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Bogotá y la Colombia Nostra

Por Mauricio Cabrera Galvis
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La lectura bogotana de los resultados de las recientes elecciones regionales tiene el sesgo centralista de creer que lo que sucede en Bogotá es igual al resto del país, y que los electores de las regiones se comportan de la misma manera que los capitalinos. Por eso extrapolan los resultados de Bogotá y sacan conclusiones que generalizan para todo el país. Con lúcidas excepciones, por supuesto.

Que la votación en Bogotá fue una clara derrota para los partidos del Pacto Histórico, no los discute nadie, ni siquiera su candidato perdedor. Que eso significa un regreso del péndulo hacia el centro en una ciudad en la que la izquierda y el centro izquierda habían cosechado victorias importantes, también es un hecho innegable. Que el triunfo de la oposición sea transparente y que sea reconocido rápidamente por los derrotados es una demostración de la fortaleza de la democracia colombiana, es algo incuestionable y que nos debe llenar de sano orgullo democrático.

Lo que no es cierto es que esas conclusiones se apliquen para todo el país, tal vez sí para otras pocas ciudades grandes, pero no para la gran mayoría de municipios y departamentos.

No se trata acá de entrar en la controversia aritmética sobre si el Pacto Histórico ganó o perdió alcaldías y gobernaciones, porque la gran perdedora de estas elecciones fue la democracia colombiana que, con la excepción de unas pocas ciudades, otra vez resultó dominada, controlada, manipulada y manoseada por las maquinarias políticas de siempre, por los clanes regionales, por el partido de los contratistas, e inclusive por las mafias de compradores de votos, que conforman esa hidra de mil cabezas que la periodista Laura Ardila bautizó como la “Colombia Nostra”.

Los nombres de los elegidos en cada una de las regiones del país son bien conocidos, o se encuentran en las crónicas de varios medios de comunicación, de manera que, en lugar de repetirlos acá, con el riesgo de que siempre la lista sea incompleta, conviene mirar el proceso de cómo se llegó a esos resultados.

Partidos sin programas

Aunque este deterioro de la democracia viene de tiempo atrás -si es que alguna vez hubo un tiempo pasado mejor- en esta ocasión se agravó por la creciente debilidad de los partidos políticos, exacerbada con la laxitud del Consejo Electoral que repartió personerías jurídicas a diestra y siniestra, hasta llegar a la increíble cifra de 35 “partidos” políticos registrados, con capacidad de dar, vender o negociar avales y tratar de medrar de los recursos públicos de la reposición de votos.

Con tamaña proliferación de partidos es lógico que se multiplicaran también los candidatos inscritos: después de que se retiraran cientos de precandidatos, según la Registraduría quedaron 251 para 32 gobernaciones, 6.175 para 1.119 alcaldías y 106.429 para concejos municipales. Esto no es signo de una democracia fuerte, sino de una caricatura de democracia. En países como los europeos o Estados Unidos hay solo 2 o 3 candidatos para cada posición.

Consecuencia más grave aun es la desaparición de fronteras ideológicas. En un rompecabezas político de 35 piezas es imposible tener programas diferenciados, ni visiones de país, ciudad o región bien definidas que permitan al elector optar por una afín a sus preferencias. La campaña electoral se convierte entonces en una parodia de concurso de belleza -o de drag queens– donde el ganador es el que tiene la maquinaria más aceitada, el control de más puestos públicos, más contratistas recomendados o simplemente más plata para comprar votos.

En el caso de gobernaciones y alcaldías, como el trapo rojo ya no moviliza masas, ni la mano grande y el corazón firme son capaces de garantizar una mayoría, ni ellos ni ninguno de los otros partidos se animaron a lanzar candidatos propios (solo lo hicieron en 7 departamentos de los más pequeños del país), sino que se juntaron en una mescolanza de avales. Por eso las coaliciones fueron las ganadoras en esta ocasión, con 25 triunfos en las 32 gobernaciones. 

En el cuadro se muestra el número de coaliciones que hizo cada uno de los partidos en las elecciones de gobernadores. El campeón es Cambio Radical con 42 coaliciones (en varios departamentos la coalición se hizo con varios partidos, por lo que la suma es mayor a 32), pero le siguen muy de cerca los conservadores con 40, liberales y la U con 37. El de menor número es la Alianza Verde, con 13.

Más allá del amplio número de juntanzas, la falta de identidad programática se refleja en los socios de las coaliciones. ¿Qué afinidad tiene el otrora glorioso partido Liberal, con los hermanos godos, para haberse juntado en 8 departamentos? y ¿cuáles son sus principios comunes con el Centro Democrático, con el que hizo 6 alianzas?. Lo mismo cabe preguntarse de las 8 coaliciones entre el conservatismo y Cambio Radical, y así se puede recorrer toda la tabla.

La respuesta es muy simple: no se juntan por principios o ideologías similares sino por un objetivo idéntico: no quedarse por fuera de la repartición de la marrana, es decir de los puestos y los contratos departamentales.

PARTIDOS SIN PRINCIPIOS

Además de abandonar sus banderas, los partidos políticos también perdieron la vergüenza. Si en alguna época se cuidaban de seleccionar candidatos que por lo menos no tuvieran problemas con la justicia, ahora esa mínima decencia dejo de ser criterio de selección, tal como lo demuestra un detallado informe de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares).

Este informe identificó 96 candidatos con “diversos cuestionamientos asociados a: investigaciones judiciales, disciplinarias y/o fiscales; presuntos nexos con estructuras armadas ilegales y/o economías ilegales; investigación por parapolítica o asociación a presuntos hechos y denuncias de corrupción”, de los cuales fueron elegidos 30 en los pasados comicios.

Pares también investigó cuales fueron los partidos que dieron avales o coavales y permitieron a estos candidatos cuestionados ser elegidos; encontró que 18 de los 35 partidos lo hicieron. No es que los otros partidos fueran más estrictos en su selección, sino que sus candidatos cuestionados no fueron elegidos.

Como se observa en el gráfico, el primero fue el Liberal con 15, seguido por el Conservador y Cambio Radical con 13 y 12 respectivamente. Otros partidos que no se muestran en el gráfico dieron 23 avales o coavales. De nuevo la suma es mayor que 30, pues todos los candidatos tuvieron más de un aval.

A este sombrío panorama de la Colombia Nostra, tan distinta a Bogotá, hay que añadir otros fenómenos preocupantes como la alta abstención o el aumento del voto en blanco, todo lo cual hace imperativa una profunda reforma política que rescate la democracia colombiana de su estado de postración.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia.

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