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Silvio Zuluaga

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A partir del libro Factfulness: Ten reasons we’re wrong about the world ‒and why things are better than you think, de Hans Rosling, nuestro compañero Silvio Zuluaga compartió su resumen y reflexiones. El libro y la fundación del autor son una lucha contra la ignorancia  y la desinformación sobre la realidad del mundo que lleva a que con mucha frecuencia prevalezca una visión pesimista entre nosotros por no basarnos en hechos y datos, sino en prejuicios. 

Video Presentación a “Exjesuitas en tertulia”- 28 Enero, 2021
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evolution, artificial intelligence, brain
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En la tertulia de nuestro grupo, al final de la segunda parte de la entrevista a Harari:  https://youtu.be/ECwY77VI3QM, la sesión de comentarios trajo a la mesa temas controversiales que surgieron de las presentaciones tales como: la Evolucion cuestionada, la filosofía materialista y la metodología empirista, la explicación de la aparición de la conciencia en la evolución como un salto cualitativo o una multiplicación de algoritmos, los mitos como realidades no tangibles y otros temas que nos ayudaron en una franca y respetuosa discusión grupal. 

Nuestra Tertulia virtual- Septiembre 17, 2020
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evolution, human evolution, the theory of evolution
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1ª.parte:


Luego de proyectar el primer video de la entrevista de Iñaki Gabilondo a Yuval Harari,  https://youtu.be/hxuKo_VdM9o , Silvio nos presentó un resumen de las principales ideas de Harari, con base a reflexiones del grupo Trisquel, del cual forma parte,  sobre el primer libro de Harari “De animales a Dioses”.Al final de su presentación, Silvio nos presenta su concepción personal de lo que el llama el “credo capitalista” con sus dogmas, rituales, ética y modos de evangelización.

Sesion del grupo – 17 de Septiembre, 2020
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vote, election, politics
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¡Qué hastío! ¡Qué cansancio! ¡Qué decepción! Por fin terminaron las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos. Ahora podemos regresar a la “normalidad” del coronavirus.  Las elecciones plutócratas del presente siglo se están convirtiendo cada vez más en un “dechado” de saturación, amenazas y manipulación. Y la presidencial estadounidense de 2020 batió los récords de las anteriores. Como ciudadano norteamericano, me siento desilusionado.

Según CNBC, el monto del gasto en esta campaña que acaba de finalizar superará los $52.5 billones de pesos colombianos (US $14.000.000.000). Un negocio jugoso para los gerentes de las campañas y para los medios de comunicación.

Saturación. La contaminación visual con pancartas, posters y vallas multicolores y multiformes, atiborradas en jardines, vías públicas, pantallas de TV, iPads, celulares y chats, en folletos, panfletos y tuits, sumada a la contaminación auditiva difundida en los mismos medios, incomodaba hasta la saciedad.

Amenazas. Cada partido se presenta como salvador. El triunfo de la contraparte implicaría el fin de la democracia, con un prurito de absolutismo en ambos lados. Ya no se habla de buenos o malos, sino de educados o no educados o de posición correcta o incorrecta. Aun así, se sigue tratando al otro con la misma intolerancia y/o desprecio. Absolutismo que conduce a escisiones profundas entre familiares, amigos y colegas de trabajo. Insultos, desplantes, intimidaciones a los votantes, manifestaciones callejeras cargadas de violencia, muertes, destrucción, procesos desconectados y desacoplados del “debate democrático” en donde se debería pretender esbozar y transmitir un plan de gobierno que planteara mecanismos para alcanzar un mejor bien-estar de los habitantes del país.

Manipulación. Finalmente, se llega a este terreno. Una manipulación gestionada a través de dos canales: el primero, el de la posverdad y, el segundo, el de la utilización encubierta de los sentimientos y quereres de las personas. Pululan los datos abiertamente tergiversados y las verdades a medias. Hay evasión de preguntas incómodas, acusaciones tendenciosas a la contraparte, debates insulsos y un martilleo continuo de mentiras. Es difícil entender de qué se está hablando o los argumentos en pro o en contra de una propuesta. Para controlar las mentiras, los medios de comunicación inventaron una métrica que calcula la falsedad de la información, denominada Pinocho, prueba que una vez aplicada la pierden ambas partes. Entramos así a una nueva era en donde la verdad es esquiva: no aparece en ningún rincón.

En el tema de la manipulación aparece Nada es privado. Un documental elocuente que devela descarnadamente cómo las campañas políticas, con el perfil de cada individuo, manosean a través de las redes sociales sentimientos, quereres y las limitaciones de las personas para hipnotizarlas y anestesiarlas con el fin de que inconscientemente voten por la opción “correcta”. 

Y después de todas estas maromas saturantes, amenazantes y manipulantes se llega a una votación pareja en donde una de las partes obtiene una ventaja porcentualmente pequeña y sale a gobernar victoriosa, en medio de la polarización y del odio, y a tratar de construir puentes entre posiciones artificialmente “irreconciliables”.

Es interesante puntualizar el aumento de votos en 2020 y su polarización. Según CNN, en este año la votación total para presidente subió de 143 millones en 2016 a 154,4 millones en 2020: un incremento de 8 %. Por otro lado, los dos partidos tradicionales absorbieron la gran mayoría de los votos de los partidos minoritarios que decrecieron de 14.2 millones en 2016 a 2.8 millones en 2020, quedando reducida su participación a 20 % de lo logrado en 2016. 

El presidente Trump, como consecuencia, obtuvo en 2020, 10.039.905 votos más que en el año 2016, para un total de 73.024.730, lo que representa un incremento de 16 % después de cuatro años de gobierno. De igual manera, el candidato Biden sumó 12.697.124 votos adicionales, 19 % más que los alcanzados en 2016 por Hillary Clinton, la candidata demócrata, para un total de 78.550.641 votos. Como logro indiscutible, los dos candidatos para la presidencia del año 2020 obtuvieron el mayor número de votos populares en la historia de sus respectivos partidos.

Definitivamente, campañas publicitarias exitosas, bien manejadas desde el punto de vista de mercadeo electoral (posverdad, amenazas y manipulación), y sin que se viera por ninguna parte consensos en los temas de interés para el bien-estar de los ciudadanos: salud, empleo, infraestructura, educación, pensión de retiro… y, por qué no, debates sobre el medio ambiente y la cooperación internacional

En Capitalismo Progresista, Joseph Stiglitz dice que a pesar de las elecciones la vida era y sigue inmutable para el 1 % de la sociedad que, de hecho, controla el poder político y económico. Ese porcentaje nunca ha salido a las calles a participar en manifestaciones o en debates públicos; financian por igual a los dos partidos políticos en contienda; controlan también los órganos legislativos y judiciales y seguirán compartiendo con fruición y regocijo los mismos clubes sociales. Este reducido número de ciudadanos controlaba, en 2019, el 42.5 % de la riqueza del país y recibía el 25 % de los ingresos nacionales por concepto de salarios y de rentas de capital, conviviendo con un 40 % de ciudadanos norteamericanos que no tienen el efectivo disponible para manejar una emergencia de US $400, ya sea para la enfermedad de un hijo o para la reparación del automóvil. Asimismo, los tres americanos más ricos Bezos, Gates y Buffett poseen más riqueza que el 50 % de los ciudadanos menos favorecidos. Con esta realidad, Estados Unidos se ubica en un índice de desigualdad Gini en 41,1, que es alto comparado con el de Alemania (31,9) o Francia (31,6) y que para Colombia es un preocupante 50,4.                                                                                                     

Stiglitz sugiere que se planteen cambios en el control político-económico del país, en donde las reglas no sean dictadas por el 1 % de los más ricos, con el fin de que las elecciones sean deliberativas, transparentes y constructivas; un sistema que garantice la imparcialidad de los mecanismos de control político y, finalmente, reduzca drásticamente el descomunal poder del dinero en la política. 

Con la implementación de este tipo de reformas el proceso electoral podrá convertirse en un foro fructífero y solidario que permita plantear un contrato social más benéfico para todos los ciudadanos.

Cualquier parecido con la cortina de humo electoral en mi primer país, es mera coincidencia.

Silvio Zuluaga

Noviembre 2020

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ballot, vote, choice
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Para ganar la presidencia de los Estados Unidos se requieren 270 votos del Colegio Electoral. ¿Cuál es la alquimia para llegar a ese número mágico?

El Congreso de la Federación de los Estados Unidos de Norteamérica está compuesto por 100 senadores de la Cámara Alta (dos por cada uno de los 50 estados federados), más 435 representantes a la Cámara, los cuales se reparten proporcionalmente al número de habitantes de cada uno de esos estados. 

El censo de 2010, que arrojó 309 millones de habitantes, es la base de la distribución de los miembros de la Cámara de Representantes: un representante por cada 711.000 habitantes. El número de representantes ha ido variando con el crecimiento de la población. Desde 1964 se mantiene congelado en 435 miembros.

Entonces, cada estado de la Unión cuenta con dos miembros en su colegio electoral más una cifra variable, de acuerdo con el número de los residentes del estado. La suma de estos dos guarismos es 535.

Por otra parte, la capital del país, Washington D.C. (distrito de Columbia) es una entidad política que no pertenece a ningún estado. No tiene representación en el Congreso de la Federación y, por ello, no tiene senadores ni representantes. Sin embargo, para la elección presidencial tiene asignados tres cupos en el Colegio Electoral, para alcanzar así el número final total de 538 miembros (535 +3).

Como para obtener la presidencia de Estados Unidos se requiere la mayoría en este Colegio, si se divide 538 por 2 el resultado es 269. Por ello, la mayoría queda conformada con 270 votos: el número mágico.

Explicado el proceso para determinar el número 270, veamos quiénes componen el Colegio Electoral, teniendo en cuenta que los miembros del Congreso de Estados Unidos no son los miembros del Colegio Electoral. Cada estado, de acuerdo con su legislación, nombra independientemente el grupo de personas que conforman el colegio electoral que le corresponde: dos por ser estados federados de la Unión Americana y un número variable según su población. 

Caminemos, entonces, un trecho que incluye tres paradas necesarias para llegar a la certificación definitiva de la presidencia estadounidense. 

Primero, la gobernación de cada estado cuenta los votos y comunica los votos emitidos a favor de cada uno de los candidatos. En este nivel se definen los reconteos y demandas por fraude, si las hubiere, situaciones que deben resolver los jueces competentes antes de que se reúna el colegio electoral estatal. Los medios de comunicación se encargan de difundir los datos suministrados por el Secretario de cada Estado. 

El segundo paso es la votación de los miembros del colegio electoral estatal para fijar su posición con respecto a la elección de presidente. Este colegio lo preside el Secretario del estado; se reúne la primera semana de diciembre y vota para presidente de acuerdo con los resultados de la elección en ese estado.

Existe, entre los miembros del Colegio Electoral de todos los Estados, un acuerdo por medio del cual el candidato que haya recibido el mayor número de votos en la elección popular del estado recibe todos los votos electorales de dicho estado. Esa votación no es grupal, sino individual. Cada miembro vota separadamente y puede votar contraviniendo el acuerdo mencionado”. Terminada la votación, el Secretario del estado envía los resultados estatales al Congreso de Estados Unidos.

En la historia de las elecciones presidenciales hasta 2016 se habían nombrado 23.529 delegados electorales. De estos, solo 165 (0.7 %) han emitido su voto en contra del candidato que obtuvo el mayor número de votos en su Estado. Sin embargo, a pesar de haber incumplido el acuerdo mencionado, en ninguna ocasión los votos de estos delegados “desleales” han cambiado el resultado final, correspondiente al convenio de que el ganador de los votos populares en cada estado recibe todos los votos del colegio electoral estatal.

Finalmente, el tercer y definitivo paso para la certificación de la Presidencia lo otorga la sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos que se lleva a cabo el 6 de enero siguiente a la elección. Allí se leen los resultados de cada estado y el del distrito de Columbia y se proclama presidente al candidato que obtuvo por lo menos 270 votos electorales.

De este proceso quiero destacar dos elementos. El primero: se da mayor representación a los estados con menos habitantes al otorgarles dos delegados, independientemente de su número de habitantes. Hay 10 estados que debido al bajo número de habitantes solo tendrían derecho a un representante en el Colegio Electoral si se tuviera en cuenta el número de sus habitantes. Con el sistema actual estos 10 estados tienen derecho a tres votos: dos por ser estado federado y uno por su número de habitantes. Por ello, desde la perspectiva de su población, los estados con mayor población de alguna manera quedan subrepresentados y los de menor población sobrerrepresentados.

En segundo lugar, el sistema no refleja cabalmente la premisa democrática de que una persona representa un voto. Esto no sucede en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, donde el que elige no es el voto popular, sino el voto del Colegio Electoral.

Silvio Zuluaga

Noviembre, 2020

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wanderer, backpack, hike
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En el cumpleaños número 70 me regalé una caminada por encima de árboles frondosos en el Amazonas. El primer reto era trepar, colgado de manilas y sentado en un arnés, hasta una altura de unos 27 metros, para luego, en medio de la brisa y la frescura de hojas, ramas, troncos y vacíos, empezar un recorrido por puentes tibetanos, mallas de lazos gruesos y puentes de madera. Una caminada tan espectacular como muchas que he realizado por doquier en casi 50 países que he visitado y por muchos rincones de Colombia. 

He trasegado por los desiertos de la Tatacoa y del Sahara; por parte del Camino de Santiago; alrededor del Mavecure, en el Guainía; en un monte sagrado en Osaka; en las inmensas llanuras de Australia; por las dunas de la Guajira y en vez de seguir mencionando más lugares fantásticos puedo decir que me fascina la naturaleza, no para contemplarla sino para sudarla.

Recuerdo que, en 1954, cuando tenía 10 años, mis papás me matricularon en Manizales en el recién inaugurado colegio san Luis Gonzaga de los jesuitas y sin que mis papás ni yo lo hubiéramos planeado comencé un viaje fascinante de profunda espiritualidad sobrenatural. Era entonces un niño juicioso, cooperador y, según la métrica jesuítica, bien plantado e inteligente, por lo cual encajaba, como anillo al dedo, dentro del perfil que ellos buscaban. Del colegio pasé al seminario menor en el municipio de Zipaquirá y luego al noviciado en La Ceja, Antioquia. Cada vez estaba más convencido de que podría salvar al mundo del pecado y trabajar asiduamente para que todos nos fuéramos para el cielo. En una mirada retrospectiva fue una vida plena, de grandes ilusiones, de increíbles amistades y de grandiosos sueños. 

A decir verdad, mientras estuve en la compañía de Jesús, la imagen del corazón de Jesús, del buen pastor o de Cristo rey no eran íconos de mi preferencia, pero sí la del Cristo redentor, el redentor de los pobres. Ese relato de la revolución y de la justicia social presidida por los sacerdotes obreros, Camilo Torres y el movimiento de Golconda, me mantuvo energizado por muchos años con los jesuitas. Luego, ese ardor se fue desvaneciendo y empecé a transitar por otros senderos. Había vivido mi juventud con plenitud y a los veintisiete años, después de haber estado 17 años con los jesuitas, decidí retirarme, sin traumatismos, pero eso sí, con un profundo sentido de agradecimiento por haber disfrutado un trayecto de mi vida con gusto, con pasión, con fruición.

Después, una de mis andanzas más asombrosas tuvo lugar en Marruecos cuando acampamos en medio del Sahara, después de que el camellero marroquí que se expresaba con fluidez en seis idiomas preparara en el tajín una cena de pollo y vegetales; mientras esperábamos, tomábamos té y comíamos dátiles. De noche, saliendo de la jaima para deambular por la arena, nos sorprendió el brillo de un firmamento atiborrado de estrellas en toda su circunferencia, con una infinidad asombrosa de tamaños, brillos y formas, como nunca lo había sospechado.

En medio de esa majestuosidad y de todo el esplendor una franja ancha, un trazo potente, partía el universo en dos. Era la Vía Láctea nítida, claramente delineada, con más de 300.000 millones de estrellas. Sí, más de 300.000 millones de estrellas. ¡Qué majestuosidad! ¡Qué imponencia!  Y, al mismo tiempo, ¡qué pequeñez la mía! Esta fue mi reflexión, ya alejada de toda visión sobrenatural: si alguien creó el universo, y si todavía existe, a ese ser no le preocuparía que una persona de un planeta imperceptible como la Tierra no le adorara, o blasfemara, ni la condenaría el “día del juicio final” al castigo eterno porque hubiera tenido una relación sexual “prohibida”.

Ya le daba sentido a la vida sin una mirada sobrenatural. Cuando por las mañanas de travesía veo una flor, pienso que cuando desaparezca lo que dejaré de apreciar es su encanto, forma, fragancia, color, sabor o su poder de atracción, porque su ser seguirá en la materia. Y mientras mis pasos siguen acompasados por un atajo, considero que mi futuro está unido al de la flor.

Hoy, como ayer, tengo muchos interrogantes sobre el bien y el mal, la injusticia en el mundo, el dolor, la pregunta por el comienzo del universo y otros tantos planteamientos ¨fundamentales¨ sin solución, que nunca me impidieron que cuando niño fuera juicioso y colaborador, ni que durante mi vida haya sido necesario resolver dichas incógnitas para ser un ciudadano feliz, que busca ser servicial, casi siempre…

Manizales, septiembre 2020

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