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Ramiro Valencia Cossio

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Existen varios factores que destruyen al ser humano. Y otros que son fuente de transformación y cambio. Con base en un texto de Mahatma Gandhi propongo una reflexión al respecto.

Le preguntaron en alguna ocasión a Mahatma Gandhi acerca de cuáles son los factores que destruyen al ser humano. Respondió así:

“La política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que la gente es amable si soy amable, que las personas están tristes si estoy triste; que todos me quieren, si yo los quiero; que todos son malos, si yo los odio. Que hay caras sonrientes, si les sonrío; que hay caras amargas, si estoy amargado; que el mundo está feliz, si yo soy feliz; que la gente es enojona si soy enojón; que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo: si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome ante la vida es la misma que esta tomará ante mí”.

Si tomamos cada frase de Gandhi y la interiorizamos, encontraremos una rica fuente de transformación y cambio.

Repito lo que se ha escrito muchas veces: todo lo que está fuera de nosotros es neutro, no es bueno ni malo. Simplemente es. Son mi mente, mis creencias, mis experiencias vividas las que colorean ‘la realidad’, mi realidad.

Gandhi tiene toda la razón: es mi realidad personal la que determina lo de afuera.

Haga el ensayo: empiece a sonreír y los demás sonreirán. Empiece a ser tolerante y los demás le corresponderán. Solo se recibe lo que se da.

Tantas veces hemos oído: “Solo se cosecha lo que se siembra”… Es cierto. No se puede  pedir peras al olmo. 

¿Qué estamos sembrando hoy para cosechar mañana? Si quiere ser amado…, ame. 

¡Usted es el espejo!

Ramiro Valencia Cossio

Octubre, 2021

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A veces, con bastante ligereza, transmitimos rumores, chismes, “chivas” o afirmaciones infundadas sobre otras personas, que pueden afectar su honra y que de alguna manera son un irrespeto. Este texto plantea tres interrogantes que debemos hacernos en esas situaciones.

Desde hace algún tiempo se ha puesto de moda hablar de “valores”. Las empresas se gastan buen tiempo en definir cuál es la visión, cuál es la misión y buscan que los empleados incorporen en su obrar los “valores” de esa determinada cultura empresarial. 

A quienes elaboran esas definiciones les quedan muy lindas la misión y la visión, y hasta la enunciación de los valores. Definidos estos, la pregunta es: ¿son puestos en práctica?

Por su parte, ¿se ha preguntado alguna vez cuáles son sus valores? ¿Es capaz de identificarlos? ¿Los demás puede identificarlo por los valores que practica?

Quedan estos interrogantes para la reflexión particular.

Por ahora, pensemos en uno de esos valores: el respeto al otro. ¿Cómo tiene lugar? ¿Cómo se da la relación con él, con sus peculiaridades y diferencias? Ese respeto, que incluye muchas aristas, se concreta también en el respeto a la honra.

Para mí es un deber y un valor que debo practicar. Para el otro, es un derecho que debe ser protegido, incluso por el Estado.

Somos muy ligeros, demasiado ligeros para actuar como correveidiles y regar chismes, cuentos y consejas. Creemos que con decir “a mí no me consta, pero fíjate que…”, “me contaron que…”, “no vas a decir, pero imagínate que…”, creemos, repito, que con anteponer estas frases quedamos exonerados de nuestra obligación de respetar a los demás. 

Traigo a colación un diálogo con uno de sus discípulos, atribuido a Sócrates:

Relatan que un discípulo de Sócrates le dijo al maestro: 

‒Quiero contarte que un amigo tuyo anda hablando sobre ti con maledicencia. 

A ello, Sócrates respondió:

‒¿Ya hiciste pasar por los tres filtros lo que vas a contarme?

El discípulo le preguntó:

‒¿Cuáles son esos tres filtros?

Entonces, el maestro le explicó:

‒El primero es la verdad. ¿Ya comprobaste si lo que quieres contarme es cierto en todos sus puntos?

El discípulo tuvo que reconocer que solamente lo habido oído decir a sus vecinos. Sócrates prosiguió:

‒Pero al menos habrás hecho pasar eso por el segundo filtro, que es la bondad. Lo que vas a decirme ¿es, por lo menos, bueno?

El discípulo le respondió:

‒No. En realidad, es todo lo contrario.

‒¡Ah!…, lo interrumpió Sócrates. Ahora, vayamos al último filtro: ¿sientes la necesidad de contarme eso?

‒Para ser sincero ‒le dijo el discípulo‒, no es necesario. Bueno, nada necesario. Mejor sepultémoslo en el olvido.

Siempre que vayamos a decir algo de otro, recordemos estos tres filtros: verdad, bondad y necesidad.

Ramiro Valencia Cossio

Agosto, 2021

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En dos casas de campo que he tenido con mi familia he sembrado guadua, una de las especies del bambú, planta que siempre me ha fascinado. En mi primera casa, el guadual creció tan rápido y tan frondoso que hubo que controlarlo para que no ocupara toda la finca.

En dos casas de campo que he tenido con mi familia he sembrado guadua, una de las especies del bambú, planta que siempre me ha fascinado. 

En mi primera casa, el guadual creció tan rápido y tan frondoso que hubo que controlarlo para que no ocupara toda la finca. Muchas tardes pasé meditando o leyendo bajo su sombra. Escuchar ese típico ruido de sus ramas cuando eran besadas por el viento me producía una paz indescriptible. El máximo goce venía entre cinco y seis de la tarde, cuando llegaban cientos de pájaros a pasar la noche. Un verdadero concierto de cantos y gorjeos.

En mi segunda casa, en un sitio donde pudiera apreciar su majestuosidad desde la terraza, también sembré un guadual que veía crecer casi a diario. No han venido los pájaros a convertirlo en hogar, pero en las tardes puedo apreciar un bellísimo baile, una multicolor danza al son de su propio canto. El viento y el guadual se funden como enamorados.

Cuando encontré este antiguo cuento zen, comprendí mi fascinación por el bambú:

“Hace mucho tiempo, dos agricultores iban caminando por un mercado, cuando se pararon ante el puesto de un vendedor ‒sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto‒.

‒ Mercader, ¿qué semillas son esas? ‒preguntó uno de ellos.

‒ Son de bambú. Vienen del Oriente y son muy especiales.

‒ ¿Por qué son tan especiales? ‒dijo uno de los agricultores.

‒ Si las llevan y las plantan, verán por qué. Solo necesitan agua y abono.

Así los agricultores, motivados por la curiosidad, compraron algunas semillas, volvieron a sus tierras y las plantaron. Pasado un tiempo, las semillas no germinaban, mientras los otros cultivos crecían y daban frutos. Entonces, uno de los agricultores le dijo al otro:

‒ Aquel viejo nos engañó. De estas semillas no saldrá nada y decidió dejar de cultivarlas, pero el otro siguió haciéndolo. Pasó más tiempo sin resultados, hasta un buen día, cuando el agricultor, a punto de dejar de regarlas, se sorprendió al encontrarse con que el bambú había crecido. No solo eso, sino que las plantas alcanzaron una altura de treinta metros en unas semanas. ¿Cómo era posible que, tardando muchos meses en germinar, alcanzaran tal tamaño en semanas?

La verdad es que, durante esos largos meses de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener su crecimiento posterior”.

En esta época de cambios vertiginosos, de lo rápidamente desechable, de relaciones efímeras y escasos compromisos personales y laborales, bien valdría la pena volver los ojos al bambú. Efectivamente, el bambú puede crecer unos 11 centímetros diarios y alcanzar su altura entre 26 y 32 metros en solo seis meses. Pero pasa mucho tiempo creciendo bajo tierra, generando las raíces que le permitirán sostener su altura…

¿Cuánto tiempo hemos empleado en crear nuestras raíces, nuestros valores, nuestros criterios de vida, nuestros conocimientos?

¡Qué bueno resultaría ser como un bambú!

Ramiro Valencia Cossio

Marzo, 2021

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Hace algún tiempo leí en un diario de Colombia una noticia que me llamó la atención: “Toma auge la sologamia”. Era la primera vez que veía esa palabra.

Hace algún tiempo leí en un diario de Colombia una noticia que me llamó la atención:

“Toma auge la sologamia”. Era la primera vez que veía esa palabra. Conocía la monogamia, la bigamia la poligamia, la endogamia y la exogamia, pero nunca la sologamia. Y escudriñé.

La tendencia de contraer ‘matrimonio’ consigo mismo se originó, no hace mucho, en Estados Unidos y se ha extendido a Europa y otros continentes. Los más fanáticos sostienen que es una reafirmación de sí mismos, que nadie es media naranja de nadie (somos naranjas completas).

Para otros es un compromiso de amor propio y autocompasión hacia una vida más feliz.

Indagué más. Una crónica del periódico El Español registra la ceremonia de 8 de junio de 2018 en la antigua iglesia de La Merced, hoy convertida en Centro Cultural, en Bilbao, y donde 15 mujeres contrajeron este tipo de ‘matrimonio’. Vestidas de novia frente a una concejala, cada una se juró amor eterno a sí misma ante 300 testigos: “Me comprometo a escucharme, a prestarme atención, a merecerme, (…) a tratarme con respeto, con humor y desenfado”. Todas hicieron el voto solemne: “Prometo serme fiel, cuidarme en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de mi vida”.

Parecía una locura, una parodia. Pero entendí que era muy serio. Algunas tienen parejas y otras no se niegan a tenerla en el futuro. No es un rechazo al matrimonio, sino la decisión de contraer consigo mismo un compromiso solemne de amor, respeto, cuidado y compasión.

Me pregunté, entonces, si nos queremos de verdad a nosotros mismos. Usted que lee y yo que escribo, ¿nos cuidamos, nos respetamos, nos cultivamos y nos damos siempre lo mejor en lo físico, en lo mental y en lo espiritual? No sería una locura si algún día decidiéramos hacer ese voto solemne y excepcional, para poder aportar a los otros esa riqueza humana.

Reitero lo que he expresado: la ineludible obligación de gerenciarnos a nosotros mismos. Somos la única empresa que nos dieron para dirigir. No es posible nombrarle un gerente distinto ni contratar a un tercero. Nuestra vida, nuestras decisiones, pensamientos y sentimientos son únicamente nuestra responsabilidad, así como el resultado.

A un carro le chequeamos los neumáticos, el aceite, el motor, los frenos y el combustible. ¿Qué hacemos con el vehículo de nuestra existencia espaciotemporal? ¿Lo mantenemos en forma, lo revisamos? ¿Cuidamos nuestras relaciones, el otro, los otros, lo que vemos, lo que leemos? 

¿Sé para dónde voy y qué quiero en la vida? ¿Me gerencio?

Ramiro Valencia Cossio

Febrero, 2021

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Nuestro continente y el mundo se sorprenden con frecuencia por noticias escandalosas de casos de corrupción, flagelo imperante no solo en el sector oficial, sino también en el sector privado.

Nuestro continente y el mundo se sorprenden con frecuencia por noticias escandalosas de casos de corrupción. Flagelo imperante no solo en el sector oficial sino también en el sector privado.

Es como si hubiéramos perdido el rumbo y olvidado valores y principios que deberían llevarnos a obrar con rectitud.  La corrupción es una sombra que avanza inexorable, abarcando todos los ámbitos del quehacer humano.

No hay corrupto sin corruptor.

¿De dónde nace la corrupción? ¿Es corrupto solo el que se apropia del dinero público? ¿O el que da o recibe lo que hemos, con eufemismos, llamado “mermelada”? ¿Solo el que soborna?

Comparto con ustedes un escrito que me llegó. Desconozco su autor, pero me parece que vale la pena reflexionar sobre su contenido:

La verdadera ley anticorrupción empieza en el hogar

“No le compre la libreta militar a su hijo.

No le compre el cupo en la universidad.

No le saque cédula falsa.

No le compre la licencia de conducción.

No le dé dinero para pagar que le hagan los trabajos de la universidad.

No soborne policías y muchísimo menos delante de sus hijos.

No compre objetos robados. Recuerde que en la mente de un estafado hay un estafador.

Pague el salario justo a sus trabajadores y particularmente a quienes tiene en el oficio doméstico. Reconózcales sus prestaciones.

No arroje basuras a la calle. Haga las filas y no se cuele, aunque gane tiempo.

No actúe como narco, aunque tenga plata.

No humille al que tiene menos plata o poder que usted.

No fomente el bullying y la agresión en los colegios.

Deje de decirle a su hijo que lo importante es la plata y que hay que salir adelante como sea.

¡Ah! Y que no es muy de buenas porque se encontró una billetera o un celular. Devuélvalos, tienen dueño y los necesitan.

Eduque a sus hijos y enséñeles el respeto a los demás.

Solo con el ejemplo les enseñamos a nuestros hijos a ser honestos, alegres, generosos, responsables, serviciales y felices. No importa que no sean los más ricos del cementerio”.

En el hogar se forman excelentes seres humanos. En la casa se incuba la corrupción.

Ramiro Valencia Cossio

Enero, 2021

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El fin y el inicio de un año son momentos propicios para examinar experiencias. No se trata de visitar la tumba de los propósitos muertos, sino de mirar la existencia con gratitud.

He recordado reflexiones de autores que han tocado mi alma, he compartido y en estos instantes vale la pena tamizar.

Nada es sabido si no se interioriza; un burro cargado de libros seguirá siendo un burro, en tanto el conocimiento es de la mente y la sabiduría, del espíritu. Lo decía san Ignacio de Loyola: “Porque no el mucho saber harta y satisface el ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente”.

Cómo olvidar que en El Principito, Antoine de Saint-Exupéry nos devela un maravilloso secreto que el zorro deja como legado: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”. Sí, cada relación, de todo tipo, con otro ser humano, crea un lazo tal que se convierte en parte de nosotros mismos y de ello somos responsables.

Khalil Gibran, excelso poeta y místico libanés, nos dejó en su obra maestra El Profeta enseñanzas profundas y perennes. Cito algunas. Hablando acerca del matrimonio dice: 

Amaos el uno al otro, mas sin hacer del amor una cadena;

que este sea más bien un mar moviéndose entre las orillas de vuestras almas.

Que cada uno llene la copa del otro, mas no bebáis de una misma copa;

compartid vuestro pan, pero no comáis de la misma hogaza.

Cantad y danzad juntos, y sed felices, pero que cada uno pueda estar solo,

tal como las cuerdas de la lira que, aunque separadas, todas vibran con la misma música. (…)

Y estad juntos, pero no demasiado cerca, porque las columnas del templo se levantan separadas

y el roble y el ciprés no crecen el uno a la sombra del otro.

De qué manera más hermosa nos señala que el amor no puede esclavizar, que nace y se prolonga justo cuando cada uno mantiene su propia identidad y su plenitud.

Y cuando habla de los hijos, sentencia: 

Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Son los hijos y las hijas de los anhelos que la vida tiene de sí misma.

Vienen a través de vosotros, más no de vosotros, y aunque vivan de vosotros no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor, más no vuestros pensamientos,

porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis dar albergue a sus cuerpos, mas no a sus almas,

porque sus almas moran en la casa del mañana, que ni siquiera en sueños os es dado visitar. 

Más adelante agrega: 

Podéis esforzaros en ser como ellos, más no intentes hacerlos como vosotros, 

porque la vida no marcha hacia atrás, ni se detiene en el ayer.

Finalmente, traigo a colación lo que Deepak Chopra nos enseña en su libro El sendero del mago: “Hay un mago dentro de cada uno de nosotros (…), un mago que lo ve y lo sabe todo”.

Es nuestra tarea acallar la mente e ir a lo profundo de nuestro ser en silencio. Encontrarse con la esencia espiritual donde se revela nuestro mago interior.

Ramiro Valencia Cossio

Diciembre, 2020

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¿Por qué le tenemos tanto miedo a envejecer? Gran parte del temor se origina en que vemos a otros, nos impactan los estragos de la edad, pero le prestamos menos atención a quienes envejecen con alegría, con optimismo y con serenidad.

En su libro Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo, Deepak Chopra expresa ‒a propósito de la bioquímica del cuerpo como producto de la conciencia‒: “Aunque toda especie de vida superior envejece, solo los humanos sabemos lo que nos pasa, y traducimos este conocimiento en decadencia misma. El miedo a la vejez te hace envejecer más aprisa”.

En otro aparte de su libro trae a colación la investigación realizada en 1979 por la sicóloga Ellen Langer y sus colegas de Harvard que ofrece una maravillosa demostración al revertir la edad biológica de un grupo de ancianos de 75 años a quienes les realizaron exámenes físicos y mentales y, tras la prohibición de llevar diarios, revistas, libros y fotos familiares posteriores a 1959, los reunieron en un retiro campestre durante ocho días. Allí entendieron el propósito: todo ‒libros, ropa, periódicos, programas de televisión y hasta conversaciones‒ había sido preparado para reproducir la vida como era 20 años atrás.

Hasta sus escarapelas llevaban una foto de cuando tenían 55 años.

A otro grupo, de la misma edad, lo llevaron a un retiro similar, pero sin retornar a la atmósfera de dos décadas atrás. A todos, a lo largo de esa semana, les monitorearon su fuerza física, su postura, su percepción, la cognición, el oído, la vista, el gusto… El resultado fue asombroso. En el primer grupo hubo una mejora sustancial en memoria y destreza manual. Eran más activos y autosuficientes y, analizadas por peritos, fotos de antes y después del retiro mostraron rostros rejuvenecidos unos tres años en solo ocho días.

Concluye Deepak que este experimento demuestra que cuando el viejo paradigma nos decía que el tiempo es objetivo, en realidad nuestro cuerpo responde al tiempo subjetivo. Agrega que este experimento convirtió a estos hombres en viajeros del tiempo interior.

Cabe, para nosotros, reflexionar sobre nuestra realidad hoy. ¿Qué hacemos con nuestro cuerpo? Si es nuestro vehículo en esta experiencia espacio-temporal, ¿cómo lo cuidamos? ¿Con qué alimento? ¿Cómo lo ejercitamos? Y si la diferencia con los demás seres vivos es la conciencia, ¿qué pasa en nuestra mente? 

El Maharishi Majesh Yogui nos enseñó que ahí donde está tu atención, allí está tu corazón. ¿Cuáles pensamientos, entonces, ocupan nuestra mente? ¿Qué leemos? ¿Qué escuchamos? ¿Con quiénes nos relacionamos?

En último término, ¿qué señales mandamos a nuestro cuerpo?

Sin duda, vamos a envejecer. Sin embargo, nos queda un camino para direccionar ese envejecimiento. Vale la pena hacernos una simple pregunta cuando nos miremos al espejo antes de iniciar las labores diarias: ¿cuán viejo soy?

Ramiro Valencia Cossio

Diciembre, 2020

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Nunca dejo de plantearme por qué el hombre, si es capaz de prolongar su sentido de la vista con potentísimos telescopios para escrutar el universo profundo, no ha sido capaz de conquistar su propio corazón. ¿Por qué, si con microscopios electrónicos observa partículas ínfimas de nuestras células y átomos para comprender el funcionamiento de nuestro organismo, le cuesta tanto vivir en armonía y en paz en su hogar, en su lugar de trabajo, en la sociedad…?

Hace apenas unos meses, el hombre fue capaz de fotografiar, por primera vez, un agujero negro tres millones de veces más grande que La Tierra ‒imagen captada por el Event Horizon Telescope, “un absoluto monstruo”‒. Sin embargo, le cuesta ser tolerante con el otro y aceptar la diferencia.

Permítanme distraerlos un poco en el agujero negro para saber que su masa es 6500 millones de veces superior a la del Sol y que el horizonte de sucesos a su alrededor tiene 40.000 millones de kilómetros, es decir, resulta ocho veces más grande que el sistema solar. Y algo más: se encuentra a 55 millones de años luz de nosotros (recordemos que la luz viaja a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo). ¿Sí seremos tanto, como a veces nos creemos?

Al mismo tiempo, este hombre se debate entre egos y en la creencia de que es superior al otro y, por tanto, debe dominarlo, desata una guerra mundial y logra proezas científicas y tecnológicas increíbles. Hace poco leí que en los chips ya se encuentran transistores de diez nanómetros ‒el virus de la influenza mide 64 nanómetros‒. Un nanómetro es una millonésima parte de un milímetro, o sea, la milmillonésima parte de un metro.

Pero este Homo sapiens, primate que tuvo conciencia y, aún más, conciencia de tener conciencia, se ve muchas veces tiranizado por una mente incapaz de controlar entre pensamientos, emociones, sentimientos, creencias, intenciones, decisiones, deseos, intereses y… ego: la imagen de mí mismo.

Por supuesto,resulta imposible no tener ego. Pero nadie es solo su propia historia.

Solo para ilustrar, les comparto un breve cuento zen:

Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón, retó a un maestro zen reconocido por su destreza. El joven demostró una notable técnica cuando le dio en el ojo a un lejano toro en el primer intento y luego partió esa flecha con el segundo tiro. 

‒A ver si puedes igualar eso, le dijo al viejo. 

Inmutable, el maestro no desenfundó su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia lo alto de la montaña. Curioso, el campeón lo siguió hasta un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado en el medio del inestable tronco, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco y disparó un tiro limpio y directo.

‒ Ahora es su turno, afirmó, mientras se paraba graciosamente en tierra firme.

Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo subir al tronco y, menos, hacer el tiro. 

‒ Eres diestro con el arco ‒dijo el maestro‒, pero poco hábil con la mente, que te hace errar el tiro.

Entonces, vale la pena preguntarse: ¿manejo mi mente? 

Ramiro Valencia Cossio

Noviembre, 2020

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En estos días le dije a mi nieto menor Oliver: te contaré la historia de Alí Babá. Él me respondió: Rami, cuando yo era chiquitico me gustaban mucho las historias. No pude contener la risotada. Una vez solo, reflexioné. ¿Es posible que un niño de esa edad tenga ya un concepto del pasado? ¿No son de su esencia el presente, el aquí y el ahora?

Me devolví, así, a mi pasado, a pedazos de infancia, a pequeñas experiencias. Y me vi llorando en la puerta de mi casa, cuando mi mamá tenía que salir. Fueron viniendo a mi memoria juegos simples con pelotas de trapo, con tapitas de gaseosas… Recorrí los años de la primaria, de la universidad, las experiencias enriquecedoras. Hasta que caí en el presente, algo más de 74 años plenos y de innumerables bendiciones. 

Recordé, entonces, el chat de un amigo que me envió un escrito de la parlamentaria alemana Silvia Schmidt, del cual reproduzco una buena parte:

Y tuve que aceptar

Que no sé nada del tiempo, que es un misterio para mí y que no comprendo la eternidad.

Yo tuve que aceptar que mi cuerpo no será inmortal, que él envejecerá y un día se acabará.

Que estamos hechos de recuerdos y olvidos; deseos, memorias, residuos, ruidos, susurros, silencios, días y noches, pequeñas historias y sutiles detalles.

Tuve que aceptar que todo es pasajero y transitorio.

Y tuve que aceptar que vine al mundo para hacer algo por él, para tratar de dar lo mejor de mí, para dejar rastros positivos de mis pasos antes de partir.

Yo tuve que aceptar que mis padres no durarían siempre, y que mis hijos poco a poco escogerían su camino y proseguirían ese camino sin mí.

Y tuve que aceptar que ellos no eran míos, como suponía, y que la libertad de ir y venir, es también un derecho suyo.

Yo tuve que aceptar que todos mis bienes me fueron confiados en préstamo, que no me pertenecían y que eran tan fugaces como fugaz era mi propia existencia en la tierra. 

Y tuve que aceptar que los bienes quedarían para uso de otras personas cuando yo ya no esté por aquí.

Yo tuve que aceptar que barrer mi acera todos los días no me daba garantía de que era propiedad mía, y que barrerla con tanta constancia solo era una fútil ilusión de poseerla.

Yo tuve que aceptar que lo que llamaba “mi casa” era solo un techo temporal, que un día más, un día menos, sería el abrigo terrenal de otra familia. (…)

Yo tuve que aceptar que los animales que quiero, y los árboles que planté, mis flores y mis aves, eran mortales. Ellos no me pertenecían. Fue difícil, pero tuve que aceptarlo. (…)

Yo tuve que aceptar mis fragilidades, mis limitaciones, y mi condición de ser mortal, de ser efímero. (…)

¡Eso me hizo reflexionar y aceptar, y así alcanzar la paz tan soñada!

La vida es un regalo que se te ha dado. Haz de este viaje algo único y fantástico. 

Y yo, entonces, tuve que aceptar…

Ramiro Valencia Cossio

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