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Jesús Ferro Bayona

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Se atribuye al rey Luis XIV la célebre frase en francés “l’État, c’est moi”, tan original y vigorosa que su versión al español “el Estado soy yo” no conserva su fuerza como pasa con frecuencia en las traducciones.

Y aunque historiadores como Louis Madelin anotan que la expresión es apócrifa, la historia atestigua que con apenas 16 años el rey salió furibundo del recinto del Parlamento de París mandando a callar al presidente del organismo cuando este, invocando el interés del Estado, se negó a firmar un edicto financiero de los numerosos que el monarca ordenaba producir. Luis XIV exigía permanentes recursos económicos con el fin de hacer frente a los gastos colosales que él mismo prodigaba para el estilo de vida que llevaba con su corte en Versalles.

Eran los tiempos del despotismo de las monarquías que marcaría por varios siglos a los gobiernos europeos que no frenaban sus despilfarros en palacios, fiestas y guerras caprichosas, y que concentrando todos los poderes en ellos, nada los detenía, solo la muerte. En la historia ha quedado consagrada la palabra absolutismo que desde los comienzos de la Modernidad caracterizó una forma de gobierno que emulaba a los dioses cuya voluntad no tenía límites según la imaginación religiosa de cada pueblo. 

Todos los monarcas soñaban con ser emperadores de Europa, una dignidad más encumbrada; pero si no eran elegidos, se creaban a su alrededor como contrapeso un aura de inefable grandeza en sus reinos. Pero apareció quien les iba a dañar la fiesta: al poco tiempo de muerto el rey, Montesquieu escribió El espíritu de las leyes, una obra clarividente de filosofía del Estado, en la que planteó la distribución de funciones y la separación de poderes en tres ramas: ejecutiva, legislativa y judicial, motivo de amplio debate en el país la semana pasada. 

No había que esforzarse para entender que Montesquieu atacaba a los regímenes despóticos, proponiendo un modelo diferente de gobierno que enterrara a las monarquías absolutistas. Las democracias modernas han recogido su legado, imponiéndole cortapisas a la concentración de poderes en una sola persona y anteponiendo la ley a la voluntad personal del gobernante. No es una casualidad que Montesquieu haya titulado su obra más destacada con el nombre de espíritu, pues se trata de que la ley sea un mandato de obligatorio cumplimiento para todos, gobernantes y gobernados, pero sin vaciarla de contenido filosófico pues las leyes deben mejorar y dignificar la convivencia humana condenando las injusticias y refrenando el despotismo que en su tiempo era aplastante.

Jesus Ferro Bayona

Mayo, 2023

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Lo peor es que siempre habrá quienes las justifiquen, pero son mayoría los que reconocen que en las guerras no se trata de vencer al enemigo sino de matarlo. La que terminó hace 50 años fue apenas una de las incontables guerras que siguen enlodando la dignidad humana.

El pasado 29 de marzo, hace 50 años, fue el día cuando, después de la muerte de casi sesenta mil norteamericanos -muchachos que rondaban los veinte años en su inmensa mayoría y de haber arrasado por completo el país invadido, lanzando sobre él diez veces más bombas que sobre toda Europa a lo largo de la segunda guerra mundial- el ejército estadounidense salió por fin de Vietnam.

Cuando acabé de leer el párrafo anterior, que cito al pie de la letra de la novela de Javier Cercas, La velocidad de la luz, sentí que la memoria es borrosa, pero también, y eso es lo más desconcertante, que la guerra de los otros, se diría la guerra que creemos es ajena porque no ha tocado nuestra piel, no nos produce el choque emocional que la distancia y el olvido van borrando de la memoria. Yo era entonces un estudiante en una universidad de París. Las imágenes de los miles de jóvenes recorriendo durante meses los Campos Elíseos, portando banderas rojas, mientras gritaban en contra de una guerra odiada hasta las vísceras de su ser, se me volcaron como si hoy fuera ayer. En la novela, Cercas traza la historia de esos hechos atroces acudiendo a las figuras de dos hermanos, Rodney y Bob, provenientes del estado de Illinois que fueron reclutados para ir al frente de uno de los conflictos bélicos más traumáticos e infernales de los últimos tiempos.

No es sino traer al recuerdo la fotografía, que recorrió el mundo entero, de la niña vietnamita huyendo desnuda y llorando con otros niños, producto de las quemaduras de una bomba de napalm, para volver a recuperar la compasión que lleva uno adentro medio dormida, trasunto de la Pietà que esculpió Miguel Ángel Buonarroti para dejarnos la imagen de María mirando inconsolable a su hijo Jesús recién bajado de la cruz.

Mientras que su hermano Bob murió tras pisar una bomba de setenta kilos de explosivos, Rodney no quiso dar por terminado su servicio en el ejército. Sin embargo, es quien transmite en las cartas a sus padres el horror de una guerra sin propósitos, sin dirección definida y sin sentido como fue la de Vietnam en la que no cabía ni la más mínima posibilidad de redención o grandeza o decencia, como no cabe tampoco en la de Ucrania a pesar de todos los motivos que se inventen para maquillarla y cambiar su nombre por un conflicto territorial o étnico. 

Lo peor es que siempre habrá quienes las justifiquen, pero son mayoría los que reconocen que en las guerras no se trata de vencer al enemigo sino de matarlo. La que terminó hace 50 años fue apenas una de las incontables guerras que siguen enlodando la dignidad humana.

Jesús Ferro Bayona

Mayo, 2023

Publicado en El Heraldo de Barranquilla, Colombia.

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Como buen defensor de su región caribe, Chucho nos hizo ver la semana pasada, la necesidad de que los grandes eventos culturales -como la feria del libro- deberían descentralizarse para beneficiar también a los territorios. Hoy insiste en el tema, mostrando que eso es posible.

Con el nombre de Feria del Libro de la Gran Cuenca del Caribe se inauguró en mayo de 2003 la primera en Barranquilla. Innumerable público acudió a mirar las novedades y a gozar hojeando libros impresos que autores de aquí y del Caribe publicaban por primera o enésima vez para tener la dicha de ser leídos, gratificación que todo escritor y escritora esperan.

La iniciativa partió del entonces vicepresidente Gustavo Bell, quien contó con el apoyo de la Universidad del Norte, el Plan Caribe, Planeación Nacional y las librerías de la ciudad, para aunar esfuerzos económicos y de organización a fin de ofrecerles a niños, jóvenes y adultos la ocasión maravillosa de tener una feria de libros local, sin tener que viajar a Bogotá como suele pasar con muchos eventos culturales de similar proporción. 

El escenario fueron las instalaciones de Combarranquilla del barrio Boston. La primera Feria tuvo un éxito resonante, con la asistencia de numerosos estudiantes de colegios y universidades que atiborraron el espacio donde estaban los stands de libros, aunque se cree, con prejuicio, que la lectura no despierta la alegría, como sí lo hace un partido de fútbol. 

El nombre la Gran Cuenca del Caribe fue un acierto porque le dio a la Feria una dimensión internacional atrayente para autores, editores, académicos, críticos literarios no solo de la región caribe colombiana y del país, sino también de Barbados, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Jamaica, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, Venezuela, México, Trinidad y Tobago, y la isla de Santa Lucía. 

Precisamente, originario de esta última, apareció en el recinto el premio Nobel de Literatura 1992, Derek Walcott, vestido de lino blanco y corbata marrón que atrajo las miradas por su porte físico e intelectual, cual si fuera el Homeros de su gran poema épico por el que recibió el premio Nobel. Estuve a su lado esa noche y me fascinó hablar con él y estrechar su mano. 

Después de esa primera feria no se organizaron más sino hasta cuando se abrió el centro de Eventos Puerta de Oro adonde volvieron, suspendiéndose los años 2021 y 2022 por la pandemia. Recibí muchos comentarios con motivo de mi pregunta en mi pasada columna sobre si tendríamos Feria este año, señal del sinnúmero de lectores que esperan su retorno. 

Antes de enviar este escrito al periódico, leí con agrado que Juan J. Jaramillo, director de la Corporación Nieto Arteta, anunciaba que la Libraq sí tendrá lugar en septiembre con apoyo de Alcaldía Distrital, la Gobernación, la Fundación Santo Domingo y la Cámara de Comercio. 

¡Enhorabuena!

Jesus Ferro Bayona

Mayo, 2023

Publicado en el El Heraldo de Barranquilla

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La Feria del Libro de Bogotá -FILBO- se está consolidando como evento de importancia internacional…las ferias regionales, ¿para cuándo?

En casi todas las entrevistas a escritores y escritoras que he leído por años, aparece la infancia como el lugar privilegiado, origen mítico, del hábito de leer que adquirieron para toda la vida. Nuccio Ordine, gran maestro del humanismo, profesor universitario en Calabria e invitado como conferencista a la actual Feria del Libro de Bogotá, confiesa en una entrevista a propósito de su libro más reciente “Los hombres no son islas” que fue una maestra quien hizo nacer en él su amor por el conocimiento, mostrándole las páginas de su lectura más entrañable de niño: “Corazón” de Edmundo de Amicis, un libro de niños escrito al ritmo de los meses del año que leí en mi infancia.

No quiero posar de intelectual prematuro. Gozaba también durante la niñez con los cómics publicados en los periódicos que retrataban las aventuras de Tarzán, que hacían volar mi imaginación por selvas inauditas, y, cómo no, las pesquisas de criminales de Dick Tracy, que pudo ser parte de lo que despertó en mí el espíritu inquisitivo que siento como llama de la curiosidad, esa sí intelectual, que se volvió inherente a mi vida.

Es cosa sabida y repetida por los grandes pedagogos que el ambiente familiar es definitivo en la construcción de los hábitos que para bien o para mal forman al ser humano desde la primera infancia. Los padres, antes que los maestros de las escuelas, pero sin que falten estos últimos, son figuras que, como el escultor, moldean la mente infantil y por ende el comportamiento humano. 

Por esa razón, el hábito de la lectura, rotundamente se puede decir, nace en el hogar, aunque con raras excepciones se rehace un poco más tarde. Y cuando hablamos de ambiente, nos referimos ciertamente al ámbito social donde crecemos. Un contexto que brinde espacios como son las bibliotecas infantiles de barrios, escuelas primarias, bibliotecas públicas municipales, afianzan por su lado el hábito de leer en los niños. 

Sin lugar a dudas, un maestro de escuela primaria o secundaria se convierte para muchos, en el mejor recuerdo de quien fue el guía clave para abrir horizontes mentales y sensibles en los jóvenes cuando una vez nos leyeron en voz alta y con emoción un párrafo entero de la Odisea de Homero o una página de Cien años de soledad. 

Las ferias de libros se han convertido en espacios maravillosos de promoción de la lectura. Es la sana envidia que produce la recién abierta Feria del Libro en Bogotá, y las que se anuncian para este año en Medellín, Cali y Bucaramanga. Pero en lo local, nuestra feria  brilla por su ausencia. Barranquilla, ¿cómo vamos?

Jesus Ferro Bayona

Abril, 2023

Publicado en El Heraldo, de Barranquilla.

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Los últimos adelantos de la Inteligencia Artificial (IA) han despertado un debate mundial sobre el  acelerado desarrollo tecnológico y los límites de la ética humana.

Más de mil personas, entre ellas líderes mundiales de la industria tecnológica como Elon Musk, dueño de Twiter, y Bill Gates, fundador de Microsoft, han dirigido al Future of Life Institute una carta que es paradójica

Los firmantes piden a las industrias especializadas en la creación de Inteligencia Artificial que hagan una pausa de seis meses en los avances de la investigación sobre el ChatGPT. El objetivo de la pausa solicitada es que se logre formular, entretanto, un protocolo de seguridad que proporcione bases mínimas para poder controlar lo que parece incontrolable, teniendo en cuenta las predicciones que se hacen acerca de la autonomía que con respecto a sus creadores humanos pueden desarrollar nuevas mentes digitales más potentes que las humanas. Además, temen que puedan darse ciberataques y aumento de imágenes e informaciones falsas que serán muy peligrosas para la humanidad. Es decir, se corren riesgos exponencialmente más dañinos que los que padecemos en la actualidad con la proliferación de informaciones desordenadas y sin verificación que a diario difunden las redes sociales.

No parece lógica la solicitud cuando se sabe que a la industria de las nuevas tecnologías le interesa producir más y más aplicaciones y herramientas para el consumo masivo. El mercado de las tecnologías, y todavía más si se añade la inteligencia artificial, se halla en un crecimiento asombroso que es muy lucrativo. Llama por eso la atención que entre los productores tecnológicos se hable no solo de la necesidad de establecer protocolos de seguridad. Se apela también al establecimiento de responsabilidades por los daños que la inteligencia artificial puede causar, como son los 300 millones de desempleos que están en riesgo cuando las máquinas reemplacen las tareas que hoy hacen los seres humanos. 

También están en la mira de las responsabilidades los efectos que la inteligencia artificial, mal empleada y sin dirección adecuada, pueden tener en la educación como serían la anulación de la capacidad crítica, de la autonomía del razonamiento y la baja del rendimiento creativo de los estudiantes. 

El filósofo español Fernando Savater tituló uno de sus libros Ética de urgencia, que me parece oportuno para referirme a la necesidad imperiosa que tenemos sociedad civil, Estado y educadores no solo de exigir controles, como lo piden los firmantes mencionados, sino de trascender con ética que impregne las conciencias y haga pensar que el crecimiento humano no se reduce a lo material: es un crecimiento espiritual  para que sea plenamente humano.

Jesús Ferro Bayona

Abril, 2023

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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Los evangelistas nos hacen presenciar una escena tejida con dramatismo en la cual se ha sustentado por siglos, la creencia fundamental de la fe cristiana que proclama que Jesucristo resucitó de entre los muertos.

A la pregunta de cuál libro se llevarían a una isla en caso de que los confinaran en ella, no pocos escritores y lectores asiduos responden que se llevarían la Biblia. Unos añaden que es el libro más hermoso, literariamente hablando, y otros, sustentándose en la fe, dicen que es el más sublime. 

Uno entiende las respuestas porque los libros significan un mundo, un espacio de realidad intangible en el cual se realiza un encuentro vital, mediante palabras, con quien las escribió. Ya sea que se trate de palabras escritas ayer, -hace unos días-, como sucede con las columnas de prensa, una crónica periodística, o que se trate de la lectura de un libro escrito en tiempos remotos. 

Como si fuera un misterio, si es que no lo es, al leer un texto de Platón, escrito cinco siglos antes de nuestra era, uno percibe que está hablando con el autor de uno de los más bellos libros sobre el amor que es El Banquete. Las palabras tienen vidas milenarias, estén talladas en una piedra de Mesopotamia, en forma de jeroglíficos egipcios que gracias a la Piedra de Rosetta podemos descifrar, en un junco de un antiguo río como bellamente lo describió Irene Vallejo, o en incunables “más recientes” de cuando Gutenberg inventó la imprenta, finalizando el siglo XV. 

En todo caso, la palabra hace presente lo que asumíamos ya ausente: la guerra de las Galias de Julio César, los viajes de Marco Polo a la China. Los relatos del Nuevo Testamento reviven lo que el cristianismo celebra el domingo de Pascua que es de Resurrección. 

Los evangelistas narran que al tercer día de muerto Jesucristo, María Magdalena y otras Marías fueron a la tumba con aromas para embalsamar su cuerpo pero se asustaron cuando vieron que la piedra que cubría la entrada estaba rodada y mucho más cuando un joven sentado adentro les dijo que el Crucificado ya no estaba ahí. 

Los evangelistas nos hacen presenciar una escena tejida con dramatismo en la que se ha sustentado por siglos la creencia fundamental de la fe cristiana que proclama que Jesucristo resucitó de entre los muertos. La narración es para el lector, creyente o no, -pieza literaria sólo o relato de fe-, una forma de presenciar con palabras lo que aconteció. 

No es poco decir en términos de conectarnos por medio del lenguaje con hechos sorprendentes aunque intangibles, porque no podemos verificarlos, pero que nos hacen sentir que los presenciamos cuando los estamos leyendo. Es el misterio de la lectura. Para el cristiano es el misterio de la resurrección. Tan ininteligible para la razón, tan decisivo para afirmar la fe del que cree. 

Jesus Ferro

Abril, 2023

Publicado en El Heraldo, de Barranquilla.

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En solo tres meses de este año, se han dado 30 incidentes con armas de fuego en escuelas de los Estados Unidos. Resultado: ocho muertos y veintitrés heridos.

La semana pasada sucedió un nuevo tiroteo en un colegio de Nashville (Tennessee). protagonizado por su ex alumna Audrey Hale, mujer de 28 años. El saldo: tres niños y tres adultos muertos. La mujer fue abatida por los agentes de policía que llegaron al lugar.

Calificar de desgarrador este nuevo hecho de sangre es repetir lo dicho treinta veces este año e innumerables años atrás. Los adjetivos para lamentar los ataques con armas de fuego están gastados en un país que lleva -desde 1968- un millón y medio de norteamericanos que han perdido la vida a balazos, más que la suma total de todas las muertes sufridas en guerra por ese país, desde que se disparó el primer tiro de la Revolución estadounidense (1773).

Tomo este dato del libro Un país bañado en sangre del admirado escritor neoyorquino Paul Auster, publicado este año. Lo estaba leyendo cuando vi la noticia de la matanza en el colegio de Nashville ocurrida el pasado lunes 27 de marzo.

Para ser un libro de un literato como Paul Auster uno podría confundirse pensando que el autor es otro, pues se trata más de un ensayo periodístico muy documentado con cifras, fechas y estadísticas que abruman al lector. Pero desde el inicio y hasta el final del libro, uno nota que el narrador aborda esa “desgarradora” historia del uso de las armas de fuego en su país, desde una perspectiva existencial en la que su vivencia es el testimonio probablemente más impactante –como para mi lo es- de la tragedia que vivió en el seno de la familia.

Un 23 de enero de 1919, después del final de la Primera Guerra Mundial, “mi abuela mató de un tiro a mi abuelo”. Ambos estaban separados. El abuelo vivía con sus hijos y otra mujer. El padre de Auster, que presenció la escena cuando tenía seis años y medio, junto con su tío de nueve años, estaban en la misma casa del infausto acontecimiento, en habitaciones contiguas. Sin duda alguna, un hecho tan violento dejó a los hijos, a toda la familia, a todas las generaciones futuras, sumidos en un trauma que en el fondo es lo que impulsó irremediablemente a Auster a escribir el ensayo que comento, ya que la venta y el uso libre de las armas de fuego están estrangulando a la sociedad estadounidense.

La reflexión de Auster es pertinente: estamos divididos entre los que creen que la democracia otorga a los individuos la libertad de hacer lo que les plazca y los que creen que vivimos en sociedad y somos responsables los unos de los otros.

Jesus Ferro Bayona

Abril, 2023

Publicado en El Heraldo, de Barranquilla

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La soledad del dictador que García Márquez describió magistralmente en El Otoño del patriarca sería una fábula caribeña que Stalin personificó en Rusia.

Eliminar política y físicamente a todo el que se interponga en el camino, es práctica antiquísima en la historia de los dictadores. Ese principio perverso fue mencionado en las noticias internacionales que el pasado 5 de marzo recordaron el 70 aniversario de la muerte del dictador ruso Iósif Stalin, llamado el “padrecito de acero”, quien aplicó con habilidad maquiavélica la fórmula de la eliminación del adversario para mantenerse en el poder absoluto de la Unión Soviética, como efectivamente lo logró por 30 años, hasta su fallecimiento.

Cuando la revolución bolchevique destronó al Zar Nicolás II en 1917, el pequeño dirigente de origen campesino de Georgia que era Stalin, llegó al cargo de comisario de las nacionalidades y era miembro del comité central bolchevique,al lado de los grandes líderes como León Trotski y Grégori Zinoviev, y del mismo Lenin que lo presidía. Poco a poco, con paciencia, fue escalando posiciones hasta ser nombrado en 1921, terminada la Primera Guerra Mundial, secretario general del Partido Comunista, en abierto conflicto con Trostki, al que ordenó perseguir por el mundo y asesinar en México, y por supuesto después de haber depuesto y purgado al mismo Zinoviev, bolchevique del grupo originario. Desde la muerte de Lenin en 1924, Stalin se impuso implacablemente sobre sus adversarios políticos para ganarse el cargo de Jefe de Estado que mantuvo con autoritarismo indiscutible hasta su muerte en 1953.

La filósofa política de origen judío, Hannah Arendt, afirma en Los orígenes del totalitarismo, que los dictadores totalitarios no solo afianzan un absoluto monopolio del poder, sino que también se aseguran de su completa independencia respecto de todos sus inferiores. Más aún, multiplican los organismos de la administración que obstaculizan la productividad,impartiendo órdenes contradictorias que retrasan el trabajo real de los subalternos. Poniendo a Hitler y Stalin como ejemplos del totalitarismo, la pensadora judía afirma que ambos dictadores degradaban y ascendían constantemente a los funcionarios, haciendo imposible el trabajo en equipo. Eran unos solitarios en el poder porque eso los beneficiaba. 

Con Arendt concuerdan pensadores que juzgan las purgas que hizo Stalin como factor de debilitamiento de la recuperación económica rusa de la postguerra, por falta de recursos humanos calificados que fueron eliminados en los campos de concentración. La soledad del dictador que García Márquez describió magistralmente en El Otoño del patriarca sería una fábula caribeña que Stalin personificó en Rusia.

Jesús Ferro

Marzo, 2023

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Permitir que avance por sí sola la inteligencia artificial cuando ya conocemos su potencial para hacer ensayos, monografías, trabajos finales de curso y hasta tesis de grado sería un error funesto.

Con ayuda de un conocedor del uso de herramientas tecnológicas, conversé con el ChatGpt, el sistema de lenguaje de inteligencia artificial que ya tiene millones de usuarios. Le pedí que escribiera un relato basado en unos cuantos elementos que le di. A la vuelta de unos segundos me entregó un cuento que me sorprendió más por lo instantáneo de su composición que por la originalidad creativa de una página escrita por Leonardo Padura cuyo novela “Como polvo en el viento” estoy terminando de leer, tras tener atrapada mi atención jubilosa por unos días.

Quizás le pedí mucho al Chat. Tal vez no está preparado para crear un relato con exigencias literarias. Le perdoné su frialdad y formalismo parecidos a lo que solemos llamar “un ladrillo” cuando leemos un texto tedioso. Seguramente hay que esperar más tiempo, meses o pocos años, hasta cuando haya evolucionado haciendo su proceso de mejoramiento del ingenio y el lenguaje como nos sucede a los humanos que tenemos que pasar por varias etapas de la experiencia subjetiva para alcanzar la capacidad de crear un buen relato, una encantadora novela. 

El hecho es que ChatGpt llegó para quedarse y está produciendo cambios en la educación. Un profesor de una universidad española les dijo la semana pasada a sus alumnos que era obligatorio usar ChatGpt en la materia que él les enseña. Y añadió que las posibilidades de hacer con ChatGpt redacciones de texto de una forma natural y de responder a preguntas con solvencia intelectual está a la vuelta de la esquina, -idea difícil de tragar, confieso-. Remató su lección diciendo que no quiere que sus estudiantes se queden como “analfabetos funcionales” sin saber utilizar la inteligencia artificial. Lo que hizo el profesor ya es historia; miles de docentes están incorporando en sus materias el uso de la inteligencia artificial.

Sigo pensando que no estamos ante una revolución educativa, pero sí se trata de una evolución de la tecnología que no se puede desconocer ni dejar de aplicar en la educación. Permitir que avance por sí sola la inteligencia artificial cuando ya conocemos su potencial para hacer ensayos, monografías, trabajos finales de curso y hasta tesis de grado sería un error funesto. Más vale empezar a entender su lógica, su capacidad de elaborar y de crear, para saber valerse de su potencialidad y ponerla al servicio de la pedagogía. Para los pedagogos de todos los niveles de formación, la inteligencia artificial representa un desafío educativo que hay que saber afrontar precisamente con inteligencia. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en EL HERALDO, Barranquilla

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El rito católico de la imposición de la ceniza coincide con el final de los Carnavales.

El martes pasado terminó el carnaval con la ceremonia del entierro de Joselito, llorado por su viuda la reina y sus plañideras. A la medianoche empezó el miércoles de ceniza, ritual que data del siglo VII de la era cristiana. Los fieles acudieron temprano a la iglesia para recibir las cenizas que en forma de cruz el sacerdote impone en la frente. 

Muchos –no todos- acuden a recibir la ceniza con un sentido de expiación por los pecados de la carne, la lujuria y el goce pagano cometidos durante los carnavales, aunque el rito de las cenizas no fue establecido primordialmente para expiar los pecados de los festejos, sino más bien con el fin de recordarnos que estamos de paso por este mundo: “recuerda que en polvo te convertirás”.

Pero la conciencia religiosa suele cargar sentimientos de culpa tras los festejos mundanos. Se prefiere empezar los cuarenta días de la Cuaresma, que siguen hasta el Jueves Santo, con el alma y el cuerpo en trance de purificación. Así se practican desde antiguo los ritos con los que se pasa de un período de fiestas a otro de recogimiento y abstinencia.

El carnaval se goza en Barranquilla, y en la Costa caribe además, con bailes, música cumbiambera, disfraces y jolgorio popular que figuran un desorden colectivo que para los no habituados con todo ello sonará a excesiva relajación. Ese es el término que empleó, en un informe que dio de sus correrías por la provincia, el Obispo de Cartagena en los veranos de 1779 y 1780, publicado por Gustavo Bell Lemus en la revista Huellas #22 de Uninorte (abril de 1988). Lo he vuelto a leer ahora con motivo de los carnavales. Además de denunciar el estado de pobreza, y hasta de miseria, de los habitantes rurales –que parece no haber cambiado tanto, valga decirlo-, como también el maltrato que los hacendados daban a los campesinos –¿será igual todavía?-, el prelado afligido calificaba el comportamiento de los feligreses en los festejos populares como una relajación de las costumbres. 

Hoy existen desmadres que no se pueden ocultar, pero es muy diferente el juicio que se tiene  sobre el carácter notablemente festivo de nuestra cultura. Los carnavales tienen un significado cultural y social grandioso como expresión de identidad y autenticidad colectiva caribe: “la vida es un carnaval”, canta Celia Cruz con letra y música muy pegajosas. Y por si fuera poco, la Unesco declaró solemnemente que el Carnaval de Barranquilla es patrimonio inmaterial de la Humanidad porque reúne expresiones emblemáticas del pueblo barranquillero, del Caribe colombiano y del Río Grande de la Magdalena.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en EL HERALDO de Barranquilla

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Para este blog es un orgullo contar con autores costeños, caribeños, como Jesús Ferro y Alfredo Cortés, que no dejan de recordarnos la riqueza cultural, tesoro de esas zonas de Colombia.

Desde tiempos inmemoriales las fiestas identificadas con el carnaval se hacen en procesiones. En la antigua Grecia, cuando terminaba la vendimia, los campesinos celebraban tocando flautas, bailando en grupos y bebiendo en abundante vino tempranillo. Eran desfiles de festejos en torno al dios agrícola Dionisio. Se llamaron procesiones dionisíacas. 

En el mundo rural romano se hacían fiestas pastoriles en febrero, con procesiones donde los participantes se comportaban como lobos ebrios al compás de la música, por eso las llamaron Lupercales, término derivado de lupus, el animal que, como el macho cabrío, tenía mucho en común con las fiestas dionisíacas.

No es un azar entonces, que los carnavales irrumpan el sábado con un montón de procesiones en diferentes puntos de la ciudad: la Batalla de Flores de la vía cuarenta, el carnaval de la 44, el de la calle 17 y, en fin, un sinnúmero de expresiones festivas en las que disfraces, cumbiambas, grupos folclóricos, comparsas y carrozas son el común denominador. 

La procesión de la alegría y el jolgorio es hija de la gran madre, la madre de todos los ritmos: la cumbia. Pero si la cumbia es la madre, el río Magdalena es quien engendra todas las cumbias posibles nacidas en  sus riberas. No hay comparsa, no hay gaiteros, no hay flauta ni tambora que no provenga en esencia del río, sea que hayan nacido unos en las sabanas de Bolívar y otros en los valles del Cesar; el río Magdalena los recoge y sintetiza para confluir en Barranquilla, el punto de encuentro de la fiesta más grande de Colombia. No es poca cosa decirlo. 

Las más tradicionales fiestas del Carnaval provienen de las riberas del río y por ese motivo sus habitantes pasan todo el año, entre un carnaval y otro, esperando y preparándose para llegar al escenario barranquillero a lucirse y mostrarse con sus comparsas, disfraces tan originales, -partiendo de los orígenes- como las Danzas del Paloteo, las Farotas de Talaigua Nuevo, los Goleros, las Pilanderas y un etcétera grandísimo lleno de aves, peces, manatíes y culebras. Todos anhelan mostrarse en los escenarios urbanos, danzan para recibir aplausos y su mayor trofeo -aparte de la satisfacción personal y grupal- es el reconocimiento que les da el público. 

Los testimonios de esa felicidad desbordan las crónicas salidas de El Banco, La Gloria, Plato y tantos pueblos ribereños sin los cuales los carnavales no serían expresión popular caribe. El Carnaval de Barranquilla le debe al río su grandeza, y el río se alimenta de la cumbia que es su madre. 

Jesús Ferro Bayona

Febrero, 2023

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La Inteligencia Natural, pensaba Jean Piaget, educador suizo, es innata en nosotros y lo que hacemos es desarrollarla desde niños; desde coger las cosas con las manos, aprender con ellas a hablar y a contar números, hacer abstracciones, operación que nos lleva a pensar, tener ideas e inventar, que equivale a decir que los humanos somos los creadores de la inteligencia artificial y de sus máquinas.

Las noticias sobre automóviles que no necesitan un conductor al volante para moverse son ya comunes. En medicina los avances de la tecnología son asombrosos: robots que “operan” las cataratas de los ojos con la intervención y control del oftalmólogo; cirugías robóticas Da Vinci que permiten al cirujano extirpar un tumor con mayor precisión y visualización que antes.

El récord de noticias sobre las máquinas que ya parecen reemplazar al ser humano lo alcanzó hace unos días el ChatGPT basado en inteligencia artificial que dialoga con los humanos relacionando conceptos, elaborando respuestas complejas con “ideas” y recomendaciones en lenguaje claro y sencillo, y más rápida que la que daría un individuo a quien le tomaría horas, quizás días. Fantástico. 

Lo que viene en el desarrollo de nuevas tecnologías, además de ser imparable, no se lo puede uno imaginar porque no cabe en la mente humana desbordada por la inteligencia artificial que, vale decir, es un invento humano, salido de la investigación humana en laboratorios de alta complejidad. Ojalá nos quede vida para ver tanta maravilla y sobre todo para beneficiarnos de ella.

Me falta aún tiempo para ver cómo funciona el ChatGPT y hacerme una idea más precisa y sacar conclusiones. Lo que sí sé, y tenemos experiencia igualmente asombrosa al respecto, es que el homo sapiens lleva cientos de miles de años empleando y aplicando su inteligencia natural. 

En sus paseos por los campos sembrados de flores y árboles, el pensador suizo del siglo 18, Jean-Jacques Rousseau, hablaba largamente consigo mismo para concluir que el hombre y la civilización se han ido apartando de la Naturaleza, de donde provienen; -“nuestro antepasado el árbol”, como dijo el pensador colombiano Andrés Holguín-. 

Ese distanciamiento se ha convertido en una oposición, hasta el punto que ser civilizado se expresa en la explotación de la Naturaleza. Esa explotación es el foco de la reflexión y de los movimientos ambientalistas actuales para detener la destrucción de nuestro entorno natural y volver, aunque sea en parte, a una armonía con ella, condición de nuestra supervivencia como especie. 

Así pues, los humanos somos los creadores de la inteligencia artificial y de sus máquinas. No al revés.

Jesús Ferro Bayona

publicada en EL HERALDO de Barranquilla, Colombia.

Febrero, 2023

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 El rechazo de Isabel I al matrimonio es materia ineludible en las biografías sobre ella, incluyendo la perspectiva feminista que Susan Bassnet abordó hace más de veinte años al considerar que Isabel es un modelo para las generaciones feministas del futuro al no permitir que el contexto social determinara lo que podía hacer o no como mujer.

Isabel I de Inglaterra (1533-1603) mantuvo en vilo a su reino y al parlamento por su negativa a contraer matrimonio y por ende a darles un sucesor nacido de su vientre. Murió dejando la corona a su sobrino Jacobo VI de Escocia, que era nada menos que hijo de su rival la reina escocesa María Estuardo. La interminable y angustiada pregunta que se hicieron sus súbditos durante los largos años que duró su reinado fue “cuándo se va a casar la reina y darnos un sucesor”. Se trataba de un asunto no solo de sucesión de los Tudor sino también de identidad nacional.

Debido a esa soltería voluntaria la llamaron “la reina virgen”, sin que ello quiera decir que por ser célibe no hubiera tenido vida sexual. Es muy difícil saber sobre su intimidad porque fue muy celosa de su vida privada, aunque se conocía quiénes eran sus favoritos, lo que es obvio en una corte real donde todo se sabía y se rumoraba hasta el detalle sobre la vida del monarca.

El rechazo de Isabel I al matrimonio es materia ineludible en las biografías sobre ella, incluyendo la perspectiva feminista que Susan Bassnet abordó hace más de veinte años al considerar que Isabel es un modelo para las generaciones feministas del futuro al no permitir que el contexto social determinara lo que podía hacer o no como mujer. Aunque no hay consenso entre los estudiosos sobre la tesis de Bassnet, lo cierto es que Isabel tenía sus razones para no doblegarse al contexto histórico pero lo hacía pensando que si se casaba con un súbdito inglés, el consorte iba a querer compartir el poder conjuntamente con ella, lo que era inaceptable dada su personalidad independiente en la conducción del gobierno.

Isabel había heredado el carácter absolutista de su padre Enrique VIII. De hecho, tomaba muchas decisiones en contra del parecer de su consejo privado y de sus ministros, aun de los favoritos como el corsario Walter Raleigh o el conde de Leicester, Robert Dudley, su eterno enamorado, de quien se decía que era su amante. Además, la opción de casarse con un príncipe foráneo le disgustaba. Le parecía que era ceder el reino de Inglaterra a un monarca extranjero en un tiempo en que las alianzas matrimoniales entre dinastías de diferentes reinos se entendían como una forma de ganar territorios expandiendo el propio, e incluso pensaba que quien saldría perdiendo iba a ser Inglaterra teniendo la reina un consorte extranjero ávido de poder. “Inglaterra es mi único esposo”, fue una de sus frases predilectas. Esa entrega absoluta a su pueblo le dio réditos en popularidad e inmortalizó su figura. 

Jesus Ferro Bayona

Febrero, 2023

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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El deseo que expreso no significa conformismo con el estado actual de los espacios culturales, al que se añade el cierre que desde 2016 lleva el Teatro Amira de la Rosa, cuya reapertura se ha anunciado en la prensa para dentro de cinco años. Confiando en la labor de recuperación que adelanta el Banco de la República, esperemos que la ciudad vuelva a tener su teatro emblemático.

En un artículo publicado en la edición sobre Colombia del periódico El País de España, Juan Pablo Calvás describe la situación en que se encuentran hoy los espacios artísticos y culturales de Barranquilla. La impresión con la que uno queda, terminada la lectura, es de malestar, si no de vergüenza. 

Nosotros lo sabemos, pero no lo decimos en voz alta, quizás por temor a ser tachados de aguafiestas en nuestro propio patio. Aquí se han producido cambios de impacto en los espacios públicos, como son los parques, la siembra de árboles, las calles y avenidas, el mejoramiento de la mayoría ‒aunque falte todavía mucho por hacer‒, de los llamados arroyos, y la maravilla del Malecón del Río que se ha convertido sin duda alguna en un zona de esparcimiento y disfrute para toda la ciudadanía sin distingos de clase que se congrega multitudinariamente los fines de semana, y más ahora con la llegada de los meses de verano, con sol y brisas, que hacen de la ciudad un lugar que hasta poetas han celebrado, como lo hizo Meira Delmar cuando aún no existía ese espacio urbano de reconciliación festiva con el río: “porque nació frente al alba y en el sitio de la brisa, le dieron un nombre claro de flor o de lluvia fina”, ¡Barranquilla!

Pero es justamente ese orgullo que sentimos por la imagen remozada y más hermosa ahora de la ciudad lo que debe motivarnos a ver el lado oscuro, particularmente cultural, lo cual no es menos grave que si se tratara de un deterioro urbanístico como el sufrido en años pasados. Se dice en el artículo al que me refiero que el Museo del Caribe y el Museo de Arte Moderno no son museos, sino edificios abandonados.

No hace mucho, subir y bajar por las rampas y escaleras del Museo del Caribe “era una experiencia fenomenal, educativa y refrescante”. Lo cierto es que era estimulante ver los innumerables grupos de jóvenes y estudiantes alegres de colegios y universidades entrando al Museo para vivir una experiencia cultural única de nuestra historia, experiencia que los visitantes de la ciudad, ahora más numerosos, han vivido para expresar cuánto ha cambiado para bien nuestra Barranquilla. 

Da pena leer en el artículo referido que al lado del Museo del Caribe está el “esqueleto sin vida del que iba a ser el Museo Moderno de Barranquilla”. La frase, construida en pretérito imperfecto, publicada en un medio de comunicación que leen extranjeros, potenciales visitantes de la ciudad, es deplorable y lastimosa, dada la impresión global de abandono que sobre los dos museos produce el solo leerla. Ojalá que esa apreciación no pese negativamente ante el cambio efectivo que presenta la ciudad en su renovación urbanística. 

El deseo que expreso no significa conformismo con el estado actual de los espacios culturales, al que se añade el cierre que desde 2016 lleva el Teatro Amira de la Rosa, cuya reapertura se ha anunciado en la prensa para dentro de cinco años. Confiando en la labor de recuperación que adelanta el Banco de la República, esperemos que la ciudad vuelva a tener su teatro emblemático.

Jesús Ferro Bayona

Enero, 2023

Publicado en El Heraldo (Barranquilla

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La confianza en la palabra y su devoción por la escritura rescataron a la premio Nobel 2022 de Literatura, Annie Ernaux, del autocastigo, mezclado con el sentimiento de orfandad en que se hallaba sumida, prolongado por años hasta cuando escribió el relato del desasosiego que llevaba por dentro. 

Que una mujer se atreva a narrar con detalles deslumbrantes el proceso del aborto que en el abandono decidió practicarse como lo ha hecho la premio Nobel de Literatura de este año, la francesa Annie Ernaux, es acto que honra la literatura. Por eso, El acontecimiento, título que le puso al libro, es una obra que en lugar de ganarse la reprobación al leerse, merece la admiración por mostrar, de manera valiente y aferrada al sentido liberador de la palabra, la capacidad de una mujer que en medio del desamparo y la condena social asume plenamente toda la carga de conciencia y de desgaste físico que su decisión le trajo.

Al final de su relato escribe: “He acabado de poner en palabras lo que se me revela como una experiencia humana total de la vida y de la muerte, de la moral y de lo prohibido, de la ley, una experiencia vivida desde el principio al final a través del cuerpo”. Eso es lo justo: escribió su experiencia desde su cuerpo y uno entiende hasta el final que cumplió en este libro un objetivo de su vida: que su cuerpo, sus sensaciones y sus pensamientos se convirtieran en escritura. Por eso mismo, aparte del juicio moral que cada cual es libre de tener y de atribuir con razones valederas al aborto, de lo que se trata al leer la narración es de comprender el valor humano de una mujer para comunicar a los lectores una experiencia tan personal e íntima con solvencia literaria y honestidad intelectual, lo que no impide que su lectura produzca por momentos incomodidad, como cuando describe lo que sucede en su cuerpo cuando la abortista clandestina que encontró en un barrio de París lo manipula con frialdad al hacerle el procedimiento abortivo. 

El libro fue publicado en francés en el año 2000, pero la memoria se remonta a la década de 1960, época en la que el aborto estaba aún prohibido y penalizado con cárcel en Francia. De 23 años y soltera, Annie estudiaba entonces filología en una universidad de provincia cuando recibió la certificación médica de su embarazo.

Se hallaba completamente sola porque el padre no se dio por enterado. Acudir a su familia era condenarse en vida al rechazo y al destierro moral, que eran más que insoportables porque el mundo en que vivía, amigos y compañeros de estudio incluidos, se apartarían de ella con horror al saberlo. La confianza en la palabra y su devoción por la escritura fueron su rescate del autocastigo, mezclado con el sentimiento de orfandad en que se hallaba sumida, prolongada por años hasta cuando escribió el relato del desasosiego que llevaba por dentro. No es, por tanto, un relato provocador, concebido para inducir a otras mujeres a practicarse el aborto, ahora cuando en más países se ha despenalizado. 

Ernaux busca más bien comunicarnos una experiencia traumática por las circunstancias en que la vivió, pero haciéndole el quite a la apología del aborto para encontrar en el lenguaje las palabras que aliviaran su sufrimiento, porque cuando abortó sintió que aquello era una escena en la que la vida y la muerte se daban la mano. “Una escena de sacrificio”, anotó.  

Jesús Ferro Bayona

Febrero, 2023

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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