa nacional de empleo de emergencia. Para Cali, el papel del gobierno nacional es aportar los recursos. El sector privado debe gerenciar la entidad que debe crearse para administrar el programa y su logística.  

  

El problema es el desempleo. La pobreza, el hambre y la miseria son la consecuencia de no tener un trabajo decente. La explosión social y la protesta de los jóvenes son el reclamo airado por un futuro que se les niega por no tener estudio ni empleo. La Renta Básica o el Ingreso Solidario son necesarios, pero no suficientes, pues a los jóvenes solo les dan presente, mientras que el trabajo les da futuro y, sobre todo, dignidad.

Generar empleo digno es el camino de solución a la crisis social. Y no estamos hablando de unos cuantos miles, pues son 3.6 millones los desempleados en Colombia (15.1 % de las personas que buscan trabajo), además de los millones que se cansaron de buscarlo sin encontrarlo.

La situación en el Valle del Cauca es todavía peor. La tasa de desempleo en Cali es de 18.8 %, con 271.000 desempleados, es decir, 100.000 más que antes de empezar la pandemia. Los jóvenes son los más afectados, con una tasa de 27.1 %, también superior al promedio nacional.

El programa nacional de empleo de emergencia que propuse hace unas semanas puede empezar con un programa regional para crear 100.000 empleos –sobre todo para jóvenes– en el Valle y el norte del Cauca. Organizar un programa de este alcance requiere la intervención coordinada del gobierno nacional, los mandatarios locales y el sector privado.

El papel del gobierno nacional es aportar los recursos para el programa. Pagando el salario mínimo, su costo anual sería de unos $1.4 billones (menos de 0.2 % del PIB). Es un monto imposible de movilizar por el sector privado, pero el gobierno sí tiene la capacidad de conseguir estos USD 450 millones acudiendo a créditos de entidades multilaterales y ayudas internacionales, que de seguro responderán con prontitud dada la atención internacional que han generado los desafortunados sucesos recientes.

El aporte primordial del sector privado (empresas y ONG) no es la plata, pues sus recursos para estos propósitos son más limitados que los del gobierno, sino su capacidad gerencial y organizativa, que es indispensable para el manejo de la entidad que debe crearse para administrar el programa y su logística.

El dinero no es el principal obstáculo para la implementación del programa, sino el montaje, la administración y la logística para la operación de una “empresa” de 100.000 trabajadores: ¿quién va a proveerlos de dotación, alimentación o transporte? ¿Quién va a darles las herramientas necesarias para sus labores? ¿Quién va a proveer los insumos necesarios? ¿Quién va a dirigir la ejecución de las obras? Es el sector privado quien debe asumir esta labor gerencial, como lo hizo en el programa de reconstrucción del Eje Cafetero.

Los mandatarios locales tienen que definir los trabajos que realizarían estos jóvenes. En general, se trata de construir bienes públicos: en el campo, la reforestación y recuperación de cuencas, la construcción de vías terciarias o redes de acueductos rurales. En la ciudad, reparación y mantenimiento de la malla vial o de la infraestructura pública (parques, escuelas, centros de salud, etc.) y servicios sociales para las comunidades, tales como comedores comunitarios o promoción de escuelas de deporte.

Además de la creación de empleo, el dinero invertido en este programa impulsará la demanda en la economía, con lo cual las empresas privadas tendrán el incentivo para contratar nuevos trabajadores y el programa podrá desmontarse luego.

Mauricio Cabrera Galvis

Junio, 2021

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La democratización de la tecnología y el hecho de que cualquier persona pueda escribir, editar, grabar y producir textos, fotos y videos en formato profesional y compartirlos casi que sin filtro es un aliciente preocupante para este caldeado estado de ánimo en el que vivimos

Nuestra sociedad está en llamas y las fibras que la mantienen están que se revientan. No es sino mirar lo que ocurre en Colombia con el mes de protestas que parecen no tener fin, la radicalización de posiciones a favor y en contra del uso del tapabocas en Estados Unidos, la escalada en el conflicto entre palestinos y judíos y la polarización con respecto a cualquier tema, para entender que desde la época de la barbarie no habíamos estado tan separados, tan divididos, tan enceguecidos y tan convencidos de que “sólo nosotros tenemos la razón”.

Y aunque sería ilógico decir que esta situación es culpa de la tecnología y de las redes sociales ‒al fin y al cabo nuestros problemas son económicos, sociales, políticos, de raza y de credo‒ la verdad es que la democratización de la tecnología y el hecho de que cada persona pueda escribir, editar, grabar y producir textos, fotos y videos en formato profesional y los pueda compartir casi que sin filtro con todo el planeta (sumado a la credulidad e ignorancia del grueso de los usuarios), sí es un aliciente para este caldeado estado de animo en el que vivimos en este “estallido social”.

Por años pensamos que entre más información, mejor sería nuestra sociedad. Que entre más personas tuvieran acceso a internet, más progreso habría. Que entre más personas tuvieran voz, que entre más puntos de vista pudiéramos escuchar y evaluar, más empáticos podríamos ser y más consensos y puentes podríamos construir.

Pero no fue así.

La mezcla de la popularización de los celulares con cámara, de la masificación de las conexiones a internet y la ubicuidad de las redes sociales son, hoy por hoy, la gasolina que enciende y aviva toda clase de conflictos. Es innegable el rol de la tecnología en este zaperoco.

Son cuatro las aristas en las que veo ese rol y que creo vale la pena analizar y entender.

1 – Down the rabbit hole – El rol de los algoritmos 

Adictos al engagement, al like y al retweet, envenenados con el único objetivo de acaparar nuestra atención, de mantenernos cautivos consumiendo sus servicios, de no dejarnos ir, los algoritmos de las redes sociales aprendieron rápidamente que entre más polémico sea un post más interacciones tiene, que entre más radical su contenido más engancha y que entre más tiempo pasa el usuario en la plataforma necesita adentrarse más en la “madriguera del conejo” y consumir contenido cada vez más “pesado”. Y entonces le dieron prioridad a ese tipo de contenido.

Por eso, los terraplanistas han crecido más que nunca, los antivacunas hoy hacen y deshacen en todas partes del mundo y los evangélicos apoyan fervientemente a un megalómano corrupto que viola los 10 mandamientos a diario. Por eso, los cristianos se olvidaron del “ayudarás al prójimo” y están enfrascados en campañas para violentar los derechos fundamentales de todo tipo de personas “no tradicionales”, a pesar de que las bases y los fundamentos de sus movimientos son tan ilógicos que serían chistosos si sus efectos no fueran tan peligrosos.

El año pasado oí un podcast de The New York Times en el que analizan cómo las mismas técnicas que utilizó Isis para radicalizar a miles de personas en Medio Oriente las ha usado QAnon para lavar el cerebro y radicalizar a millones de norteamericanos. 

Y detrás de los algoritmos vinieron los estrategas digitales, los influencers, las agencias y las marcas y los políticos y todo aquel que quiera que un contenido se haga viral: disfrácelo de “oficial”, de “profesional”, de “serio”, pero hágalo polémico y cautivador. Hable de “nosotros” y de “ellos”. Y toque alguna fibra que lleve a su adopción inmediata y ferviente por parte de su población objetivo. Y pida que lo compartan, que se conozca, para que “todos sepan”.

2 – Las cámaras de eco y la polarización

Ayer por la tarde estuve en América Digital hablando sobre algoritmos, inteligencia artificial y redes sociales y terminé conversando con Clarybell sobre las cámaras de eco, uno de los efectos perversos del social media y tema del cual escribí ya casi hace cinco años.

Hoy, más que en ese entonces, el tema está vigente porque durante años hemos “depurado” nuestras redes sociales: hemos incrementado los contactos que piensan como nosotros y hemos nutrido y entrenado a esos algoritmos con un perfil que nos muestra cada vez más contenido con el que estamos de acuerdo y menos con el que disentimos.

Durante ese tiempo hemos silenciado y eliminado de nuestras redes sociales a amigos y familiares que envían cosas que no nos gustan y que comparten contenido con el que no estamos de acuerdo. Nos hemos encerrado en una burbuja, casi impenetrable, en la que todos pensamos igual y a la que no entra nada con lo que no comulguemos.

El resultado es un peligroso convencimiento de que “toda Colombia está de acuerdo”, “todos los ciudadanos concordamos con” x o y tema o “los buenos somos más”, sin que entendamos bien quiénes son los buenos y quiénes son los malos. De que nuestra posición es la posición de la mayoría. De que nuestra opinión es la verdad y la opinión generalizada. De que si algo no sale como nosotros esperamos es porque hubo trampa (como piensan, por ejemplo, los trumpistas en Estados Unidos ante la victoria de Joe Biden. “¿Cómo puede haber ganado Biden si no conozco a nadie que haya votado por él?”. ¡Se robaron las elecciones! ¡Tomémonos el Congreso!).

El resultado es una radicalización de las opiniones, cada vez más antagónicas, en las que quien piensa diferente es ahora “el enemigo”, está “adoctrinado” o seguro “le están pagando”.

El resultado es una verborrea permanente de contenido, casi nunca producido por nosotros mismos, sino “reenviado en múltiples ocasiones”, que inunda los chats familiares, los muros y perfiles de redes sociales y que embriaga nuestra mente hasta el punto en el que nos convencemos de esa verdad absoluta sin poder escuchar posiciones diferentes.

3 – La avalancha de información = Una menor capacidad de comprender

Es tanta la información que recibimos, o mejor que nos bombardea, que hemos perdido la capacidad de entender. Hoy se estima que recibimos más 90 GB de información en un día, 15 veces más que la que procesábamos al final de los años 80. Un crecimiento exponencial que no ha venido acompañado de una mejora, ni siquiera parcial, en la capacidad física de nuestro cerebro.

Por eso, no solo leemos menos, sino que entendemos menos y casi siempre entendemos lo que queremos entender y no lo que el autor está diciendo. Y por eso, a pesar de tener un mar de datos en la punta de los dedos, nos estamos ahogando por la falta de información de calidad.

Como dice Nicholas Carr, autor de The Shallows: What the Internet is Doing to our Brains:

“Intercambiamos profundidad por amplitud, contemplación por estimulación, creando repercusiones individuales y colectivas importantes”.

Esto, acompañado de un incremento en el nivel de “profesionalismo” de quienes crean contenidos, nos ha llevado a creer y compartir cosas que son 100 % falsas, pero que a simple vista parecen verdaderas. Ello nos ha convertido en el bobo útil por medio del cual se propagan noticias falsas.

4 – Mentiras y verdades a medias

Hace unos años escribí sobre el concepto del “Hermano Menor”. Hice una analogía con el Big Brother descrito por George Orwell en su clásico (y cada vez más importante libro) 1984, pero con un twist: ya no es el gobierno quien nos espía y ve todo lo que hacemos. Somos todos los que hemos creado ese Panopticon, un modelo de vigilancia permanente en el que hay al menos una cámara y un micrófono en cada cuadra por la que pasamos y en el que alguien está grabando todo lo que hacemos. Un modelo en el que nuestro pasado queda registrado para siempre y puede salir a flote en cualquier momento. 

Y, sí, perdimos nuestra privacidad. Pero eso no es lo peor. 

Lo peor es que hoy usamos esas fotos y videos para contar nuestra versión, casi siempre tergiversada, de un hecho o de una historia. Lo peor es que grabamos y compartimos solo fragmentos de un hecho y los compartimos así, de forma parcial y sesgada, sin importar ni el contexto en el que ocurrió ni la totalidad de los hechos. Tomamos lo que queremos, lo que nos sirve para sustentar nuestro discurso y lo usamos, eliminando las partes que van en vía contraria (o no soportan) nuestra forma de pensar o nuestro discurso. 

Podríamos llamarlas verdades selectivas y son casi más peligrosas que las mentiras que contamos. 

No veo una solución a este problema. La tecnología y las técnicas de manipulación mejoran exponencialmente y nuestra capacidad de entender lo que ocurre y cómo se usan está estancada, al punto que será cada día más peligroso. 

Déjenme poner un ejemplo: el peligro de los deepfakes.

Seguramente han visto algún video reciente de Tom Cruise. Si no, háganlo. Quien aparece en ese video no es Tom Cruise, sino que corresponde a una técnica llamada DeepFake, en la que se utilizan algoritmos de inteligencia artificial para editar videos de tal manera que parezca que una persona específica aparece en él.

¿Qué pasará cuando no sea Tom Cruise quien protagonice el video, sino un líder o un político y diga o haga algo que va en contra de su forma de pensar? ¿Seremos capaces de distinguir la verdad de la mentira? ¿O saldremos como borregos a seguir las instrucciones, a defender lo indefendible? 

¿Qué pasará cuando esa persona sea captada por una cámara real haciendo algo que no debería estar haciendo y para defenderse diga que seguro es un DeepFake? ¿Tendremos la capacidad cognitiva y moral de reprochar ese acto y de obligarlo a lidiar con las consecuencias? ¿O nos convenceremos de que todo es mentira porque “todo el que lo conoce sabe que él/ella no es así”? 

Hoy ya no podemos creer en lo que leemos. ¿Podremos creer entonces en lo que vemos? 

Cierro con una invitación: eduquémonos en cómo están usando la tecnología para dividirnos, para radicalizarnos, para usarnos. Entendamos los avances tecnológicos y sus beneficios, y encaremos sus riesgos con responsabilidad y conocimiento. Retomemos el control de nuestra privacidad, de nuestra seguridad, de nuestros pensamientos. Y entendamos que los extremos no conducen a nada bueno. Por lo menos, no para la mayoría de la gente.

Samir Estefan

Publicado en Techcetera: https://techcetera.co/el-rol-de-la-tecnologia-en-el-estallido-social/  

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Como muchos reconocen, el “estallido” social que nos sobrecoge y agobia, venía gestándose desde hace mucho tiempo. Es ingenuo y falaz pensar que sea parte de una “conspiración internacional” en contra del establecimiento, del gobierno y de los valores nacionales. 

La turbulencia violenta que vivimos en este momento tiene causas mediatas que encuentro relacionadas con una clarísima y vieja situación de inequidad social, las cuales son muy difíciles de solucionar a corto plazo y en medio de la presente coyuntura. Sin embargo, si en el Congreso de la República no se enfrentan y atienden con resolución esas causas profundas, aunque las soluciones se demoren un poco, por largo tiempo continuaremos desmoronando el país en medio de la violencia, la destrucción, la corrupción y la ambición de poder. 

El desmadre tiene también causas inmediatas, relacionadas con la pandemia. Son tozudos, duros y ciertos los datos del DANE, que muestran el agravamiento del desempleo y la consecuente pauperización de la clase media. Más de 22 millones de colombianos se debaten para no caer en la extrema pobreza, en la que ya viven millones de compatriotas, llenos de angustia y desazón por miedo a perder la vida por el virus. Sin embargo, tienen que seguir remando cada día contra la corriente para conseguir el pan, un abrigo para pasar la noche y amanecer al día siguiente con la dura tarea de continuar enfrentando un presente sin futuro. 

Y las vacunas aún no llegan para los que están en edad plenamente productiva, para los que tienen que salir a rebuscarse en las calles o para los campesinos que tratan de vender de manera precaria lo que duramente cultivaron en terruños ajenos o en cosechas logradas al debe con bancos hambrientos e inmisericordes. 

El descontento y la desesperación experimentada en los hígados, a punto de estallar, se encontraron con la más inoportuna, regresiva, arrogante e incendiaria propuesta de una reforma tributaria que abofeteó el rostro herido de una mayoría de afectados negativamente por ella. Aunque ya se retiró, esa iniciativa fallida del gobierno fue la chispa que prendió el polvorín. Nunca debió presentarse con el contenido que tenía; por supuesto que se necesitan recursos financieros para salir de la crisis agravada por la pandemia, pero pueden conseguirse sin acogotar a los que menos tienen.

Ciertamente son totalmente reprochables e inaceptables la destrucción de los bienes públicos y privados, la violencia, los bloqueos que afectan aún más la provisión de bienes y productos, que frenan la cadena productiva y generan más desempleo. Los asesinatos de colombianos en medio de esta dura confrontación nos llenan de terror y nos sobrecogen. Tienen que ser investigados y castigados, pero muchos en el país y en el exterior se preguntan si son confiables las autoridades que los identifican, investigan, juzgan y sancionan.

Mirando la terrible violencia desatada, creo que la solución no puede ser la que aplicó en su momento Sansón contra los filisteos. El “muera yo y todos los filisteos” del relato bíblico nos deja ver el absurdo de un titán ciego, embrutecido y desesperado por el dolor, que sacude en medio de gritos con su fuerza descomunal las columnas del edificio para que aplaste a todos al derrumbarse. Después del estruendo, cuando se asiente la polvareda, solo queda el dolor agudizado y sin solución de los pocos sobrevivientes. 

El uso de la fuerza enceguecida y de cualquier origen tiene que parar. La rebelión irracional o la represión brutal amparada en “para-autoridades” ilegales pueden llevarnos a la locura y a la sin salida. Tiene que haber racionalidad y cordura. En esa loca carrera se colaron los más interesados en aprovechar la revuelta para satisfacer sus ambiciones y satisfacerse del caos. 

La sorda discusión entre quienes todavía se quedan en preámbulos y no inician la negociación se desvía de lo esencial, pues quiere lograr absurdos lógicos y jurídicos inviables. Las declaraciones de los “directivos del paro” incluyen exigencias inaceptables para el gobierno y, a su vez, este les exige a los sindicalistas el claro rechazo de los bloqueos a los que eufemísticamente los directivos llaman “cortes temporales de vías”. ¿Qué van a lograr el gobierno y los integrantes del llamado “comité del paro” con estas dilaciones?

Los jóvenes en las calles están ahí, sin que nadie los escuche. Continúa la protesta, siguen desatendidas las voces y las justas peticiones de quienes piden oportunidades para trabajar, para educarse, para dar de comer a sus familias y tener la esperanza de una patria mejor. Luego de más de un mes de fatigantes y fallidos acercamientos entre líderes del paro y el gobierno, que hasta el momento a nada conducen, el gobierno va tomando medidas que más se parecen al autoritarismo de un estado de excepción no declarado y, aparentemente, casi necesario. 

Todavía se desconoce lo que será la nueva propuesta de reforma tributaria con la que se espera que, finalmente y, como debe ser en plena justicia y equidad, quienes más tienen, más aporten, para que el país cuente con los recursos que necesita para superar la crisis y encontrar caminos de concordia. Veo muy difícil que, quienes tienen el poder, quieran ceder y buscar soluciones de fondo, a corto, mediano y largo plazo.

Convocar una consulta popular, consagrada en nuestra Constitución política y en la que se manifieste el pueblo sobre los puntos más álgidos del problema como “constituyente primario”, puede ser una salida a esta coyuntura. Es posible que se demore la convocatoria; que haya saboteo en este Congreso que nada ha hecho para brindar soluciones a la crisis. No obstante, es una salida del constituyente primario en ejercicio de su pleno derecho democrático y plenamente constitucional. Creo que vale la pena apoyar esta idea de la consulta popular, dada la dimensión del problema. En una consulta popular la racionalidad podría primar sobre la polarización. Para eso está en la Constitución. 

Ojalá sea yo un profeta de mal agüero; ojalá me equivoque, pero si no hay verdadero diálogo, altura moral entre quienes conversan y respuestas prontas, que respondan a necesidades concretas, veo cercano un “estado de excepción”, más revueltas y más autoritarismo hasta que, finalmente, la negociación se tenga que hacer ‒o se detenga‒ en medio del desastre de un eventual golpe de estado que frustre ilusiones y ahonde divisiones y nos aísle del concierto mundial de las naciones que viven en paz. 

Cuánta sanación necesitamos y cuánta serenidad, sabiduría y firmeza requieren quienes nos gobiernan. Veo que muchos la reclaman con desilusión y sin esperanza.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2021

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La democracia debe subirle el tono al debate con argumentos y acabar con el de la agresión, porque si no, nos tocará a los ciudadanos, creyentes o no, refugiarnos únicamente en el silencio de esa otra oración que es personal, en busca de energías más sólidas para resistir.

Marchamos en silencio para desbloquear el corazón, la palabra, las manos” clamaban el martes 24 en la pasada “Marcha del silencio” en Cali. La ciudad más poblada y con mayor actividad económica del suroccidente colombiano envió un mensaje de paz y resistencia cuando tememos caer en al abismo si esto sigue como va. Un dato que me llamó la atención, según leí en el periódico caleño El País, es que los marchantes, más de 5000, iban vestidos con camisas blancas y portaban banderas de Cali y Colombia, en rechazo a la violencia, el vandalismo y los bloqueos viales que han golpeado a la ciudad. Había toda clase de personas: jóvenes, empresarios, artistas, miembros de gremios y ciudadanos rasos.

La marcha del silencio de los caleños me hizo recordar la que con el mismo nombre convocó Jorge Eliécer Gaitán el 7 de febrero de 1948, dos meses antes de su asesinato. Impresionante movilización de 100.000 mil personas, en una Bogotá de 500.000 habitantes. Cuando la marcha llegó a la Plaza de Bolívar, sus participantes escucharon a Gaitán cuando pronunció un discurso, dicho con su voz vibrante que todavía resuena en los audios y videos de la época: “Señor Presidente, ‒le decía a Mariano Ospina Pérez‒, os pedimos cosa sencilla para la cual están de más los discursos… Señor Presidente, os pedimos pequeña y grande cosa, que las luchas políticas se desarrollen por el cauce de la institucionalidad”. Y con palabras premonitorias de su muerte, el 9 de abril, dijo en la misma Plaza: “Somos capaces, Señor Presidente, de sacrificar nuestras vidas para salvar la tranquilidad y la paz y la libertad de Colombia”. 

El tono de moderación, palabras conmovidas y su contenido darían para un análisis de cómo han cambiado de entonces hasta hoy las formas de ejercer presión política en las calles mediante la movilización de los ciudadanos. Pero la marcha de Cali el martes pasado devuelve las esperanzas de que sin amenazas ni consecuentes vandalismos, se pueda volver a la paz perdida y a las libertades recortadas que ahora padecemos gran parte de los colombianos que rechazamos la violencia y los bloqueos.

“Oración por la Paz” se llamó a las palabras de Gaitán: ya no fue el tono ni el contenido solos, sino el significado que le dio la historia a lo que era más una súplica, un pedido, una solicitud como “cosa sencilla” elevada a los poderes públicos. Oración, inmensa y humilde palabra, que se refiere a los discursos políticos, pronunciados con vigor, pero con respeto que ha sido ya olvidado, si no proscrito, de los recintos que en otra época estimábamos sagrados por representar a la nación y al pueblo, que son el asiento de la soberanía, al contrario del bochornoso espectáculo que tuvo lugar en la Cámara de Representantes el lunes pasado, transmitido por televisión.

La democracia debe subirle el tono al debate con argumentos y acabar con el de la agresión, porque si no, nos tocará a los ciudadanos, creyentes o no, refugiarnos únicamente en el silencio de esa otra oración que es personal en busca de energías más sólidas para resistir.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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Estamos ante un diálogo de sordos. Al comité del paro le interesa prologarlo para obtener más concesiones; al gobierno también le interesa para quitarle apoyo popular al paro y, hasta de pronto, justificar medidas extremas. Todo ello afecta la economía debido a los bloqueos.

Después de un mes de marchas, manifestaciones y bloqueos, los convocantes del Paro Nacional han logrado obtener algunos de sus justos reclamos, el gobierno ha sido lento y equívoco en su respuesta, y la economía está sufriendo las consecuencias, sobre todo por los bloqueos en ciudades y carreteras, que no son una protesta pacífica.

Sin entrar a discutir cuáles son los actores que propician los bloqueos, lo cierto es que no se han podido levantar porque estamos ante un diálogo de sordos entre un Comité de Paro que no representa a los jóvenes que están en la calle, pero que le interesa prolongar el paro para obtener más concesiones del gobierno, y un gobierno que no toma las acciones preventivas y demora los diálogos porque también le interesa que el paro se prolongue para quitarle apoyo popular y derrotarlo por cansancio, o como dicen algunos –y ojalá no sea cierto– porque quiera justificar medidas extremas como la conmoción interior.

En la economía lo que están generando los bloqueos es un choque de oferta, es decir una disminución en el suministro de bienes y servicios por escasez de insumos o por destrucción de la infraestructura de producción. Si el choque es generalizado, el impacto se da sobre toda la cadena productiva

Un ejemplo es el panadero del barrio que se queda sin harina porque el trigo importado está bloqueado en Buenaventura, pero tampoco tiene margarina porque a la planta que la elabora no pueden entrar los trabajadores, ni azúcar porque los ingenios están parados, ni huevos porque el alimento de las gallinas ponedoras está pudriéndose en un camión que no puede pasar.

También puede ocurrir en la prestación de servicios. Como en el Mío, el sistema de transporte masivo de Cali, cuyas estaciones fueron vandalizadas y quemadas, lo mismo que algunos buses. Otro ejemplo es el servicio esencial de la Justicia cuando vándalos queman el palacio de justicia en Tulúa sin que la fuerza pública haga nada por prevenirlo, a pesar de estar avisada.

Las consecuencias económicas del choque de oferta son desempleo e inflación. Desempleo, porque muchas empresas y negocios, sobre todo los pequeños –como nuestro panadero–, no tienen cómo resistir una parálisis de la producción y las ventas; se quiebran y deben despedir a sus empleados. Inflación, porque la ley de la oferta y la demanda es inexorable y la escasez de papa sube su precio, o si no hay transporte público hacen su agosto los transportadores piratas cobrando más.

El choque de oferta producido por los bloqueos es todavía más grave porque llega después de un grave choque de demanda generado por la pandemia que dejó sin ingresos a millones de colombianos, redujo las ventas del comercio y las empresas, obligando a miles de ellas a cerrar y despedir empleados.

Frente a los choques de oferta no hay instrumentos de política que lo controlen. Aumentar el gasto público, bajar la tasa de interés o emitir dinero sirven para impulsar la demanda, pero son inútiles para aumentar la oferta.

Gran equivocación política de los dirigentes del paro por demorarse en desautorizar los bloqueos porque los más perjudicados por esta situación son, además de los pequeños empresarios, los más pobres vulnerables, porque se les encarecen los alimentos, deben caminar kilómetros para llegar a sus casas o, lo peor de todo, pierden el trabajo y los ingresos.

Mauricio Cabrera

Mayo, 2021

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Hoy se vive la explosión de las inconformidades de amplios sectores de la población. Se manifiesta en la sacralización de la protesta social como un derecho prioritario. Es en parte muy significativa, fruto de la desesperanza que afecta vivencialmente a las juventudes, ante la incertidumbre del futuro y ante la constatación de una realidad que se manifiesta a diario en la disminución progresiva de las oportunidades; específicamente, en lo relacionado con desocupación y bajos índices de empleabilidad, inestabilidad laboral e incapacidad de diseñar e implementar un plan de vida. 

La explosión de inconformidades de amplios sectores de la población es un fenómeno mundial que se ha venido repitiendo en las últimas décadas con situaciones conflictivas, como la primavera de los países árabes, las protestas de las juventudes en Hong Kong, los movimientos de los “indignados” en Europa, los movimientos indigenistas en América Latina y la insurrección en Chile, conducente esta última a un profundo cambio constitucional. Es una ola creciente de insatisfacciones ante los efectos nocivos de desigualdad, injusticia social y disminución de oportunidades, producto de una globalización económica mal concebida y ejecutada, que favorece solo a los que tienen y ahonda las brechas entre los estratos sociales. 

La descripción de esta situación por parte de los analistas del tema se basa en las siguientes reflexiones:

Cabe destacar que tanto gran parte de la juventud simpatizante, así como los estudiantes, fueron quienes constituyeron la base que desató la cadena de eventos que condujo a forjar el movimiento; lo cual, desde una perspectiva amplia, no es para nada accidental, sino más bien necesario. Podemos explicar lo afirmado líneas atrás desde una perspectiva de la juventud como fuerza motora. Las personas que acceden a la educación ganan sentido crítico; dominan además la tecnología y por esto mismo, como medio de expresión, utilizan los medios de información ‒no burocratizados‒ para expresar sus opiniones o para revelar al mundo aconteceres que, en muchos casos, los gobiernos desean ocultar (podemos recordar en este sentido lo ocurrido en los países árabes y cómo el pueblo de esta comunidad pudo revelar al mundo, a través de la Internet, las injusticias cometidas por parte de los mandos militares y políticos)[1].

Nos correspondió el turno de padecer esta situación de desencanto y desesperanza en Colombia, al llegar a los primeros años de la tercera década del siglo XXI, signados además por la explosión de la pandemia del COVID-19 que ha afectado hondamente el crecimiento económico y catapultado la polarización política, las diferencias regionales, la indigencia y el retorno a niveles de pobreza a vastos sectores de la población que en los últimos años habían obtenido un poder de producción y consumo propio de las clases medias, en un país que promisoriamente parecía ingresar al club de los desarrollados. Como lo señala la CEPAL, Colombia forma parte del panorama latinoamericano que se describe en los siguientes términos:

1. Previo al COVID-19, América Latina y el Caribe mostraban bajo crecimiento, espacio limitado de política fiscal y conflictos sociales crecientes. 

2. Sus efectos generarán la recesión más grande que ha sufrido la región: -5,3 %. 

3. Desplome del comercio (-15 %), el turismo y las remesas (-20 %).

4. Aumenta el desempleo con efectos en pobreza y desigualdad. 

5. Con graves efectos diferentes según grupo social: adultos mayores, niñez, jóvenes, mujeres, pueblos indígenas, afrodescendientes. 

6. Las medidas anunciadas buscan contener el virus, proteger los ingresos, el trabajo y las empresas. 

7. La pandemia evidenció brechas estructurales y carencias del sistema de salud del régimen de bienestar, así como debilidades históricas del sistema productivo. 

8. Han reorientado sus presupuestos públicos, pero será insuficiente y se requerirá financiamiento externo a bajos costos, con alivios al servicio de la deuda a los MICS y en especial a El Caribe. 

9. El reinicio de las economías nacionales y la flexibilización de la parada productiva requiere equilibrar la trayectoria COVID-19 y las consideraciones socioeconómicas. 

10. Debilitamiento del multilateralismo, proteccionismo y menor cooperación internacional[2].

En búsqueda de una racionalidad para entender la duración e intensidad y las modalidades, procedimientos, actitudes y comportamientos de los paros, bloqueos, agresiones, destrucción y demás formas de violencia implícita en la protesta social, y que además justifican y dan pie a su sacralización como derecho humano prioritario, se encuentran los siguientes principios generalizados a nivel global y adaptados a cada caso particular, así no se encuentren explícitos en cada uno de ellos[3]:

1. Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas.

2. Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz.

3. El actual funcionamiento de nuestro sistema económico y gubernamental no atiende a estas prioridades y es un obstáculo para el progreso de la humanidad.

4. La democracia parte del pueblo (demos = pueblo; cracia = gobierno), así que el gobierno debe ser del pueblo. Sin embargo, la mayor parte de la clase política ni siquiera nos escucha. Sus funciones deberían ser la de llevar nuestra voz a las instituciones, facilitando la participación política ciudadana mediante cauces directos y procurando el mayor beneficio para el grueso de la sociedad, no la de enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo tan solo a los dictados de los grandes poderes económicos y aferrándose al poder a través de una dictadura partitocrática. 

5. El ansia y acumulación de poder en unos pocos genera desigualdad, crispación e injusticia, lo cual conduce a la violencia, que rechazamos. El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso.

6. La voluntad y fin del sistema es la acumulación de dinero, primándola por encima de la eficacia y el bienestar de la sociedad. Despilfarrando recursos, destruyendo el planeta, generando desempleo y consumidores infelices.

7. Los ciudadanos formamos parte del engranaje de una máquina destinada a enriquecer a una minoría que no sabe ni de nuestras necesidades. Somos anónimos, pero sin nosotros nada de esto existiría, pues nosotros movemos el mundo.

8. Si como sociedad aprendemos a no fiar nuestro futuro a una abstracta rentabilidad económica que nunca redunda en beneficio de la mayoría, podremos eliminar los abusos y carencias que todos sufrimos.

9. Es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado. No soy solo lo que compro, por qué lo compro y a quién se lo compro (Manifiesto Democracia Real Ya, 2011)[4].

¿Quién puede dudar de la veracidad y significación de estos asertos? En el procedimiento para el logro de su ejecución queda vedado siquiera reflexionar o criticarlos so pena de aparecer como retardatario. Clamar además, conjuntamente, por el respeto a la vida humana, a la propiedad de las personas o las empresas, por el derecho al trabajo y a la movilidad personal, por el derecho a la asociación y al libre ejercicio de la libertad individual, por la libertad de expresión, por el acceso a las oportunidades de progreso y realización, y por la defensa de la autoridad, el Estado y el bienestar comunitario como fruto del esfuerzo personal y familiar, son conceptos trágicamente retardatarios que deben supeditarse al derecho a la protesta, que es el único valedero. 

Y todo esto disfrazado con la voluntad de paz y el aparente rechazo a la violencia como mecanismo retórico para institucionalizarla. Si no es así, o se pone en duda, simplemente acuda a los medios de la opinión pública, especialmente los noticieros, donde la palabra “pacífico” o “pacífica” antecede o califica tanto las marchas, como las agresiones, como los incendios, como el ansia de destrucción y sus consecuencias, como el asalto a las ambulancias, como el saqueo a los transportes de víveres y medicamentos, como la destrucción sistemática de las agencias del Estado al servicio de la justicia y del orden, haciéndose verbo en el estilo de los locutores que la repiten (pacífica) por lo menos cada minuto y que exportan su producto comunicacional para crear imágenes que desvirtúan la realidad más allá de las fronteras. 

La sacralización del derecho a la protesta es solo un instrumento para neutralizar al Estado, subvertir el orden y propiciar el caos, como mecanismo para una nueva realidad que se apresura establecer y que solo se vislumbra como el preludio, utilizando medios democráticos como las próximas campañas presidenciales ya en proceso, para inmovilizar el poder gubernamental y político en la manida conceptualización del “bolivarismo” criollo, credo compartido por las disidencias en conjunto con Cuba, con Maduro, con el ELN, y también con vastos sectores de la juventud del país. 

1 Galvis Gómez, Fabio Andrés (2012). Análisis de la figura de “Los indignados” a la luz de la teoría de la subpolítica de Ulrich Beck. Revista Filosofía UIS, 11(2), 81-96.

https://revistas.uis.edu.co/index.php/revistafilosofiauis/article/view/3365/4639

² Bárcena, Alicia (2020), Diez mensajes centrales. Marco analítico de los efectos del COVID-19. Santiago de Chile: CEPAL.  https://www.cepal.org/sites/default/files/presentation/files/200605_final_presentacion_parlamericasv_alicia_barcena.pdf

³ Velasco Acedo, Pilar (2011). No nos representan. El Manifiesto de los Indignados en 25 propuestas. Madrid: Martínez Roca.

⁴ Galvis, Fabio, o. c.

Hernando Bernal A. 

Mayo, 2021


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Continuando la discusión sobre la igualdad, el autor plantea que la desigualdad es en sí una fuente positiva de oportunidades y al mismo tiempo una fuente de limitaciones que cada individuo y cada sociedad debe conocer y manejar para el bienestar de sus miembros y, en el caso de los individuos, para su propio desarrollo y perfeccionamiento personal.  

La diversidad cultural proviene de muchos aspectos, fuerzas e interrelaciones sociales ampliamente estudiadas por sociólogos y antropólogos. Una de ellas es la raza, centro de tantas malas interpretaciones, conceptos, crímenes y estereotipos a lo largo de la historia. Superada históricamente la duda de si los aborígenes americanos y africanos eran seres humanos, la actual organización social mundial respeta las características propias de cada raza, aceptando sus diferencias y respetando sus derechos. En un esfuerzo de compensación por las injusticias del pasado, se resalta el valor y la grandeza de todas las razas, especialmente las minusvaloradas por los europeos en el pasado, y se les conceden derechos especiales, diferentes a los del común de los ciudadanos. Se utilizan políticas de trato positivo desigual para compensar pasados tratos negativos desiguales. Las razas, miembros todos dignos de la especie humana, son diferentes, no iguales, origen de culturas y civilizaciones diversas y valiosas.

Otra fuerza que colabora en la cultura es la lengua. La idea del esperanto como una lengua universal es solo una anécdota. Cada país cuida su lengua y aquellos que comparten una misma lengua se cuidan de hacer respetar sus orígenes, estructuras y expresión literaria. La riqueza mundial se considera en el cuidado de las diversas lenguas e incluso se hacen grandes esfuerzos por conservar aquellas de pequeños grupos cuya lengua ancestral puede estar en vía de extinción. En este tema lo menos que se busca es la igualdad.

Los seres humanos a lo largo de su existencia sobre el planeta en los últimos 10.000 años ‒que califico de civilización‒, se han organizado en grupos originarios de ciudades, regiones, razas, religiones, que han dado nacimiento a civilizaciones tan importantes y tan desiguales como la sumeria, la egipcia, la griega, la romana, la hindú, la china, la europea o la cristiana. Quienes defienden la igualdad, ¿desearían que tal diversidad de historias y realidades no hubiera existido y que en el futuro hubiera solo una civilización? En ese caso, ¿cuál debería ser la civilización igual a la que todos perteneceríamos: la norteamericana, la china, la musulmana, la eslava…?

En forma similar, las naciones y los Estados (cerca de 200 en la actualidad) responden por definición a características diferentes de historia, lengua, raza, geografía, recursos, etc. Su tamaño, su nivel de desarrollo, su influencia en el mundo, sus problemas y éxitos los diferencian a unos de otros, además de muchas otras variables económicas, sociales y políticas. Según las teorías económicas y administrativas, la competitividad de las naciones y su riqueza se origina en fuerzas internas y externas que no son iguales para todos y que permiten la realidad actual y futura, tanto de un mundo globalizado como internamente de las naciones. 

En un momento dado, al final del siglo XX, se pensó que la llamada “globalización” iba a uniformizar y despersonalizar las naciones, las culturas, las personas. Se creyó que los medios de comunicación se volverían universales, iguales para todos. Esta posible igualdad asustó a muchos. Por fortuna, las fuerzas sociales fueron más interesantes y resultó una globalización de la tecnología para apoyar una gran diversidad y oferta de contenidos adecuados a cada cultura o interés, incluso personal.  

Médicos, ingenieros, abogados, políticos, sicólogos, antropólogos se necesitan para la vida humana actual en el planeta. Las universidades ofrecen formación para más de 100 profesiones diferentes. Se requieren, existen y ofrecen programas de preparación técnico-profesional como mecánicos, electricistas, conductores de maquinaria pesada, laboratoristas, etc. Las profesiones son una fuente de desigualdad por las características de las tecnologías, especializaciones, dificultad, oferta o demanda de las mismas.

En el mundo del gobierno de las naciones aparecen múltiples funciones, desde el presidente o cabeza del gobierno, pasando por ministros, directivos de empresas sociales, maestros, jueces ‒con sus jerarquías‒, funcionarios técnicos, personal que atiende al público, recaudadores de impuestos, militares ‒con su gradación‒, policía, etc., etc., y en las organizaciones productivas aparecen gerentes, investigadores, directores de plantas, empleados de cuello blanco, trabajadores, secretarias, mensajeros, etc., etc. 

En el mundo económico se han ensayado diversos modelos de asignación de los frutos del esfuerzo productivo. Quienes han considerado que el resultado lo recibe solo el Estado para luego darles a los ciudadanos una parte igual a todos, han fracasado en la práctica y no tienen una posibilidad real de defenderse con un sistema justo que promueva la innovación, la creatividad y el progreso individual y colectivo. Igual crítica se hace del otro extremo, en el cual solo se benefician con la creación de riqueza los dueños de los medios de producción.

Las capacidades necesarias, los estudios, la preparación, la experiencia para las diferentes funciones y roles entre los miembros de la sociedad no son iguales. La organización social, cualquiera que sea el sistema político adoptado, es fuente de desigualdad. Además, la oportunidad de crecer y diferenciarse de sus congéneres parece ser un impulso natural de la especie humana. 

Si todos los hechos anteriores no fueren suficientes para entender que la búsqueda de igualdad es contraria a la realidad, queda por estudiar al individuo como persona. Filosóficamente, la conclusión más digna del ser humano es que cada uno es único e irrepetible. El ser es uno, bueno y verdadero ‒enseña la ontología‒ y la antropología filosófica, concretada en la sicología, concluye que cada ser humano es una persona diferente a cualquier otra persona de su especie. Es la base de nuestra dignidad y de los derechos de todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo, origen, nacionalidad, lengua, religión o situación. Por ello, cada ser humano es diferente a todos los demás. Nos aterra la posibilidad de un mundo uniforme con todos iguales como robots. Las obras de Huxley y Orwell no son el modelo que deseamos para el futuro.

La desigualdad es, entonces, una realidad intrínseca a la sociedad humana. Es más, es una riqueza de la especie, así como la diversidad lo es de otras especies y del mundo físico.

Ante ello, quienes pregonan la igualdad buscan aclarar su posición con argumentos tales como que lo que se busca es la igualdad de oportunidades, la igualdad ante el Estado y similares. Ni siquiera en este contexto la fenomenología y la lógica permiten concluir que el enfoque sea correcto.

Por todas las fuentes intrínsecas individuales y sociales ya explicadas, es imposible que todos los seres humanos tengamos las mismas oportunidades.

Dada la existencia, de naciones, civilizaciones, razas, lenguas, niveles de desarrollo, niveles de ingreso, ideologías y religiones presentes en el mundo real es imposible pensar que un hijo de un socialista francés tenga las mismas oportunidades que el hijo de los príncipes herederos de Inglaterra, hablando de sociedades de un nivel similar de desarrollo. Tampoco lo son las oportunidades educativas de los niños de Silicon Valley y las de los niños de un pequeño poblado suramericano. Las oportunidades de democracia no son iguales para un norteamericano en Estados Unidos que para un árabe en Irán.

Las oportunidades y limitaciones son diferentes para cada uno, sin que ello necesariamente sea negativo. Si lo fuere o pareciere indeseable, nadie puede hacer nada, fuera de esfuerzos simbólicos por disimular dichas desigualdades y limitaciones. 

Lo que afirmo es que la desigualdad es en sí una fuente positiva de oportunidades y al mismo tiempo una fuente de limitaciones que cada individuo y cada sociedad debe conocer y manejar para el bienestar de sus miembros y, en el caso de los individuos, para su propio desarrollo y perfeccionamiento personal.  

Similar análisis puede hacerse del concepto de la igualdad ante el Estado, ante la justicia, etc. Los derechos y deberes de los ciudadanos se concretan en la práctica de manera individual y con las características propias de cada grupo e individuo. Por ello, las sociedades con razón identifican grupos vulnerables (los pobres) o especiales (indígenas, mujeres o niños), por lo cual las relaciones con el Estado o la justicia son diferentes. Similar actitud adoptan las organizaciones mundiales con los países que tienen diverso grado de desarrollo y las naciones entre sí, para complementarse en sus relaciones políticas, económicas y sociales.

Así, la desigualdad no es solo una utopía, sino que además no es deseable. 

Pero entonces, ¿debemos aceptar la miseria, la pobreza, el subdesarrollo, las desigualdades extremas, la discriminación y la injusticia dentro de la sociedad y entre las naciones, y no hacer nada para eliminarlas del mundo?

Creo que la búsqueda de la igualdad es una solución falsa para problemas reales, cuyo desenlace hay que buscarlo con otro enfoque más realista, más posible y, sobre todo, más profundo para el ser humano. Es a lo que invito a quienes se interesan en el desarrollo del ser humano.

Carlos Torres H.

Mayo, 2021

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