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Horacio Martinez Herrera

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La religiosidad popular latinoamericana es propia de un ambiente rural y, por lo tanto, tiene un carácter predominante cosmológico que influye en toda su concepción de Dios, de los santos, de Cristo, de la Providencia, del sacerdote, de la Iglesia, de la moral y de las prácticas religiosas.

La religiosidad latinoamericana tiene unas marcadas motivaciones cosmológicas. Las motivaciones cosmológicas surgen de la situación precaria del hombre ante el cosmos. La naturaleza se ve como una realidad manifestativa de un poder sagrado o fuerza superior que clásicamente se denomina El Numinoso. Caracteriza a esta motivación la actitud del hombre de servirse del Numinoso para solucionar sus problemas a través de la manifestación de aquel en las fuerzas naturales: tormentas, rayos, etc.

Dios es afirmado como una fuerza cosmológica a la cual se acude para satisfacer sus necesidades y limitaciones. A esto se añade el hecho de que en América Latina existe una simbiosis -a veces sincretista- entre valores cristianos y elementos tomados en préstamo a la religión natural, lo cual tergiversa aún más la imagen de Dios.

Entre los indios latinoamericanos “Dios” no es que siempre sea el Ser Supremo; muchas veces son politeístas porque junto al Dios Supremo hay dioses inferiores. Este Dios vive aislado, lejos de los hombres. Normalmente entonces hay que entenderse con “dioses” inferiores (santos). La Virgen se confunde a veces con la Madre Tierra, tanto en el mundo andino como en el mexicano, a veces es eterna, y se le ofrecen sacrificios.

La motivación cosmológica de satisfacer las necesidades vitales produce en Latinoamérica una exaltación de la Virgen y de los Santos como protectores. Las imágenes protectoras de los santos se encuentran por todas partes en Latinoamérica: en los hogares, en los buses, en los taxis, en los caminos y particularmente en las curvas peligrosas.

La creencia en un Dios cósmico conduce a un fatalismo providencialista. La religiosidad popular latinoamericana tiene el sentimiento de la presencia natural de Dios en el mundo y de su acción directa en él. Esto conlleva un oscurecimiento de la acción de las causas segundas y una negación práctica de la libertad humana, del pecado y de la santificación de la vida.

Este fatalismo providencialista se encarna en una actitud resignada y pasiva ante el mundo. Hay una sumisión ante las fuerzas de la naturaleza divinizada. Se acepta todo como querido por Dios “si Dios lo quiere, no comemos”. El sentimiento de absoluta dependencia de la divina providencia se ha trocado generalmente en una actitud de extremada resignación. Hasta hace poco ha sido corriente la concepción de Dios como una fuerza cósmica, a la cual se acude para satisfacer las necesidades vitales y superar las limitaciones de la vida natural.

Pero actualmente la humanidad ha llegado a su mayoría de edad y no quiere renunciar a su responsabilidad de construir el mundo. Por eso rechaza a un Dios tapa-agujeros, aquel que viene a compensar nuestras incapacidades y nuestra pereza, el “Deus-ex machina”.

Dios se va haciendo innecesario desde el momento que el hombre está transformando al mundo en gran escala. El hombre de hoy no se pregunta si este mundo se explica a sí mismo, puesto que el mundo no necesita explicarse a sí mismo y es el hombre el que lo explica.

En el proceso de desmitificación han entrado varios influjos. El racionalismo que considera a Dios como el artífice que da al reloj del mundo el impulso inicial, dejándolo luego regir por sus propias leyes. El desarrollo autónomo de la ciencia moderna que no considera a Dios como una “hipótesis” útil. El método experimental de la ciencia exige explicar y justificar, en cuanto sea posible, los fenómenos del mundo por causas intramundanas. La ciencia moderna destruye la mentalidad contemplativa y la sustituye por una actitud de explicación creadora.

Horacio Martínez

Mayo, 2024

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Todo ser humano nació para ser libre, sabio, amoroso y creador. Pero Dios le da a cada persona unos talentos especiales para ser especialmente sabio o servidor de los demás o creador de desarrollo. 

Dios tiene un plan creador sobre el mundo y cada hombre tiene un papel específico que desempeñar en él. Dios, a través de las cualidades de cada uno y de los acontecimientos, le va mostrando esa misión especial en la vida. Dios no hace las personas en serie, sino que cada persona tiene una misión específica que realizar. 

Descubrir esa misión específica es necesario para convertirla en propósito de vida. Y este propósito debe concretarse con una estrategia de realización; es decir, convertirse en un proyecto de vida. No solo hay que descubrir qué quiere Dios de mí, sino también dónde, cuándo y cómo debo desarrollar esa misión. Con su razón y el conocimiento de la fe, el hombre descubre a Dios y el plan creador de Dios en la historia, porque Dios es el Señor de la historia que lo invita a realizar su voluntad en el aquí y en el ahora. Con la razón y la fe podemos discernir la llamada concreta de Dios para realizar su plan divino. 

¿Cuál es la vida que estamos destinados a vivir según el proyecto de Dios? Esta vocación te muestra el sentido de tu vida que debe concretarse como propósito de vida y ejecutarse como un proyecto de vida. Cuando se enfoca la vida al encuentro con Dios y a la realización de su plan de salvación para el mundo la persona tiene un punto de apoyo firme para enfrentar los retos de la vida. ¿Cómo puede haber personas tan ciegas que no ven el plan de Dios en su existencia? Ante todo, uno tiene que saber quién es y qué representa. La pregunta clave es qué clase de persona quiero ser y no qué ocupación deseo ejercer en el futuro. Descubrir el orden secreto de la realidad es introducirnos en la mente creadora de Dios. 

El propósito de la vida debe estar alineado con el plan de Dios, para que se obtenga toda la energía del universo en su realización. Así como la clave de la intervención de una empresa en lo social es que esté alineada con el objeto del negocio, mi propósito debe estar alineado con el plan de Dios. La espiritualidad actual se fundamenta en la fe que ve a Dios como el Señor de la Historia que está presente y actuando en ella. Alinear la vida con el plan de Dios según su vocación da a la vida una simplicidad y plenitud extraordinarias. Uno debe ir confiadamente por la vida realizando la misión que le confirió Dios. De los detalles se encarga su providencia. Y él no dejará de sorprendernos y maravillarnos. Esta es una fuente profunda de nuestra alegría.

El propósito de la vida espiritual de un cristiano podría formularse como traslucir la presencia amorosa de Dios al mundo. No soy yo el que sirve amorosamente a los demás, sino Dios a través de mí. Eso implica que el “yo” debe desaparecer para que brille Dios que se comunica al mundo a través de mí. Uno debe con su vida hacer visible a Dios. Dios es una presencia unificadora de cada momento de mi vida. El carácter integral y sintético de la espiritualidad actual exige una elucidación permanente de nuestra respuesta a Dios en el momento presente. Por eso, es necesario educar nuestra mirada sobre los acontecimientos para ver los imperativos que desde ellos nos hace Dios. La espiritualidad más que un “programa” es una luz y una energía para vivir. La espiritualidad cristiana nos da un ideal grandioso para vivir. 

Todo cristiano debe ser un místico inmanente, que por un lado se interesa por todos los valores y sucesos intramundanos y por otro busca descubrir la presencia de Dios en el mundo para ser un instrumento dócil de su providencia y manifestar en el mundo su bondad, su sabiduría y su belleza. Todo teólogo debería ser un ingeniero de las energías espirituales del mundo creado por Dios y recreado por Cristo a través de su Iglesia. 

Horacio Martínez Herrera

Mayo, 2024

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Tener un sentido espiritual de la existencia es tener un sentido de lo fundamental que está detrás de la apariencia de lo físico y mental. Ver en todas las cosas su dimensión espiritual: esto es ser místico.

Un místico lee la mente de Dios en los acontecimientos. Un místico no está en ninguna parte, porque está en Dios. Un místico inserto en la vida del siglo XXI busca a Dios en la familia, en el trabajo profesional, en la vida en comunidad, en el compromiso sociopolítico, en la investigación científica.

Todo cristiano debe ser un místico inmanente que por un lado se interesa en todos los valores y sucesos intramundanos y por otro busca descubrir la presencia de Dios en el mundo para ser un instrumento dócil de su providencia y manifestar en el mundo su bondad, su sabiduría y su belleza.

Hoy en día buscamos integrar lo real en la vida humana sobre todo en lo espiritual. Es un error confundir idealismo con vida espiritual. Este peligro es inoculado por numerosos libros idealistas espirituales que confunden el perfeccionismo angelical con la condición humana. El idealista-perfeccionista se hace impermeable a la vivencia de lo real, se hace inconsciente a “lo que es”. El idealismo perfeccionista crea un angelismo muy peligroso, porque el hombre es un espíritu corporalizado, es decir, una materia espiritualizada.

Lo real-espiritual, la realidad de la vida espiritual, para quien se hace consciente de ella, supera todo sueño idealista. Aceptarse a sí mismo como se es, encontrar la plenitud interior en “lo que es” realmente la vida espiritual; no sueño místico etéreo sino lucha continua, es poseer el sentido de lo real-espiritual. Se trata de ver al hombre como es e inmerso en su situación concreta.

Una visión de todas las realidades del hombre (fisiológicas, psicológicas y espirituales) se tiene en cuenta en la vida espiritual. Sin un estado somático y un equilibrio psicológico adecuados es imposible una vida de plenitud espiritual, salvo el caso de una especial gracia de Dios. El desequilibrio proviene de un desarrollo no armónico de todo el hombre. Algunos exageran el factor intelectual, convirtiéndose en “intelectuales puros” con olvido y detrimento de lo emocional y del desarrollo de lo práctico.

Actualmente existe también el peligro de que lo virtual robe a las personas su vida real. Estas personas se refugian en un mundo mental casi esquizofrénico y que no lleva a entablar relaciones con los demás, verdaderamente ricas en humanidad. El desequilibrio es causado también por una formación ascética no armónica: se les da una preponderancia a las virtudes teologales y se deja en la sombra el desarrollo de las virtudes morales.

En el enfoque de muchos libros de espiritualidad hay un desequilibrio de la “espiritualidad humana”. Históricamente esto se debe al influjo de corrientes no cristianas, como el estoicismo y el platonismo. Se considera el cuerpo como la cárcel del alma y se desprecia la sexualidad.

Cuando se vive en una espiritualidad de estructura idealista-perfeccionista y se choca con la realidad cotidiana imperfecta, viene el peligro de desilusionarse y sentirse defraudado.

Para lograr el sentido de lo real debe haber un equilibrio entre introversión y extroversión, entre subjetivismo y realismo objetivo, entre pensar y obrar. Conocer los diversos factores psicológicos y socioculturales que condicionan la vida humana y tenerlos en cuenta; por ejemplo, la educación, el ambiente, la alimentación, las experiencias.

Sé un hombre-espiritual y no un niño-angelical. Para ser hombre-espiritual hay que haber llegado a la plena madurez humana, cuyo meollo es lo propiamente espiritual.

Horacio Martínez Herrera

Mayo, 2024

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Tengo experiencia de que los seres vivos nacen y mueren. Ser generable significa que puede recibir la existencia. Ser corruptible significa que puede perder la existencia.

Al examinar el hecho de que los seres vivos pueden tanto recibir como perder la existencia, tenemos que concluir que esto significa que los seres vivos del mundo no tienen en sí mismos la propiedad de la existencia. Esto significa que los seres vivos del mundo son contingentes; no tienen el carácter de seres necesarios.

Si el ser que comienza a existir tuviera por sí mismo la existencia y fuera por tanto absolutamente necesario, debería existir necesariamente (no podría no existir) y por consiguiente no podría comenzar a existir, porque comenzar a existir supone la posibilidad de no existir antes y por tanto la no necesidad de la existencia.

De esto se sigue que “existir por sí necesariamente” y poder “no existir por sí” se oponen contradictoriamente como la afirmación y la negación, a saber: “no poder no existir” (ser necesario) y “poder no existir” (ser contingente). Lo mismo vale del ser que se acaba o se corrompe, sólo que, en éste, en lugar de considerar la etapa anterior a su ser, se contempla la etapa posterior.

El análisis de la contingencia como tal lleva a dos afirmaciones innegables: Todo contingente procede de otro ser. Y este otro ser es el Ser absolutamente necesario, que existe por sí mismo y es Causa primera. Toda existencia contingente debe tener una explicación suficiente de su existencia, porque todo ser como verdadero e inteligible tiene una razón suficiente. Sin embargo, al analizar lo que es su existencia contingente vemos que no tiene ella una explicación suficiente. Por consiguiente, ya que no tiene la explicación suficiente de su existencia en sí misma, la debe tener en otro ser, es decir, procede de otro ser.

¿Quién es este otro? ¿Es un ser necesario que no puede no existir y tiene en sí razón suficiente de sí o es un ser contingente que puede existir o no existir y no tiene por lo tanto explicación suficiente de sí? Si se responde que es un ser contingente tendríamos que volver a formular la pregunta sobre el origen de su existencia. Luego lógicamente hay que contestar que el ser del cual procede el ser contingente es el Ser necesario que tiene en sí la explicación suficiente de sí.

Vemos que las cosas del mundo empiezan a existir y dejan de existir. Eso significa que no tienen en propiedad y por derecho la existencia, porque de lo contrario siempre habrían existido.

Lo que llega a ser algo no tiene en sí mismo la razón de su existencia y necesita del influjo de una causa eficiente. Efectivamente: lo que empieza a ser, era indiferente al existir o hacia el no existir. En otras palabras por sí mismo no era nada, y si lo dejamos así, seguirá siendo nada, de suerte que si existe es señal de que no fue dejado en la nada, sino que fue llevado por algo a la existencia.

La experiencia nos enseña que todo lo que existe en el mundo es causado. Si todas las cosas del mundo son causadas, en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Yo le debo mi vida a mis padres y mis padres a sus padres, y así sucesivamente. No se conoce ningún caso en el mundo, ni es posible que exista,

en que acontezca que un ser sea la causa eficiente de sí mismo, porque de lo contrario sería anterior a sí mismo y eso sería absurdo.

Un orden de causas eficientes exige una Causa primera incausada. Un proceso infinito de causas eficientes es imposible, porque en todas las causas eficientes puestas en orden, la primera es la causa de la causa intermedia y ésta es la causa de la última causa, ya sea que las intermedias sean muchas, ya sea solamente una.

Ahora bien, si suprimimos una causa, eliminamos también el efecto. Por tanto, si no hubiera una primera causa entre las causas eficientes, no habría tampoco ninguna causa última ni intermedia. Así, pues, es necesario admitir una primera causa eficiente, a la cual todos nosotros llamamos Dios.

Horacio Martínez

Abril, 2024

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Una de las grandes fuentes de la negación actual de Dios está en las deformaciones de la creencia en Dios. Esta deformación afecta tanto a la concepción que se tiene de Dios, como a la imagen que proyecta la religiosidad de los creyentes y, en especial, la actitud de la Iglesia.

Las deformaciones más importantes de la imagen de Dios se refieren al aspecto mítico, abstracto e inmutable con que se le suele presentar. El hombre actual, especialmente el intelectual, no puede encontrar satisfacción a sus aspiraciones religiosas y a la necesidad de una mística para su vida y acción, en un Dios y en una religión que se le proponen saturados de rasgos míticos y de ritos mágicos. El teísmo ha convertido a Dios en un simple arquitecto del universo, en un tapaagujeros que sirve para colmar las lagunas de la ciencia.

El hombre actual, igualmente, rechaza la imagen de un Dios extraño a la historia. La teología cristiana, por la preocupación de pensar a Dios lo más trascendente y absolutamente posible, le atribuyó una preeminencia infinita a cuanto de positivo hay en el mundo. Con esto se llegó a imaginar a Dios como si fuera del movimiento de la historia. Al convertirlo en un allende la historia, se colocaba a Dios fuera del mundo.

Respecto a la imagen que suele proyectar la religiosidad, y en especial el cristianismo, ciertamente dan pábulo a un rechazo de Dios ciertas actividades de sus cultores abiertamente reñidas con los actuales conceptos de la dignidad del hombre, de la igualdad, de la solidaridad y de la justicia. Tales son:

– Las injusticias contra el hombre perpetradas por cristianos; la religión degradada a veces en instrumento de poder; el fariseísmo de tantos que se dicen cristianos y obran toda clase de deshonestidades.

– El escándalo que ha producido la Iglesia al presentar un contratestimonio para muchos hombres de hoy. Estos hombres no han visto un testimonio de acogida al progreso humano, a las conquistas del hombre, y han creído que la religión es el opio del pueblo y la causa de su retraso. La Iglesia, al estar vinculada a una forma política determinada, muchas veces no ha dado testimonio de defensa de los valores humanos. No deja de ser causa del ateísmo la oficialidad de la religión católica en determinados países, porque el proteccionismo oficial no permite que el cristianismo despliegue todo el dinamismo interior que le es propio.

– La convivencia de la religión con las injusticias sociales consentidas, amparadas o toleradas por católicos representativos -eclesiásticos o seglares-Se ha llegado a identificar por esto a la sociedad cristiana con la sociedad capitalista.

– Las falsas posturas de los cristianos al no enfrentarse con el problema del dolor humano, han permitido a tantos ateos negar a Dios en nombre de la honradez, de la moral.

El ateísmo contemporáneo es un grito de rebeldía contra las formas religiosas deformadas, que nos debe llevar a un replanteamiento del problema de Dios y de sus implicaciones. El ateísmo, por otra parte, nos obliga a una purificación de la concepción de Dios y a un rechazo de sus caricaturas.

La desacralización actual del mundo tiene el riesgo de alzarse contra Dios, pero también ofrece la oportunidad de eliminar una falsa concepción de la divinidad que tiende a hacer intervenir a Dios, allí donde el hombre es impotente. Hay que reen-contrar el sentido del misterio y eliminar la excesiva racionalización de Dios, para que se restablezca su auténtica búsqueda.

Hay personas que, rechazando una idea falsa de Dios, no son ateos, sino que hacen una afirmación implícita del verdadero Dios.

Horacio Martinez Herrera

Abril, 2024

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Religión viene de la palabra latina religare que significa volver a unir. En su origen significa encuentro. Así como la percepción exige el mundo exterior, así el sentimiento religioso exige una realidad divina objetiva. El acto religioso nunca es un monólogo, es esencialmente un diálogo.

La existencia humana no se encuentra solamente a sí misma arrojada entre las cosas, sino también religada por su raíz a su fundamento trascendente, Dios. Por estar religado, el hombre no está con Dios como está con las cosas, sino que está en Dios como quien viene de Él y va hacia Él.

Al hombre Dios le ofrece en Cristo y a través de la acción de la Iglesia una liberación total. El hombre se beneficia de esta liberación plena en la medida en que acepta ser liberado. Esta aceptación se da en el acto de fe y se ratifica con la recepción de los sacramentos. La fe es un sentido religioso que se le confiere a toda la existencia.

Para el cristiano que se compromete radicalmente con Cristo por el sí de la fe, este acto se convierte en una actitud permanente con un efecto de liberación total. La fe se convierte en un éxodo de liberación integral. La fe es un éxodo de liberación religiosa. El hombre es un ser capaz de Dios, pero necesita del don de la fe para entrar en contacto interpersonal con el Dios viviente. La fe es un don porque solo el que es llamado por Dios y recibe fuerzas para acercarse a él puede pronunciar el sí de la entrega total a Dios. Por la fe, el hombre es liberado del pecado que lo mantenía alejado de Dios. Esta respuesta de la fe se da, sobre todo, y a veces exclusivamente, en las actitudes concretas de la existencia.

La fe también es un éxodo de liberación personal. El hombre, prisionero de su soledad existencial, rompe el círculo efímero de su inmanencia a través de su relación interpersonal con el Trascendente. El compromiso de fe es la liberación del egoísmo del hombre y la conquista de la liberación espiritual. San Pablo ha mostrado brillantemente los efectos de la liberación espiritual del cristiano frente a los legalismos esclavizantes del hombre.

La espiritualidad necesita tomar en cuenta la dimensión integral liberadora de la fe. La mística cristiana de los últimos siglos ha puesto un énfasis tan fuerte en la fe como liberación religiosa que se impone una revisión de la espiritualidad en clave de liberación integral.

La espiritualidad para el hombre de hoy exige, sobre todo, volver a colocar la oración cristiana en su contexto de experiencia de la fe. Si la fe posee un dinamismo de liberación integral, la oración cristiana será un poner en acto la potencia liberadora de la fe. El cristianismo es ante todo una escuela de oración y solo quien ora cristianamente alcanzará la liberación integral. La mística cristiana ha descrito elocuentemente cómo el encuentro con Dios en la oración es un verdadero éxodo de liberación personal. Una relectura de los escritos de los místicos cristianos en categorías actuales revelaría facetas profundamente dinámicas de la experiencia de oración. La auténtica oración es una profunda terapia psicológica de liberación.

El hombre espiritual actual considera que no puede saltar fuera de su cuerpo y de su estructura sexual para lanzarse más libremente al encuentro con Dios. Para un hombre espiritual actual, Dios existe en la vida, es más actual que la actualidad misma y nos abre las puertas al futuro de la plena realización humana. Su abnegación y mortificación consiste en llevar las cruces de su condición humana y de su acción cristiana sobre el cosmos.

Es un ascetismo de realización gradual de las exigencias de la gracia en todos los sectores de la vida personal. Las noches de los sentidos y del espíritu, referidas por los místicos cristianos, son pasos para desapegarnos y dar su justo valor a lo corporal y lo mental. Para llegar a la primacía del espíritu sobre lo corporal y lo mental hay que pasar por la noche de los sentidos y de la mente. ¿Cómo se manifiesta esta crisis de purificación hoy en día?

Horacio Martinez Herrera

Abril, 2024

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La religiosidad popular latinoamericana es propia de un ambiente rural y, por lo tanto, tiene un carácter predominantemente cosmológico que influye en toda su concepción de Dios, de los santos, de Cristo, de la Providencia, del sacerdote, de la Iglesia, de la Moral y de las prácticas religiosas.

La religiosidad latinoamericana tiene unas marcadas motivaciones cosmológicas que surgen de la situación precaria del hombre ante el cosmos. La naturaleza se ve como una realidad manifestativa de un poder sagrado o fuerza superior que clásicamente se denomina: El Numinoso. Caracteriza a esta motivación la actitud del hombre de servirse del Numinoso para solucionar sus problemas a través de la manifestación de aquel en las fuerzas naturales: tormentas, rayos, etc.

Dios es afirmado como una fuerza cosmológica a la cual se acude para satisfacer sus necesidades y limitaciones. A esto se añade el hecho de que en América Latina existe una simbiosis -a veces sincretística- entre valores cristianos y elementos tomados en préstamo a la religión natural, lo cual tergiversa aún más la imagen de Dios.

Entre los indios latinoamericanos “Dios” no es que siempre sea el Ser Supremo; muchas veces son politeístas porque junto al Dios Supremo hay dioses inferiores. Este Dios vive aislado, lejos de los hombres. Normalmente entonces hay que entenderse con “dioses” inferiores (santos). La Virgen se confunde a veces con la Madre Tierra, tanto en el mundo andino como mexicano, a veces es eterna, y se le ofrecen sacrificios.

La motivación cosmológica de satisfacer las necesidades vitales produce en Latinoamérica una exaltación de la Virgen y de los Santos como protectores. Las imágenes protectoras de los santos se encuentran por todas partes en Latinoamérica: en los hogares, en los buses, en los taxis, en los caminos y particularmente en las curvas peligrosas.

La creencia en un Dios cósmico conduce a un fatalismo providencialista. La religiosidad popular latinoamericana tiene el sentimiento de la presencia natural de Dios en el mundo y de su acción directa en el mundo. Esto conlleva un oscurecimiento de la acción de las causas segundas y una negación práctica de la libertad humana, del pecado y de la santificación de la vida.

Este fatalismo providencialista se encarna en una actitud resignada y pasiva ante el mundo. Hay una sumisión ante las fuerzas de la naturaleza divinizada. Se acepta todo como querido por Dios “si Dios lo quiere, no comemos”. El sentimiento de absoluta dependencia de la divina providencia se ha trocado generalmente en una actitud de extremada resignación. Hasta hace poco ha sido corriente la concepción de Dios como una fuerza cósmica, al cual se acude para satisfacer las necesidades vitales y superar las limitaciones de la vida natural.

Pero actualmente, la humanidad ha llegado a su mayoría de edad y no quiere renunciar a su responsabilidad de construir el mundo. Por eso rechaza a un Dios tapa-agujeros, aquel que viene a compensar nuestras incapacidades y nuestra pereza, el “Deus-ex machina”.

Dios se va haciendo innecesario desde el momento en que el hombre está transformando al mundo en gran escala. El hombre de hoy no se pregunta si este mundo se explica a sí mismo, puesto que el mundo no necesita explicarse a sí mismo y es el hombre quien lo explica.

En el proceso de desmitificación han entrado varias influencias. El racionalismo que considera a Dios como el artífice que da al reloj del mundo el impulso inicial, dejándolo luego que se rija por sus propias leyes. El desarrollo autónomo de la ciencia moderna que no considera a Dios como una “hipótesis” útil. El método experimental de la ciencia exige explicar y justificar, en cuanto sea posible, los fenómenos del mundo por causas intramundanas. La ciencia moderna destruye la mentalidad contemplativa y la sustituye por una actitud de explicación creadora.

Horacio Martínez Herrera

Abril, 2024

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El ateísmo es uno de los fenómenos característicos de nuestra época. En el mundo contemporáneo hay muchos hombres que consideran el ateísmo como la condición de un verdadero humanismo y como una exigencia del progreso del mundo y de la sociedad.

Para otros, Dios es tan sólo un motivo folklórico del pasado. Ni en la hora de la muerte Dios tiene importancia para muchos.

El ateísmo es la negación de la existencia de un Dios personal. Es práctico si se vive sin reconocer a Dios. Es teórico cuando constituye la actitud del que, teniendo uso de razón, no afirma un trascendente al mundo, ni como existente ni como planteamiento de un problema con posibilidades de solución. La decisión sobre Dios es radical y comprometedora por las consecuencias que reporta en la vida personal. Un “sí” o un “no” ante Dios definen dos posiciones ante la vida completamente diferentes.

Si examinamos el fenómeno del ateísmo actual, nos encontramos con los siguientes rasgos característicos: es universal, postulatorio, positivo, post-cristiano.

Universal. El ateísmo actual se distingue de otros ateísmos históricos por su universalidad. “El ateísmo es aristocrático” decía Robespierre en su época. Pero hoy el ateísmo se ha “democratizado”. En otras épocas, los ateos eran considerados como la excepción en una sociedad creyente. Hoy nos encontramos con grupos de personas que profesan abiertamente el ateísmo; más aún, que consideran al ateísmo como la única actitud defensora de la dignidad humana. La extensión del ateísmo no es una simple casualidad, sino el resultado de un proceso histórico. El Renacimiento, el racionalismo y el laicismo señalan jalones en este proceso. Para entender la fuerza del ateísmo contemporáneo hay que enmarcarlo dentro del cambio cultural de la sociedad actual.

Postulatorio. Otra de las características del ateísmo contemporáneo es su carácter de postulado. No es tanto la conclusión de un razonamiento ni el resultado de una crítica, sino una premisa de la construcción de una concepción del hombre y de la sociedad. Una vez que se ha optado por una vida sin Dios, se procura edificar un humanismo sin El. El origen del ateísmo contemporáneo es una opción. El hombre no se hace ateo radical como resultado de una especulación que le demostrase que Dios no existe. El punto de partida de su ateísmo es una determinación libre, una opción moral. El ateísmo no es sino una toma de posición que excluye a Dios de la escala de valores de la existencia, desterrándolo así de su vida y de su pensamiento. Para los ateos contemporáneos, la existencia de Dios es un problema secundario del que prescinden por la previa negación de la misma noción de Dios.

Positivo. El ateísmo actual no es simplemente una negación de Dios, sino un antiteísmo, un ateísmo positivo, porque no consiste en una negación de la fe, sino en una afirmación del hombre por sí mismo. El ateísmo positivo es un combate activo contra todo lo que nos pueda recordar a Dios, y es un esfuerzo por reconstruir todos los valores humanos sin ninguna referencia a Dios. El ateísmo simplemente negativo negaba a Dios, pero no ponía nada en su lugar; no pretendía cambiar la concepción del mundo que tenía por centro a Dios; simplemente se vivía sin tenerlo en cuenta. Hoy el ateísmo no es negativo, sino positivo, porque opone una concepción del mundo desacralizada a la concepción sacral y exige al hombre que desplace totalmente a Dios del mundo.

Post-cristiano. El ateísmo moderno es post-cristiano. Los ateos modernos han conocido o creído conocer el cristianismo y, conociéndolo, lo han rechazado. El Dios de la metafísica cristiana se ha desmoronado, ya que el hombre moderno no admite sino el mundo terreno y humano, del que el hombre es el único artífice.

Horacio Martinez Herrera

Marzo, 2024

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