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¿En qué creo hoy?

Hace poco, en varias tertulias virtuales de exjesuitas, fuimos testigos de la enorme riqueza y diversidad vivencial de dar testimonio de lo que creemos, sobre lo que para algunos es la espiritualidad. Si fue tan rico y diverso entre 35 personas, abrimos el blog para recibir de usted sus vivencias.

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Este relato navideño hunde sus raíces en el departamento de Nariño. Comienza con el desencanto al saber, de manera fortuita, que no era el Niño Jesús el que traía los regalos, sino Papá Noel. Hay pólvora, picardías juveniles y hasta inquietudes por el significado de palabras extrañas o extranjeras que aparecen en algunos villancicos. Al final, navidad termina en los nietos.

Exjesuitas en tertulia- Noviembre 25, 2021
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La reunión sobre el significado de la Navidad, que publicamos el 6 de diciembre, tuvo una segunda parte, que aparece a continuación. Ella también refleja vivencias de muchos años y experiencias y perspectivas distintas sobre esa época del año y de nuestras vidas, y tocan dimensiones sociales, históricas y de diversas creencias. 

Sesion # 83 – Exjesuitas en tertulia- Jueves 16 de Diciembre, 2021
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La experiencia de lo que es la Navidad para mí ha evolucionado en mi recorrido vital, como también lo ha sido la vivencia de aquellos que han compartido su significado en este blog. 

De aquellos lejanos años de la infancia, cuando esperábamos ansiosos el amanecer del día 25 para ir corriendo al pesebre (más tarde al árbol de Navidad) a buscar afanosamente los regalos pedidos al niño Dios, tuvimos que pasar al momento del descubrimiento –por iniciativa propia o develado por los hermanos mayores o los padres– de que no era el niño Jesús quien los traía, sino que eran estos los que nos los daban. Primera gran desilusión para la imaginación infantil, convencida de aquella maravillosa y mágica fantasía.

Mi familia nunca fue extensa. Crecer repetidamente en varias ciudades del país forzó a que la celebración navideña fuera muy íntima en nuestra pequeña familia. Abundaron los buñuelos, las natillas y los dulces regionales. En algunas ocasiones hicimos la novena y se oyeron villancicos cantados en discos. En algunas ciudades visitamos los pesebres enormes de las iglesias, donde la imaginación infantil se nutría de escenas probables de lo que había sido el nacimiento de Jesús.

Más tarde, de adulto, trabajando en varios países en Centro y Suramérica, fui testigo de una evolución apabullante de cómo un portentoso evento religioso se había convertido, año a año, en una vorágine de incontrolable y demandante obligación de comprar y comprar porque había que dar regalos, sin importar la calidad o la utilidad de los mismos, pues lo más importante era llenar el piso alrededor del árbol de Navidad con cajas envueltas en brillantes papeles de colores. Fue la conquista de un gordo bonachón de barba blanca que bebía coca-cola y que supuestamente se deslizaba por las chimeneas para suplantar al que fue en algún momento el niño Dios. Esta transformación fue la delicia del comercio que, saltando barreras religiosas, había convertido el evento en un momento mítico que bendecía la imperiosa obligación de comprar y dar regalos no matter what.

En ese momento y en todos aquellos países donde el comercio superó el evento y significado religioso, este perdió su origen y su fuerza espiritual. Era más importante engalanar las casas y el comercio con luces de Navidad que celebrar en el recinto del corazón un momento portentoso de la irrupción de lo sagrado en la vida de los hombres, que ofrecía una perspectiva divina a su agobiada condición de seres humanos sumidos en la desesperanza de la pobreza y de la corrupción política del momento. 

Parar un momento ‒una semana al año‒ para reflexionar en lo que significa celebrar que hace 2000 años la Divinidad se hizo presente en nuestra historia colectiva es un hecho de tal magnitud que invita a que su recordatorio sea algo más sagrado e íntimo que quemar pólvora, adornar árboles, construir pesebres, comer buñuelos y, tristemente, en demasiados hogares, beber licor hasta el punto de que el valor de lo celebrado se ahoga en la bruma del alcohol y que lo que en un momento debió renovar en el alma la gratitud de dicha presencia divina en la historia del hombre se pierde entre tanto bullicio sin alma ni profundidad espiritual.

¿Qué significa, entonces, la Navidad para mí? 

La Navidad es un momento único para varios propósitos: parar el desenfreno de la agitación que la mayoría llevamos como forma “normal” de vida; encontrar un espacio de reflexión para captar el profundo significado de que, históricamente, Dios nunca ha dejado al hombre sin su presencia y su amorosa guía; recordar cuál es el verdadero origen de nuestra existencia y cuál es la meta de retorno a la fuente de donde nacimos; reflexionar cuál es el verdadero propósito de nuestra corta experiencia espacio-temporal, que nos permite una vivencia profunda de nuestra radical realidad de haber sido creados en un momento de nuestra historia personal y colectiva, y experimentar dicha radicalidad de creaturas invitadas al desarrollo espectacular de una evolución espiritual sin fin, hasta alcanzar la plenitud de nuestra potencialidad como seres de luz que fuimos creados a “imagen y semejanza de Dios”.

Reynaldo Pareja

Diciembre, 2021

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Mi gran amigo y compañero desde la niñez, Alberto Betancur Ángel ‒un músico y organista consumado y profesional‒ en cierta ocasión en que discutíamos sobre interpretación musical, me dijo: “Hernando, usted no comprende. Es que la música no es intelectualidad, sino sentimiento y subconsciente. Por eso, no eres un músico”.

Parto del reconocimiento de que Alberto Betancur tenía toda la razón y sigue teniéndola; él continúa haciendo muy buena música, mientras yo me contento con recordar y gozar, eso sí, de la buena música. Porque la música que no soy capaz de interpretar tiene sin embargo un hondo significado para mí, a lo largo y en todos los momentos de mi vida, 

Para mí la Navidad es y ha sido música. Imposible olvidar cuando niños respondíamos a los gozos de Navidad con el “ven, ven, ven a nuestras almas”, con diferentes versiones y musicalidades. Éramos todos cantando, grandes y pequeños, presididos por la tonalidad de mi mamá, que había estudiado música, y tenía una hermosa voz de soprano. Y cantábamos “el Tutaina, A la nanita nana, Antón tiruliru liru y Campana sobre campana”. Eran villancicos traídos de España, porque todavía no habían hecho fama Mi burrito sabanero ni Brincan y bailan los peces en el río, propios de nuestro folclor, ni el Tamborilero que muchos piensan se inspiró en el currulao de la costa Pacífica, y menos aún el Noche de paz, el Santa viene a visitarnos o el White Christmas, propios de nuestros vecinos del norte, y que no se conocen como villancicos, sino como carols

Imposible olvidar, cuando ya estábamos en la Compañía, el “No sé, Niño hermoso, que he visto yo en ti” interpretado por Oscar Buitrago con su hermosa voz de tenor, acompañado por nosotros en el nuevo órgano de Santa Rosa en un hermoso tono de do menor, al comienzo de la celebración de la Misa de Navidad. Era un salto hacia el misticismo que profundizaba nuestra espiritualidad, fortalecida además por el desarrollo tonal del Adeste fideles, laeti triumphantes y por los Aleluya, el “Gloria cantan en el Cielo, gloria a Jesús, Rey del Amor” y demás motetes que configuran el mensaje pascual. 

Para mí, Santa Rosa de Viterbo ofreció otras oportunidades musicales de importancia. Haber conocido a través de los españoles, como Uranga ‒el director del coro‒, que se formaban con nosotros para trabajar en Venezuela, tonadas navideñas como Veinticinco de Diciembre, fun, fun, fun del legado catalán, el Zagalillo y el Pastores venid de otras regiones de España. Además, como curador que era de la discoteca, haber descubierto la grabación completa del Mesías de Haendel, oratorio sagrado de gran envergadura, cuya primera parte ‒referida al nacimiento‒ lo celebra con una tocata pastoral solo para orquesta, y con el aria para soprano Rejoice, rejoice greatly que reproduce las palabras del ángel y del pueblo como celebración de la alegría por el nacimiento de Jesús.

Para mí, la música sigue siendo la Navidad. A partir del 16 de diciembre acostumbro escuchar, día a día, una por una, cada una de los seis corales que conforman el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach, complementados por el Magnificat de su hijo Felipe Emanuel, y condimentados con los Conciertos italianos, de carácter barroco, compuestos por Locatelli, Corelli y Torelli, y por el Gloria de Vivaldi. Desde hace algunos años estas obras pueden escucharse a través de hermosos videos, grabados por las mejores orquestas y los y las vocalistas más reconocidos mundialmente, en el You Tube. 

La sazón intelectual y artística de la Novena de Aguinaldos puede complementarse con la lectura de los evangelios de san Juan y de san Lucas y, lógicamente, con los tamales propios de la región cundiboyacense y el pernil, el aguardiente, la pólvora y los globos de la navidad paisa, tal como lo han descrito nuestros compañeros en esta hermosa celebración de Navidad que estamos compartiendo. 

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2021

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Después de haber presenciado inconsciente y conscientemente 70 navidades, no sé bien que significa la palabra hoy para mí. Recuerdos gratos e ingratos vienen a mi mente. También experiencias místicas y profanas. El sentido familiar de esta fiesta y la dificultad para coordinar las diversas reuniones familiares, en las que participamos miembros de una misma familia, también están presentes en mi reflexión de hoy.

El sustrato de todas estas vivencias es el de un tiempo dedicado a la novedad, simbolizada en un niño. Ahora que he podido gozar a los nietos pienso que ellos me renuevan y le dan sentido a mi vida. Pensar en ellos, en su presente y futuro me llena de esperanza e ilusión. También me resuena la pregunta de una niña: “mamá, ¿por qué el niño Jesús nunca crece?

El significado comercial me produce cierta alergia. Sé que es muy importante para la economía del país y del mundo, pero me resisto a tener que comprar cosas, muchas de ellas inútiles, porque hay que regalar cosas. ¿Cuántos niños cambiarían cualquier juguete por tener adultos que jueguen con ellos y les dediquen tiempo? ¿Cuánto mayores gozarían más con el abrazo de uno de los suyos que con un sweater, que además le queda pequeño?

La música y su volumen a veces me espantan. Estoy presente en cuanto evento me inviten y pueda asistir, pero me reservo la libertad de quedarme en él, si las condiciones acústicas me molestan en gran medida. 

Un buen vino, una cerveza o un trago de ron me parecen fabulosos para estar más relajado y contento. Las comidas típicas de esta celebración como natilla, buñuelos, panetón, turrones, mazapanes, brigadeiros, mieles, etc. me alegran y me traen muy gratos recuerdos. 

En síntesis, para mí la Navidad hoy significa una oportunidad: de pensar en vidas nuevas. De participar en momentos agradables de convivencia, con motivo de una tradición que alguna vez fue religiosa y ahora es cultural. Y sobre todo, de recordar que debo “ser yo mismo, pero lo mejor de mí mismo”. 

Gracias,

Juan Gregorio Vélez  

Diciembre, 2021

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Mi vida ha girado en torno al milagro y al misterio del nacimiento de Jesús en el pesebre. Llevo conmigo al niño que fui y nunca he olvidado mi experiencia infantil de la navidad, llena de amor y alegría. No dudo de que Dios se hizo hombre en las entrañas de la virgen María. San José, su padre adoptivo, como esposo de María fue el sostén honrado y trabajador que dio a los suyos un hogar, abrigo, sustento y todo el amor del mundo. Navidad, ante todo, es una vivencia familiar feliz, pues Jesús vino al mundo en el seno de una familia.

Recuerdo como algo muy especial los paseos en bus hasta la iglesia de Nuestra Señora de las Aguas, cerca de la sede actual de la Universidad de los Andes, para subir a las faldas de Monserrate a recoger musgo para el pesebre. ¡Era toda una aventura con el almuerzo familiar preparado por mi mamá y llevado cuidadosamente en ollas de la casa! Almorzar en el monte, en familia, era una experiencia auténtica de humanidad. 

Con el musgo armábamos el pesebre. Primero, se construía el cielo. Mirábamos maravillados cómo el envoltorio de papel de un bulto de azúcar se convertía en el cielo estrellado de la noche de Belén. Lo pintábamos entre todos de azul, con añil preparado por mi hermana mayor y mi cuñado. Con paciencia y cuidado, recortaban en él pedacitos en forma de estrellas en diferentes lugares. Luego, con engrudo casero, pegaban trozos de papel mantequilla en los huecos recién abiertos. Cuando consideraban que el cielo tenía suficientes estrellas, clavaban el papel en la pared. Más tarde, un mágico bombillo hacía aparecer todas las estrellas del cielo en la sala de la casa. ¡Nuestro pesebre tenía un cielo estrellado! 

Navidad debe tener el burro y la mula, los pastores, el musgo, los quiches, las casitas de cartón, el palacio, el lago sobre un pedazo de espejo roto, la nieve con algodón, arena en el desierto, los reyes magos, un poco de papel aluminio que simulaba una bella quebrada, el olor a tamal, el cariño y la música que nos dieron en esa época tan alegre quienes nos criaron. En las novenas, navidad era un pájaro de plástico lleno de agua que hacíamos trinar durante los villancicos; era dicha, canciones, armonías, luz que disipa las tinieblas. Era el rostro puro y dulce de mamá, el canto de mis hermanos junto al pesebre, la compañía de mi padre que nos ordenaba silencio e imponía orden en el desorden infantil y en las risas de los villancicos. 

‒¡Yo quiero leer los gozos! 

Con la vieja novena en mis manos, intentaba leer titubeando y desesperando con mi deletreo a los grandes. A mis cuatro años, Bertha, mi hermana mayor, maestra graduada, me estaba enseñando a leer y escribir y yo quería descubrir qué había detrás de las letras y los significados incomprensibles de los versos de cada gozo. 

‒¿Qué es un gozo? ¿Qué es un Adonaí potente? 

¿Alguien puede explicarle a un niño de esa edad lo que eso significa? Esas palabras misteriosas e incomprensibles siguen siendo parte del misterio navideño. Recuerdo a mi madre con su bondadoso rostro explicándome que eso era Dios y que el niño Dios era bueno, sonriente, bondadoso y teníamos que amarlo sobre todas las cosas.  Portarse bien era el mejor indicador y testimonio de que amábamos al Jesús que nacía en el pesebre.

Por supuesto, navidad eran también los regalos. Recuerdo el olor de la ropa nueva, mis zapatos “tractor” con una suela de caucho reforzado de cuatro centímetros y costuras dobles sobre el cuero reluciente. Tenían que durar por lo menos seis meses aguantando mis patadas al balón. Recuerdo los bluyines nuevos, la camisa a cuadros, la pistola de fulminantes, el sombrero y el caballo de palo. Con esa indumentaria me sentía el mejor vaquero del oeste que luchaba contra los indios y les ganaba. Recuerdo la noche en que recibí mi primer balón de fútbol y mis primeros guayos. Para estrenarlos, salí en pantaloneta a la calle en medio de la noche a jugar con mis amigos de la cuadra. 

El regalo más importante que recibí de niño me lo dio mi papá. Yo tenía 7 u 8 años. Uno o dos días antes del 24, quería darle una tarjeta de agradecimiento a un amigo del colegio parroquial que me había ayudado a resolver problemas de matemáticas. Como mi mamá me había dicho que no tenía plata para eso, la busqué en los rincones de la casa. La encontré, la tomé, compré la tarjeta, la firmé y se la mostré. Mi mamá me preguntó que de dónde había sacado plata para comprarla. Con una ingenua mentira le dije: ¡me los encontré! Más tarde, a la empleada de la casa le hacían faltaban los 50 centavos de la tarjeta. Mi mamá, con absoluta firmeza, me hizo decir la verdad. Escuché en silencio su reprimenda. Me hizo pedirle perdón a la empleada y me puso a pensar cómo iba a devolverle su dinero. Tenía que ganármelo y dárselo. Sentí alivio por haber reconocido mi falta, pero tenía mucho susto de lo que diría mi papá. Poco después me llamó y acudí muy avergonzado. 

Su sentencia fue contundente. Por faltar a la honradez, me dijo que no tendría regalos de navidad. El 24 todos recibieron regalos, menos yo. En mi cuarto, lleno de tristeza, lloré a mares. Más que llorar por mis regalos, sentí que había herido profundamente la honradez y el amor de mis padres. El cansancio y la tristeza me vencieron y me dormí con gran dolor en mi corazón. Al otro día, con el perdón de mi papá y de mi mamá, recibí mis regalos. El más grande de todos fue la lección que aprendí y que me sirvió para siempre: por encima de cualquier cosa, en la vida tenemos que ser honrados y honestos. Nada justifica la trampa, la deshonestidad y la mentira. Esa enseñanza me permitió, desde entonces, tener éxito en todas las acciones de mi vida. Gracias a esa navidad he sido una persona de toda confianza.

Mis padres eran fervorosos feligreses de la parroquia de los jesuitas. Mi hermana Bertha ya cantaba en el coro de la iglesia, dirigido por el maestro Barrera. Con todos nosotros, compartía el talento musical heredado de la hermosa voz de soprano de mi madre y del fervor de un barítono como mi papá, que cantaban de oído, sin maestros ni partitura. Su alma estaba llena de música y deseos de enseñar. Mi madre cantaba pasito…, ¡pero tan lindo! 

Después de tener a sus cinco hijos, mi Bertha se graduó de maestra de música en la Universidad Pedagógica y en su voz reflejaba la belleza de su alma. A mis seis años, ella, orgullosa de la voz sus hermanos más pequeños, nos presentó al maestro Barrera. Con mi hermano Daniel, dos años mayor que yo, comenzamos a cantar a dos voces. Nuestro primer “solo” fue: “Fuentecita que corres, clara y sonora…”. Además de cantar junto al pesebre casero, cantábamos en la iglesia, en la calle y en las casas de las familias que nos invitaban. Después de la novena nos daban aguapanela con queso y almojábanas. ¡Una verdadera delicia y un abrigado calorcito en las frías noches bogotanas! Así, antes de ser acólito, fui integrante del coro de la parroquia. 

Veo en navidad las luces de bengala, las “buscaniguas”, los torpedos, los totes, los volcanes, los voladores, todo lo que estallara en el cielo expresando la alegría de los corazones. Todo eso lo tuvimos en casa de la manera más simple y natural, porque todo lo compartíamos: el pan de la mesa, la oración al acostarnos y el silencio de la noche que reparaba las fuerzas. 

La Navidad en mi adolescencia y mi primera juventud

A los 11 años fui admitido en el colegio Mayor de San Bartolomé y formé parte del coro.  Aprendí a cantar en verdadera polifonía y con orquesta, el Himno de la Alegría de Beethoven y el Aleluya de Haendel. De allí pasé al Mortiño, donde conocí a amigos que lo han sido para toda la vida. Recuerdo las canciones que me enseñaron los padres Gorostiza, Forerito y Fortunato Herrera y entendí que la alegría se transmite con la música que sale del corazón. Al cumplir 15 años y terminaré cuarto bachillerato, fui admitido en el noviciado. A pesar de los ruegos de mis padres y de mis hermanas, que me pedían que esperara para graduarme de bachiller en San Bartolomé, me uní a mi hermano Daniel para hacer nuestros dúos en Santa Rosa de Viterbo. Bajo la dirección del padre Fernando Londoño, junto con mis antiguos compañeros del Mortiño, comenzamos a aprender otros villancicos navideños. 

El canto coral de Navidad durante los cinco años que pasé en Santa Rosa me dejaron ecos permanentes. Aún resuena en mis oídos la voz maravillosa del tenor cubano Luis Guicheney, cantando el Ave María. A algunos privilegiados nos dio clases de canto los domingos por la mañana. También recuerdo a Lucho Nates cantando en la capilla central de nuestro palacio santarroseño durante la comunión de la misa de medianoche: “Oh portal, oh palacio del rey celestial… Oh Belén, oh morada de mi dulce bien… Quiero yo mirarme en tus pupilas para verme retratado en su cristal…”.  Lleno de alegría también pude cantarle al niño “Noche anunciada, noche de amor”, el villancico de Ariel Ramírez que aprendí de los Fronterizos. Con las novenas y la serenata del 24 de diciembre que cantábamos por los corredores del edificio, antes de la misa de medianoche, la navidad en mi juventud siguió siendo la fiesta de Jesús que nace en los hombres de buena voluntad y seguí confirmando que la Encarnación del Hijo de Dios llena la vida de sentido, de bondad y de generosidad. 

Recuerdo una anécdota muy simpática de una noche de novenas en la parroquia de Villa Javier en el sur de Bogotá. Rodrigo Quintero, junior jesuita y yo, que iba a iniciar filosofía, salimos al presbiterio de la Iglesia a cantar el villancico “Déjame, niño hermoso, que te cante mi bambuquito…”, de Germán Bernal, S.J. Nunca imaginé lo que iba a suceder. Con la iglesia abarrotada de fieles iniciamos la interpretación acompañados por nuestras guitarras. Al llegar al momento del dúo del “arrurrú”, le recordé a Rodrigo que él haría la primera voz y yo la segunda. Él entendió mi indicación al revés. Como no se sabía la segunda voz, puso una cara de susto terrible y de sorpresa y comenzó a cantar el arrurú con un ronroneo sordo y bajo, completamente fuera de tono… Me callé, pero no pude aguantar la carcajada en plena ceremonia. Tuve que parar, con un poco de vergüenza; respiré, me calmé y me disculpé ante los feligreses. Puestos de acuerdo en que él haría la primera voz y yo la segunda, volvimos a comenzar. Al llegar de nuevo al arrurrú, nos miramos y, sin poder contenernos, estallamos en francas carcajadas que contagiaron a toda la iglesia que veía a dos curitas “totiados” de la risa, tratar de decirle al niño Jesús que se durmiera, cuando lo despertaban con sus risas estruendosas. Tuvimos que salir del presbiterio y entrar a reírnos en la sacristía, mientras el pobre curita se quedó sin villancico. ¡Navidad era también risa y alegría!

También en una temporada de Navidad conocí a quien hoy es mi esposa. Al terminar mis primeros dos años de magisterio, ya había sido destinado a Filosofía y estaba integrándome al equipo jesuita que trabajaba en Cenpro. Ellos vivían en una casa de la calle 39 con carrera 17 en el barrio Teusaquillo de Bogotá. Yo iba a comenzar a dar clases de religión a niños en la televisión educativa de Inravisión. Jorge Uribe, el cura periodista que aún no se había ordenado sacerdote, me pidió que lo acompañara esa noche a entregar regalos de Navidad a los niños que habían enviado sus cartas a El Tiempo. Alberto Duque manejaría el jeep de Cenpro y Jorge tomaría fotografías, pues se había comprometido con el periódico a escribir una crónica ilustrada sobre las reacciones de las familias y de los niños al despertarse para recibir sus regalos. Yo debía anotar y recordar lo que pasaba en cada casa. El almacén Sears, donde trabajaba su hermana menor, Myriam, había donado los regalos pedidos por los niños. Después de cenar, dormimos un poco ‒la jornada sería larga, hasta la madrugada‒. Salimos hacia las 8 p.m. con los regalos, recogimos a Myriam, vestida con el uniforme de Sears y durante toda la noche entregamos los regalos, como estaba planeado. Ese momento navideño en 1971 me puso en contacto con la que sería mi esposa seis años después, en marzo de 1977. Creo que ese fue un momento providencial de Navidad que Jesús puso en mi camino.

A finales de 1974, estaba viviendo un proceso de maduración espiritual, decidiendo si comenzaba los estudios de teología en Chapinero o tomaba otro rumbo en mi vida. Me detuve ante la gruta de la virgen en la cancha de fútbol del colegio San Ignacio en Medellín mientras rezaba el Rosario y sentí interiormente que la Virgen María me decía: “¡Tranquilo, mijito! Esta vida de jesuita ya no es para ti. Vas a seguir el camino de Jesús, pero vete. No vas a pelear con mi hijo. Siempre estarás con él”. Experimenté una profundísima paz y una alegría desbordante que no me cabía en el corazón. María me indicó el camino que he procurado seguir. A pesar de mis faltas y pecados, el Jesús del Evangelio, el Jesús del pesebre, sigue siendo mi orientador, mi Dios y mi Señor. 

Viajé a Bogotá a hablar con el padre Javier Osuna, viceprovincial de formación de los jesuitas. Era diciembre y estaba por comenzar la época navideña. Después de una larga y sincera conversación con mi superior, mi consejero y amigo, Javier me indicó:

‒“Todavía eres jesuita, pero vas a entrar en un proceso de discernimiento. Ve a vivir con tu familia durante un mes o el tiempo que sea necesario, a experimentar interiormente y analizar qué quieres para ti en tu vida y qué quiere Dios para ti. Cada noche, cuando estés a punto de dormir, anotas en un cuaderno qué sientes en tu corazón y en tu espíritu frente al pensamiento de salir de la Compañía de Jesús o de quedarte en ella: alegría, desazón, tranquilidad, tristeza… Lo mismo harás cada mañana, al despertarte. Habla y consulta durante un mes con sacerdotes jesuitas y con compañeros que te conozcan. Cuéntales en qué estás”. 

Luego de corroborar que cada día de ese diciembre sentía solo serenidad y alegría y que mis amigos jesuitas me decían que me fuera en paz, pedí mi retiro jurídico de la Compañía y emprendí el camino de la vida en la Iglesia, como laico, hijo, esposo y padre de familia. 

De regreso a mi familia e inicio de mi nueva vida

La navidad de 1974 con mis padres, hermanos y mi familia me permitió redescubrirla. Me había apartado de ella a los 15 años, en la adolescencia. Volví a los 26, joven inexperto, aprendiz de la vida y dispuesto a recibir lo que ella me guardaba. Fue una verdadera fiesta: Javier me entregó a mis padres, me dejó en casa y me recomendó escribirle a Myriam. Ella estaba de gira por Ecuador y Venezuela con Viva la gente. Su dirección me la dio quien es hoy mi cuñado, el padre Manuel Uribe, S.J. En la carta que le escribí dejé que hablara mi corazón. Le conté que ya no era jesuita y que, si ella me aceptaba, estaba dispuesto a formar con ella mi familia. Me puse en manos de Dios y esperé su respuesta. 

Myriam regresó a Colombia a final de enero de 1975. Nos hicimos novios. A comienzos de marzo el gobierno alemán me otorgó una beca completa para estudiar televisión y comunicaciones en ese país. Me inscribí en el Goethe Institut y estudié con juicio el idioma teutón. Viajé a Alemania a comienzos de octubre. Mi primera Navidad fuera de Colombia la pasé en Dortmund, con una hermosa familia católica que me recibió en su casa. Junto al árbol (Tannenbaum), no sentí más soledad. Quien en ese momento era el hijo menor de la familia Gaumer, Hardy ‒12 años‒, hoy es el gran hermano y amigo que nuestro hijo mayor, Juan Manuel, tiene en Alemania. Sus padres, Eberhard y Gerda me acogieron como un hijo; los hermanos, Mathias, Nanie y Bárbara, fueron mis profesores de alemán y mis amigos durante los meses de aprendizaje del idioma. Hoy Juan Manuel, su esposa Ximena y nuestro nieto, Federico, se sienten acompañados en un país donde el invierno arrecia y en este tiempo de navidad es necesario el calor de una familia. Navidad siguió siendo familia, amor y música.

Con Myriam iniciamos nuestra familia el 26 de marzo de 1977. En diciembre ya estábamos esperando al primogénito y con toda ilusión comenzamos a vivir nuestras navidades. Juntos armamos nuestro primer pesebre en el apartamento que habíamos arrendado en el barrio Sears: un pesebre pequeño, con el que comenzamos a compartir la misma profunda devoción. Con mi guitarra, comprada en Alemania y que todavía conservo, cantaba junto al pesebre, para ella y para el bebé que estaba en camino, mi canción de cuna al niño Dios, “Dulce sueño blando tiene mi Dios…”. Como regalo pude darle a Myriam un anillo muy lindo, complemento del que le había dado en nuestro compromiso matrimonial antes de viajar a Alemania. Desde entonces, ella usa el pisargolla, junto con el anillo de compromiso. 

Juan Manuel nació en mayo de 1978. Cerca de navidad en 1979, cuando aún no tenía dos años, estudiábamos en la Universidad de Columbia, una cuidadosa mamá se quedó con él para que Myriam y yo asistiéramos al concierto de Navidad en el que un coro maravilloso, acompañado por una gran orquesta, cantó el oratorio completo del Mesías de Händel. Sentados en el segundo piso de la iglesia junto a una distinguida señora norteamericana, ella nos preguntó qué hacíamos en Nueva York. Al saber que éramos esposos y estudiantes de Columbia, nos invitó a pasar la noche de Navidad con ella y su familia. Agradecimos emocionados su bello gesto y le dijimos que esa fecha la pasaríamos con las familias de nuestros profesores y amigos Pat Tirone y su esposo Bob Oprandi. Nunca hemos estado solos en navidad, ni hemos dejado de sentir y de vivir el amor y la alegría navideña.

Con los años, llegaron nuestros otros dos hijos y continuamos la celebración de Navidad. Ellos fueron protagonistas en la construcción del pesebre, en el arreglo del árbol y en la iluminación del jardín de la casa. Siempre escribieron sus notas al niño Dios y esperaron con ilusión la fiesta de Navidad. Cuando llegó el momento, a cada uno le explicamos que Jesús hacía posible que ellos recibieran los regalos, pues gracias a él teníamos salud, trabajo, ilusión para conseguir nuestras metas y cumplir nuestra misión sobre la Tierra. En el conjunto residencial donde pasamos 22 navidades, vivieron su infancia, aprendieron a montar en bicicleta, a patinar, a trepar árboles, a hacer amigos, a compartir su adolescencia y su primera juventud. Éramos la familia musical del barrio y todas las noches en el gran parque donde estaba el pesebre comunal animábamos las novenas. Compartíamos aguapanela, buñuelos, y natilla. Navidad era la fiesta de todos. En ella no había sino calor familiar y sincera amistad. 

Cuando llegaba el 24 de diciembre, distribuíamos el escaso tiempo de ese día para hacer un periplo por Bogotá. Almorzábamos donde Cris, la hermana de Myriam. Rezábamos la novena y salíamos a pasar un rato donde mis papás, rezar la novena con mis hermanos y entregarles sus regalos. Luego, casi a las 6.00 p.m. salíamos para la casa de Bertha y Enrique, mi cuñado. Luego de la tercera novena y de cantar un rato las mismas y bellas canciones familiares, a las 9.00 p.m. salíamos para la casa de Alicia, la hermana mayor de Myriam, y a cantar la misa de medianoche, celebrada por mis cuñados jesuitas, cerrando así la noche de Navidad. Después de las visitas, la misa y la repartición de regalos, hacia las 2 o 3 a.m. llegábamos a nuestra casa. El cansancio nos hacía dormir hasta tarde en la mañana del 25, sintiendo algo de nostalgia pues habían terminado las celebraciones. Sabíamos que Navidad es el momento en que Dios se hace hombre en medio de una familia. Jesús no nació para vivir solo.

Nuestras navidades hoy

Después de casi 45 años de matrimonio, ya no vivimos en la casa grande donde crecieron nuestros hijos. Ellos formaron sus hogares y viven su vida. Nuestro apartamento alberga un hermoso pesebre en el que Myriam se deleita cada final de noviembre distribuyendo anacrónicamente zonas geográficas imaginarias: el barrio holandés, el alemán, las casitas campesinas colombianas y el desierto de Medio Oriente. El hueco de la chimenea acoge cálidamente la cueva de Belén con la cuna del niño, las estatuas de María, José, los pastores y los reyes magos, más grandes que las casas. Un ángel proclama la gloria del Señor. Juntos adornamos el árbol de navidad, regamos de luz las terrazas y las ventanas exteriores del apartamento y el primer día de diciembre despertamos a nuestros hijos en donde estén, en cualquier parte del mundo, para que escuchen el villancico “Despierta oh tierra, despierta ya”, como los despertábamos cada primero de diciembre mientras vivieron con nosotros. 

Tal como unió a María, a José y al niño Dios al formarse esa sagrada familia, la navidad nos sigue uniendo como familia. Mientras estemos vivos y llevemos en nosotros la alegría y la paz de navidad, seguiremos adornando de luz nuestra vida y nuestra familia y cantaremos por siempre el Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. 

Jesús y su mensaje nacen en nuestras almas, en el amor a nuestros semejantes, en la búsqueda de la justicia. Para mi patria no quiero más odios en las luchas por el poder. Quiero la paz verdadera para todos. Quiero vivir por siempre la alegría de cantar en coro y de hacer felices a otros. Quiero recibir sobre mi vida, sobre mi esposa y sobre mis hijos, sobre todas las familias, la bendición y la bondad del Señor que nace eternamente en cada Vavidad. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Diciembre, 2021

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El significado cristiano de la Navidad permanece a lo largo del tiempo. La encarnación sigue siendo un misterio, lo mismo que la resurrección. Y la opción de creer o no creer en ellas. Como ya otros blogueros se han referido al contenido religioso navideño, me centraré en el contenido profano que tiene para mí.

Desde muy joven me llamó la atención que en los textos referentes a la Navidad y a la despedida de Jesús había una palabra que se repetía: “…y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc. 2, 14) y “Os dejo la paz, mi paz os doy (Jn 14, 27). Navidad es, entonces, un momento para buscar la paz, para meditar y hablar acerca de ella y para la reconciliación, el reencuentro y el amor familiar y amical.

En mi hogar, Navidad significa también cambio y construcción. Cambio porque hacemos del mes algo diferente al resto del año. Desde el 1º de diciembre el apartamento empieza a oler distinto. Mi hija menor, Inés Elvira, comienza la primera tanda de galletas de gengibre, cuyo aroma inunda el espacio. A lo largo del mes vendrán otras tandas. Es un ritual que se repite cada diciembre y que nos hace sentir que estamos en otro momento anual.

El cambio viene acompañado de una decoración diferente en diversas partes del apartamento, desde la puerta hasta la sala y el comedor. Los colores verde y rojo se toman el ambiente. Hay que hacerle espacio al árbol de navidad, lo que implica mover muebles en un espacio reducido. No hacemos pesebre, pues este es una escultura que hizo mi suegra María Mercedes.

Cambio también en el texto de la novena navideña, después de que hijas y sobrinos preguntaran hace años qué significaban algunas palabras que aparecen en la versión tradicional (de hace varios siglos) que antes leíamos y que hubo que cambiar para que entendieran y apreciaran lo que se rezaba. Ya no más términos como benignísimoprendaentrañassoberanobeneficioAdonaí, padre putativo…, solo comprensibles para los adultos. Niñas y niños debían comprender lo que se rezaba.

Construcción porque nos ponemos el reto de hacer algo distinto todos los años. Los adornos para decorar el árbol combinan lo tradicional con arreglos que se hacen manualmente y toman días de trabajo. Después de más de 30 años el reto es grande para no repetir, pero la tarea se hace con alegría y disfrute.

Una particularidad de nuestro árbol navideño es que, en parte, está adornado con galletas…, para írselas comiendo. Esta característica se convierte en motivo de visita de familiares y amigos de mis hijas, pues es un pretexto para visitarnos y compartir un buen rato. El árbol, entonces, se recrea cada rato.

Navidad es, entonces, hablando en profano, nacimiento de un ambiente que hace pensar en que surge una situación diferente cada año y que invita a la unión y a la celebración.

William Mejía

Diciembre, 2021

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En la cultura caldense la Navidad de los años 50 era una celebración alrededor del cerdo. El 24 de diciembre, antes de las siete de la mañana, se abría la primera botella de aguardiente y se sacrificaba al porcino mientras nos escondían a los chiquitos en una pieza para que desde allí oyéramos los horripilantes gemidos del pobre animal. Luego, nos permitían presenciar la quema y la horripilante y sangrienta despresada del difunto para comenzar con la fritanga, la manufactura de la morcilla, y coma y beba.

Para los adultos, en un primer modelo, Navidad era una parranda con comilona de buñuelos, natilla y fritanga; trago desde la alborada del 24 y baile hasta la alborada del 25. Para la misa de gallo no había tiempo, solamente una media hora para la novena.   

Para los pequeños ya había pasado la recogida del musgo para hacer el pesebre y el encanto de adornarlo con ovejitas, pastores, la mula y el buey, cascadas hechas con papel cristal y laguitos con espejos, y todo al son de los ritmos de Tutaina, Los pastores de Belén… Se acercaba inminentemente el gran momento de la Navidad: la respuesta del niño Dios a las solicitudes pedigüeñas de mil y un regalos. Por la noche, saltábamos alrededor de los triquitraques y las velitas de luces en espera de los regalos. Los mayorcitos presuntuosos guardaban socarronamente ese gran secreto: el secreto que los regalos no los traía el niño Dios.

En resumen, era una celebración de mucha alegría, algarabía y de unión auténtica de la familia extendida. Vista sesenta y cinco años más tarde la Nochebuena, diría, era una celebración predominantemente pagana. 

El segundo modelo fue la Navidad como miembro activo de la Compañía de Jesús, celebración del cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento que vaticinaba que Jesús, hijo de Dios, nacería de una virgen en Belén de Judá. En un ambiente de total recogimiento, de meditación y de completa austeridad celebrábamos la Navidad en medio de contemplaciones y con inmensa alegría interior porque Dios estaba con nosotros, había venido a salvarnos y éramos parte del equipo que iría a difundir la buena nueva. 

Momentos de profunda reflexión, en medio de música religiosa, en donde el villancico Noche de paz, noche de amorpermeaba por doquier. Una experiencia de profunda reflexión, de sosiego interior y de muchos sueños.

La tercera Navidad giró alrededor de Santa Claus con su trineo atiborrado de regalos, halado por Rudolph. Vivía en Estados Unidos con mi familia y la temporada navideña en los años ochenta empezaba el día siguiente al Thanksgiving, festividad que se celebra el último jueves de noviembre. La época de Navidad comenzaba con los grandes descuentos en todos los centros comerciales y un alud abrumador de publicidad escrita y vía medios de comunicación radiales y televisivos. Era una especie de día sin IVA, a super gran escala, que duraba más de tres semanas. 

A mediados de diciembre íbamos con los niños a un vivero de árboles de Navidad a cortar el nuestro, el cual adornábamos cada año con guirnaldas cada vez más vistosas. En Estados Unidos la Navidad se celebra el día 25, en tres sesiones: la primera, los niños se levantan a abrir los regalos colocados a los pies del árbol; la segunda, después del desayuno, se va a visitar a los parientes cercanos y llevarles sus regalos y, finalmente, por la tarde, hay un banquete.

La cena de Navidad era una ceremonia elegante y formal en donde se vestía con la percha nueva o la más elegante y se comía pavo relleno de pan viejo, panceta, manzanas, ciruelas pasas y caldo rociado con salsa de arándanos y se complementaba con un plato de verduras, habichuelas y puré de papa. De postre se servía pastel de manzana o de ahuyama y galletas de jengibre, todo ello acompañado de un buen vino.

En nuestro caso, como no practicábamos ninguna religión, ni los niños habían sido bautizados, no sentíamos la necesidad de participar en ceremonia religiosa alguna. La Navidad era una celebración elegante, de gran sentido familiar y envuelta en un consumismo excesivo.

Finalmente, llegamos al último modelo de la celebración de la Navidad, la que disfrutamos como jubilados. Se trata de una reunión sencilla, preferiblemente con familiares o amigos muy cercanos y no con los hijos, pues ellos viven en el hemisferio norte y el inclemente frío en esa época no se compadece con nuestra edad. Es una reunión en la que priman el buen comer, tipo gourmet, licor, música y conversación agradables, y pocos, muy pocos regalos. Mas bien, pensamos en que otros no tienen tanto como nosotros y disfrutamos compartir con ellos algo de lo que tenemos.

Silvio Zuluaga

Diciembre, 2021

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Siempre hemos considerado el comienzo de la Navidad con la fiesta de la Inmaculada y la tradición de las velitas. Es una fiesta que apreciamos mucho, por el amor y la devoción que tenemos a la Virgen. La Navidad siempre ha sido para nosotros un tiempo muy especial.

Navidad es una época para intensificar los lazos familiares, de amistad y de solidaridad. Tiempo también de orar en familia, y con los amigos mas cercanos y sus familias, con la novena ‒que es sagrada‒, cuya lectura se va rotando de casa en casa. Comiendo en ellas viandas diferentes y tratando de no subir kilos, que es la recomendación que los médicos le dan a uno. A veces, es difícil cumplirla. 

Hay también un momento muy especial en nuestra familia: la realización de una reunión para hacer la natilla y los buñuelos, y almorzar un pequeño asado. Participan todos los miembros de la familia y es un encuentro especial entre todos, especialmente con los hijos jóvenes con quienes a veces no se tiene un contacto tan cercano durante el año. Cada miembro de la familia realiza una actividad y tiene delegadas sus funciones.

Consideramos este un tiempo de alegría y paz y de agradecimiento por el año que termina y para expresar los buenos deseos por el tiempo que viene, siempre con la esperanza puesta en el Señor que nace y que está con nosotros. Es un tiempo de sencillas oraciones y de rezar la novena antigua, que no ha sido posible reemplazar a pesar de los esfuerzos de sacerdotes,  parroquias, etc. Esta antigua novena genera devoción, así muchas palabras y frases estén construidas con un lenguaje antiguo. Naturalmente, es también un tiempo de algo de nostalgia por los familiares que ya no están con nosotros, pero de quienes tenemos un vivo recuerdo y la esperanza de encontrarnos más adelante de una manera diferente.

También es una época en que procuramos relacionarnos más de cerca con nuestros colaboradores en la empresa, con los celadores, los aseadores, los mayordomos, etc. Siempre están presentes para agradecerles por su trabajo y compañía.

Es un tiempo en que todo se viste de colores que alegran el espíritu. Sentimos que el ambiente se distensiona para vivir un momento diferente del año. Disfrutamos muchísimo toda la música de este época. Desde los primeros días de diciembre aparece en nuestra casa la música navideña, que tiene un tinte muy especial. Buscamos siempre ver los conciertos de Navidad que haya disponibles, con cantantes y orquestas que interpretan nuevamente toda esta hermosa música. En la medida en que podíamos, antes de la pandemia asistíamos a algún concierto de coros en Bogotá en el que se interpretara la música navideña.

Navidad es un tiempo de compartir y los regalos son una forma de hacerlo. Tiempo en que nuestro espíritu se abre a los demás para recordar que todos somos uno en la humanidad y que ese es el mensaje que trae el huésped de Belén. Un momento de tener la esperanza en que podemos ser más fraternos y solidarios.

Finalmente, participamos en las ceremonias religiosas que en esta época se profesan, no por obligación, sino por convencimiento y fe. Participamos con la Iglesia de la alegría de estas fiestas.

Sea el momento de expresarles una feliz Navidad y un Nuevo año con esperanza, salud bienestar y progreso en todos los frentes . Gracias por la amistad y por compartir tantas cosas buenas este año.

Un abrazo de Pedro José Benítez y Angela María Jaramillo.

Diciembre, 2021

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Las cartas son algo de la entraña de la Navidad. ¡Cómo no recordar las cartas escritas al niño Dios en diciembre, que muchos hicimos y también nuestros hijos o nietos! El breve texto siguiente “voltea la torta”: es la carta de una madre y un padre a sus hijos y nietos.

Queridos hijos y nietos: 

La Navidad significa hacer un alto en el camino y pensar en todas las cosas buenas y lindas que nos han pasado en este año y dar gracias a Dios por cuidarnos y darnos salud a todos.

La Navidad es el mes más lindo del año, el mes donde compartimos con la familia y amigos y les deseamos lo mejor para el año que viene.

Gracias a cada uno de ustedes por su amor, enseñanzas, respeto, comprensión, tolerancia y apoyo para sacar adelante todas los sueños y metas que cada uno de nosotros tiene en su vida.

Espero y deseo que siempre nos apoyemos y estemos juntos, uniendo energías para ser felices y alcanzar nuestros sueños.

Nosotros disfrutamos y celebramos cada triunfo y cada meta alcanzada por cada uno de ustedes.

Los queremos mucho y nos sentimos muy felices y orgullosos de la familia que tenemos. Que sigamos disfrutando de la compañía de todos.

Feliz Navidad

Con amor, Bito y Bita  

Diciembre, 2021

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Los antioqueños tenemos una forma muy peculiar de celebrar la Navidad. En primer lugar, por lo general nos encanta. Pero además hacemos y decimos cosas que no se usan en ninguna parte del mundo.

En Navidad los paisas visitamos la iluminación de la ciudad, en barra, con la familia y los amigos, y chicaniamos del alumbrado con todo el que hablamos de otras ciudades o países.

Prendemos velas la noche del 7 de diciembre, también en familia, y fuera de eso hacemos bolas de esperma con lo que queda, para guardarlas y agrandarlas al año siguiente.

En familia rezamos cada noche la novena de aguinaldos, pero eso sí la tradicional, no aceptamos otra. Y cantamos los gozos y villancicos. Los niños son el centro de la novena, que es gran ocasión de reunión familiar y amigos cercanos.

Hacemos y comemos natilla, buñuelos y hojuelas por montones, los regalamos y recibimos de todo el mundo. Otros siguen la tradición de matar marrano o pisco emborrachado con aguardiente. Damos aguinaldos hasta al perro y al gato, sin exagerar. Baraticos, pero pa’ todos.

Tenemos que tener pesebre en la casa, la finca, la oficina. Aún elevamos globos, a pesar de lo peligrosos que son, pero no hacemos caso, cabeciduros como buenos paisas. Muchos conscientes ya usan globos que no causan incendios. Unos cuantos queman pólvora al escondido, y otros regañan, pero todos la añoramos. 

El 24 en la noche escondemos el Niño con cualquier billetico. Lo buscan los niños y los adultos metidos a niños.

Nos pegamos la lloradita en la noche de Navidad o de año nuevo, no la perdonamos. Nos ponemos cucos amarillos el 31, o comemos 12 uvas, o le damos la vuelta a la casa o manzana con una maleta o maletín en la mano. Quien quita que podamos ir a Estados Unidos. Y se quema el año viejo, pero lejos de los niños.

Bebemos porque sí o porque no. Porque estamos contentos o tristes, solos o acompañados. Eso sí, que no nos den trago extranjero.

Nos encanta recitar el brindis del bohemio el 31 y si no lo sabemos buscamos a quien lo sepa para que lo haga. Hacemos los mismos propósitos de cada año, porque este año sí…

Nos volvemos más abrazadores, besuqueadores, piropeadores. Recordamos a los que no están con nosotros y para ello alzamos la copa.

Llamamos por teléfono o celular a la medianoche a quienes quisiéramos que estuvieran y nos quejamos porque no hay línea. Y también celebramos el 6 de enero.

¡Nos sentimos más paisas que nunca!

Samuel Arango M.

Diciembre, 2021

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Mientras trataba de responder esta pregunta, recibí un chat de una sobrina con una crónica periodística extraordinaria y nostálgica que me transportó a los recuerdos de mis padres y abuelos. Hablaban personas de 80 y 90 años; el lenguaje, el acento, los escenarios, las costumbres, los pueblitos, las creencias, los nombres de las personas, los objetos, los recuerdos… aparecían con un realismo sencillo y espontáneo, que me conmovieron hondamente.

Aunque el relato de mi sobrina no se refería a la Navidad, me di cuenta de que me resultaba imposible separar el hoy del pasado. ¿Qué significa para mí la navidad en este momento? Sobresalen las relaciones: de nosotros, como padres, con nuestros hijos, y lo que fueron las relaciones con mis padres y mis hermanos.

Por ejemplo, algo tan simple como los nombres propios de esta temporada: el pesebre, el nacimiento o el belén…, sinónimos de la representación de la Navidad de Jesús… Y, en otro contexto, la novena, los regalos, los buñuelos y las natillas, el árbol, sus arreglos, el ajiaco. 

Hay, entonces, cosas y detalles que van cambiando, mientras existe un trasfondo permanente. Cuando pequeños nos dedicábamos a hacer el pesebre: todo un pueblito o casi comarca, con las casitas de cartón, los ríos de papel de plata y hasta agua corriendo, las ovejas, las gallinas, la mula y el buey; los reyes magos que se iban acercando día a día; san José y la Virgen, junto al pesebre, todavía vacío hasta el 24 por la noche. Y ese día, en la cena, antes o después de la “Misa del Gallo”, con sus villancicos, la comida preparada con cariño, la reunión familiar y los postres y golosinas de la época. 

Toda una experiencia, con el peligro, sobre todo hoy día, de ocultar o envolatar el significado de la fecha: el nacimiento del niño Jesús o el niño Dios, según la forma de nombrarlo.   

En el trasfondo de los festejos y celebraciones, del ambiente alegre y familiar, de las costumbres y tradiciones cambiantes, se oculta un misterio, un acontecimiento trascendental que parte la historia, al menos occidental, en dos: tanto que se cuentan los años como antes y después de Cristo. Eso, por fuera, en el tiempo y el espacio…, pero por dentro, tanto ayer como hoy, el significado profundo de la navidad es la Encarnación del Hijo de Dios.

Estamos acostumbrados a recitar este misterio, pero nos quedamos tratando de comprender qué significa. Ya no basta la reflexión, sino que la fe nos ayuda a encontrar el sentido de esta fecha o, mejor, de este hecho histórico y trascendente a la vez: Jesucristo nos revela a Dios Padre que lo envía al mundo, primero a Él y, complementariamente, a su Espíritu. 

La encarnación del Hijo de Dios es incomprensible en sí misma. Lo que sí podemos comprender es la manifestación de Dios en el Jesús histórico de Nazaret y en el Jesucristo resucitado y viviente en la historia y en la comunidad humana. 

La Navidad hoy significa para mí el nacimiento histórico de Jesús como hijo de María, y el comienzo de la plenitud de la Revelación progresiva de Dios en la historia. 

Vicente Alcalá Colacios    

Diciembre, 2021

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Este segundo artículo sobre el significado de la Navidad comienza con una referencia literaria a Dickens, y luego comercial, para pasar a la experiencia personal de esa época del año en un contexto de pobreza. Otro significado llegó más tarde.

Paparruchas.

Así llamaba el avaro Scrooge a las festividades navideñas, en Canción de Navidad, de Charles Dickens, como fría explicación a su falta de sensibilidad por todo lo que no fuera dinero.

Los comerciantes de hoy le aconsejarían que fuese más práctico. Pues si tanto amaba el frío metal, debería invertirlo en llenar el mercado de todos los objetos que, la imaginación humana y la tecnología, pueden crear para satisfacer la demanda de los pueblos cristianos en esta época. Los chinos hace rato siguen este consejo. Se hacen ricos aprovechando las necesidades creadas por las diversas costumbres. La ideología es lo de menos.

Mi papá también era práctico. Era diciembre de 1952 y no tenía dinero para regalarnos los juguetes que pedíamos al niño Jesús, en una carta dejada bajo el viejo pesebre que desempolvábamos y decorábamos cada año. Optó por regalarnos una cruda verdad: el niño Jesús no trae los regalos, ni los magos y mucho menos Papá Noel. Claro, lo poco que tenemos a Dios lo debemos y no necesita envolver nada en papel para que le demos gracias. Hagamos una fiesta de Navidad rezando el Rosario y cantando los villancicos de radio Sutatenza.

Y así se hizo aquella noche del 24 de diciembre. Los siete hijos (de los 11 que formaríamos luego la pollada completa), unimos las voces al coro de la radio y celebramos cantando el nacimiento de Jesús en Belén.


De la cocina mamá trajo natilla y leche, pero no pudo contestar a la pregunta de una de mis hermanas: “¿por qué esta vez no hay buñuelos?”.

Papá la fulminó con su mirada como respuesta y luego le dijo: no vayas a quemarte con la leche por bocona. Pero sí hubo buñuelos y más natilla al día siguiente por cuenta de una vecina que nos visitó para compartir, mientras saludaba diciendo ¡feliz navidad! a todos.

Muchas navidades pasaron en casa sin árbol ni regalos. Las novenas eran sobrias; el viejo pesebre menos colorido y más lacerado, aunque el niño se mantuviese lozano y sonrosado, pues pasaba la novena escondido.

La dulzura de navidad solo vino a revelarse en el Noviciado de La Ceja, cuando algunos de ustedes se acercaron cantando Noche de Paz a mi cuarto para entregarme la sotana. Desde ese día para mí ha sido Nochebuena. Desde aquel diciembre supe que dar y recibir cantando es lo que define la Navidad y que esa actitud de compartir cosas, abrazos y sueños nos hace familia.

Los jueves con ustedes refuerzan en mi ese mismo sentimiento. Gracias.

Luis Arturo Vahos

Diciembre, 2021

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Estoy en los 77 años de esta existencia. Me piden mis compañeros de hace muchos años que les comparta mis pensamientos sobre este tema. Al hacerlo, pienso en tantos eventos, situaciones, memorias vividas en diferentes etapas de mi vida, relacionadas con estos días. Se reúnen en mi mente tres palabras con las cuales quiero sintetizar lo que siento hoy, cuando se avecina la época de la Navidad en este mundo donde tengo el privilegio de existir: encuentro, revelación y descubrimiento.

Desde mis años de infancia y adolescencia, la Navidad fue la época de grandes encuentros familiares y de amigos, alrededor de un pesebre que mi madre construía desde el comienzo de diciembre, con las figuras típicas de la familia del Jesús que llegaba, acompañado de José y María, los pastorcitos y los infaltables reyes magos. Pesebre en el cual mis hermanos me enseñaron a “mover” las figuras gradualmente durante nueve días, hacia el punto central de la chocita donde la Virgen y San José, estaban listos para el día del nacimiento, el encuentro del Dios de nuestra fe familiar con los pobres y los ricos, personificados en los pastorcitos y los reyes magos. La familia entera se preparaba, noche tras noche, en el rezo de la novena entre villancicos, arequipe y buñuelos y se suplicaba al que vendría al encuentro, que… “no tardes tanto, Jesús, ven, ven”. 

Descubrir quién realmente traía los regalos de la noche de Navidad en los años de la temprana infancia se volvió tarea fácil de resolver al tener cinco hermanos mayores que se divertían con la inocencia del menor…, aunque me quedaba la sensación de haber sido engañado con “mentiritas” por mi propia familia. Revelar el secreto, la magia de esos años, era tarea de los mayores para con los pequeños y de los religiosos empeñados en inculcarnos que eso era el comienzo de la “revelación” de Dios a los hombres, lo que por supuesto no entendía.    

Mas tarde, en mi juventud, la Navidad fue adquiriendo un carácter de mayor importancia en mi vida asociada con los jesuitas, cuando fui descubriendo que esa conmemoración milenaria de un nacimiento significaba un encuentro del mismo Dios con la naturaleza humana, al “encarnarse” en un ser humano como nosotros, al “revelarse” de una manera humilde, pero profunda, para que descubriéramos  su papel “liberador” de nuestros supuestos pecados al, digámoslo así, “rebajarse” hasta nuestro nivel… desde sus alturas eternas.    

Poco a poco, a lo largo de mis estudios de Filosofía y Teología, y mi formación de jesuita de entonces, la celebración de la Navidad siempre fue una época bella de encuentro comunitario, encuentro con la familia, encuentro con los amigos y los alumnos y reafirmación de una fe que en ese entonces se mezclaba con tradiciones de fiesta y profunda reflexión y oración, reverenciando un momento crucial del sentido de mi vocación de entonces al encuentro, servicio, revelación  y entrega a los demás a través de quienes se cruzaran en el camino de una vida joven de quien se preparaba para el sacerdocio católico en la Compañía de Jesús.

Al cambiar el rumbo de mi vida, hace 47 años, para completar mis estudios profesionales, vivir en otras culturas, trabajar en empresas multinacionales, pero más importante que todo, fundar una familia con mi esposa y educar a nuestros hijos, la época de la Navidad comenzó a traer necesariamente un cuestionamiento en varios aspectos. El dilema siempre estuvo entre mantener unas tradiciones de otro momento de religiosidad para los dos o ser genuinos con nosotros mismos ‒con nuestra poca o ninguna religiosidad‒ y educar unos hijos en un ambiente cultural, relativamente religioso, pero lejos de los fanatismos que comenzaban a manifestarse paulatinamente en nuestro entorno y en el mundo. Decidimos dejar esa decisión a cada uno de ellos, ofreciéndoles oportunidades de educación global y culturalmente diversa, sintiendo la necesidad de ser nosotros mismos con ellos y complementar o ayudarles a cuestionar lo aprendido en el colegio con el ejemplo de los valores recibidos del encuentro familiar de la Navidad, la proyección social de la “llegada” anual del pesebre a través de novenas reeditadas por mí y los adornos navideños a nuestra casa y los regalos no ya de la familia sola, sino los de familiares, amigos y hasta los infaltables “amigos secretos”. 

Aún recuerdo el dilema con Pilar de cómo no mentirle a nuestros hijos sobre quién realmente traía los regalos de Navidad. Nunca quisimos confirmar ni negar que las tradiciones de Papá Noel, el Niño Dios o Santa Claus desde el polo norte lo fueran. Preferimos afirmarles que esos símbolos de la infancia para muchos no eran sino una manera de ayudar a los niños a comprender que, al saber quién realmente traía los regalos, se había llegado al momento del “aprender a dar”, cuando se experimenta la satisfacción del “hacer feliz a otro”, superior ciertamente que la del recibir.  Les ayudamos a descubrir en su vida que su experiencia hasta ese momento había consistido en recibir y que, de ahora en adelante, el dar pasaría a ser lo más importante para el resto de sus vidas. Navidad, además de seguir siendo la época de encuentros con nuestra familia y amigos a través de las novenas, continuó con ese sabor de descubrimiento de unos con otros, de revelación de la profundidad del afecto de unos con otros y del compartir y de hacer un balance de lo vivido durante el año, de volver a revivir los encuentros con familia, amigos y muchas veces, amigos de los amigos…

Los hijos crecieron y ya se fueron de nuestra casa a seguir sus caminos. Nuestra vida profesional siguió y se ha ido transformando para vivir no para las profesiones, sino como resultado de ellas. Nuestras profesiones germinaron en múltiples maneras, tanto para Pily como para mí.  Las novenas de Navidad en casa, cuando nos encontrábamos con amigos, familias y colegas de trabajo, poco a poco fueron disminuyendo en cantidad y frecuencia. Ahora, los adornos navideños iluminan nuestra vivienda más como un símbolo y recuerdo de días intensos de familia, de encuentros, revelaciones y descubrimientos.

Este último año, la pandemia ayudó a reducir nuestra noche de Navidad a su mínima expresión física. Los cuatro: papá, mamá, Santiago y Camilo, celebramos por primera vez una Navidad ¡sin nadie más! Solos, en nuestro apartamento, tuvimos una de las noches más memorables de nuestra vida en familia, ya adultos. Cenamos, conversamos, bebimos, bailamos y celebramos de múltiples maneras la alegría de nuestras vidas, el encuentro de nuestras existencias, nuestra diversidad como personas, nuestra similitud de valores, nuestra felicidad de estar eternamente para los demás, la alegría de sentir que nacimos para el encuentro con otros y para el continuo descubrimiento de nuestras vidas individuales como el gran objetivo de las mismas. 

Comprobamos esa noche que no hacía falta la presencialidad de nuestros encuentros para sentir la cercanía con nuestras familias y amigos. Sentimos que la alegría del existir la habíamos estado sintiendo durante estos meses largos de la pandemia en el encuentro y el descubrimiento con muchísimos amigos, compañeros, familiares, exalumnos y colegas a través de nuestros encuentros y descubrimientos por zoom en infinidad de reuniones semanales o mensuales o en las interminables conversaciones individuales por chat o por teléfono, en las cuales nos encontramos y nos descubrimos unos con otros. En el dolor de la pérdida de seres queridos para unos o en la alegría de la superación de la enfermedad para otros viajamos a lo más profundo de nuestras existencias y nos encontramos unos con otros, nos descubrimos pacientes o impacientes, optimistas o pesimistas, radicales o polarizados o comprensivos. Aprendimos a escuchar a los otros, a descubrir al otro que creíamos que conocíamos; descubrimos amigos nuevos y aprendimos la revelación de los demás en múltiples sesiones y encuentros; compartimos nuestros escritos con muchísimos a través de nuestro blog; escuchamos y leímos a tantos, tantas veces. 

En los últimos meses hemos tenido talvez la oportunidad de vivir en nuestras vidas una experiencia que nos ha acercado a niveles nunca antes pensados de nuestro existir a través del tiempo y el espacio que nos fascina y nos hace sentir la humildad de nuestra pequeñez en el universo, así como el potencial de nuestra conciencia.  

Creo, además, que estos dos últimos años la Navidad, en todo su esplendor y sabiduría, nos ha envuelto y nos ha magnetizado a cada uno de forma diferente, pero nos ha demostrado una y otra vez, que ese nacer ‒que conocimos en nuestra infancia de un niño en un pesebre‒, tenía mucho más sentido para nuestras vidas que lo que fuimos aprendiendo durante nuestros largos años y lo seguirá teniendo en los años que vienen, pues solo a través del encuentro, la revelación y el descubrimiento de nosotros mismos, de otras personas, empresas, naciones y el universo entero, creceremos y nos reconoceremos en el otro, en nuestro hermano y quien esté frente a nosotros. ¡Entonces podremos decir que hemos entendido y vivido que la vida entera es Navidad!   

¡Feliz Navidad!

Darío Gamboa

Diciembre, 2021

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El texto que sigue es un testimonio existencial, que combina máximas que han orientado y marcado la vida, con reflexiones sobre el comportamiento humano. Aunque el autor no lo propone, es una sutil invitación a escribir para nosotros mismos las pautas que han dirigido nuestro comportamiento en este mundo.

Estas son las ideas y convicciones que han dirigido mi vida, dándome paz y felicidad. Las fui construyendo poco a poco. Decidí compartirlas, en caso de que alguna le sirva a uno o más de mis lectores, a quienes invito a pensar en las directrices que han orientado y hoy guían su existencia.  

  • Las personas valen por lo que son y no por las apariencias o por lo que tienen.
  • Como seres humanos todos somos iguales, sin negar que existen diferencias. Por eso, no me inclino ante nadie (Papa, Presidente o Gerente), ni miro por encima del hombro (al barrendero, la cajera o el embolador).
  • No ha nacido la persona que quiera comprarme o chantajearme.
  • No soy esclavo de nada (el qué dirán, la publicidad, la moda, el celular), ni de nadie (un líder político o religioso, una star, una ideología).
  • Vivo de acuerdo con mi conciencia y no del que dirán. No busco alabanzas; las críticas sin fundamento no me afectan.
  • Creo que tengo algunas cualidades, pero también soy consciente de mis defectos.
  • Cuando cometo un error, lo reconozco antes de que lo descubran o me lo echen en cara.
  • En vez de criticar por la espalda, digo las cosas de frente, dando razones objetivas y proponiendo soluciones. Si algo le sirve a mi interlocutor, muy bueno; si no acepta nada, no hay problema.
  • A causa de lo anterior perdí promociones profesionales, pero quedé en paz conmigo mismo.
  • No soporto las injusticias. Quisiera ser el ángel exterminador para acabar con quienes las cometen (dictadores, violadores, esclavistas, terroristas).
  • Si fuera juez, no dudaría en condenar a mis padres, si tuviera que hacerlo, pues la justicia es para todos. Y el que crea que son cuentos, que le pregunten a mi esposa.
  • Ver para creer. Obras son amores y no buenas razones.
  • Hago favores porque me nace, sin esperar que me digan ¡gracias! Así, no sufro decepciones.
  • Me enseñaron a decir la verdad. Si miento, se me nota hasta por teléfono.
  • Todo el que nace, se muere, luego la muerte es algo normal y natural. Preguntarse «¿por qué?» no aporta ninguna respuesta y es amargarse la vida por nada. Nadie se muere la víspera.
  • Me rio de quienes piensan que si hacen un testamento se mueren inmediatamente. Prefieren dejar problemas. Yo hice el mío hace 30 años, lo pongo al día de vez en cuando y ¡sigo vivo! No acepto una vida artificial, hago donación de mis órganos y que me incineren.
  • Un problema, o tiene solución, o no la tiene. Si la tiene, debe aplicarse lo más pronto posible. Si no la tiene, lo mejor es aceptar la realidad cuanto antes y seguir adelante en la vida.
  • Si las propagandas fueran verdaderas, las personas y el mundo serían perfectos.
  • Antes de comprometerme con una novia, decía claramente las cosas en que no cambiaría y hasta las causas de divorcio. Y como para mí los amigos tienen un gran valor, advertía que se los presentaría todos (mujeres y hombres). Que veríamos juntos a los que ella aceptara, o yo solo a los que no. Si llegara a ser celosa, terminaríamos, pues sufriría toda la vida.
  • Como pareja, haremos el máximo de cosas juntos, pero cada cual puede practicar la actividad que al otro no le guste. Entre gustos, no hay disgustos.
  • A los jóvenes, y en particular a ellas, les aconsejo que estudien, trabajen, viajen, convivan con el novio y después sí piensen si se casan. 
  • Como muchos divorcios o peleas son a causa de la plata, mi teoría es la siguiente: cada uno pone el mismo porcentaje para los gastos cotidianos; y de lo que le quede a cada uno, 50 % para un fondo común ‒para imprevistos, vacaciones, etc.‒. Con el 50 % restante, que cada uno haga lo que quiera. 
  • Para que una pareja se realice, cada uno se tiene que realizarse como persona.
  • En cuanto la repartición de los trabajos caseros y familiares, evidentemente, la mitad le corresponde a cada uno.
  • Creo en la gente hasta que me demuestren lo contrario. La persona que traiciona mi confianza, desaparece de mi vida.
  • La envidia, codicia, celos, ira, odio, etc., solo nos hacen daño a nosotros mismos y no al que las provoca.
  • Vivir en paz y feliz es más importante que todos los bienes materiales, promociones y títulos profesionales.
  • La ambición rompe el saco. Por querer siempre más, no se disfruta del momento presente.
  • Si no creemos en otra vida, se viene de la nada para volver a la nada. En cambio, sí creemos, se nace para morir y se muere para vivir.
  • No le hagas a los otros lo que no te gusta que te hagan. Más bien haz a los otros lo que te gustaría que hicieran por ti. Por eso, soy donador de sangre regularmente y donaré mis órganos cuando me muera.
  • Compartir es el secreto de vivir.
  • Todo extremismo es malo. “Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre”.
  • Los que piensan que con el trago o el cigarrillo olvidan y resuelven los problemas están equivocados. Se resuelven afrontándolos y no evadiéndolos.
  • Siempre he tenido buena salud gracias al deporte, a no fumar, a comer de todo un poco, al optimismo, a dormir mínimo ocho horas, a no preocuparme por bobadas, a reírme todos los días ‒aun de mí mismo‒, a la autosugestión, etc.
  • De qué le vale al hombre conquistar el mundo si pierde su alma.
  • Hay que asumir que cuando se escoge u opta entre dos posibilidades, se gana de un lado y se pierde del otro. Tesis – antítesis – síntesis.
  • Creo en Dios, que es mi amigo, pero poco en la jerarquía de la Iglesia.
  • Hay un solo Dios y varias religiones. Por eso, es mejor ser un buen judío, protestante, musulmán, budista, etc., que un mal católico.
  • Solo le pido a Dios: salud, paz, un techo y el pan de cada día. Acumular bienes materiales no me interesa.
  • Humanamente gano más con la experiencia de un viaje que teniendo muchos bienes materiales. Por eso, he visitado bastantes países.
  • Siempre viví con el salario que ganaba, ahorrando para los imprevistos, y sin ninguna deuda. Esto me aportó mucha tranquilidad.
  • El frio y la oscuridad del invierno no me afectan pues el sol brilla en mi interior.
  • Es mejor morir con buena salud que enfermo.
  • Como jubilado empecé la última etapa de mi vida, que se terminará con la muerte. Por eso, ¡a disfrutar se dijo!

Eduardo Pardo M.

Noviembre, 2021

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