Home Cultura
Categoria

Cultura

Esta sección está abierta para compartir artículos, libros, reseñas, poesía, música, artes plásticas, artesanías, etc., todas expresiones creativas de diferentes personas, culturas, países y épocas.

salvador guillermo allende gossens, president, chile-153909.jpg
Download PDF

Cuando se menciona el 11 de septiembre se tiende a pensar en el atentado terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, celebración que ayer copó los medios en gran parte del mundo al conmemorarse 20 años de ese luctuoso hecho. Pero en América Latina hubo otro 11 de septiembre, hace 48 años: el golpe que derrocó a Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido por voto popular.

Los medios y la opinión pública están colmados de noticias y artículos sobre los 20 años del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York. Con razón, porque ese atentado marcó la historia del siglo XXI, que en su eterno retorno vuelve ahora con la retirada del ejército estadounidense de Afganistán, después de 20 años de una guerra inútil que solo sirvió para reemplazar al gobierno autocrático y represivo de los talibán con un gobierno autocrático y represivo de…. los talibán.

Tanta difusión mediática sobre este aniversario opaca el recuerdo y la conmemoración de otro 11 de septiembre luctuoso, el de 1973, del que se cumplen 48 años, que también cambió la historia de América Latina. Ese día aciago se produjo uno de los más sangrientos golpes de Estado de la historia latinoamericana, cuando el traidor general Pinochet derrocó al gobierno legítimo de Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido por el voto popular.

Por esas paradojas de la historia, Estados Unidos fue actor principal de ambos hechos: en el de 2001, como víctima del terrorismo, y en el de 1973, como victimario terrorista, pues el paso de los años ha permitido conocer el papel protagónico que tuvieron en el golpe militar la CIA y Nixon, el “sanguinolento presidente, el genocida de la Casa Blanca”, como lo llamó el gran Pablo Neruda, que financiaron y organizaron los cacerolazos y entrenaron a los militares golpistas.

Todavía están vivas en la memoria las imágenes del día del golpe, con el ejército tomándose las calles y disparando contra civiles desarmados, y el bombardeo del Palacio presidencial por la misma aviación chilena. Después, las noticias dolorosas de la represión contra los opositores a la dictadura, la violencia, los asesinatos y la tortura cometidos en nombre de la civilización cristiana para conjurar el peligro comunista. Luego, las reformas económicas neoliberales de los Chicago Boys que hicieron de Chile uno de los países con mayor desigualdad en la región.

También resuenan las proféticas palabras del presidente sacrificado, en su última alocución al pueblo chileno bajo el estruendo de las bombas de los traidores: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. (…) Trabajadores de mi patria, sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

Pasaron 17 largos años para que el pueblo chileno tumbara en las urnas la corrupta dictadura y se abrieran las grandes alamedas. Volvieron la libertad y la democracia, aunque restringida porque siguió vigente la Constitución de Pinochet. El modelo neoliberal se suavizó un poco con reformas sociales que disminuyeron la pobreza, pero continuó la enorme concentración de la riqueza.

Como es conocido, las tensiones sociales producidas por la inequidad explotaron a finales de 2019, cuando se armó el baile de los que sobran, que condujo primero a un referendo y luego a una inédita Asamblea Constituyente, en la que la mayoría no la tienen los partidos tradicionales, ni de izquierda ni de derecha, sino nuevos movimientos, ambientalistas, de izquierda o independientes. 

Este otro 11 de septiembre es un aniversario luctuoso, pero lleno de esperanza porque se vislumbra que abiertas las grandes alamedas se podrá construir una sociedad mejor.

Mauricio Cabrera Galvis

Septiembre, 2021

1 comentario
1 Linkedin
veteran, american, independence-1807121.jpg
Download PDF


La historia no se detiene, y menos la del hambre, las guerras, el exterminio. Hoy son los afganos que huyen de los talibanes, dueños del poder, inversamente a lo sucedido en 2001, cuando eran estos religiosos fundamentalistas islámicos y sus seguidores los que escapaban tras el derribamiento de las Torres Gemelas de Nueva York, que trajo como consecuencia la invasión militar estadounidense en Irak y Afganistán.


La historia de la humanidad se puede contar como la historia de los desplazamientos de naciones que han migrado a otras escapando del hambre, las guerras, los regímenes políticos. Lo que está sucediendo en Afganistán es una tragedia. No es un desplazamiento más de pueblos, como posiblemente estemos acostumbrados a ver en la historia mundial más reciente. Si lo vemos de esa manera, habremos caído en la indiferencia o en la adicción al espectáculo del sufrimiento ajeno. Ahí están los sirios huyendo de su tierra; las interminables noticias de africanos tratando de cruzar el Mediterráneo para llegar a las costas de la Unión Europea. Para no ir más lejos, los cientos de miles de centroamericanos atravesando México a fin de encontrar el paso hacia Estados Unidos; los incontables venezolanos que atraviesan nuestras fronteras huyendo del régimen vecino, y el apiñamiento de haitianos en Necoclí tratando de embarcarse en una lancha para pisar territorio panameño y seguir hacia arriba, hacia el cielo del sueño americano.    

De mi infancia me han quedado sin remover los relatos bíblicos de la huida de los judíos de Egipto tras años de cautiverio bajo los faraones. Creía entonces que esa era la primera y última huida de un pueblo buscando tierra prometida. La imagen quedó fija en mi memoria quizás porque la lectura de la Biblia en la escuela fue la historia dramática mejor y más contada. Pero los estudiantes de ayer fuimos saliendo de nuestro pequeño observatorio y aprendimos a golpes que la historia de la humanidad es la historia de las migraciones. La más sonada después ha sido la de los irlandeses yendo hacia América, la llegada en barcos repletos de soñadores mirando a Nueva York. Sueños, júbilo, lágrimas. El cine y la literatura nos encantaron con ese “exilio dorado”, pese a que era el escape de más de un millón de irlandeses de la Gran Hambruna que padecían en su país a mitad del siglo XIX.  

La historia no se detiene, y menos la del hambre, las guerras, el exterminio. Hoy son los afganos que huyen de los talibanes, dueños del poder, inversamente a lo sucedido en 2001, cuando eran estos religiosos fundamentalistas islámicos y sus seguidores los que escapaban tras el derribamiento de las Torres Gemelas de Nueva York, que trajo como consecuencia la invasión militar estadounidense en Irak y Afganistán. Craso error. Los habitantes de este último son descendientes de pueblos antiquísimos, mencionados por el historiador viajero Herodoto, 450 años a.C., en el libro IV de sus Historias, cuando se refiere a los pastunes. 

Los afganos son un pueblo que habita desde hace siglos entre montañas, tan agrestes e inexpugnables que ellas solas derrotaron, se podría decir, tropas y tanques rusos que apoyaron una guerra interna entre grupos guerrilleros por más de diez años hasta 1992 cuando los soviéticos se retiraron. Ahora son las tropas norteamericanas las que se retiran, sin pena ni gloria, dejando en manos de los talibanes la persecución ignominiosa de innumerables afganos que reescribirán la historia humana con su huida.

Jesús Ferro Bayona

Septiembre 2021

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Atribuido al Maestro y poeta musulmán Kabir (1398-1518), el texto que poseo es una traducción de 1993, basada en la edición crítica de Swami Yugalanda (1914), editada bajo la supervisión del Maestro Sant Ajaib Singh, quien me inició en 1987.

Kabir advierte que “solo unos pocos santos lo entenderán”. Tal vez por ello sus enseñanzas han originado varias corrientes espirituales y religiosas en la India, que hacen énfasis en aspectos a veces contradictorios.

Yo lo describiría como un drama cosmogónico, donde la Eternidad y el Tiempo están personalizados en dos entidades: el indescriptible, todopoderoso y compasivo Sat Purush, y uno de sus hijos, con quien disputa, el poderoso Kal, la simiente inmortal de la vida, la cual es creada inicialmente por Sat Purush como emanación de su propio Ser eterno y, luego, es tomada por Kal para mantener su propio universo temporal, compuesto por tres planos de existencia: material, astral y el causal.

En este drama, Sat Purush decide llevar de nuevo a su hogar eterno las almas atrapadas por Kal en innumerables cuerpos, donde transmigran sin esperanza de liberación, en la rueda del Samsara.

Para hacerlo, encomienda la tarea del rescate a otro de sus hijos, que no es más que Él mismo en cuanto Verbo Encarnado, quien aparece en la forma de algún hombre santo. Este Santo o Maestro vive como un hombre o mujer perteneciente a un pueblo o cultura para ilustrar a las almas sobre la existencia del Hogar Eterno al que pertenecen por derecho, situado más allá del cuarto plano de existencia (denominado Sachkand). Además de ilustrar a las almas sobre su realidad, logra despertar dentro de ellas la añoranza por la eternidad y las conecta, mediante su poder, con la corriente ascendente del Shabda, la cual resuena en el interior de cada uno y hala hacia esa dimensión.

Kal, a su vez, intenta por todos los medios mantener a las almas en los planos temporales. Utiliza también a maestros que, enseñando parte de la verdad, orientan a las almas por vías de no retorno al Verdadero Hogar. Así como Sat Purush nos habita como alma, Kal hace lo propio como mente. Y mientras el primero inspira a meditar en el Shabda, que nos hace desprendidos, amorosos, humildes, pacíficos, puros y constantes, Kal hace que la mente nos mantenga entretenidos en ideologías y constantemente justifique nuestro vivir dando gusto a los sentidos externos, haciendo que las almas vivan atrapadas en las trampas del apego, el ego, la avaricia, la codicia, la lujuria, la ira. Peor aún, sus emisarios pueden conectar a sus seguidores con un sonido interno de naturaleza descendente.

Kabir se descubre ante un discípulo, elegido por él, como enviado del Sat Purush. Lo inicia y le muestra el camino interno. Y cuenta cómo ha buscado su alma encarnada a través de cuatro Edades, por miles de años.  Ha encarnado como emisario del Sat Purush en cada edad con nombres distintos, dando origen a varias dinastías de Maestros. En esta última Edad (la de hierro), 42 encarnaciones se producirían a partir de él, hasta el fin de los tiempos.

El Anuräg Sagär consta de una introducción, cuatro capítulos y un epílogo, además de notas explicativas, a las que es necesario recurrir con frecuencia, pues el formato de diálogos, precedidos por invocaciones, himnos, relatos y exhortaciones lo hace necesario.

Es un libro para lectura meditativa. A él regreso con frecuencia, como quien necesita regresar a un manantial de agua fresca.

Luis Arturo Vahos Vega  

Agosto, 2021

1 comentario
1 Linkedin
woman, back, hat-789663.jpg
Download PDF

El derecho a la calle es un excelente indicador del machismo que aún persiste en permanecer entre nosotros. 



Manifestación tras la muerte de Sarah Everard frente a Scotland Yard, en Londres, el pasad16 de marzo. Fotografía de Henry Nicholls / Reuters*

Hace ya un tiempo, cuando mi última hija tenía 16 o 18 años, conversábamos sobre cómo era sentirse mujer hoy.

“Papá, me decía, ustedes los hombres nunca tienen que pensar cómo deben salir a la calle. Para nosotras es una necesidad: pensar ¿a dónde voy? ¿Cómo tengo que vestirme para no arriesgarme demasiado?”. Sus palabras fueron una iluminación como la de un rayo sobre esa sociedad salvaje que desde hace siglos hemos creado y seguimos manteniendo.

Una mujer camina sola, por cualquier calle, de cualquier ciudad, de noche. Debería ser algo totalmente normal. Pero en nuestro mundo no lo es… Si no, veamos el caso de Sarah Everard, de 33 años, que caminaba sola por las calles de Londres, la noche del pasado 3 de marzo. Una semana después, Wayne Couzens, de 48, miembro de la policía metropolitana de Londres, confesó haberla violado y asesinado[1].

Julia Ducournau, la directora francesa de cine de 37 años que acaba de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su película Titane, afirmaba en una reciente entrevista: 

“Mira, cada vez que sale una mujer a la calle, siente algo de miedo (…). Cuando vuelve a casa de noche, cuando te cruzas con un tipo de madrugada por la noche en el metro. Tenemos un problema enorme de distinta percepción del espacio público entre hombres y mujeres. Me indigna profundamente esa marca que llevamos las mujeres en la espalda de víctima predesignada. En mayor o menor medida todas hemos sentido eso”.

Antes de hablar de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, de cuotas de equidad de género en el mundo laboral y político, de equiparación salarial, nos acecha esta pregunta tan básica y desafiante: ¿por qué una mujer joven no puede practicar el derecho elemental de caminar por la calle, sola, de noche, sin dejar de sentirse una víctima en ciernes?

Y es que el acechador puede ser cualquier hombre con su instinto fuera de control, con la fuerza y la capacidad para aprovecharse de esa mujer “sospechosa” por el simple hecho de caminar sola, de noche, por cualquier calle de cualquiera de nuestras ciudades o pueblos.

Y esa es la sociedad “occidental y cristiana” de la que necesitamos desaprender aún tantas cosas, para llamarnos civilizados… 

* Cfr. https://elpais.com/opinion/2021-06-03/caminar-sola-de-noche.html

Jorge Luis Puerta


[1] Amanda Mauri, escritora española, en El País de Madrid, comenta la noticia del asesinato de Sarah Everard.

2 Comentarios
0 Linkedin
silhouettes, human, mankind-78013.jpg
Download PDF

El libro Inteligencias múltiples. La teoría en la práctica, de Howard Gardner, publicado en 1995, abrió la concepción de que había de inteligencia en varias dimensiones, como la inteligencia interpersonal y la intrapersonal, la corporal, la naturalista o la musical.

Hoy se habla de muchas formas de inteligencia. Están la lógica-matemática, la lingüística y la espacial, entre otras. Después empezó a hablarse de la inteligencia emocional, como un camino para conocer y controlar las emociones. La inteligencia social, también denominada interpersonal, facilita la interacción con los otros. Desarrollar ese tipo de inteligencia nos ayuda a escuchar, hablar y, en general, a desenvolvernos en el tiempo y de la manera indicada.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza, pero eso no nos dota automáticamente del equilibrio necesario para interactuar con los demás. Necesitamos un gran refuerzo mediante la educación (entre más temprano, mejor), para adquirir el sentido de lo comunitario, basado en el respeto a los otros y el diálogo en busca del bien común como el bien mayor (incluso mayor que el bien individual, si alguna vez fuesen antagónicos). La libertad, por ejemplo, es un bien individual muy preciado, pero sin límites termina en el desorden, que es un mal para toda la comunidad. El individuo es libre, pero dentro del orden, que es el respeto a los demás.

Buena parte de los problemas de inequidad e injusticia vienen de un bajo nivel de capital social. Para construir capital social se requiere educar a los niños en los valores comunitarios y en el sentido de nación como empresa común que debemos construir todos. No ayuda minimizar asignaturas en el currículo escolar, como ha sucedido con la historia y la geografía y otras disciplinas humanísticas ‒incluidas en un área llamada ciencias sociales‒, y la filosofía, que nos ubican en el tiempo y el espacio como seres sociales pensantes.

Tampoco ayuda que no se evalúen los profesores. ¿Qué mensaje se envía a los educandos cuando los maestros no permiten ser evaluados si en el mundo exterior todo está sujeto a evaluación y supervisión?  

El desarrollo de las redes sociales ha complicado aún más las cosas por la proliferación de noticias falsas que exacerban el inmediatismo de la sociedad de consumo. No hay tiempo ni base intelectual para filtrar, ordenar y asimilar tanta información circulante, promotora de cambios inmediatos y supuestamente fáciles de implementar.

Tampoco la sociedad ha desarrollado mecanismos de control de los nuevos canales digitales, en los cuales cada uno expresa lo que quiere, generalmente de forma inmune y sin tener que responder por lo que se dice. Son fenómenos sociales desbordantes en todas partes del mundo (una pandemia más voraz que el COVID-19, pues no tiene vacuna), con excepción de los regímenes totalitarios.

Los riesgos de las redes sociales, como sistema de información errático y caótico, apenas están empezándose a sentir. La tecnología es buena o mala, según se use. En sí misma no lleva implícito ningún control o análisis de riesgo.

El mal uso de las redes sociales puede distorsionar y aun destruir el capital social de una nación, sobre todo si el fenómeno se acentúa por fallas (en el sistema educativo), generadoras de un bajo coeficiente de inteligencia social. 

Juan L. Gómez

Septiembre, 2021

2 Comentarios
0 Linkedin
peasant, colombia, peasants
Download PDF

Nuestra invitada nos acercó a la realidad y antecedentes históricos de Caquetá, marcados por la extracción de caucho y madera por colonos de los ríos. Nuestros campesinos, actores sufrientes en diversas épocas debido a conflictos internos, abrieron colonizaciones movidos por las leyes de tierras y los programas de la Caja Agraria para asentar familias desalojadas por la violencia. Explicó, también, la época entre 1980 y 2009, caracterizada por la expansión de los cultivos de coca, la agudización del conflicto armado y la disputa por el control del territorio, que coincidió con la decadencia de los programas sociales del gobierno.

0 comentario
1 Linkedin
peasant, colombia, peasants
Download PDF

Nuestra invitada nos acercó a la realidad y antecedentes históricos de Caquetá, marcados por la extracción de caucho y madera por colonos en las riberas de los ríos. Nuestros campesinos, actores sufrientes en diversas épocas debido a conflictos internos, abrieron colonizaciones  movidos por las leyes de tierras y los programas de la Caja Agraria para asentar familias desalojadas por la violencia. Explicó, también, la época entre 1980 y 2009, caracterizada por la expansión de los cultivos de coca, la agudización del conflicto armado y la disputa por el control del territorio, que coincidió con la decadencia de los programas sociales del gobierno.

0 comentario
1 Linkedin
censorship, limitations, freedom of expression-610101.jpg
Download PDF

Una puerta herméticamente cerrada impedía el paso a los lectores curiosos, que no éramos pocos. Nos advirtieron que los libros que estaban adentro se hallaban en el Índice, término de origen latino que se formuló en tiempos de oscurantismo religioso para catalogar lo prohibido. 

Las Ferias del Libro son motivo de celebración y más en estos tiempos del virus en los que se oye hablar del aumento de la lectura –ojalá sea cierto–, debido en parte al encierro al que hemos sido sometidos en los hogares. En mi época de estudiante de Letras en el seminario, otra especie de encierro, leíamos mucho, aunque queríamos leer más, sobre todo los libros prohibidos.

Había un lugar en la Biblioteca General al que no se podía entrar. Una puerta herméticamente cerrada impedía el paso a los lectores curiosos, que no éramos pocos. Nos advirtieron que los libros que estaban adentro se hallaban en el Índice, término de origen latino que se formuló en tiempos de oscurantismo religioso para catalogar lo prohibido. Cuando pasábamos por delante de la biblioteca nos imaginábamos que ahí estarían el codiciado Arte de amar, de Ovidio, que todavía hace sonrojar a más de uno; el libro cuarto de la Eneida, de Virgilio, donde se narran escenas supuestamente libidinosas, pero que no lo  son, de Dido, la reina de Cartago, con el troyano Eneas; El Decamerón, de Boccaccio; La religiosa, de Diderot, preciosamente llevada al cine por el realizador francés Jacques Rivette con la actuación estelar de Ana Karina y, por supuesto, todos los libros del Marqués de Sade, pues ninguno se salva de la condena por llevar al extremo, precisamente, el sadismo. 

Pero resulta que también se encontraban en el Índice las obras de René Descartes, las de François Rabelais y hasta las de Copérnico y Galileo, dado que las posiciones científicas de estos dos últimos sobre el giro de la Tierra alrededor del Sol contradecían los dictados de los tribunales de la Inquisición. No ocurría, por tanto, que los libros prohibidos fueran solamente los que contaban historias abiertas o aparentemente impúdicas.


Sucedía entonces que en algunas noches yo miraba por la ventana de mi habitación, que daba hacia la puerta de la Biblioteca, y en ocasiones vi al bibliotecario que salía con unos libros que yo suponía que eran los que estaban prohibidos. Así funciona la mente. Pero los tiempos han cambiado y hoy parece que no hay libros prohibidos, o alguna entidad que se ponga a prohibirlos, con excepción de algunos regímenes políticos. 

Pero sí existe la censura, como acabo de leer que se le hizo en Facebook a un cartel publicitario de la última película del español Pedro Almodóvar, Madres paralelas, que muestra un seno de donde brota una gota de leche materna. Ante las críticas que llovieron, y con razón, ‒¡como es la imagen borrosa, pero quizás más tierna que tenemos de la infancia!‒,  Facebook dio marcha atrás y restauró la publicidad.  

En El nombre de la rosa, Umberto Eco describe cómo, en un exceso de fanatismo homicida, en la biblioteca de una abadía medieval algunas páginas de la Poética de Aristóteles tenían veneno para que, al pasarlas, después de humedecer el dedo en la boca, el lector intruso se envenenara. Aunque la aversión integrista a los libros parece inexistente hoy, lo que queda de prohibitivo son los precios por falta de una política pública de apoyo a la lectura.

Jesús Ferro Bayona

Septiembre, 2021

2 Comentarios
0 Linkedin
thinker, thinking, person-28741.jpg
Download PDF

Comprender lo incomprensible ‒y no es un mero juego de palabras‒ implica desmenuzar el adjetivo incomprensible e identificar sus tres partes: in-com-prensible, pasando de prensible a comprensible para llegar a incomprensible. Y, luego, abordar el misterio de Dios.

Mi traducción o descomposición en sus partes de la palabra in-com-prensible es la siguiente: 

– prensible: es que se puede prender, coger, aprehender, capturar, captar; 

– com-prensible: indica que se capta, a la vez, lo sensible y lo inteligible, lo experimentable y lo entendible, lo concreto y lo abstracto (contenido en lo concreto: por ejemplo, un plato y el concepto de circunferencia al que se llega, se “comprende”, entendiendo la equidistancia del centro a todos los puntos del perímetro de la circunferencia, y que se realiza en ese plato y en todos los objetos “redondos”);

– in-comprensible: aquí se antepone la partícula de negación (in) a lo comprensible, es decir, niega lo comprensible. Incomprensible significa que no puede comprenderse. No significa que sea verdadero o falso, sino que no es comprensible, porque no puede aprehenderse, a la vez, lo experimentable y lo inteligible, por una de estas dos razones: porque no puede captarse algo que no es experimentable (algo que no está sujeto a la experiencia sensitiva humana) o porque no se puede captar, entender, lo que “está detrás” de lo que sí es sensible o experimentable. 

Manifiesto que el misterio de Dios es incomprensible porque implica lo dicho en el primer caso: Dios no es experimentable, no es sensible, no está sujeto a la experiencia sensitiva humana. Por eso, afirmo que es comprensible que Dios es incomprensible.

Expreso que el misterio de un sacramento es incomprensible porque implica lo dicho en el segundo caso: que no se puede comprender lo que “está detrás” de lo sensible o experimentable: hay algo sensible o experimentable, pero no es comprensible (a la sola inteligencia humana, sin la fe en la Revelación) lo que “esconde” esa realidad sensible. 

Por ejemplo, el sacramento de la Eucaristía deja ver el pan y el vino (que son reales y experimentables), pero no es comprensible que en ellos se “esconda” la realidad no experimentable de Jesucristo resucitado. Por eso, decimos que es comprensible que el sacramento de la Eucaristía sea incomprensible. No era tampoco comprensible para los discípulos de Jesús que ese que veían, era el Resucitado. Ni es comprensible la creación misma, escondida tras el mundo creado, que sí es visible y experimentable.   

En un artículo anterior (Preguntas a las breves respuestas a las grandes preguntas) dije que 

“Los principios y leyes de la naturaleza se descubren en la naturaleza y se aplican a ella; no son aplicables a Dios si Dios está por ‘encima’ del universo; causa-efecto no se aplica a Dios; tiempo no se aplica a Dios; espacio no se aplica a Dios; origen no se aplica a Dios; comienzo no se aplica a Dios; creado no se aplica a Dios (…), ninguna de esas nociones ni teorías cobija a Dios; Dios no se supedita a esas categorías ni a esos principios ni a esas leyes, que pertenecen todos a la naturaleza, pero no a Dios, quien es ‘por encima’ o ‘por fuera’ de la naturaleza” 

…, aunque siempre está presente y actuante en la naturaleza. Eso es comprensiblemente incomprensible.

Al hablar de misterios, enumero por lo menos siete de ellos: Dios, la creación, la encarnación de Dios Hijo y la maternidad virginal de María, la resurrección de Jesús, el misterio del pan y del vino eucarísticos ‒como cuerpo y sangre de Jesús resucitado‒, el Espíritu Santo presente y activo en la Iglesia y en el mundo, la realidad de la resurrección y la vida eterna de la humanidad, y la transformación de este mundo en un mundo nuevo.

Estos misterios sobrepasan nuestra sensibilidad y nuestra comprensión.

Comencemos por comprender lo incomprensible del misterio del sacramento de la Eucaristía, pero antes recordemos lo dicho sobre la necesidad de ver lo que no se ve, de entrenarnos en la comprensión de lo no visible, de lo oculto. 

No es comprensible “a simple vista” para nosotros que el pan sea la persona de Jesucristo, ni que el vino sea la sangre del mismo, así como no es comprensible “a simple vista” que Jesús haya resucitado y que viva actualmente presente en nuestra vida y en la vida de la comunidad. 

Tampoco es comprensible, a primera vista, la Antigua Alianza, condicionada, entre Dios y el pueblo de Israel, y que la Nueva Alianza, establecida por medio de Jesucristo, sea incondicionada y universal, de Dios para con toda la humanidad.   

Y no es comprensible a “simple vista” que Dios se nos dé a conocer histórica y comunitariamente…, pero si el ser humano es un ser histórico y comunitario, ¿de qué otra manera podríamos comprender la Revelación de Dios?

El pan que se comparte en la Eucaristía es Jesucristo resucitado, cuya presencia real la comparte para todos los hombres. El vino que se transforma en la Eucaristía es la sangre derramada por Jesucristo, en su pasión y muerte, como medio de salvación del pecado y la muerte y quien, resucitado, comparte para todos los hombres la posibilidad de la redención y la salvación, ofrecida por Dios. El pan y el vino son una realidad sensible; la realidad de Jesucristo resucitado, presente en ellos, no es sensible ni comprensible. 

“Compartir el pan” es el mandato de Jesús, para compartir los bienes de la tierra con los demás y no acapararlos; es compartir su amor salvador con todos los demás, pues la salvación que Él nos consiguió tampoco es para “acapararla” por unos pocos, sino para compartirla con todos.  

El mandato de Jesús de “hacer esto en memoria mía” significa que Él está presente donde dos o más estemos reunidos en su nombre y que Él, resucitado, no es un recuerdo del pasado, sino que es su propia realidad viva y presente, de manera especial en la celebración de la Eucaristía, de la acción de gracias y de la bendición, tradiciones en el pueblo judío, pero renovadas y elevadas por el mismo Jesús.  

Hasta aquí, un intento de ir comprendiendo el misterio de la presencia real de Jesucristo resucitado en el sacramento de la Eucaristía.

Pero habíamos enumerado unos siete misterios, por no mencionarlos todos. Para cada uno de ellos, veamos que es comprensible que sea incomprensible: lo comprensible es que la trascendencia de Dios supere a nuestra comprensión y a las leyes comprendidas por nosotros en la naturaleza; lo comprensible es que sea incomprensible la presencia y acción continua e inmanente de Dios en la creación de la naturaleza evolutiva, así sea comprensible para nosotros el efecto de esa creación: la naturaleza creada. 

Igualmente, es comprensible que sea incomprensible para nosotros la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu) del Dios único y uno. Es comprensible que sea incomprensible para nosotros la realidad de la Encarnación de Dios Hijo y la maternidad virginal de María. Es comprensible que sea incomprensible para nosotros la resurrección de Jesucristo después de su vida mortal, de su pasión y crucifixión. Es comprensible que sea incomprensible para nosotros la realidad misma del Espíritu Santo, aunque comprendamos su acción manifestada en sus dones y en sus frutos. Es comprensible que sea incomprensible para nosotros la realidad de la Iglesia, pecadora y santa, humana y divina a la vez. Es comprensible que sea para nosotros incomprensible la realidad de la resurrección y la vida eterna de la humanidad, y la transformación de este mundo en un mundo nuevo.

He enunciado varios misterios particulares o específicos, pero todos ellos están relacionados e integrados en el mismo y único misterio, el misterio del Dios vivo y amoroso. Es comprensible que el misterio de Dios sea incomprensible; pero es comprensible que el misterio de Dios es real y verdadero, comunicado por Él mismo, históricamente, a la humanidad.

Vicente Alcalá Colacios

Septiembre, 2021

1 comentario
1 Linkedin
books, pages, open
Download PDF

Este artículo es una especie de biografía lectora de su autor, quien prefirió relatar los libros que más lo influyeron en diversas etapas de su vida a escoger un solo libro preferido. No son los libros en sí mismos lo que impactan, sino las ideas motrices que exponen sus autores.         

En cada etapa de nuestras vidas es casi seguro que un libro que nos ha influenciado tanto que sentó las bases para la próxima etapa de nuestro desarrollo psicológico, mental y espiritual. En esta perspectiva los libros son las puertas que nos muestran una nueva dimensión que la vida nos invita a recorrer si nos sumergimos en su lectura. No es el libro per se el que nos impacta. Lo que nos sacude son la o las ideas motrices expuestas por sus autores. El libro es apenas el vehículo impreso que nos da conocer lo que el autor arduamente luchó por expresar. Sus ideas reverberan todavía en nuestro consciente colectivo con la fuerza de vida propia.

Utilizando este marco de referencia, hago memoria de los autores cuyas obras fueron claves en cada etapa de mi crecimiento. Recuerdo los que nutrieron la imaginación de mi infancia y adolescencia, haciéndome soñar con castillos encantados, con bosques mágicos, con animales feroces, con hadas y con héroes. Crecí con el encanto de Blanca Nieves y los siete enanitos, de los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm, con el amor platónico de Cenicienta, con la angustia de Caperucita Roja, con las proezas de Peter Pan, las aventuras del capitán Nemo en el Nautilus a lo largo de su viaje de 20.000 leguas submarinas, de Julio Verne; con la obsesión del capitán Ahab por encontrar y matar a Moby Dick, la ballena que le había quitado de un mordisco una pierna en un viaje previo. Intensa aventura escrita por Herman Melville.

Después encontré otro tipo de libros que abrieron la puerta de la magia de la literatura en todo su esplendor imaginario, como el Don Quijote de la ManchaEl cuento de las dos ciudades de Charles Dickens, los Cien años de soledad de nuestro entrañable García Márquez con su mágico realismo que lo envuelve a uno en un laberinto de interminables imágenes arrancadas al calor de una afiebrada imaginación tropical en la que se confunden los personajes con el paisaje, lo soñado con lo vivido, lo anhelado con lo sorpresivamente conseguido, lo idealizado encarnado en personas vivas y reales.

La etapa posterior de crecimiento la enriquecieron autores de ciencia ficción que me posibilitaron vivir las aventuras extraterrestres como las de la trilogía de las Crónicas de Dune, de Frank Herbert. El escenario es el inhóspito y desértico planeta Arrakis, donde el más preciado tesoro es el agua. Por su escasez, los habitantes desarrollan una reverencia semirreligiosa en su obtención y conservación. Este planeta se convierte en centro de un conflicto galáctico por el control de la droga más codiciada del universo, el melange, producido por un gusano gigantesco del desierto. La trilogía es un magnifico y extraordinario retrato de las pasiones permanentes que hay en cualquiera de las versiones de humanos potencialmente existentes en el universo.

No puedo dejar de mencionar la serie The Foundation, Foundation and Empire, y Second Foundation, del padre de la ciencia ficción, Isaac Asimov. En esta trilogía los robots, con su inteligencia artificial, se proponen crear el mundo ideal que los hombres no han logrado. Su final es tan sorpresivo como lógico. Los invito a que lo descubran.

Esas vívidas imágenes se complementaron con las melodías de la prosa poética avasalladora de Porfirio Barba Jacob, hasta los sublimes versos de la pregunta existencial de Shakespeare: to be or not to be, that is the question.  La poesía de versos pulidos hasta la perfección me presentó un universo esplendoroso apresado en melodías cadenciosas, capaces de arrullar el alma sedienta de transcendencia:  “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”, que escribió Teresa de Ávila.

Después llego la reflexión profunda sobre el ser, mi devenir, el misterio del futuro imposible de apresar, la complejidad de las relaciones humanas, la problemática ecológica del planeta, la ansiedad producida por la injusticia social a nivel mundial, la aparente ineludible confrontación violenta como la forma permanente que el hombre ha usado para manejar el conflicto. Grandes autores me formularon las preguntas de fondo que no han sido satisfechas por más esfuerzos de análisis, de profundización y de ampliación de conceptos. En esta etapa de intensa maduración numerosos autores me abrieron una y otra puerta a ese mundo convulsionado.

Libros como El mundo feliz de Aldous Huxley, que imaginó la creación de una sociedad producto de niños concebidos en probetas, en cinco categorías correspondientes a los más inteligentes, responsables de la dirección de la humanidad, hasta los más ignorantes, encargados del trabajo manual duro. Una sociedad perfecta bajo la apariencia de una democracia donde ningún estrato pensaría en rebelarse, pues cada uno está condicionado a “amar su estado de servicio genéticamente determinado”.

Después fueron muchos los libros que me abrieron los ojos a la injusticia social atrincherada en todos los continentes en múltiples formas sutiles de autojustificación. Quizás el libro que mejor me develó la inveterada esclavitud racial fue Raíces, de Alex Haley quien, con rigurosa metodología de investigación histórica, reconstruye el origen de su familia arrancada del África occidental por traficantes de esclavos. Sus antepasados fueron vendidos a un blanco sureño que los puso a trabajar en una hacienda algodonera y de tabaco. Los maltrató sin piedad ni descanso, con la brutal discriminación de esa época, hoy sutilmente camuflada en las actitudes antirraciales existentes en Estados Unidos.

A la par me encontré con gigantes del pensamiento filosófico moderno. Entre ellos destaco uno que está vivo, Ken Wilber, cuyos siete libros básicos presentan una teoría de integración a todos los niveles conocidos de la realidad física y social. Lo hace con una lógica impecable que permite entender por qué actuamos como actuamos y cuál es el valor de cada eslabón de integración que él propone para la conformación de un mundo más equitativo y justo.

En paralelo están los pensadores modernos que tienden un puente entre la ciencia y la espiritualidad. Han encontrado cómo superar la confrontación milenaria de las dos realidades humanas: la puramente física y la del espíritu. Entre estos sobresale el neurólogo indio Deepak Chopra, que pone de relieve cómo nuestro espíritu es una manifestación natural y dinámica que nos permite salir de la cárcel del yo-minimizado a la expansión del Yo-Universal.

También está Joseph Campbell, un gigante en la interpretación de multitud de mitos de la antigüedad. Estableció las claves para comprender lo que nuestros antepasados expresaron en esos mitos. Sus concienzudas investigaciones permiten captar el esfuerzo que hicieron nuestros antepasados por comprender la dimensión trascendental, intuitivamente sentida, pero conceptualmente desconocida. 

Contemporáneos como Gregg Braden han hallado, en las tradiciones más antiguas, respuestas frescas a los interrogantes del origen de nuestra especie y de su capacidad evolutiva. Joe Dispenza y Bruce Lipton abren la puerta de cómo ser conscientes de la conexión entre la mente y el corazón. Lo hacen con una metodología que nos permite convertirnos en directores de nuestra evolución neurológica a nivel del inconsciente, transformándonos en creadores de nuestra realidad internamente deseada.

Además, la lectura de los experimentos de los consagrados investigadores del sustrato de la realidad cuántica subatómica, Werner Heisenberg, Niels Bohr y Max Planck, confirmó que somos actores y creadores de la realidad por el solo hecho de pensarla. Esta verdad se nos escapa cuando pasamos del mundo subatómico al nivel macro de la realidad física planetaria.  Nuestra capacidad de influenciar la realidad cuántica que develaron nos permite extrapolar y entender el rol decisivo que nos compete en la orientación de nuestra propia realidad evolutiva, física, social, espiritual y planetaria. 

Dos gigantes del pensamiento moderno, Albert Einstein y Stephen Hawkins, me abrieron las puertas al universo cósmico para ampliar el conocimiento de las leyes que lo gobiernan. Definieron que la Energía Universal es la matriz omnipresente que cobija el universo entero. Podemos concebir que ella tiene una capacidad creativa organizadora que se evidencia en el Diseño Inteligente que el cosmos  devela en los estudios modernos de astronomía.

Finalmente, cito a los maestros universales, cuyas enseñanzas morales le han dado al hombre, desde el inicio de su historia, una guía de comportamiento que le permite desplegar el potencial de creación divina impresa en su ser. El hombre lo logra cuando escucha el susurro interior que le dice cuál es el bien que debe hacer por los demás, el mal que debe evitar y la construcción colectiva de un mundo donde la justicia y la paz sean el marco dinamizante de nuestra evolución como raza humana. En este nivel están las revelaciones de Moisés, Jesús, Buda, Mahoma y la más reciente Manifestación de Dios a la humanidad, Bahá’u’lláh, el vocero de Dios, cuyas enseñanzas, escritas o dictadas por él son el plan de acción para que la humanidad pase a su próxima etapa de evolución espiritual que le permita la creación de un nuevo mundo, esbozado en los principios de la fe Bahá’i.

Reynaldo Pareja

Agosto, 2021

3 Comentarios
1 Linkedin
tokyo summer olympics, silhouettes, 2020-4770145.jpg
Download PDF

Ver a los atletas que participaron en los recientes juegos olímpicos celebrados en Japón me motivó a compartir la reflexión que escribí hace más de 30 años, que compendian los motivos por los que competía en carreras callejeras y por los que sigo haciendo deporte. 

Aún tengo ante mí los ecos de los Juegos Olímpicos de Tokio que seguí, literalmente, en medio de desvelos durante las dos semanas de competencias. Escucho aún los vivas de las delegaciones que celebraban a sus deportistas; veo las imágenes de los encuentros y enfrentamientos deportivos, los rostros de los deportistas, el sudor que testimoniaba sus esfuerzos, sus gritos de alegría, sus lágrimas por la derrota, la exultación de los ganadores y el orgullo que experimentaban al escuchar el himno y al ver alzarse la bandera de su país como ratificación de la medalla de oro del triunfador. 

Esta formidable exhibición de colores, armonías, sincronías estuvo en cada uno de los seres humanos que se prepararon y compitieron durante años, buscando llegar más alto, más lejos y con más fuerza. Luego de estas dos fugaces semanas, repetidas cada cuatro años, la llama olímpica ha retornado a Atenas, donde conserva su calor y preserva su fuego para cuando comience el nuevo viaje hacia París, en 2024.

Viendo a todos los atletas que participaron en estos juegos olímpicos me siento motivado a compartir estas reflexiones, que escribí hace más de tres décadas, tratando de sintetizar las razones por las cuales competía en carreras callejeras y por las que aún sigo practicando deporte. 

  • Soy deportista porque quiero fortalecer mi cuerpo, para ser el atleta que mi misión de caminante me exige cada día.
  • Soy deportista porque quiero que mis ojos limpios y mi sangre nueva puedan sentir la brisa fresca que sopla en las cumbres más altas.
  • Soy deportista porque quiero experimentar por mí mismo la belleza de alcanzarlas con esfuerzo, con sudor, con pasión. 
  • Soy deportista porque es bueno sentir la frescura del agua que me calma la sed y que limpia mi frente después del esfuerzo. 
  • Soy deportista para experimentar en mi cuerpo y en mi espíritu la hermosura y el gozo de mis años jóvenes, capaces de vencer las barreras a base de paciencia, de tenacidad y de firmeza.
  • Soy deportista porque quiero sentir la belleza de unos cielos nuevos y el placer de haber llegado, aunque me duela el cuerpo y aunque la fatiga haga evidente mi limitación y me lleve a reconocer que no soy todopoderoso.
  • Soy deportista porque quiero que mi pecho joven respire más lento y más profundo después de haberlo dado todo, limpiamente, trabajando en equipo, aunque no hayamos alcanzado el triunfo. 
  • Soy deportista porque sé que, después de competir, puedo repetirme a mí mismo: hoy soy mejor que ayer, aunque nadie se dé cuenta y solo mi conciencia sea testigo de mi entrega y sacrificio y de haber dejado en el campo todo y lo mejor de mí.
  • Soy deportista porque quiero ganar sin arrogancia, respetando al débil y al pequeño, quienes también crecen y algún día, con seguridad, me vencerán. 
  • Soy deportista por el gozo del triunfo, por el placer del gol, por la alegría de cumplir y de llegar a la meta, aunque no sea el primero.
  • Soy deportista porque así me preparo cada día para el mejor partido: el de mi propia vida, en el que nadie puede reemplazarme, en el que tengo que participar cumpliendo las normas, jugando limpio y en equipo.
  • Soy deportista porque quiero llegar a la meta definitiva para ser coronado con la plena conciencia de mi deber cumplido.

Bernardo Nieto Sotomayor

Agosto, 2021

4 Comentarios
0 Linkedin
art, graffiti, shoes
Download PDF

“Bárbaro” admite significados distintos, se trate de remontarse a su origen en Grecia, a quienes asolaron las fronteras del norte del imperio romano, a su significado en Argentina o al uso que le damos cuando vemos acciones violentas. Los meses de movilizaciones han servido, entre otras cosas, para resaltar el nivel de fractura, distancia y desconfianza en el que vivimos los colombianos

«Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. Algunos han venido de las fronteras y contado que los bárbaros no existen.» ‒ Konstantino Kavafis 

Fernando Aramburu, escritor vasco ganador de varios premios y autor de la novela Patria, dice en el prólogo de su libro Utilidad de las Desgracias que renunció a su columna de opinión semanal en el diario El Mundo después de 81 entregas porque, entre otras cosas, lo “acechaba el peligro de la repetición”. Este es un riesgo que efectivamente nos acecha a quienes intentamos semana a semana, mes a mes, darle forma a ideas, reflexiones, propuestas y hasta quejas en columnas de opinión. 

En este caso concreto, confieso que he caído en una doble repetición: me sirvo del título de dos célebres y profundos textos, el poema de Konstantino Kavafis*, escrito en 1898, y la novela del Nobel sudafricano J.M. Coetzee, de 1980. Repito también una reflexión sobre la condición humana que suele atravesar mis textos y mis preocupaciones y que ahora, en medio de las movilizaciones, protestas, violencia, reacciones y señalamientos, siento la necesidad de volver a compartir. 

El término “bárbaro” tiene origen en la Grecia antigua y se usaba para referirse a todo aquel que no hablaba la lengua. La palabra era sinónimo de “balbuceador” (aquel al que no se le entiende o solo se le entiende un bar bar bar; hoy, bla bla bla). Los romanos utilizaron el término para referirse a los pueblos que presionaban sus fronteras del norte (Godos, Visigodos, Suelos, Alanos) y, consecuentemente, además de extranjeros que no hablaban la lengua, eran también una amenaza. El término fue cambiando y se convirtió en un adjetivo para referirse a cualquiera que sea fiero, cruel, tosco, grosero o inculto (en algunos casos y culturas también significa llamativo, excelente y magnífico: ¡Bárbaro, che!). 

Los meses de movilizaciones han servido, entre otras cosas, para resaltar el nivel de fractura, distancia y desconfianza en el que vivimos los colombianos. Las reacciones y los discursos surgidos como respuesta o apoyo al paro nacional y sus formas dan cuenta de múltiples grupos que, entre el miedo, la rabia y las reivindicaciones simplistas, se enfrentan y se distancian. Todo manifestante es vándalo (de nuevo un término traído de la Roma antigua, cargado de amenaza) o enemigo de las instituciones, o perezoso y aprovechado. También, todo empresario es explotador, acaparador y enemigo de los pobres. Los policías son todos asesinos y torturadores y, finalmente, todos los políticos son corruptos, violentos y mentirosos. Los bárbaros, consecuentemente, ya franquearon las murallas y las puertas y están entre nosotros. 

Los discursos y la reacción armada con que se recibió a la Minga indígena en Cali demuestran que en pleno siglo XXI, y más de 30 años después de que la Constitución Política reconociera los derechos de los pueblos originarios, existen aún inmensas distancias, prejuicios y desconfianzas entre ciudadanos que viven en un mismo territorio. El presidente de la República, quizás mimetizado con la oscuridad en su visita furtiva a Cali, llegó incluso a pedir a la Minga que se guardara otra vez en sus resguardos (¿dónde deben estar?). “Indios = bárbaros”. La presencia de las Mingas en Bogotá en 2019 y en Medellín hace unos días, demuestran que el reconocimiento, el respeto y la buena comunicación permiten la manifestación pacífica, los acuerdos exitosos y que los indígenas no son una amenaza. 

En el sur de Medellín, para algunos, los bárbaros son los grafiteros que se atrevieron a cruzar el río y la Avenida 33 para pintar en la Transversal Intermedia de la Comuna 14, El Poblado, un mural que decía “Convivir con el Estado”. “Se nos metieron”, “que pinten allá en sus barrios, pero que no se vengan para acá”, “ojo que el paso siguiente es la destrucción de negocios” decían, alarmados, vecinos por grupos de Whatsapp. Días después, y con los himnos nacional y antioqueño de fondo, un grupo de personas acompañadas por la policía borraba el mural intruso. Un triunfo de la Roma civilizada sobre las hordas bárbaras del norte. Una expedición a borrar otro mural (pintado, borrado por el ejército y vuelto a pintar) en San Juan con la 80 (“puro norte”) fue abortada entre múltiples llamados a evitar las confrontaciones. 

Las obras de Cavafis y Coetzee coinciden en resaltar que, a pesar de las amenazas (reales o inventadas), los bárbaros son cómodos y necesarios para las “sociedades civilizadas” porque sirven como parámetro de medición y comparación y, lo más importante, son depositarios de la culpa para muchos de los problemas que la civilización no logra o no quiere solucionar. 

El paro nacional ha profundizado las distancias, ha resaltado los muros y ha demostrado que aún nos falta mucho para acercarnos a un “nosotros”. El liderazgo político es actor central para profundizar las fracturas o para construir narrativas y proyectos colectivos. 

¿Seguimos inventando bárbaros o nos ponemos a trabajar en un proyecto de país en el que quepamos todos? De eso se trata el 2022.

* Kavafis (1999). Poesía selecta. Barcelona: Edicomunicación, p. 24-25; Coetzee, J. M. 2016. Esperando a los bárbaros. Barcelona: Debolsillo.

Santiago Londoño Uribe

Agosto, 2021

3 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Me he hecho muchas preguntas sobre el futuro de la juventud moderna frente a estos cambios tan abruptos y rápidos que se están produciendo. Y no porque considere que todo pasado fue mejor. Pero el pasado de los que ahora somos adultos mayores fue el futuro de nosotros, y el futuro de los jóvenes de ahora será su pasado. 

Los mayores cometimos no pocos errores en el pasado con la educación de los jóvenes, pero reconocerlos no es razón para pensar que todo lo que hacen los jóvenes de ahora es acertado. Una vez, siendo estudiante, iba caminando por un pueblo de Dinamarca. Cuando llegué a la esquina del semáforo, que estaba en verde para los vehículos, vi que no iba ni venía ninguno, y por eso atravesé la avenida sin esperar a que el semáforo de peatones me dejara pasar. El par de amigos daneses que iban conmigo me llamaron la atención por incumplir con la norma de no cruzar sino cuando el semáforo lo permite. “Pero si es domingo y no hay tráfico”, les dije. Ambos me replicaron: “La norma es para cumplirla siempre”. Seguí pensando que exageraban. Pero hoy comprendo mejor que ellos estaban actuando correctamente y yo no. 

Si nos educáramos más en cumplir las normas y menos en hacer tantas, tendríamos una mejor convivencia social, y una sociedad menos violenta. Con lo anterior no digo que las normas sean perfectas, pero entiendo que si no lo son hay que buscar la forma legal de mejorarlas o cambiarlas sin irse por las vías de hecho, que son las que hemos visto por largos meses en las protestas de la calle, causando graves daños a otros y a sus bienes.

Entre los pueblos más antiguos de Oriente se llegó a la convicción de que tomarse por propia cuenta la justicia conducía a la guerra de todos contra todos. Para frenar esa guerra colectiva, nacieron códigos tan antiguos como los de Hammurabi y más tarde las leyes de Solón en Grecia. No es agradable para la naturaleza someterse a la ley, pero acatarla es garantía para vivir civilizadamente. Freud, el creador del psicoanálisis, en su libro Moisés y el monoteísmo, en el que hace un análisis crítico, pero fundamentado en la investigación histórica, sobre Moisés y la religión, no tiene inconveniente en concluir que los diez mandamientos son un código de la más alta moralidad que transforma la vida de los individuos.

Un ejemplo claro de ese desarrollo individual sucede con los niños que desde temprana edad aprenden a controlar los esfínteres y poco a poco a someterse a las normas que los padres les inculcan. Es una condición ineludible para entrar, por la vía de la familia, a la vida social en la que hay que aprender también a vivir en armonía con los demás. Me he hecho muchas preguntas sobre el futuro de la juventud moderna frente a estos cambios tan abruptos y rápidos que se están produciendo. Y no porque considere que todo pasado fue mejor. Pero el pasado de los que ahora somos adultos mayores fue el futuro de nosotros, y el futuro de los jóvenes de ahora será su pasado. 

Todos los adultos fuimos jóvenes y rebeldes, tuvimos 20 años, pero aprendimos a regular comportamientos, más instintivos que racionales al comienzo, en aras de la convivencia social. Sería ingenuo creer que las conductas de los jóvenes en las protestas son plausibles por el solo hecho de que son jóvenes. Que se garantice el derecho a la protesta pacífica, pero que también se garantice el respeto a la ley. 

Jesús Ferro Bayona

Agosto, 2021

3 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Todo comenzó con ese libro que nunca olvidamos y en el que muchos aprendimos que “Mi mamá me mima”: La alegría de leer.  De ahí siguieron inolvidables lecturas encarretadoras, como las Aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y las obras de Emilio Salgari (Sandokán). Tampoco olvido la inmortal Mujercitas, de Louisa May Alcott.

De joven enamoradizo me adentré en la poesía y además de cometer versos, disfruté leyendo a Barba Jacob con su “Canción de la vida profunda” o las sensibles rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Leí, aún sin entender del todo, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry y lloré con el Diario de Ana Frank

En la academia del Juniorado me impactó, hasta el punto de no olvidarlo, La Hora 25 de Constantin Virgil Gheorghiu. Leí estupefacto la Divina Comedia, aunque a ratos me sentí medio enredado. Disfruté una y otra vez El Quijote de la Mancha‒llevo cuatro lecturas y, en todas, la obra me ha sido diferente‒. 

Con el padre Enrique Gaitán entré en crisis existencial con La Peste, de Albert Camus. Y me marcó para siempre el escritor indio Rabindranath Tagore (El mejor cartero, el rey). 

Miles de libros se han deshojado en mis manos. Todos memorables, unos pocos inolvidables. Hay que escoger uno, reciente. Los otros no se van al baúl del olvido. Pero en los últimos años, una obra me ha impactado al punto de haber perdido tres veces el libro y vuelto a comprarlo una y otra vez: La columna de hierro, de Taylor Caldwell. Una novela histórica que en más de 800 páginas relata la vida de Marco Tulio Cicerón y el esplendor del imperio romano.  

Si quieres entender el mundo de hoy, sumérgete en el pasado. Cicerón: filósofo, político, abogado, orador, escritor y exjesuita. 

Esto último lo discutimos cuando lean esta impresionante obra.

Samuel Arango M.

Agosto, 2021

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

La pandemia y el largo cierre nos han permitido volver los ojos hacia la importancia de la escuela: el COVID-19 trastornó la rutina de millones de personas. De repente, los niños ya no se levantaron para ir al colegio. Sus padres no salieron al trabajo. Los maestros no se encontraron con sus estudiantes.

Francisco Cajiao

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, dice que “somos lo que hacemos repetidamente; la excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito”. Esta frase nos recuerda que una gran parte de nuestros comportamientos cotidianos responden a patrones repetitivos de los que apenas somos conscientes y que la excelencia no es un acto aislado de virtuosismo, sino el producto de la repetición: los atletas repiten durante años de entrenamiento el ejercicio que realizarán en unos minutos de competencia.

Cada persona, dependiendo del entorno físico y social en el que se mueva, va conformando patrones de comportamiento que le permiten adaptarse de la mejor forma posible y desempeñarse adecuadamente. Eso supone hacer aprendizajes que, en tanto resulten satisfactorios, tienden a repetirse de manera semiautomática. Esto explica, como lo demostró un estudio de la Universidad de North Western, que la gente tiende a hacer muy pocas variaciones a sus rutinas diarias y a sus movimientos a lo largo del tiempo.

Los hábitos permiten economizar energía, pues al ser relativamente automáticos no exigen un gran esfuerzo de deliberación y toma de decisiones: no hace falta decidir cada día a qué hora levantarnos, salir al trabajo, hacer el trayecto y cumplir con muchas exigencias rutinarias. Ese esfuerzo se reserva para resolver problemas complejos o desarrollar nuevos aprendizajes. Hay gente que se siente incapaz de soportar la monotonía de una vida basada en la repetición agotadora de un empleo burocrático y buscan experiencias siempre novedosas. Pero la realidad es que se trate de científicos, artistas, empresarios o guías turísticos, la mayor parte de la actividad humana tiende a ser repetitiva y esa repetición es obligatoria cuando se requiere experticia.

Mucho se podría hablar de los hábitos que adquirimos a lo largo de la vida. Algunos de ellos, como los de cuidado de la salud, son la garantía de nuestro bienestar general. Otros pueden ser autodestructivos, o impedirnos cambiar y conseguir nuevas oportunidades. Y es que una de las características del hábito es su resistencia al cambio, que se resume en el “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Modificar el modo de hacer las cosas al que nos hemos acostumbrado suele ser muy difícil, y si es imperioso hacerlo produce ansiedad y angustia, porque amenaza la seguridad personal.

La pandemia trastornó la rutina de millones de personas. De repente, los niños ya no se levantaron para ir al colegio. Sus padres no salieron al trabajo. Los maestros no se encontraron con sus estudiantes. Las reuniones desaparecieron. Nadie pudo hacer lo que siempre había hecho. Todo fue súbito y forzado, así que hubo que adaptarse a vivir de otro modo: enseñar por computador, asistir a clase sin salir de casa, trabajar por teléfono… Pero son tan persistentes los hábitos que algunos colegios les exigieron a los estudiantes el uniforme para conectarse. En dos o tres meses niños, jóvenes y adultos se adaptaron a las nuevas condiciones, creando nuevas zonas de confort.

Ahora lo difícil es volver a las rutinas de salir de casa, ir al colegio, compartir con los compañeros y empeñarse en ese otro esfuerzo que requieren aprendizajes más complejos y elaborados, capaces de conducir a la excelencia. Aprender a leer y crear hábitos de lectura, explorar el universo de las ciencias, analizar los acontecimientos políticos y sociales, perfeccionar habilidades artísticas y deportivas, desarrollar comportamientos solidarios o resolver conflictos son retos cotidianos que solo se consiguen con la persistencia de la repetición diaria en contacto con adultos y compañeros.

La pandemia y el larguísimo cierre de los colegios en Colombia nos han permitido volver los ojos hacia la importancia de la escuela, reconocer sus limitaciones y ponerla con optimismo frente a los desafíos del futuro inmediato.

Francisco Cajiao

Agosto, 2021

0 comentario
1 Linkedin