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Bernardo Nieto

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La entrevista retoma los temas de la interrupción de embarazos‒aborto‒ (tema que apareció en el blog hace algún tiempo) y se extiende a otros: cuándo un embrión pasa a convertirse en un ser humano, la existencia de Dios y el ateísmo. 

B.N. Perdona que me devuelva a la interrupción del embarazo. Hay discusiones muy profundas sobre esto y seguirán dándose. Unos dicen que, aunque la madre es la que decide, no lo hace sobre su cuerpo, sino sobre un ser que está en ella, diferente a ella, autónomo, que puede llegar a ser un ser humano completo y, en esas circunstancias, el derecho no es de ella, sino del niño. Ahí hay un conflicto ético. En la descripción que has hecho de tu carrera se ve la formación de un profesional mucho más allá de la medicina, de lo estrictamente biológico, porque se requiere tomar decisiones de carácter filosófico, ético, y eso no se aprende, eso no lo da sino la vida en una experiencia más profunda. Entonces, ¿qué preparación debe tener un médico que haga lo mismo que tú haces?

AQ. La respuesta es muy sencilla. Esa vida de la que hablas, diferente de la madre, no es exactamente igual a un ser humano. Un embrión no es un ser humano. Porque en ese embrión, no existe la autonomía del pensamiento para saber quién se es, ni hay conciencia. Puede haberla después de las 20 semanas. Si hay dos niños en el seno de una mujer, esos dos niños se quieren, se abrazan, se chupan los dedos uno al otro, pueden hasta chuparse los dedos de los pies. Ya existe una relación humana. Por eso, en los abortos de más grandes nunca estaré de acuerdo. Pero un embrión no es igual a un ser humano, porque en él no existe autonomía mental para tomar decisiones sobre sí mismo. Eso explica por qué me doy el lujo de interrumpir embarazos por la sola petición de la madre.

BN. ¿En qué edad, en semanas, se dan esas manifestaciones de afecto? 

AQ. Generalmente, desde las semanas 32 a 33 de gestación, más o menos. Cuando está muy avanzada, sobre todo si hay un par de gemelitos. 

BN. Tú decías que hacia la semana 12 todavía hablamos de embrión.

AQ. Sí, sí, porque no puede decirse que un embrión sea exactamente igual a la madre que lo concibe, pues son completamente diferentes. Mientras en la madre existe inteligencia, en el embrión todavía no existe. Entonces, no son dos seres iguales.

BN. Recuerdo que en alguna clase de filosofía se habló del acto y la potencia. La posibilidad de ser y el acto de ser. Este embrión tiene la posibilidad de llegar a ser. 

AQ. En un embrión existen posibilidades, pero no realidades. 

BN. Tiene posibilidad de llegar a ser, pero aún no se ha convertido en un ser humano. 

AQ. Tiene la posibilidad. Genéticamente, todos sus cromosomas tienen la posibilidad de llegar a ser un ser humano. Eso no se puede echar para atrás.

BN. Muy bien. Entonces mi pregunta es sobre esa posibilidad. ¿El hecho de que el embrión la tenga, eso no nos dice que también deberíamos respetar esa posibilidad?

AQ. No, no, vuelvo y te digo: la posibilidad no es equivalente al hecho de ser. Hay que hacer esa diferencia. Existe lógicamente, genéticamente y lo entiendo como médico. Allí existe la posibilidad de que se desarrolle y llegue a ser alguien pensante, pero en el momento en que aún no tiene esa posibilidad, de hecho es diferente de la capacidad que sí tiene su madre.

BN. ¿Cuándo se pasa de embrión a ser considerado médicamente un ser humano?

AQ. Yo diría que a las mismas 30-32 semanas. 

BN. Entonces, siete meses.

AQ. Sí, pero son semanas de gestación. Considera que son 28 a 30 semanas de gestación, no de concepción.

BN. Yo quería entender qué debe saber un profesional de la medicina al asumir la responsabilidad de interrumpir la vida humana. Ahora, ¿qué me dices de la eutanasia?

AQ. Déjame entrar en una parte que tiene mucho que ver con la medicina y el porqué de las razones filosóficas y éticas para hacer una eutanasia. Voy a contarte algo muy sencillo. Supón que un día yo vivía en mi cuadra, en un pueblo pequeño. Allí nos conocíamos todos. Yo sabía quién vivía al frente, al lado, detrás de mí. Un día, en esa cuadra, el abuelito que vivía enfrente fallece. Resulta que como es una familia amiga, mi padre, mis hermanos y yo pasamos a dar el pésame. Fíjate que esa muerte no afectó para nada mi vida, ni la de mis padres. Sin más, yo podría considerar que a ese abuelito lo llevaron al cementerio. Posiblemente le dije a su familia que si en algo podíamos ayudar, por si hubiera algún problema económico, que contara con nosotros. Y así pasó todo. Fue una muerte que no influyó para nada en mi vida. 

En un segundo momento, resulta que un mes después me entero por un nieto de ese abuelito, que en los últimos seis meses suplicó que lo dejaran morir porque tenía unos dolores por su cáncer que le hacían imposible vivir. Entonces mira que, a partir de ese momento, todas las personas alrededor, que conocimos la muerte de ese abuelito, hicimos un juicio. Unos, a favor del abuelito, diciendo que debieron ayudarlo. Si existía la posibilidad de la eutanasia, debieron dársela. Otros, mucho más recalcitrantes, se opusieron. Decían que: “¿cómo iban a permitir que al abuelito, alguien que no fuera Dios le permitiera morir?”. 

Aquí aparece la influencia tan marcada frente a la legalidad de la eutanasia que ejerce la fe católica colombiana. Esas últimas personas aún no entienden que a partir de la Constitución de 1991 Colombia es un país laico donde tenemos derecho a vivir católicos, protestantes, islamistas, ateos, agnósticos y personas de cualquier clase de confesión religiosa o filosófica. 

BN. En ese sentido, más que la oposición de la fe católica, lo que genera resistencias es la creencia de cada quien, su concepción de la espiritualidad, del más allá y de la vida, independientemente de si se es católico o no. Veo lo mismo en los protestantes, en budistas, en otros que dicen “¡ustedes no pueden meterse en esa vaina!”

AQ. Eso hizo que surgiera en mí una posibilidad mayor. Los derechos humanos están contenidos en 30 artículos. Quisiera pedirle al Comité Internacional de Derechos Humanos que cree el artículo 31, que diga lo siguiente: “Todo ser humano tiene el más sagrado derecho de escoger su forma de partir de la vida”. Sabemos que todos los seres humanos somos mortales. Ninguno puede seguir sobreviviendo. 

Yo decía: ahí cabrían los católicos. Si optan por creer que la muerte viene de Dios, tienen todo el derecho de esperarla. Si un protestante cree lo mismo, que también la espere. Si las creencias de un budista le permiten creer que Buda tiene que ver con que se le detenga su corazón y quiere morir de esa forma, tiene todo el derecho de hacerlo. Quienes somos ateos creemos que nacimos para ser felices: no recordamos siquiera qué traumatismo hubo en nuestro parto, pues este es doloroso para el feto y para la madre. A partir de cinco o siete años tenemos uso de razón y empezamos a ser dueños de nuestra vida. 

Fíjate en todo el empeño que los padres de hoy ponen en darle gusto a los caprichos de sus hijos de 5, 6, 7 u 8 años. ¿Por qué? Porque ya los consideran personas. A partir de esas edades esos niños empiezan a ser dueños de su vida. Ningún embrión puede salir del seno de su madre a decir que no quiere nacer. La vida la recibimos como un obsequio, pero a partir del uso de razón, nuestra vida no le pertenece a nuestros padres, sino a nosotros mismos.

BN. En ese sentido, ¿quién es el dador de la vida? 

La progresión genética establecida por Darwin. Venimos de los simios. Eso está perfectamente comprobado. Hoy en día no se puede afirmar que Dios creó a Adán y Eva y que de ahí vinimos todos. ¡No! Todos venimos de los chimpancés. La diferencia genética que tenemos con ellos no va más allá de 4 %. Chimpancés, gorilas y toros piensan. Hay sentimientos en los animales. Hasta ahora viene a reconocerse en el respeto a la naturaleza y en el respeto a los animales.

BN. ¿Cómo defines la vida humana?

Eso hizo que formulara una hipótesis sobre qué es vida humana. Si vas a Wikipedia, encontrarás definiciones de vida, pero en ninguna parte una definición de vida humana. Nadie la define. Eso hizo que surgiera en mí esta hipótesis: “existe vida humana en un cuerpo como el tuyo y como el mío, en el cual yo sé quién soy. Parto de Descartes, que dijo ´pienso, luego soy´. El solo hecho de pensar, me hace ser: Cogito, ergo sum”. El hecho de que yo tenga conciencia me hace tener vida humana, porque cuando tengo la posibilidad de saber quién soy, puedo reconocer a otras personas como un tú, que también se reconocen, y establezco relaciones con ellos: relaciones de amistad o relaciones de desafecto, relaciones de conocimiento, relaciones económicas, relaciones sociales, relaciones humanísticas. Puedo amarte o detestarte. Entonces, cuando existen dos personas en las cuales existe el “Cogito, ergo sum”, esas dos personas tienen vida humana.

Por eso, cuando una persona tiene un derrame cerebral tan masivo que le impide reconocerse, para mí ya es un cadáver. ¿Por qué? Porque no tendrá jamás de nuevo la posibilidad de conocerse y saber quién es y reconocer a otros seres que tengan las mismas cualidades para establecer con él relaciones de amistad, económicas, sociales, filosóficas o lo que quieras.

BN. Dijiste que eres ateo. ¿Cuándo hubo esa transición de la fe a la no fe? ¿Cómo fue, en qué momento? Porque te conocí adolescente, comulgábamos en la misma misa… 

AQ. Y también rezábamos las mismas letanías, los mismos rosarios. Claro, muchos jesuitas se han sorprendido sobremanera después de ver qué tipo de apostólico creyente y generoso fui. Entré a la Escuela Apostólica por la generosidad que yo tenía, pensando en que como sacerdote iba a ayudar a mis semejantes.

BN. ¡Pero todavía conservas eso!

AQ. Claro, conservo eso, lo que me llevó a formular esa hipótesis sobre la vida humana, que se generó en este planeta y se generó en el agua. Hubo moléculas que se fueron uniendo. Y esas moléculas llevaron a hacer algas, a hacer cosas que se fueron desarrollando de tal forma que hubo seres que salieron del agua, empezaron a andar sobre la tierra y en la evolución darwiniana llegamos a ser los seres humanos que somos. Alguna vez le dije a mis amigos:  si ustedes creen en Dios, tengan la absoluta seguridad de que ese Dios en el que creen nunca se les aparecerá a decirles que yo, Gustavo Quintana, soy un mal hombre. De la misma manera les digo que ese Dios en el que creen, tampoco se me va a aparecer a decirme que ustedes son malos hombres. 

Asimismo, si Dios existe o no, no es cuestión para entrar en una polémica, porque considero que el ser humano procede de lo que es este pequeñísimo planeta. Es muy posible que existan otros, si hay las mismas condiciones de agua, de desarrollo de seres que se crearon en el agua, que salieron del agua y nos dieron origen. Es posible, pero están tan lejos, no puedo creer en seres extraterrestres. Carl Sagan, el autor de Cosmos, lo dijo muy claro: pongamos unos satélites para ver si algún día encontramos una señal producida por un ser inteligente como nosotros. Esa señal no ha llegado.

BN. ¿Cómo explicas la experiencia del ateísmo en ti mismo?

A ver, te digo… Cuando empecé a hacer las primeras eutanasias, imaginaba que Dios debía estar allá arriba, ¿no? Un anciano venerable que, de pronto, observaba unas hormiguitas aquí en la Tierra y veía una hormiguita que tenía unas antenas más grandes y mataba a las hormiguitas porque otro ser las había atacado. Unas hormiguitas mataban a otras que ya no podían seguir funcionando dentro de la colmena de hormigas. Entonces, imaginaba que Dios me veía hacer esto y decía: “¡Ve! Hay un ser humano que está haciendo algo que yo no le puedo criticar”. No sé si me entiendes…

En un principio creí en Dios y de alguna manera me decía: bueno, yo creo que si me muero, no voy al infierno. Dios tiene que ver con benevolencia lo que hago. Y si Dios es más benevolente que castigador, tampoco puede castigar a mis pacientes de eutanasia, porque en el momento de hacerles la eutanasia ellos tienen la posibilidad de decirle a Dios: perdóname que me adelante a tus designios, pero aquí estoy.

BN. Ajá…

AQ. Y saber que yo, que me he generado en este planeta, puedo decir con mucha tranquilidad que no creo que a la Virgen la haya embarazado el Espíritu Santo, que es una paloma. Jesucristo nació por la cópula que ella tuvo con un ser humano. Y Jesús tuvo una mujer. No sabemos si tuvo hijos o no con ella; eso hoy se investiga. Mucha gente dice que María Magdalena fue su mujer…

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2021

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Como muchos reconocen, el “estallido” social que nos sobrecoge y agobia, venía gestándose desde hace mucho tiempo. Es ingenuo y falaz pensar que sea parte de una “conspiración internacional” en contra del establecimiento, del gobierno y de los valores nacionales. 

La turbulencia violenta que vivimos en este momento tiene causas mediatas que encuentro relacionadas con una clarísima y vieja situación de inequidad social, las cuales son muy difíciles de solucionar a corto plazo y en medio de la presente coyuntura. Sin embargo, si en el Congreso de la República no se enfrentan y atienden con resolución esas causas profundas, aunque las soluciones se demoren un poco, por largo tiempo continuaremos desmoronando el país en medio de la violencia, la destrucción, la corrupción y la ambición de poder. 

El desmadre tiene también causas inmediatas, relacionadas con la pandemia. Son tozudos, duros y ciertos los datos del DANE, que muestran el agravamiento del desempleo y la consecuente pauperización de la clase media. Más de 22 millones de colombianos se debaten para no caer en la extrema pobreza, en la que ya viven millones de compatriotas, llenos de angustia y desazón por miedo a perder la vida por el virus. Sin embargo, tienen que seguir remando cada día contra la corriente para conseguir el pan, un abrigo para pasar la noche y amanecer al día siguiente con la dura tarea de continuar enfrentando un presente sin futuro. 

Y las vacunas aún no llegan para los que están en edad plenamente productiva, para los que tienen que salir a rebuscarse en las calles o para los campesinos que tratan de vender de manera precaria lo que duramente cultivaron en terruños ajenos o en cosechas logradas al debe con bancos hambrientos e inmisericordes. 

El descontento y la desesperación experimentada en los hígados, a punto de estallar, se encontraron con la más inoportuna, regresiva, arrogante e incendiaria propuesta de una reforma tributaria que abofeteó el rostro herido de una mayoría de afectados negativamente por ella. Aunque ya se retiró, esa iniciativa fallida del gobierno fue la chispa que prendió el polvorín. Nunca debió presentarse con el contenido que tenía; por supuesto que se necesitan recursos financieros para salir de la crisis agravada por la pandemia, pero pueden conseguirse sin acogotar a los que menos tienen.

Ciertamente son totalmente reprochables e inaceptables la destrucción de los bienes públicos y privados, la violencia, los bloqueos que afectan aún más la provisión de bienes y productos, que frenan la cadena productiva y generan más desempleo. Los asesinatos de colombianos en medio de esta dura confrontación nos llenan de terror y nos sobrecogen. Tienen que ser investigados y castigados, pero muchos en el país y en el exterior se preguntan si son confiables las autoridades que los identifican, investigan, juzgan y sancionan.

Mirando la terrible violencia desatada, creo que la solución no puede ser la que aplicó en su momento Sansón contra los filisteos. El “muera yo y todos los filisteos” del relato bíblico nos deja ver el absurdo de un titán ciego, embrutecido y desesperado por el dolor, que sacude en medio de gritos con su fuerza descomunal las columnas del edificio para que aplaste a todos al derrumbarse. Después del estruendo, cuando se asiente la polvareda, solo queda el dolor agudizado y sin solución de los pocos sobrevivientes. 

El uso de la fuerza enceguecida y de cualquier origen tiene que parar. La rebelión irracional o la represión brutal amparada en “para-autoridades” ilegales pueden llevarnos a la locura y a la sin salida. Tiene que haber racionalidad y cordura. En esa loca carrera se colaron los más interesados en aprovechar la revuelta para satisfacer sus ambiciones y satisfacerse del caos. 

La sorda discusión entre quienes todavía se quedan en preámbulos y no inician la negociación se desvía de lo esencial, pues quiere lograr absurdos lógicos y jurídicos inviables. Las declaraciones de los “directivos del paro” incluyen exigencias inaceptables para el gobierno y, a su vez, este les exige a los sindicalistas el claro rechazo de los bloqueos a los que eufemísticamente los directivos llaman “cortes temporales de vías”. ¿Qué van a lograr el gobierno y los integrantes del llamado “comité del paro” con estas dilaciones?

Los jóvenes en las calles están ahí, sin que nadie los escuche. Continúa la protesta, siguen desatendidas las voces y las justas peticiones de quienes piden oportunidades para trabajar, para educarse, para dar de comer a sus familias y tener la esperanza de una patria mejor. Luego de más de un mes de fatigantes y fallidos acercamientos entre líderes del paro y el gobierno, que hasta el momento a nada conducen, el gobierno va tomando medidas que más se parecen al autoritarismo de un estado de excepción no declarado y, aparentemente, casi necesario. 

Todavía se desconoce lo que será la nueva propuesta de reforma tributaria con la que se espera que, finalmente y, como debe ser en plena justicia y equidad, quienes más tienen, más aporten, para que el país cuente con los recursos que necesita para superar la crisis y encontrar caminos de concordia. Veo muy difícil que, quienes tienen el poder, quieran ceder y buscar soluciones de fondo, a corto, mediano y largo plazo.

Convocar una consulta popular, consagrada en nuestra Constitución política y en la que se manifieste el pueblo sobre los puntos más álgidos del problema como “constituyente primario”, puede ser una salida a esta coyuntura. Es posible que se demore la convocatoria; que haya saboteo en este Congreso que nada ha hecho para brindar soluciones a la crisis. No obstante, es una salida del constituyente primario en ejercicio de su pleno derecho democrático y plenamente constitucional. Creo que vale la pena apoyar esta idea de la consulta popular, dada la dimensión del problema. En una consulta popular la racionalidad podría primar sobre la polarización. Para eso está en la Constitución. 

Ojalá sea yo un profeta de mal agüero; ojalá me equivoque, pero si no hay verdadero diálogo, altura moral entre quienes conversan y respuestas prontas, que respondan a necesidades concretas, veo cercano un “estado de excepción”, más revueltas y más autoritarismo hasta que, finalmente, la negociación se tenga que hacer ‒o se detenga‒ en medio del desastre de un eventual golpe de estado que frustre ilusiones y ahonde divisiones y nos aísle del concierto mundial de las naciones que viven en paz. 

Cuánta sanación necesitamos y cuánta serenidad, sabiduría y firmeza requieren quienes nos gobiernan. Veo que muchos la reclaman con desilusión y sin esperanza.

Bernardo Nieto Sotomayor

Junio, 2021

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La primera entrega mostró al estudiante de medicina que se ve obligado a casarse muy joven ‒a los 20 años‒ y muy pronto decide quemar las naves para irse a estudiar a Francia, donde nace su primer hijo, luego deshace su matrimonio y obtiene la patria potestad. Ahora veremos al joven profesional, su primer consultorio como ginecólogo, su intento de volverse arquitecto, su práctica de la interrupción de embarazos y su entrada en el mundo de la eutanasia.

BN. ¡Muy difícil situación!

AQ. El año rural que me tocó en Pandi, Tolima, hizo que Gustavo Andrés se quedara con mi madre. Yo viajé con Vilma. ella estudiaba psicología en la Universidad de los Andes. Yo la vi una vez en un almacén de calzado, cerca al parque de los hippies, en la calle 60. Para mí fue amor a primera vista. Empecé a frecuentarla. ¡No te imaginas la guerra que hicieron sus padres porque se dieron cuenta de que yo había estado casado! A tal punto que antes de que me graduara ‒creo que estaba en cirugía‒, se apareció en el hospital y me dijo: “¡me volé de mi casa!”. Su papá le dijo que iba a salir a matarme. Esa misma noche cogimos un transporte para Cali donde unos amigos míos y una compañera de psicología de ella. Nos alojaron en un hotel. ¡Yo, huyendo, para que no fuera a matarme el papá de Vilma! ¡Eso fue algo…!

BN. Vilma ya era mayor de edad…

AQ. Sí, claro. Nos casamos y nos fuimos a Pandi. Vilma acababa de sacar su cédula de ciudadanía y se puso Vilma Pinilla de Quintana. En ese entonces podía utilizar mi apellido, pero después fue muy complicado que le quitaran el de Quintana cuando nos separamos.

BN. Con Vilma ¿cuántos hijos tuviste?

Solo una hija. Andrea, mi hija mayor.

BN. Cuando terminaste el rural en Pandi, ¿qué hiciste?

AQ. Pasé a ser médico del hospital de Arbeláez.

B.N. Luego del rural, ¿qué especialización cursaste?

AQ. No hice ninguna, hermano. En ese momento, me metí de médico normal, médico de planta. A los médicos de planta recién egresados, los otros médicos nos confiaban el hospital porque teníamos conocimientos muy nuevos; además, había hecho mi internado en el hospital de Facatativá. Los mejores alumnos podíamos salir y hacer el internado fuera de San Juan de Dios, donde se quedaban los alumnos menos buenos de la facultad. A los que éramos prominentes nos mandaban a hacer el rural. Hice el internado en seis meses, aunque se supone que debía durar un año. Por ese premio, logré que mi rural sólo durara seis meses. Como me gradué con honores me dieron la posibilidad de hacer ginecología en el Materno Infantil. Hice allí tres años de especialidad en ginecología. Soy médico cirujano, ginecólogo.

En ese momento traté de abrir un consultorio. Un muy buen amigo me financió. Me dio siete millones para pagar un arriendo de un millón mensual en un apartamento muy bueno, en un edificio de la calle 50 con la carrera séptima, donde tuve durante 35 años mi consultorio. Allí empecé a dedicarme a interrumpir embarazos. Comencé un año antes que “Oriéntame”. Logré gran fama. Interrumpiendo embarazos conseguí muy buenos ingresos como médico. Estuve 35 años en eso. 

BN. ¿Qué edad tenías en ese momento? 

AQ. A los 28 años inicié la interrupción de embarazos. 

BN. ¿En ese momento existía Profamilia?

AQ. Sí, pero no existía todavía “Oriéntame”.

BN. ¿Esta actividad era legal o ilegal? 

AQ. En ese momento interrumpir embarazos era absolutamente ilegal. Si me hubieran denunciado, me habrían enviado a la cárcel. Y me sucedió…

BN. ¿Cómo fue esa experiencia?

AQ. Sucedió porque yo había establecido nexos con médicos de Estados Unidos y, sobre todo, porque había asistido a unos cursos que ellos dieron en Miami, donde era legal el aborto. Tomé esos cursos y traje los mejores equipos para hacer interrupciones de embarazo por medio de aspiración por vacío. Hacía interrupciones hasta las 14 semanas. Un día llegó una paciente que tenía 16 semanas. Yo no intervenía casos tan avanzados. Le dije que, como acababa de regresar de Miami, podía venderle unos dólares y ella podía ir allá para que le interrumpieran su embarazo, pero no quiso ir a Estados Unidos por el miedo que le dio, a pesar de que tenía visa. Entonces se hizo pasar una sonda para tratar de interrumpir su embarazo, vino a mi consultorio, verifiqué que había iniciado su propio aborto y la remití a la Clínica del Country. 

Allí la recibió una colega ginecóloga. Desafortunadamente, la cantidad de líquidos que le pusieron le causó una falla cardíaca y falleció por esa causa. Buscaron los documentos que había llevado y en la chequera encontraron la constancia de que me había pagado 600 dólares. La juez determinó que esa suma correspondía al pago que me había hecho por su aborto y me incriminaron por haberle causado la muerte. El médico que dictaminó la causa de su deceso afirmó que la paciente fue inundada de líquidos y eso hizo que le fallara el corazón.  

BN. Te quitaron la visa para ingresar a los Estados Unidos. ¿Cómo fue eso?

AQ. En enero de este año, 2021, me quitaron la visa. El FBI había hecho hospitalizar a una paciente de Minneapolis en un hospital psiquiátrico de Minnesota. Cuando llegué a visitarla, me esperaba el FBI: me acusó de haberle recibido dinero, lo que no era cierto; no la conocía. 

Adujeron como causa para quitarme la visa el que yo, aproximadamente 10 años antes, había hecho una “consulta médica”. Pero no fue una consulta, sino una asesoría a un médico colombiano que residía en Los Ángeles y que me invitó, junto con su esposa, a un almuerzo, que costó unos cien dólares. Les dije que si ellos lo consideraban apropiado, que me pagaran 33 dólares por lo que consumí en ese almuerzo, pues no tenía licencia para ejercer medicina en Estados Unidos, el restaurante no era mi oficina médica ni la del médico que me estaba consultando. Les manifesté que la primera enmienda de la Constitución estadounidense me facultaba para expresar mis ideas mientras no ofendieran a nadie.

Entré a Fort Lauderdale el 6 de enero. Me detuvieron, me quitaron la visa y me deportaron sin visa el 7, después de 15 horas del interrogatorio más infame que cualquier ser humano puede enfrentar, como si yo fuera un criminal.

BN. ¿Hoy puedes entrar en Estados Unidos?

No puedo. Me castigaron con cinco años sin visa. Pueden volver a dármela si les pido perdón, dentro de cinco años.

BN, Pasando a otro tema, ¿intentaste ser arquitecto?

AQ. ¡Sí, claro! También quise ser arquitecto. Me presenté y ocupé el primer puesto en el examen de admisión de arquitectura en la Javeriana y empecé a estudiar la carrera. Un padre Ramírez dirigía Admisiones y me dijo: ¿cómo así, Quintana, que usted, treinta años después de haberse graduado, viene y ocupa el primer puesto en el examen de admisión?

BN. No podían decir que no…

Alcancé a cursar seis semestres, pero los maestros de Diseño y los de Taller empezaron a aburrirme, porque los planos me los hacían dos arquitectos: uno, egresado de la Nacional y, otro, de la Piloto. Los diseños eran míos, pero no los planos, porque no tenía tiempo para hacerlos por estar trabajando en el consultorio. Con lo que este me producía, tenía cómo pagarle a esos muchachos y ellos felices porque yo pagaba muy bien. Los profesores me cogieron “entre ojos”, me aburrieron y terminé saliéndome tras terminar sexto semestre. 

Estando en la facultad le sugerí al decano ‒no al decano del “medio”, que siempre es un cura, sino al decano real‒, que podía financiar una investigación para ver si era verdad o no el lema de la Javeriana, “Hombres y ciencia al servicio del país”. Yo le decía: ¿es así? ¡Aquí no nos enseñan sino las cosas más sofisticadas de la arquitectura! ¿En qué momento nos ponemos en contacto con lo que necesita el país, donde hay semejante deficiencia de vivienda para la gente pobre? A este decano no le permitieron hacer la investigación.

Salí y me matriculé en Coruniversitec. En el examen de ingreso, ¡también saqué el primer puesto! Me gradué de diseñador industrial tecnológico, después de seis meses de estudio. 

Entonces, me digo con toda humildad: ¡qué fortuna la cabeza con que me dotaron mis padres! Cuando estudiaba medicina en la Nacional, iba a clases con el padre Mankeliunas en la facultad de Psicología. Los compañeros de esa carrera me hicieron el examen de cociente intelectual. ¿Y adivina de cuánto salió? ¡149! Los seres normales tenemos 100, pero los genios tenemos de 140 para arriba. 

En la Nacional también me presenté al Conservatorio para estudiar canto. Un buen día fui y pedí hablar con el Decano. Era hermano de los cirujanos que ponen la válvula de Hakim. Estudié dos años allí. Las clases eran frente al Parque Nacional. Tenía 52 horas semanales, como si estuviera haciendo dos carreras simultáneas. Un día le dije al Decano: maestro… Me interrumpió: espere un momentico, Quintana, voy a mirar su expediente. Tardó media hora. Leía y miraba. Al fin, habló: doctor Quintana ¿usted, de verdad, quiere retirarse del Conservatorio? Sí, profesor, porque no tengo la voz de Mario Lanza y no considero que pueda ganarme la vida como cantante. 

Me respondió: mire, estoy sorprendido. ¡Usted es la primera persona que en el examen de admisión no tuvo una sola falla, ni en ritmo ni en tono! Me habían puesto a oír unos tonos que no eran los tonos de las notas normales y yo decía que no eran los tonos normales. Usted tiene unas capacidades musicales tales que cómo es posible que se nos retire. Maestro, le contesté, con todo el pesar me toca hacerlo. 

Durante ese tiempo también participé con Delia Zapata Olivella del grupo de baile de la Universidad Nacional. Ella admiraba lo que yo hacía como bailarín, imagínate. 

BN. Entonces, ¿era un momento de la vida en el que se abría una cantidad de caminos?

AQ. Sí. Además, la Universidad Nacional brindaba la posibilidad de ingresar a la Facultad que te diera la gana. Intenté entrar a Arquitectura, pero me dijeron que no: a partir de ese año, no lo permitieron, aunque como ex alumno y con el antecedente de mis resultados académicos tenía todo el derecho de hacerlo. 

BN. Volvamos al tema central. Te gradúas de médico y te especializas. ¿Qué te dejó en el alma la experiencia de interrumpir embarazos para pasar a practicar la eutanasia?

AQ. Te explico por qué empecé la eutanasia. Los médicos cirujanos del hospital San Juan de Dios, cada vez que teníamos un paciente con cáncer, en algún momento debíamos decirle: mira, ya hicimos quimioterapia, hicimos cirugía, hicimos radioterapia, hemos hecho todo lo posible por salvarte de tu cáncer. No nos queda otra alternativa que enviarte a tu casa a esperar la muerte… Entonces, empecé a seguir a esos pacientes. 

BN. ¿Cuántos años tenías?

AQ. Tenía 35 años; de eso hace 39. Cuando me gradué a los 29, ya funcionaba el consultorio en ginecología y empecé a tener contacto con esos pacientes a quienes nadie les aplicaba esa “pena de muerte” casera que los médicos les endilgábamos. Entonces, entendí que como médico mi deber ético era hacer eutanasia. Era una obligación ética como médico; ignoraba que la eutanasia estuviera penalizada. En ese momento conocí al doctor Carlos Gaviria, en la entidad “Derecho a morir dignamente”. Me hice muy amigo suyo. Él fue quien, en un caso en que una persona pidió que debía castigarse mucho más severamente el ayudar a morir por compasión a un paciente terminal, volteó la torta. Afirmó que nadie tenía la obligación de padecer un dolor insufrible que no pudiera ser ayudado por la eutanasia. Eran nueve los miembros de la Corte Constitucional y hubo dos oposiciones. Uno fue el homónimo del médico venezolano que acaban de beatificar, José Gregorio Hernández. 

BN. ¿Cómo defines esa especialidad o actividad? ¿Cómo se llama?

AQ. No podría decirte que existe una especialidad médica como tal, que uno pudiera hacer en tres años de especialidad. No, la eutanasia puede hacerla cualquier ser humano, cualquier médico que sepa cómo darle muerte a un paciente sin que sienta dolor. Eso se hace mediante la inyección intravenosa de un anestésico, seguida de la aplicación de un despolarizante cardíaco que detiene el corazón. Una vez este se para, el metabolismo del paciente consume todo el oxígeno presente en su sangre. Una vez se acaba el oxígeno en ella sucede algo parecido al carro al que se le acaba la gasolina. La gasolina de los seres humanos es el oxígeno: sin este somos incapaces de sobrevivir.

BN. ¿Pero esa persona sufre?

AQ. Esa persona no sufre absolutamente nada, porque una vez que uno coloca el anestésico, el paciente alcanza a tener conciencia entre 50 y 60 segundos, no minutos, ¡segundos! Después, el paciente no siente ningún dolor ni tiene conciencia de lo que le está sucediendo.

BN. ¿Qué te dejó, repito mi pregunta, la experiencia de acompañar a mujeres que querían interrumpir su embarazo? ¿Crees que eso te permitió dar el paso a asistir a pacientes terminales en una muerte digna?

AQ. Exactamente. Acabas de dar en el clavo. El hecho de defender el derecho humano de una mujer a no tener un hijo que no desea creó todo el ambiente ético para dedicarme a hacer la eutanasia, porque me dio el valor de enfrentar el derecho humano a tener un buen morir, por medio de la eutanasia, a pacientes terminales que no pueden tener la atribución de aplicar su sentencia de muerte, porque no saben cómo hacerlo. Y, si lo hacen, es colgándose de una soga o metiéndose en una guillotina. 

Entonces, defender ese derecho humano, que es tan sagrado como el derecho a no tener un hijo que no se desea, es lo que yo hago, aduciendo mi derecho a acompañar al paciente terminal y no ser culpable, porque la voluntad del paciente me releva de tomar la voluntad de su propia muerte. Un asesino o un sicario, por dinero, le quitan la vida a un ser humano que quiere seguir viviendo. Yo no hago eso.

Fíjate la diferencia filosófica tan importante: es el mismo paciente el que desea morir.

Bernardo Nieto Sotomayor

Mayo, 2021

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Alfonso Quintana es conocido en Colombia por ser el médico que más eutanasias ha practicado. En esta larga entrevista, que se ha dividido en cuatro entregas, otro exjesuita lo lleva a hacer un recuento autobiográfico que nos permite ver diversas aristas de este personaje y su experiencia y opiniones sobre temas controversiales.

Agradezco a Alfonso por haber podido conversar sin restricciones sobre los temas que hoy comparto. Lo conocí en El Mortiño (Zipaquirá) en 1961. Éramos unos adolescentes que soñábamos con ingresar a la Compañía de Jesús y servir a los demás toda la vida. Cantábamos en el coro del padre Forerito: él, como tenor, y yo, como soprano. Era un destacado gimnasta en las barras paralelas, en las argollas, en el pasamanos y un excelente estudiante que competía con los mejores del curso por las medallas y los primeros puestos.

Se retiró del noviciado de Santa Rosa a finales de 1962, casi un año después de ingresar. Hoy, después de más de medio siglo nos encontramos y hablamos largamente. A continuación, transcribo el contenido de nuestra conversación, que tendrá muchas entregas. 

BN. ¿Por qué decidiste estudiar medicina?

A.Q. Cuando yo ingresé a San Bartolomé, La Merced, a terminar bachillerato, nos hacían un test de orientación profesional, que era una prueba de clasificación de personalidades. De acuerdo con mi temperamento, resultó que yo era muy bueno para ser médico. Mi mamá me había insistido: tienes que ser médico. Lo otro que me aconsejaron fue ser militar; eso coincidía con lo que mi papá había sido en su juventud: cadete de la Escuela Militar de Bogotá. Pero claro, no me sentía con ánimo de meterme de militar pues me parecía que era como adquirir un poder, una cosa medio extraña. Entonces decidí estudiar medicina.

Cuando terminé bachillerato había cuatro buenas facultades de medicina: la Javeriana donde, como bartolino, tenía la entrada directa; el Rosario, que había inaugurado la Facultad de Medicina en 1964. También me presenté allí, y en la Nacional y en los Andes. Un día fui con mi mamá a ver a quiénes habían admitidos en Medicina en la Nacional. En la cartelera solo aparecía la cédula del individuo que había “pasado”. Mi mamá y yo lloramos cuando vimos mi cédula en la cartelera. Entonces, le dije: ¡estamos hechos, porque aquí puedo estudiar con los alcances económicos de mi papá! 

Llegó el día en que debía ir a matricularme con mi padre en la Universidad Nacional. Nos encontramos con un doctor Guzmán, un microbiólogo que fue durante mucho tiempo director del Instituto de Microbiología. Entramos y lo primero que le dijo a mi padre fue: ¡Señor Quintana, lo felicito! Casi se me sale el corazón. Mi papá le contestó: Doctor Guzmán, ¿por qué me felicita? Imagínese que su hijo sacó el segundo puesto en todos los exámenes de admisión de esta universidad y tiene el puesto aquí, ¡lógicamente!

Me acuerdo mucho que solo pagué la primera matrícula: $900 pesos. Mi papá, feliz porque yo había pasado en la Nacional, me dijo que tenía que esforzarme porque ser aceptado en la Nacional significaba que había entrado a la mejor facultad de medicina del país.

Siento que mis padres debieron exigirme un mayor rendimiento en la universidad, porque solo pagué dos semestres: el primero y el de medicina interna; este último porque un profesor me detestaba, pues yo usaba unas blusas que llegaban hasta el piso. Parecía un cura con sotana blanca, ja, ja, ja… Todas mis notas fueron por encima de 4.5 sobre 5.0.

BN En ese momento, ¿ya estabas pensando en dedicar tu vida a la especialidad que hoy ejerces en el país o no tenías ni idea? 

AQ. Ni idea, mano. Lo que pasa es que fui muy enamoradizo. Cuando veía anatomía en los primeros semestres, las compañeras más bonitas querían que fuera su buen amigo y, eventualmente, su novio, pero me había enamorado de una niñita de 15 años y yo tenía apenas 20. Se llamaba Nora Jaramillo y es la madre de mi primer hijo, que nació en Francia. Acababa de ennoviarme con ella. En vacaciones, yo trabajaba en el almacén norteamericano A. Pamp en Chapinero (fue la primera competencia de Sears), en la carrera 13 entre calles 60 y 61, vendiendo ropa, para ayudarme para Navidad. Hice unos centavitos y Nora me invitó a pasar el año nuevo en la finca de sus padres a media hora de Villavicencio. Nos fuimos para allá 

Imagínate que Nora y yo comenzamos a tener relaciones sexuales. Entonces, Nelsy, la mamá, por casualidad le mira la maleta a Nora y ¡encuentra unos condones! ¡Y llora y llora! Casi se muere de disgusto. Entonces le contó inmediatamente al marido, que fue mi suegro. Ellos consiguieron a una señora que leía las cartas y le dijeron: ¡tienes que leerle las cartas a Alfonso y debes convencerlo de que se case con Norita, así no sea todavía médico! 

Cuando esa señora empieza a leerme las cartas y me va diciendo:

– Bueno, mira, aquí aparece que vas a casarte con Norita. 

– Pero, ¿cómo se le ocurre que me vaya a ir a casar con Nora? Precisamente, quiero que ella me espere hasta que yo sea médico y pueda sostenerla y mantener mi hogar. 

No, pues…, me convencieron. Mi suegra consiguió que un cura nos casara en la catedral a las 5.30 a.m. el primero de enero. La víspera mis padres habían llegado a Villavicencio. 

La noche del 31 de diciembre se hacía una fiesta espectacular en el club Meta. Allí todo el mundo ya sabía que me iba a casar a la mañana siguiente. Yo me preguntaba cómo es posible que la gente sepa que mi matrimonio con Nora es mañana. Salimos de la fiesta a las 12.30 y nos fuimos a la casa de Nora. Nos acostamos porque la misa era a las 5.30 a.m. Mi papá y mi mamá estaban dormidos cuando nos estábamos casando, ¡y no lo sabían!

Después del matrimonio, volvimos a la finca de mi suegro. Yo ya era el esposo de Nora, pero  no podía acostarme en su cama. Hacia el 20 de enero decidí decirles a mis padres que me había casado. ¡No te imaginas la ira de mi mamá porque le hubieran cogido a su hijo mayor y se lo hubieran casado! De todos modos estuvimos unos cuantos días en la finca de mi suegro Guillermo con mi papá y mi mamá. En ese momento mi hermano Juan Carlos tenía apenas nueve meses y ya comenzaba a dar pasitos. 

BN ¡Estabas en plena carrera de medicina…!

AQ. Guillermo y Nelsy nos dicen: vamos a sostenerlos mientras usted termina sus estudios y vamos a conseguirles un apartamento. 

Alquilaron un tercer piso en el Park Way y allí empezamos a vivir. Yo estaba comenzando a estudiar fisiología y estudiaba francés en la Alianza, que quedaba justamente frente a la oficina de mi padre en el Colombo Americano. 

Un día mi profesora me dice que por qué no me voy a Montpellier con las notas que tengo. “El estudio es muy barato en Francia. Vete con tu señora, que allá te recibimos. Hay la gran ventaja de que te dan la misma seguridad social de cualquier estudiante francés”.

Imagínate que sin contarle nada a mis suegros empezamos a vender todo: muebles, sala, comedor, nevera, lavadora, todo lo que teníamos. Con la “platica” que reunimos, pudimos pagar un viaje a España, de Cartagena a Vigo en la Compañía Trasatlántica Española. La travesía duró once días. Llegamos y como no teníamos mucho dinero, teníamos que ahorrar. Era verano. Viajamos de Vigo a Madrid. Allí dormimos en un parque, no recuerdo cuál. Con la ropa que llevábamos nos cubrimos y pudimos llegar a Montpellier. 

BN. ¡Qué aventura! Aún estudiabas medicina…

AQ. Claro que sí. Alcancé a estudiar todo un año en Montpellier y comencé el segundo. En este, no me pidieron nada para matricularme y me dieron beca por las notas, ¡en medicina! 

Allá nos pasó una situación muy bella. Nora era una mujer muy hermosa, no te lo imaginas. En las vacaciones de junio, conseguí trabajo en una gasolinera. Tenía que engrasar los carros, lavarlos, vender gasolina y me dejaban como encargado del negocio, que quedaba en una avenida de Montpellier. Nora había conseguido un trabajo que consistía en barrer los salones de mi facultad de medicina. Como ya estaba barrigoncita, hablé con su jefa y logré que me permitiera hacer el trabajo de ella. Entonces, yo barría de 5 a 7 o 7.30 a.m. los mismos salones en donde iba a recibir clases. 

BN. ¡Qué historia!

AQ. Entonces nos sucedió otra cosa bella. Una familia muy amiga nos había brindado una bicicleta con motor. En ese velosolex íbamos de Montpellier hasta Palavas Les Flots, el puerto de Montpellier en el Mediterráneo y Nora se asoleaba con unos bikinis hermosísimos que mostraban toda su barriga. Ella trabajaba conmigo en la gasolinera. ¡No te imaginas las colas de gente que querían ser atendidos por una muchachita de quince años que mostraba la barriguita! Todo el mundo le daba como un dólar de propina. 

BN ¡La muchachita se llenó de plata!

AQ. Con ese dinero pudimos vivir el siguiente año, tener el niño y todo eso.

BN. ¿Te graduaste allá?

AQ. ¡No, no…! No terminé medicina allá. En la familia de Nora se pusieron muy bravos con nosotros porque habíamos vendido todo y nos habíamos ido a estudiar por fuera. No nos enviaban sino un chequecito mensual de 63 dólares. Lo cobrábamos y con el trabajo de los dos, teníamos para pagar la residencia. Alquilamos un apartamentico antiquísimo, pegado a la catedral gótica de Montpellier. Yo ya me defendía muy bien con el francés. Había estudiado en la Alianza Francesa y tomado clases en la Universidad Nacional. Al llegar a Montpellier empecé a tomar clases en octubre y en enero entendía y hablaba en francés, hacía preguntas y tomaba todas mis notas. Se me facilitan mucho los idiomas. 

Apenas nació Gustavo Andrés el 13 de septiembre de 1968, la familia de Nora empezó a decir: pobrecita Nora, cuidando a su niño allá ella solita, que regresáramos, que ellos nos seguían manteniendo si volvíamos a Colombia. Volvimos en febrero, cuando el bebé tenía tres mesecitos, pero alcanzamos a bautizarlo en Montpellier. Los padrinos fueron la familia que nos acogió allá. Cuando llegamos a Bogotá, mi mamá le hizo un batón de bautismo bellísimo. Vivíamos en El Recuerdo, justo al frente de la iglesia del barrio. Volvimos a bautizar a Gustavo Andrés con nuevos padrinos colombianos. ¡Quedó bautizado dos veces! 

El Recuerdo es el barrio ubicado arriba de Quinta Paredes, en el mismo espacio que ocupa el Centro Antonio Nariño. Vivíamos en un apartamento y yo comenzaba a ver psiquiatría, en el hospital San Juan de Dios. ¡El profesor estaba empeñado en que yo fuera psiquiatra!

En algún momento la familia de Nora nos mandó una muchachita como empleada. Nora bajaba con frecuencia a Villavicencio y sus papás me mandaban a hacer “vueltas” en Bogotá. Me criticaban porque yo tomaba “colectivos” ‒eran taxis Checker que iban del centro, desde la séptima y llegaban al barrio La Esmeralda, donde vivían mis padres‒. Me decían que por qué tomaba tanto taxi Checker en vez de buses. Les contesté que porque muchas veces tenía que llegar tarde a mi casa. Eso dio lugar a que hubiera una pelea entre Nora y yo en Villavicencio. Fue la única vez en que le di una cachetada. 

BN. ¡Ay!

A.Q. Entonces, Nora, un día de la madre, cuando Gustavo Andrés tenía tres añitos, decidió dejarme, sin decirme nada. La niñita empleada le sirvió de testigo para que dijeran que yo golpeaba a Nora, lo que era mentira. Con la afirmación de la empleada de que yo golpeaba seguido a Nora, sus padres encontraron la disculpa para llevársela a Villavicencio. 

BN. ¿Cuántos años tenía Nora?

AQ. En ese entonces Nora debía tener dieciocho años. Yo no sabía que Nora había tramado todo eso y que estaban haciendo una separación de hecho. Con eso pretendían quitarme la patria potestad de mi hijo.

BN. ¿Cómo así?

AQ. Seguí estudiando medicina y regresé a mi casa paterna. Nora me demandó, pero no me recibía ni un centavo. Entonces, opté por abrir una cuenta de ahorros en la Caja Agraria a nombre de Gustavo Andrés. En esa cuenta le depositaba 600 pesos mensuales, como testimonio de mi interés de mantener a mi hijo, pues ellos no querían recibir ningún dinero. 

Después me citaron en un juzgado de menores de Villavicencio porque Nora pretendía quitarme la patria potestad de Gustavo Andrés. En ese momento, un hermano mayor de mi mamá, el doctor Luis Enrique Romero Soto, era presidente de la Corte Suprema, cuando el presidente era Turbay Ayala. 

Fui y le consulté qué hacer. Viajé a presentarme a Villavicencio. Le dije a la juez que el Dr. Romero Soto había preparado mi defensa, pues Nora convivía con un muchacho y estaba en concubinato. Eso hacía que no pudiera quitarme la patria potestad. Redacté una defensa, se la llevé a la juez y le dije: Doctora, mi tío no puede litigar, pero fue él quien escribió esta defensa. ¡Mentiras!…, era yo quien la había hecho: no quería que me quitaran la patria potestad. 

Para el día de la sentencia, me llamaron y fui a Villavicencio. Me senté humildemente en la sala, rogando que no fueran a quitarme la patria potestad. Yo aporté la cuenta de ahorros donde yo le ahorraba. Los regalos que le daba eran bicicletas que compraba desbaratadas, las hacía arreglar y pintar y se las llevaba a Gustavo Andrés. En ese entonces, el niño tenía apenas tres o cuatro añitos e iba a comenzar a estudiar. 

El día que llegué a la sentencia me sorprendí cuando la juez dijo: “Se entregará a su señor padre al menor Gustavo Andrés Quintana, por las causales que están dentro del proceso”. Me sentí desesperado: ¿qué hago ahora con el niño? ¿Cómo puedo llevármelo y que sea mi mamá quien lo mantenga? ¿De dónde voy a sacar para matricularlo? Nora se levantó con quien hoy es su marido, salieron de la sala y ni siquiera voltearon a mirar a Gustavo Andrés. 

BN. ¿Dejaron al niño ahí?

AQ. Sí, lo dejaron ahí, sin un suéter, sin nada. No me entregaron ropa, ni juguetes, ni nada. No me atreví a ir a la casa de ellos, porque vi el disgusto con que se retiraron y porque Nora hubiera dejado solo al niño. Gustavo Andrés hoy se lo reprocha a su propia madre. 

BN. Entonces…

Regresé con el niño a Bogotá. Ese mismo día, cuando llegaba a Bogotá, intentaron robarme un reloj por la ventana de un bus. Con el raponazo, le hirieron la ceja al niño. ¡No te imaginas mi angustia porque lo hirieron y yo apareciera con él herido! Llegué a mi casa, le remendé la cejita, le puse esparadrapo y por fortuna cicatrizó perfectamente. 

Matriculé al niño en una escuelita privada en La Esmeralda. Dio con una profesora que adoraba a ese muchacho, pues era muy inteligente. Todo se lo comprendía. Era el mejor alumno de la clase. Todavía hoy frecuentamos a esa profesora.

BN. ¡Qué maravilla!

Con mi mamá mantuvimos a mi hijo en su casa. Entonces, me enamoré de Vilma, mi segunda esposa. 

BN. ¿Se hizo la separación legal del primer matrimonio o se anuló? 

AQ. Se hizo una separación de hecho, porque no estaba pidiendo separarme de ella. Como ella tenía un nuevo novio, no me iba a meter ahí. Nora se había venido a Bogotá, antes de iniciar el juicio, a trabajar en un almacén de calzado en la calle de los hippies. Pero como yo ya me había enamorado de Vilma, yo me decía, ¿Cómo puedo dejar a Vilma y volverme con la persona que había intentado quitarme la patria potestad del niño?

Bernardo Nieto Sotomayor

Mayo, 2021

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La tenencia y aprovechamiento de tierra en Colombia es una de las problemáticas que más ha afectado al campo y a sus habitantes. Por ello, es muy necesaria la evaluación de acciones pertinentes a este rompecabezas que den prioridad a la verdad, los derechos humanos y la paz.

¿Qué posibilidades tiene Colombia para avanzar en la solución de la tenencia y aprovechamiento de la tierra, uno de los más graves problemas del país y que ha estado en la base de nuestro viejo, sangriento y violento conflicto armado colombiano? ¿Cómo proteger el proceso de restitución de las tierras despojadas o usurpadas a sus legítimos dueños durante el conflicto armado? ¿Cómo dar respuesta a los graves problemas que permanecieron ocultos durante cuarenta y cuatro años, entre 1970 y 2014, cuando Colombia no hizo ningún censo agropecuario, que solo se conocieron con el censo agropecuario de 2014?

Recientemente asistí a una conferencia virtual del doctor Juan Camilo Restrepo, exministro de Agricultura y de Hacienda de Colombia, en la que hizo una reflexión sobre problemas antiguos y recientes de la tenencia de la tierra en nuestro país. Este artículo es un resumen personal de los puntos más importantes de su exposición. Después de su exposición, el exministro respondió a las inquietudes y comentarios que le hicieron algunos participantes. 

El problema de la tenencia y explotación de la tierra, constitutivo del problema agrario de nuestro país, siempre se ha tocado, aunque sea tangencialmente, con el largo conflicto armado que nos ha agobiado y que aún no está resuelto. Según el censo agropecuario, Colombia tiene 114 millones de hectáreas de territorio continental. Apenas unos 18 millones están dedicados a la agricultura, mientras que hay 40 millones dedicados a una ganadería extensiva y muy poco productiva.

Con solo 20 millones de hectáreas, mejorando un poco las praderas, y con un manejo menos extensivo del rebaño pueden atenderse los requerimientos de la exportación y del mercado nacional de carne y leche. Con ello, se liberarían más de 20 millones de hectáreas para la agricultura grande, mediana y pequeña. 

Colombia es uno de los pocos países que puede doblar la extensión de tierras aprovechables para la agricultura y crecer su frontera agrícola, sin necesidad de arrasar su bosque natural, como lo han hecho otros países, y sin hacer daño a la silvicultura ni al medio ambiente. Al contrario, Colombia puede mejorarlo; esta posibilidad es una verdadera bendición, aunque no nos damos cuenta de ello.

Chile, por ejemplo, que había sido muy fuerte en el crecimiento de la silvicultura, ya copó su espacio para producir maderas y bosques. Por eso, ha tenido que comenzar a comprar tierra en otras partes del mundo, pues ya no tiene más espacio para sus proyecciones de silvicultura. China ha comprado porciones inmensas del territorio africano para asegurar su seguridad alimentaria en las décadas que vienen, pues el mundo de hoy requiere muchos más alimentos, más agricultura familiar y agricultura extensiva. 

Los datos del DANE revelan una muy alta concentración de la tierra en manos de unos pocos; hay un asfixiante minifundio en Cundinamarca, Boyacá, Nariño y otras regiones, sobre todo del altiplano. Sin embargo, este no es el único problema. La agricultura moderna no es solo una cuestión de tierras sino, también, de insumos.

Uno de ellos, y quizás el más importante, es el agua. A pesar de que somos un país con mucha agua, lluvias y fuentes hídricas, hay muy poca agua dedicada a la agricultura; en esto tenemos muy pobres indicadores. En comparación con Colombia, México, un país mucho más seco, tiene cuatro veces más extensión de tierra con agua dedicada a la agricultura con riego. Colombia tiene un atraso gigantesco en distritos de riego y en el uso racional del agua, de modo que pueda poner a producir las maravillosas tierras con que cuenta.

El primer tema de los acuerdos de paz de la Habana es la transformación rural integral. Se discutió durante año y medio del total de más de cuatro años que duraron las negociaciones. Esto no fue una negociación para y en beneficio de las Farc. Lo que allí se dice sobre política agraria es en beneficio de los agricultores colombianos que no tienen tierra en absoluto o tienen tierra insuficiente. Se trata de llevar más equidad, mejor distribución, más progreso a los campesinos hoy excluidos de la propiedad o que solo tienen una propiedad mínima para ser eficientes: minifundios asfixiantes.

Se acordó que durante los 10 o 15 años del período del posconflicto, luego de los acuerdos de paz, se otorgarán títulos de propiedad a dueños de siete millones de hectáreas y se distribuirán tres millones de hectáreas a campesinos que no tienen tierras o las tienen insuficientemente. Esta decisión debe acompañarse con transformaciones importantes de bienes públicos para esas zonas rurales. Sin embargo, la atención presupuestal para cumplir lo acordado ha sido muy deficiente y se ha llevado con poco interés. Por ello, los resultados hasta este momento son mucho menores a lo esperado en la reconformación de las estructuras agrarias del país. Estamos muy lejos de distribuir tres millones de hectáreas entre los campesinos sin tierra o con tierras insuficientes. Y estamos muy muy lejos de la meta de titular siete millones de hectáreas. 

La inmensa mayoría de quienes explotan la tierra legítimamente no tiene títulos de propiedad, por muchas razones sociopolíticas de vieja data, herencias sin protocolizar, sucesiones sin terminar, como lo indican los estudios del propio Ministerio de Agricultura. La tercera parte de las fincas cafeteras de Colombia carecen de títulos de propiedad o los tienen de manera muy precaria. Por falta de títulos, los dueños no pueden acceder a créditos, subsidios o a la comercialización y gestión comercial de la tierra. Avanzar hacia la titularización dará movilidad a la gestión de la tierra.

Como algo realmente muy novedoso, en pleno conflicto armado Colombia inició una política de restitución de tierras en favor de quienes habían sido despojados a sangre y fuego o expulsados de sus parcelas entre 1990 y 2010, por paramilitares, guerrilla o por terceros. Los censos demuestran que los despojadores de tierras pertenecieron a alguno de estos grupos. Colombia comenzó una política de restitución de tierras que ha sido la más exitosa en los últimos 5 o 6 años.

Se ha logrado devolver a sus dueños un territorio casi equivalente a Caldas y Quindío juntos. Para reclamar las tierras, quien cree tener derecho a esta restitución, va a la autoridad legítima, la Unidad de Restitución de Tierras. Allí se ayuda al reclamante a acopiar y documentar todas las pruebas que acrediten que sí fue despojado. Cuando la reclamación es seria y respaldada, la autoridad lleva de la mano a los campesinos hasta los tribunales y magistrados, los jueces agrarios, quienes luego del examen de pruebas determinan si la propiedad de un terreno se le quita a alguien y se le devuelve al campesino. 

Con el actual sistema, se está logrando devolver la tierra a sus legítimos dueños en uno o dos años. Dentro de la actual ley está contemplado que si alguien cree que tiene mejor título que el reclamante, puede hacerse presente en el juicio, presentar sus razones y será un juez agrario, no una autoridad administrativa, la que decida y defina quién tiene razón. Esta política de restitución de tierras es tan importante como lo son los acuerdos de paz de La Habana en el tema agrario. Y aunque no forma parte de esos acuerdos, por sus resultados ha sido la política más exitosa en este aspecto.

Colombia, además, tiene un camino muy grande por recorrer en lo que respecta a desarrollar bienes públicos para el sector rural, que son una cuestión fundamental en la política de tierras: inversión en carreteras terciarias, cadenas de frío, tanques de almacenamiento, centros de acopio y todos los servicios con los que debería contar un campesino y que benefician a una comunidad grande para combatir la marginalidad con una verdadera inversión, diferente a los subsidios que se otorgan a quienes tienen mayor influencia en el gobierno, pero que no son los más necesitados. Los acuerdos de la Habana tienen una cantidad de reclamos en este sentido. 

En Colombia ha habido el mito de que solo funciona bien la gran propiedad agraria, pero investigaciones, por ejemplo, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana han mostrado que la gran propiedad genera igual o menor productividad que la pequeña o mediana propiedad y que no hay razón para marginar a la pequeña y mediana propiedad de los planes de desarrollo rural del país. Está desvirtuado que las pequeñas y medianas propiedades no son productivas. En esto hay congruencia entre los acuerdos para el desarrollo de lo agrario en el período del posconflicto y la buena productividad del campo. 

Los acuerdos marcan la ruta que debe seguirse durante 10 a 15 años del período del posconflicto. El gobierno es el responsable de los avances pero, al paso que vamos, en 15 años no se logrará el compromiso, pues no hay voluntad política para implementarlos. El Ministerio de Agricultura el año pasado tuvo menos recursos que años anteriores. Si no se hace una transformación profunda, tal como se está logrando en la restitución de tierras, seguirán los conflictos. 

Hay gremios, como el de los ganaderos, que quieren poner palos en la rueda a los avances de la restitución de tierras. La ley de restitución implica que solo puedan mantenerse en manos de los actuales propietarios las propiedades que se hayan adquirido de buena fe y exentas de culpa, es decir, sin despojo violento o extorsivo. Sin embargo, hay propuestas de reformas a esa ley que están en el Congreso y que tienen detrás a los grupos más turbios y truculentos comprometidos en el despojo de la tierra. Dichas propuestas quieren impedir la restitución, alegando que “los poseedores de buena fe” que no hayan sacado de sus tierras a los campesinos a sangre y fuego, puedan quedarse con ellas. Es decir, que se acepte como legítima la “buena fe no exenta de culpa”, aunque las tierras se hayan adquirido de manera maliciosa. Por ejemplo, se le pagaba la hectárea a un campesino acosado por la violencia a $500.000, a sabiendas de que el valor real era de $5.000.000. Se quiere establecer que quienes adquirieron tierras con estos mecanismos maliciosos puedan mantenerlas y que en esos territorios no haya restitución de tierras.

Si el gobierno no le pone cuidado a esto, eso puede prosperar en el Congreso actual. Sería muy grave que esa expresión, buena fe “exenta de culpa”, se borrara de la legislación, porque se le abrirían las puertas a los que quieren validar gran parte del despojo de tierras, basado en la extorsión a los campesinos. Se dice que sí hay compromiso con los acuerdos, pero cuando se analizan cifras de entidades serias y evaluadoras de los acuerdos, se ven los pobres resultados. No se observan medidas radicales. 

La paz rural sí es posible. Solo se requiere un verdadero compromiso y ejecución para cumplir los acuerdos. Ojalá surjan candidatos en las próximas elecciones que tengan la justicia rural como tema prioritario y le den relevancia en la conciencia nacional.

Bernardo Nieto Sotomayor

Mayo, 2021

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Esta es la segunda parte de la entrevista que le hice a Alfonso Mario Cepeda Sarabia, un reconocido y dedicado médico alergólogo barranquillero que logró que once fotografías que tomó con su celular las hubiera seleccionado el Instituto Smithsonian en enero de 2021, entre las mejores del mundo en la categoría de naturaleza.

BN. Esta capacidad que tienes de captar cosas bellas, ¿nacerá de una profunda experiencia espiritual?

AMC. Es posible que sí. Porque creo que quien no interioriza en la vida, no puede captar esas bellezas… ¿verdad? Como dicen en canciones y en escritos, quien apenas ve el plástico, pues solo ve la pintura en la cara, nada más… Pienso que tal vez hay mucha gente que no valora lo natural, que es lo más sencillo, lo más simple, lo más bello, lo más fácil ¡Y es gratis! 

Sí. Hay que tener una experiencia interior para degustar de todo lo que está a tu alrededor. Creo que es así. 

Rio de vida

BN. La contemplación para alcanzar amor, de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, ¿tiene que ver con esto?

AMC. Je, je,… Bueno, por ejemplo, por ejemplo… ¡Sí! De acuerdo. Claro que aquí es, llamémoslo así, la contemplación para alcanzar el gran amor del universo. 

BN. Alguna vez cuando conversaba con Enrique Grau, le pregunté: Maestro ¿qué sentía usted en su corazón, en su interior, cuando pintaba una maría mulata, bellamente, para que otros pudiéramos ver la belleza que usted veía en ella? 

AMC. Él transmitía con su mirada y sus manos, loa que me parece increíble, superiorísimo… Pues bueno, yo lo he querido transmitir con fotos. Captándolo no con una cámara, sino con un clic del celular.

BN Pero ese es el obturador… La técnica incorporada en un celular de estos es de una altísima calidad. 

AMC. Es un obturador electrónico….

BN. Hecho a prueba de brutos… 

AMC.  Je, je… Ahora que hablas de Grau, tengo unas fotos, de pronto después te mando algunas, de la maría mulata que está aquí en Barranquilla. Algún día le tomé unas foticos. Ahora te mando unas fotos de la María mulata, casi que besando la luna. 

Maria mulata besando la luna

BN. Qué belleza. Hablemos de la publicación de las 11 fotografías… 

AMC. La premiación es en abril, por categorías. Va a haber una categoría que llamada móviles… Pero en esa categoría, Bernardo, son miles de fotos. Es fácil tomar fotos en móviles, pues no todo el mundo tiene una Cannon, una Nikon, una Leika u otras marcas, ¿verdad? Pero, un celular, lo tiene todo el mundo… Entonces es la categoría donde más fotos hay. Ya resolví eso interiormente. Para mí, cerré el concurso del Smithsonian. ¡Ya me gané 11 premios y no espero nada en abril!

BN. ¿Cuándo decides el momento de tomar la foto? ¿Cómo te aproximas a la naturaleza, a la persona, al objeto que vas a fotografiar y dices “en este momento tengo que tomarla” ¿Sientes alguna urgencia que te diga tengo que tomarla ya?

AMC. Bernardo, yo creo que la naturaleza es la que decide por uno… La naturaleza es la que le dice a uno: ¡mírame, capta esta belleza! Y listo… Entonces, levanto mi celular y tomo las fotos. Cuando veo una cosa bella, tomo más de una foto, porque a veces una te sale borrosa Luego, borro varias fotos y me quedo con las dos o tres que quedaron bien. Yo creo que la naturaleza es la que le dice a uno y la que lo llama a uno. En el momento en que contemplo algo bello, ¡no puedo dejar de tomar la foto! ¡No puedo! Tengo que parar, tomar la foto, así dure un segundo, así dure 30 segundos allí… En ocasiones, de pronto he durado un minuto. 

A veces he esperado un poquitín más. Cuando veo un barco al amanecer que viene y sé que va a pasar por donde está el sol despuntando y el reflejo del sol en el río, espero y le tomo la foto antes, durante y después, tomarla en el justo momento en que el barco pasa. ¡Es una emoción indescriptible! El sol jugando con el barco o el barco con el sol… ¡Es increíble!

¿Cuándo me demoro uno minuto o dos minutos? Depende. cuando hay pajaritos en unas ramas o en algunas barandas del malecón. Espero que estén con el sol en el momento justo. También me muevo, para que estén en el momento en que haya el contraste del sol, del rayo del sol y el ave. Cuando son aves volando te toca disparar rápidamente.

Como una que se llama Liberty (libertad).  Es un ave que va volando frente al sol, que está a millones de kilómetros de distancia; pero en la foto se ve el ave interponiéndose al sol. O con el marco del sol. ¿Qué más puede uno pensar para el título de una foto de un ave que vuela tan libremente y el sol la respalda? Por eso, llame a esa foto “libertad”.

BN. En ese sentido, no eres un reportero gráfico, aunque estás mostrando la realidad, pero no eres ese periodista que busca con su cámara el momento angustioso en el que va a suceder un accidente o el carro está dando volteretas y si no se capta…, se perdió la instantánea. Tus fotos son, yo diría, un adagio, no un prestíssimo

AMC. Tal vez, exactamente, sí. No había caído en la cuenta de eso, pero parece que sí… 

BN. Tus fotos que he visto requieren paz interior, no la urgencia del fotógrafo de guerra. Son otra cosa…, un proceso interior. Por eso me identifiqué tanto con tus fotografías y quise conversar contigo sobre ellas. 

AMC. Te lo agradezco enormemente. ¡Qué bueno que me lo digas!, porque tengo ese mismo el sentimiento. Estas fotos me dan paz interior y muchas veces, cuando estoy trabajando, haciendo videoconsultas, pongo al lado el celular y, en medio de una consulta de pronto miro una foto, me da paz y me llena de alegría. Eso coincide con lo que varias personas me han dicho u otros, que me escriben en privado, me dicen: 

‒ Tus fotos, Alfonso, me inspiran paz, me dan tranquilidad. 

Una persona me dijo: 

‒Alfonso, tus fotos me ayudaron a resolver conflictos interiores. 

¡Miércoles…! ¡A mí sí me tocó eso duro! Duro, a favor… ¿no? Tus fotos me ayudaron a resolver conflictos interiores. ¡Miércoles! Creo que esa persona tiene una sensibilidad enorme y esas fotos le transmitieron, tal vez, la paz que necesitaba.

BN. ¿Estás de acuerdo con que tus bellas fotos sirven para sanar a la gente? 

AMC. Creo que sí. Ha sucedido, porque mucha gente me ha dicho que le han servido, les ha transmitido paz y dado tranquilidad. Creo que eso es una de las dimensiones más altas de la sanación.

BN. ¡Qué maravilla! ¿Te consideras fotógrafo aficionado o estás en ligas mayores?

AMC. Aficionado ciento por ciento. Yo no soy fotógrafo, no sé nada de fotografía, no tengo idea, ni formación específica. Cuando he tenido una cámara en mis manos, la pongo siempre en automático…, porque no sé hacer más nada, ¿cierto? Soy un aficionado total. Entonces aquí viene lo que mucha gente me ha dicho: ¡Alfonso, la raqueta no hace al buen tenista…! Alfonso, ¡la cámara no hace al buen fotógrafo. 

Y yo digo… pues, tú sabes que nunca me he sentido ni bueno ni fotógrafo. He sentido, simplemente, que me encanta captar las cosas hermosas que veo. Eso es todo. Y el instrumento ha sido un celular.

BN. ¡Lindo definirse uno así! Cuando seleccionaste las fotos para enviar al Smithsonian, las 11 que alcanzaste a mandar…, ¿qué experimentaste en tu interior?

AMC. Una serena emoción y una paz interior bárbara, siempre con emoción. Siento cuando me da ese latido, no de nerviosismo, sino un latido de alegría del corazón. Y una cosquillita, no de ansiedad, sino de alegría, de plenitud. Así de simple. Ningún otro criterio. Y, obviamente, que me gustaran las fotos y que me transmitieran alegría, paz, serenidad. Que en últimas. y para responder la última pregunta que me enviaste, es ver y sentir a Dios, o como cada cual quiera llamarlo… Es como ver y sentir aquella inmensidad que no podemos definir o que no entendemos, en fin, cómo más se nos va a manifestar en este mundo, con cada persona, con cada paisaje, con cada hoja, con cada ave…

BN. ¿Con qué música quisieras acompañar tus fotos si se pusieran en un video y mandarlo a las redes sociales actuales?

AMC. Yo… bueno…, hay gran diversidad de música, ¿cierto?, de estilos y de lugares del mundo. Sería una música que, al oírla, brinden paz, tranquilidad y emoción. Eso pueden tenerlo por ejemplo, Bach y su Concierto de Branderburgo, número 4-I, con el Allegro. O Beethoven, su Romance para violín y orquesta en sol mayor. Pero también Pachabel, con su Canon en Re mayor, que es fantástico. O Tchaikovsky, con su Vals de las flores. De todos modos, músicas que brinden paz, tranquilidad, emoción. Por eso la champeta no entra, jejejeje…

BN. A mí sí me gustaría intentarlo, Foncho, al menos con estas once fotos… Por ejemplo, Sibelius o, Vivaldi.

AMC. De acuerdo, Bernardo. ¡Qué chévere! Como dijiste al comienzo… Son fotos del alma, del corazón. Y yo creo que el mejor instructor de fotografías es el alma. O el corazón. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Marzo, 2021

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Cuando supe que nuestro compañero, Alfonso Mario Cepeda Sarabia, un reconocido y dedicado médico alergólogo barranquillero, logró que once fotografías que tomó con su celular las había seleccionado el Instituto Smithsonian en enero de 2021, entre las mejores del mundo en la categoría de naturaleza ‒aunque afirma que no sabe nada de fotografía‒, decidí entrevistarlo. 

Alfonso Mario Cepeda Sarabia (AMC), un reconocido y dedicado médico alergólogo barranquillero ‒novicio de Chucho Caicedo y Javier Osuna y junior jesuita con Enrique Gaitán y Gonzalo Amaya‒, aunque afirma que no sabe nada de fotografía, logró que once fotografías que tomó con su celular fueran seleccionadas en enero de 2021 entre las mejores del mundo por el Smithsonian Institute en la categoría de naturaleza. 

El resultado final del concurso se conocerá en abril próximo. Sin embargo, el hecho de que sus once fotografías fueran seleccionadas significa para él haber ganado el máximo premio. 

Reconoce que no sabe manejar una cámara fotográfica y habla con sencillez sobre su afición a contemplar y captar con su móvil la belleza natural que se ofrece gratuitamente a los ojos y al corazón. En su concepto, esa capacidad también la tienen las personas del campo, acostumbradas a vivir en medio de la naturaleza y sus paisajes. 

Bernardo Nieto (BN) conversó con él sobre este logro. Le respondió desde su celular, el mismo que usa para tomar fotos, con la calidez de un amigo y la sabiduría del profesional que trabaja por la salud de muchos y que cura a la gente ayudado por sus bellas imágenes.

Alfonso Mario y su esposa Marcela en el malecón de Barranquilla, donde tomo las fotografías seleccionadas por el Smithsonian que ilustran este articulo

BN. ¿Cómo se adentra en la fotografía un médico alergólogo especializado? ¿De dónde y desde cuándo viene la afición?

AMC. Yo considero que el médico alergólogo, en general, tiene que ser un buen observador del mundo, porque las alergias hoy pueden hoy surgir en cualquier parte. En mi caso, soy una persona contemplativa. Me encanta ver el mundo. Y el mundo es todo: paisajes, personas, lugares, cosas, objetos, acciones, en fin… Creo que eso me ha llevado a querer captar el mundo; una de las formas, además de hacerlo con el alma ‒porque uno lo capta con el alma‒es también tratar de dejar algunos momentos para la memoria, lo que puede hacerse con la filmación, con la fotografía o con el audio. Yo escogí darle a la fotografía. 

BN. Además de médico especializado, eres fotógrafo…

AMC. ¡Yo no soy fotógrafo! Pero si quieres decirlo, soy fotógrafo del mundo, pero no fotógrafo propiamente, porque no sé nada de fotografía. No tengo idea y no utilizo una cámara; solo uso mi celular, este celular con el que estamos hablando. ¿Qué capto? Bueno, lo que me atrapa el alma. Cuando algo me gusta, que encanta o que instintivamente me llama la atención, lo capto. Toda la vida he tomado fotos, pero nunca como en este año 2020 que acaba de pasar y lo que va corrido de 2021. Antes lo hacía muy poco, por aquello del rollo y el revelado, etc. Las primeras cámaras digitales, aunque muy buenas, tenían poca resolución. Por fortuna eso ha ido progresando. Ahora, las cámaras de los celulares van teniendo cada vez mejor resolución. 

A pesar de que hoy uso un cacharrito, un iPhone 7, que hoy está pasado de moda, atrasado en tecnología, es el que he utilizado para la mayoría de mis fotos. Algunas las he tomado con el iPhone 11 de Marcela, mi esposa. Obviamente, esas tienen mejor resolución. Pero la mayoría con mi iPhoncito 7, que me recuerda la canción de Roberto Carlos: “Mi cacharrito… beep, beep… beep piru piru… je, je je”. Marcela me regaló un iPhone 12, el último en tecnología. Ya estoy comenzando a tomar fotos con mejor resolución y mejores alternativas.

BN. ¿Por qué tomas amaneceres? 

AMC. Bueno…, yo tomo amaneceres, tomo atardeceres, tomo medios días, tomo mañanas, tomo tardes, tomo noches… cuando la luz lo permite. Después de la cuarentena, una de las cosas que me ha gustado en Barranquilla es que nuevamente pudimos ir al malecón. ¡Me ha encantado! Porque estamos a la orilla del río y en el malecón tú ves el río; al otro lado del río, ves el parque natural isla de Salamanca; detrás del parque, ves la Sierra Nevada y detrás de la Sierra ves el cielo, a veces la luna, a veces el sol, las nubes y las aves que circundan.

BN. Las más lindas las has tomado al amanecer, ¿o no? 

AMC. Sí, casualmente caminábamos mucho por el malecón y la cuarentena nos cerró esa posibilidad. Yo añoraba poder volver, hasta que el 11 de agosto se abrió de nuevo el malecón de 5 a 8 de la mañana. Entonces nos levantábamos a las 4.30. Vivimos a ocho minutos del malecón y a las 5.00 a.m. prácticamente éramos los primeros, o casi. Abríamos el malecón nosotros. Porque tiene unas entradas que están vigiladas y controladas con la toma de la temperatura, por aquello de la pandemia. Entonces, abríamos el malecón y listo… ¡A caminar! Íbamos en plan de caminata, de hacer ejercicio. Caminábamos entre 5 y 10 kilómetros cada día, pero mi intención ‒más que esa‒ era contemplar el bello y hermoso paisaje, que cada día es diferente. No hay dos amaneceres iguales, no hay dos atardeceres idénticos. Eso me atrapó desde el primer momento. 

Apenas llegaba, antes de comenzar a caminar, empezaba a tomar mis primeras fotografías, sin que lo hubiese planeado. En medio de mi caminata o trotada, apenas veía algo que me gustaba, me detenía y lo captaba. A veces gastaba dos o tres segundos, a veces esperaba unos cuantos segundos más para tomar una o más fotos y luego continuaba mi ejercicio. Marcela seguía caminando y yo, después, trotaba un poquitico, la alcanzaba y luego seguíamos haciendo ejercicio… Creo que eso es todo. 

BN. ¿Qué hay que hacer para tener esa sensibilidad, esa capacidad de contemplar algo bello?

AMC. Yo creo que lo primero que hay que hacer, para quien lo tiene natural e instintivamente, y estoy seguro que mucha gente lo tiene, es aprender a degustar la naturaleza, verla y sentirla, porque escuchas el canto de los pájaros, de las aves, percibes la brisa deliciosa, sientes el sol tenue y después el sol más fuerte, sientes muchas cosas. Entonces es aprender a degustar todo eso. Si no se aprende a degustarlo, no se aprende a admirarlo. Si pasas rápidamente por un paisaje, pues… ¡no lo viste! y, menos aún, lo apreciaste y, todavía menos, lo degustaste… Entonces, creo que es cuestión de aprender a degustar de lo que Dios nos dio. ¡Al natural! 

BN. Somos parte, finalmente, y viva, de la naturaleza. ¿Tomas conciencia de eso?

AMC. De acuerdo. Tomar conciencia de eso. En algunas de estas fotos hay personas; en la mayoría, no las hay. Pero tengo muchísimas fotos de personas y de rostros, de objetos, muchísimas fotos de lugares distintos del mundo, de museos, etc., ¡Pero aquí me atrapó la naturaleza que tenemos en nuestra querida Barranquilla y que vemos en nuestro hermoso Gran Malecón…!

BN. ¿Cómo fue eso del Smithsonian? ¿Cómo te enteraste de que había un concurso o una invitación a participar con fotografías propias?

AMC: Siempre que tomaba fotos, al regresar a mi casa, a veces a las 6.00 o 6.30 de la mañana, mientras desayunaba, comenzaba a revisar mis fotos y a escoger las que más me gustaban, siempre emocionado, porque las más bonitas, cuando las veo, me emocionan, me dan paz…, me dan tranquilidad, me dan una serena emoción…, ¿de acuerdo?

El hermoso despertar del rio Magdalena

BN. Un profesor mío de arte lo definía como emoción estética…

AMC. ¡Sí! La emoción estética es sentir los latidos del corazón, las cosquillas en el estómago. Es sentirse alegre, pleno de mirar eso. Y ciertas fotos es contemplarlas y volver a verlas. Y, si te alegran el corazón y te traen sentimientos agradables y alegría, ¡qué hermoso hacerlo repetidamente! Entonces, escogía las fotos y, desde los primeros días, me dio por compartir algunas de ellas con amigos y con algunos grupos de los chats. Siempre recibía excelentes comentarios:

‒ ¡Qué cosas tan hermosas…!

‒ ¡Oye, Alfonso, esto es bello…! ¡Publícalo! 

En fin… Yo no había participado nunca en un concurso de fotografía ni aquí en mi propia casa. Nunca, en nada… Entonces me metí en noviembre de 2020 a averiguar. Y de los grandes concursos que tienen que ver con lo natural, el que se vencía próximamente era el del Smithsonian, el 30 de noviembre. Faltaban pocos días. Entonces escogí varias fotos y me dije: si en el concurso de 2019 participaron más o menos 40.000 fotos, en el del 2020 serán 50 o 60.000 fotos… ¡no sé cuántas! Mi intención no era ganar un premio, pero sí que mis fotos quedaran entre las seleccionadas y publicadas en el Smithsonian Magazine. ¡Oye!, que por lo menos seleccionen “unita”. Si mando una o dos, tendré poco chance, pero si envío 20, de pronto tengo la oportunidad de que escojan al menos una. 

¡Yo quería mandar 20! Comencé a escogerlas el 20 de noviembre, como a las 5.00 p.m. Desconocía la metodología. Enviar cada foto tomaba un tiempo…, varios minutos. Primero, tenías que enviarlas con una determinada resolución, no de baja resolución; luego, al ir a enviar la foto, debías darle un título. Entonces, instintivamente, le ponía en ese momento los títulos que se me ocurría y aparecen aquí. Y cuando iba a mandarlas…, ¡a ver, un momentico! Tenía que describir algo que me llamó la atención. En fin…, cuando daba un doble clic en esas fotos, en el enlace aparecía una frase, que también debía escribir en el momento de enviarla. Muchas fotografías eran sentimientos que yo tenía. 

Voy a ponerte un ejemplo. Una mañana publiqué en Instagram una foto de una madrugada en que la aurora era azul ‒normalmente es roja o anaranjada‒. Esa mañana era azul, ¡azul!, y ¡el río adquirió el color azul!, como casi nunca he podido volver a verlo. En Barranquilla la aurora viene del oriente, por donde sale el sol. Tomé varias fotos de la aurora azul y del río Magdalena azul. Cuando iba a mandarla a varios a amigos, a publicarla en Instagram, yo escribí: “La aurora viene del Este…/, y el Magdalena, ladrón, / le roba el azul celeste”. Con esa frase la publiqué. Entonces mucha gente me dijo: 

‒ Alfonso…, no sé qué es más bello: si la foto o el verso, la frase… 

Entonces, pensé: ¡qué interesante la cosa!

A esa foto la llamé Blue River (río azul). Luego, cuando vi que el Smithsonian pedía: “Ahora, ponga una frase o algo que le haya inspirado o que describa el momento o cómo fue tomada la fotografía”; puse esa frase en inglés. Lástima que en ese idioma no rima, como en español. Este ejemplo muestra lo que implicaba el proceso de enviar cada foto: una operación que tomaba varios minutos: uno debía pensar lo que iba a poner y lo que iba a escribir, etc. Fue un trabajo demorado.

Cuando había enviado mi undécima foto e iba para la 12, apareció un aviso en la pantalla del computador: “¡Se terminó el concurso!” Eran las 6.00 p.m. Había transcurrido una hora y apenas logré mandar 11. De pronto seleccionaban algunita…

Empecé a entrar un par de veces por semana al sitio web del concurso 2020 del Smithsonian. Veía un montón de fotos seleccionadas, pero las mías…, nada.  ¡Cero…! Je, je, je, je… Y volvía otra vez y… ¡nada!

‒ ¡Pa´ qué reviso más…! Ya no las escogieron, comenté.

Pero, bueno…, me dio por seguir revisando. Ahora miraba una vez por semana. Veía unas fotos seleccionadas y me decía: 

‒ ¡Caramba! ¡Creo que tengo unas fotos que me parecen más bonitas que algunas de las que estoy viendo! Pero bueno, allá tendrán sus criterios…

BN: ¡Estaban poniendo primero las de menor calidad! Y esperando a las mejores…

AMC: ¡Claro! Una noche, antes de mediados de enero, me metí al computador con un sentimiento neutro, como que ya no tenía esperanzas. Entré y de pronto, ¡pácate! ¡Apareció una foto mía! 

‒ ¡Uy, veee! ¡Mi premio! ¡Este es mi premio! ¡Escogieron una foto mía! 

No era una foto de la premiación, que es en abril, sino de la selección. En ella entran muchas fotografías, pa´ escoger las de la premiación. Pero son fotos seleccionadas. ¡Qué más premio podría aspirar, sino que me seleccionaran una fotico! Ya tuve mi premio. Me animé a seguir buscando… Y, de pronto, vi la segunda… ¡Van dos! Proseguí, ¡tenía que continuar. ¡Sorpresa! Una tras otra, seleccionaron las 11 fotos. ¡Todas! ¡No podría creer esa vaina!

Playa escarlata

BN: ¿Qué sentiste en ese momento? 

AMC: Pues una emoción increíble… Primero, era como de incredulidad ¡Era una alegría incrédula!  Ja, ja… ¡Qué emoción sentí! ¡Era una emoción increíble! 

BN: ¡Qué maravilla!

AMC. Y en cada foto, cuando le dabas doble clic, además de la frase aparecían algunas cuestiones técnicas, como con qué cámara se habían tomado. Veía las fotos y leía: Cannon, Nikon, Leika… Entonces, me decía: ¡miércoles, no tengo nada que hacer ahí!

Me había registrado en el Smithsonian en la categoría de móviles y me puse a buscar la categoría de pájaros. Casi me desmayo de alegría cuando la primera foto escogida en birds ¡era una mía! Estaba compitiendo contra las cámaras Cannon, Nikon, Leika y no sé cuántas marcas más, y estaba de primero. ¡No podía ser!

Mis amigos y algunos amigos que tengo aquí, que son…, tú sabes…, muy del arte y tres directoras de museos me decían, 

‒ Bueno y ¿con qué cámara las tomaste? 

‒ ¡Con ninguna! ¡Con mi iPhone 7! 

‒ ¡No puede ser! Le ganaste a los profesionales ¡Increíble! 

Yo me decía: ¡miércoles! Entonces, ¡como que sí eran bonitas las fotos!

O sea, realmente mi consideración no es como que sí eran bonitas, como que no fui el único al que le parecieron bonitas mis fotos. ¡A ellos también les parecieron bonitas! Hombre…, obviamente, para mí esto fue un estímulo pa´ decir… ¡caramba!, puedo seguir creyendo en que lo que a mí me gusta, si es bonito, para otros también lo será. 

Mucha gente me dijo:  

‒ Alfonso, esto merece ser mostrado… ¡Vale la pena que muchos vean tus fotos!

Oración

Bernardo Nieto Sotomayor

Marzo, 2021

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En Colombia, defender los Derechos Humanos, particularmente en el sector rural, se ha convertido en una labor peligrosa, azarosa, llena de espinas, de contradictores y de amenazas. 

En Colombia, defender los derechos humanos, particularmente en el sector rural, se ha convertido en una labor peligrosa, azarosa, llena de espinas, de contradictores y de amenazas. Muchos la condenan. Los líderes sociales, los campesinos que defienden sus derechos, son blanco de amenazas y muchos de ellos hoy están muertos. 

Para quienes trabajan en la sombra y en la impunidad, ser defensor y promotor de los derechos humanos es una amenaza que hay que eliminar. Según Indepaz, desde la firma de los acuerdos de paz en 2016 hasta el 15 de julio de 2020, 971 líderes sociales y personas defensoras de derechos humanos han sido asesinados en el país[i].  

En 2021, entre el 1 y el 17 de enero han muerto por asesinato 11 líderes sociales y cuatro exfirmantes del acuerdo de paz[ii].

Hasta hoy, casi todos estos asesinatos permanecen impunes. Por ello, en las regiones, en las organizaciones sociales, en los partidos políticos, se levantan voces que reclaman justicia y acción contundente contra esta sistemática y atroz manera de silenciar vidas y aterrorizar comunidades.

La Organización de las Naciones Unidas se creó el 24 de octubre de 1945 en San Francisco (Estados Unidos) para defender y promover los Derechos Humanos, como una de sus tareas más importantes. Proteger esos derechos es una de las labores más nobles que puede asumir una sociedad, una organización o una cultura y tiene que ser garantía de paz. Las grandes guerras mundiales tuvieron origen en la violación de los derechos humanos. 

La ONU se rige por la Carta de las Naciones Unidas, el equivalente de nuestra Constitución política. Allí se consignan los principios rectores de la Organización. Esa carta entró en vigor el mismo 24 de octubre de 1945, pocos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial. Además de preservar la paz y promover la concordia y la cooperación entre las naciones, los países estaban resueltos a “… reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”, como establece el Preámbulo de la Carta de creación de las Naciones Unidas.

En la ONU las naciones tienen el propósito de atender “… la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión” (artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas).

Siguiendo este espíritu, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los campesinos y de otras personas que trabajan en las zonas rurales se hizo necesaria debido a causa la constante violación de los derechos humanos de esas personas. Fue necesario reflexionar, escribir y corregir durante varios años y, luego de múltiples discusiones, proclamar un documento que formula explícitamente los derechos de los campesinos y busca tratar de parar el irrespeto y violación de sus derechos en todo el mundo. Podría afirmarse que, especialmente en los países no desarrollados, en el sector rural se concentran los campesinos pobres, los que se dedican a cuidar y a hacer productiva la tierra en pequeña escala y quienes conforman gran parte de la población productora de alimentos para el mundo. 

Y en Colombia no somos la excepción: aquí se vulneran e irrespetan los derechos y se asesinan líderes y excombatientes. Es imperativo que entendamos que si queremos la paz, es una tarea prioritaria respetar los derechos humanos de quienes viven en las zonas rurales que han sido escenario de confrontaciones, combates y conflictos armados. Colombia ‒país que ha tenido el conflicto armado más antiguo de América, concentrado principalmente en las zonas rurales‒ casi de modo absurdo se abstuvo de ratificar la declaración sobre los derechos de los campesinos. Los responsables de firmar se abstuvieron porque la Declaración considera como campesinos a quienes poseen o trabajan la tierra en pequeña escala y no a los grandes terratenientes que se han adueñado de inmensas extensiones de territorio. 

En el sector rural de nuestra patria siguen muriéndose líderes campesinos que están reclamando tierras usurpadas, salud y educación para sus mujeres, niños y niñas, reclamando el derecho a tener agua potable, vías de acceso para comerciar y vender sus productos y el derecho a tener modos dignos de vida y de subsistencia. 

Por eso tenemos que insistir en que el derecho a la vida, para cualquier ser humano, es el derecho fundamental que tiene que ser garantizado, protegido y respetado. La fuerza del Estado, con sus instituciones legítimas, tiene que brillar para detener las acciones que quisieran acabar con los líderes sociales, solo porque desarrollan la labor más noble encomendada a todos: defender los derechos humanos.


[i] https://www.aa.com.tr/es/mundo/indepaz-en-colombia-971-l%C3%ADderes-han-sido-asesinados-desde-la-firma-del-acuerdo-de-paz/1924456

[ii] http://www.indepaz.org.co/lideres-sociales-y-defensores-de-derechos-humanos-asesinados-en-2021/

Bernardo Nieto Sotomayor

Enero, 2021

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El número de desplazados por el conflicto armado en Colombia ronda alrededor de ocho millones de personas. Quienes no lo hemos sido, ¿nos hemos preguntado qué sentimientos experimenta un desplazado?

El número de desplazados por el conflicto armado en Colombia ronda alrededor de ocho millones de personas. Quienes nunca hemos tenido que dormir en un zaguán, debajo de un puente o en plena calle, reciclando basuras y vendiendo residuos por unas monedas para sobrevivir, posiblemente miramos sus vidas con algo de desdén, con molestia, con dudas y, en ocasiones, con verdadera sospecha. Pero, ¿nos hemos preguntado qué sentimientos experimenta un desplazado?

Antes de la pandemia y aun ahora algunos sobrevivían vendiendo dulces, cachivaches, tratando de mal cantar y de explicar su tragedia en los buses y extendiendo su mano esperando una limosna. Con lo que recogen tienen que comer, pagar una habitación para ellos y para sus hijos. Muchos otros vienen del destruido país vecino que los expulsa por falta de oportunidades y aquí buscan mejores alternativas. Muchos desplazados son campesinos que se ganaban la vida honradamente cultivando la tierra. Huyeron dejando su casa y su trabajo, porque se los arrebataron o los amenazaron y tuvieron que partir. Son seres humanos que tratan de reconstruir su vida, golpeados por situaciones que jamás escogieron para sí mismos o para sus hijos. Hoy tienen que ganársela a pulso en plena calle, desafiando la enfermedad, el contagio y la muerte en plena pandemia.

Tratando de entender su dura realidad, encontré un estudio realizado por psicólogos investigadores de la Universidad Javeriana[1] que muestra lo que sucede en la mente y el corazón de los desplazados sin papeles, que enfrentan la soledad, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la angustia y la desesperación en un mundo hostil y sin corazón. A pesar de haber sido publicada hace 15 años, la seriedad del análisis sigue vigente y me movió a escribir estas líneas. 

El miedo y la ansiedad lo causan las amenazas. En los niños esa situación ocasiona pesadillas, tristeza y sentimientos de abandono. Los sobrecoge una sensación de indefensión y vulnerabilidad. Los adultos se sienten observados y amenazados por doquier. Es el temor y el trauma del desplazado que ha perdido a sus padres, hijos, hermanos, familiares o amigos por asesinatos y masacres, agredidos por matones sin corazón que les causaron heridas profundas de difícil cicatrización. 

La tristeza invade a la madre que se desvela hasta el amanecer viendo a sus hijos dormidos y con el estómago vacío y sin nada para darles. La vergüenza ataca la autoestima cuando hay que presentarse ante otros a contar su historia y a suplicar una oportunidad para ganarse la vida con un trabajo honrado. Hay quienes intentan quitarse la vida abrumados por la desesperación y el miedo patológico que les impide encontrar salidas a su desesperanza. 

Con ayuda seria y profesional, sin embargo, es posible salir adelante. El acompañamiento psicosocial y el encuentro con otros en igual condición y con deseos de superación brinda confianza y deseos de recuperación. Cuando se es capaz de decir “tengo que salir adelante”, comienza el fin de su terrible drama. Para ello es necesaria la solidaridad real que convierte el sufrimiento en esperanza. 

El desplazado tiene que encontrar soluciones reales, un trabajo productivo y debe reconocer sus resortes espirituales y morales. La fe en Dios, cualquiera que sea el nivel de su experiencia espiritual, es un soporte valioso y reconstructor. Nuestra solidaridad con los desplazados es una obligación que va más allá de la más sofisticada filantropía. Es una condición para vivir en paz en un país que todavía debe recorrer caminos difíciles para encontrarla. 

El apoyo de todos a las personas y entidades que se dedican a ver al emigrante en su auténtica dimensión y grandeza humana con seriedad, responsabilidad y generosidad debe ser real, concreto y generoso. Es la labor que adelantan entidades como el Servicio jesuita para los refugiados. 

[1] Stella Sacipa, Vidales Raúl, Galindo Luisa et Tovar Claudia (2005). Venus d’ailleurs. Sentimientos asociados a la vivencia del desplazamiento (Colombia). Cahiers de Psychologie Politique. Disponible en http://lodel.irevues.inist.fr/cahierspsychologiepolitique/index.php?id=704

Bernardo Nieto Sotomayor

Enero, 2021


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Somos sombras que caminamos siempre juntos

Cuando los ciclistas se aproximan al final de una competencia deportiva encuentran señales que indican cuántos kilómetros faltan para culminar la etapa. Entonces aceleran, en especial en el kilómetro final, para definir quién obtiene la victoria.

Las señales del camino, en Galicia, indican cuán cerca estamos de nuestro destino
Por caminos del norte de España, hacia Santiago de Compostela

Tras recorrer más de 800 km del camino que iniciamos en Lourdes, en bus, en tren y a pie, arribamos a Sarria. Solo quedaban 125 km para llegar. En cada lugar donde nos detuvimos hicimos sellar nuestro pasaporte del camino para recibir la “Compostelana”, cumpliendo las condiciones de esta peregrinación milenaria. A diferencia del deporte, en el camino de Santiago se trata de cumplir todas las reglas y no de llegar primeros y por cualquier medio. 

Antes de recorrer el último trayecto hicimos estas reflexiones:

Lo que falta es poco, pero es lo definitivo. Lo hecho hasta aquí ha sido muy importante. Sin embargo, eso de nada vale si, al final, lo definitivo se hace mal. Todo hay que hacerlo bien. La mediocridad debe estar ausente de la vida. Hay que medir las fuerzas para el último tramo. Reconocer los límites propios para el trayecto final permite dosificar la marcha sin agotar los recursos. 

Con sol o con lluvia, ¡seguimos adelante!

Quiero y voy a llegar. A no ser por una razón de fuerza, realmente mayor, caminaré, iré a pie hasta el final. Hemos superado muchas dificultades, barreras, dolor y contado con la ayuda de muchos, utilizado racionalmente nuestros recursos y aprendido a usar bastones que ahorran energía, brindan seguridad, soporte y firmeza a nuestros pasos. Si los sanos los manejan, los enfermos y limitados, con mayor razón, debemos recurrir a ellos. Hay que saber quiénes y cuáles son nuestros bastones.

Nuestros bastones, apoyo para los débiles y fortaleza para los sanos

Si quiero llegar, debo conocer mis fuerzas y debilidades. Aunque el trayecto que falta es corto, quedan etapas que exigen lo mejor de nosotros. Debo cuidar lo que soy y lo que tengo, sabiendo mis debilidades. No puedo tomar atajos. Ni antes, ni en lo que queda, las trampas o los atajos son aceptables. Las normas y las reglas del juego deben respetarse siempre.

Tengo razones valiosas para llegar. Quiero llegar por un compromiso conmigo mismo, libre, responsable y alegre. Nadie me ha forzado. Quiero llegar porque siempre, durante mi vida, he podido cumplir lo prometido. 

Nuestro destino fue la meta que nos animó siempre

Llegaremos juntos. El camino lo hemos recorrido unidos con mi compañera de vida. Somos uno solo y llegaremos juntos, a nuestro ritmo, hasta el final. Esa fue nuestra promesa y la cumpliremos. Aprendimos a ser sinceros, a mirarnos de frente y a apoyarnos en nuestras debilidades. Este camino es como nuestra vida.

La fuerza nos viene de Aquel que nos unió. Somos compañeros de camino y destino. Todo lo podemos en quien nos fortalece y es la razón de nuestra fe y esperanza. Iniciamos la ruta pidiendo su gracia para recorrerlo y la culminaremos testimoniando que hemos cumplido, con la gracia recibida. Con Dios iniciamos; con Él, terminaremos. El destino lo sabemos; el camino lo hacemos.

Al final de la jornada, sugerimos:

  • Tenga claro su destino y a dónde quiere llegar. Muchos, por no haberlo definido, jamás logran su propósito. Llegar a Santiago de Compostela era nuestro objetivo; sin embargo, éramos conscientes de que nuestra ruta nos llevaba mucho más allá de Compostela. 
La valla de entrada a Santiago de Compostela
  • Haga cálculos reales antes de iniciar la marcha. Hacer cuentas, disponer de fuerzas físicas, financieras y espirituales suficientes le permitirá llegar hasta el final.
  • Tenga claro y sólido el motivo por el que quiere transitar la rutaLa razón por la que decide recorrer el camino le servirá para superar dificultades y obstáculos. Según la época del año habrá que remontar montañas a pleno sol, cruzar cañadas, caminar bajo la lluvia, resistir el frío y, en ocasiones, la nieve, pero aprenderá a agradecer todo lo recibido en su vida y a consolidar la promesa de vivir hasta el final, más allá del horizonte.
Un grato encuentro en las calles de Santiago con los peregrinos 
María Ángela Ferro y Goyo Vélez
  • Escoja con conciencia y en absoluta libertad. Hágalo como algo propio, porque le viene en gana y sin presiones de nadie. Aunque puede ser duro, llegar es su compromiso. Este le ayudará a cumplir lo que se ha prometido.
  • Elija cómo y con quien quiere hacerlo. Unos lo logran caminando, en bicicleta, solos, en pareja o en grupo, dependiendo de sus fuerzas físicas y espirituales. Todas las modalidades son válidas; sus ventajas y desventajas se evidenciarán a lo largo de la ruta. Para nosotros, el compañero de nuestro viaje fue el mismo que motivó al apóstol Santiago a recorrer Europa y a decir al mundo que tenemos un destino más allá de Compostela.
  • Vaya al ritmo del más débil. Si quiere arribar acompañado, usted puede ser el que más ayuda necesite. Se trata de llegar unidos, sin dejar atrás a su acompañante.
  • Pregunte y verifique las respuestas. Aunque muchos le ayudarán, también hay avivatos que quieren lucrarse de su deseo de llegar.
  • Caminar y cumplir la meta cada día nos muestra un horizonte nuevo, un paisaje novedoso que es apasionante. Cada día es nuevo y es necesario seguir adelante. 
A “espaldas” de la Catedral, llegando a nuestra meta
  • Nuestra meta en la vida, nuestro Santiago de Compostela, lo sabemos; el camino, lo hacemos. Depende de nosotros y de nadie más cumplir nuestra misión.
  • Nuestro Santiago y nuestro camino lo llevamos dentro, aunque jamás hayamos estado en España.
La foto que testimonia nuestra llegada a Santiago

Bernardo Nieto Sotomayor

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Estar “encerrado” para librarme del contagio del COVID-19 me ha permitido asistir a muchas conferencias virtuales. En una de ellas, hace un par de meses, escuché a un gran amigo disertar sobre el origen y la formación del universo. Con sus explicaciones, volví a pensar en nuestra pequeñez como especie y en la razón de nuestra existencia.  

Nuestro planeta ha visto pasar a multitud de generaciones de seres humanos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Salvo algunas especies vivas que han resistido los cambios climáticos y han sobrevivido casi intactas el paso de los años, prácticamente todas las que hoy existen son resultado de adaptaciones al medio ambiente que está en continuo cambio. Lo que hoy es, a lo mejor mañana no existirá. Y la naturaleza continuará inexorablemente, sin nosotros.

A pesar de sus extensiones de tierra y agua y de su capacidad para albergar hoy a más de 8.000.000.000 personas, la Tierra solo es un pequeño astro que navega por el espacio desde hace millones de años en medio de una pléyade de galaxias y en un universo que parece infinito. Aún no se ha comprobado si hay vida inteligente en otras constelaciones o planetas. Por eso, hasta hoy podemos decir que la Tierra es el único cuerpo celeste que tiene vida inteligente y recursos para mantenernos vivos. Sin embargo, quienes vivimos en él estamos atrapados en una paradoja: somos conscientes de la inmensidad del universo y, al mismo tiempo, de nuestra pequeñez. Reconocemos que el planeta y nuestra presencia en él son apenas una brizna en el tiempo y en el universo.  

Si este pequeño planeta lleva miles de millones de años navegando por el universo, ¿qué somos nosotros, tan pasajeros, tan limitados, débiles y pequeños? ¿Para qué estamos en esta Tierra si, con suerte, nuestra vida llegará a los ochenta años, quizás hasta unos pocos más?  

Luego de unos años de deliciosa inconsciencia infantil y juvenil, los seres humanos tenemos que asumir responsabilidades como adultos y nos pasamos el tiempo luchando por conseguir y mantener un trabajo que nos dé el dinero necesario para construir una familia con amor. Luchamos por adquirir fama, poder o reconocimiento social y trabajamos en donde podemos o, si tenemos ese privilegio, en donde queremos. Con esfuerzo logramos construir un nido y solo unos pocos, un palacio, pero todos necesitamos un refugio donde guarecernos y todos, al fin del día, queremos tener una almohada para reclinar la cabeza. Ambicionamos, competimos, elegimos o vemos elegir gobernantes, tan pasajeros como nosotros y tan deslumbrados con su pequeño poder, sus riquezas y su grandeza. Somos testigos de las luchas, las guerras, los desastres, las hambrunas, las ambiciones de los pueblos y de sus gobernantes. Y, al final, todos se van tan desnudos como nacieron. Adquirimos objetos, conocimientos y principios que guían nuestro actuar. Por estar demasiado ocupados en esas cosas diarias, con los años nos damos cuenta de que el breve tiempo de nuestra vida se nos fue irremediablemente y de que ya no es posible dar marcha atrás. Y, ante esta realidad, necesariamente, nos surge la pregunta: ¿qué hice con mi vida, con mi corto tiempo en este planeta?

En unas dos o tres generaciones es posible que alguien se acuerde todavía de nosotros; sin embargo, aquellos que nos recuerden, ¿de qué se acordarán? ¿Seré capaz de generar en ellos algún signo de amor, nostalgia o alegría?  Aunque solo sea para quienes están más cerca de mí, solo de mí depende dejarles el testimonio y el recuerdo que pueda superar el paso de los años y que cause en ellos una sonrisa, una mirada agradecida o un beso sobre la imagen que guarden de nosotros. En mi pequeñez y en mi grandeza, ¿cómo quiero que me recuerden los que se acuerden de mí cuando ya no esté? ¿Qué clase de vida he construido? ¿Tengo tiempo todavía para darle a mi vida el significado que me haga feliz a mí y a los que me rodean y que provoque en otros el agradecimiento por mi breve paso por este planeta? 

La Tierra, a la deriva, marcha según las leyes físicas del universo. ¿Cuáles son las que rigen mi vida y las que tengo para orientar mi propio destino?

Bernardo Nieto Sotomayor

Diciembre, 2020

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Los “ángeles” del camino

Muchos son los nombres de los ángeles que aparecen en diferentes momentos y pasajes bíblicos. Los que aquí mencionaré son de carne y hueso y significaron una gran ayuda para mantener la decisión de recorrer lesionado el camino de Santiago desde Lourdes hasta el corazón de Galicia. 

Ante todo, fue necesaria la valoración médica que me autorizara a caminar. De acuerdo con los resultados de la resonancia magnética y el nivel de dolor, yo tenía una “falsa ciática”, consistente en una fuerte contractura en el músculo piramidal. Los analgésicos y antiinflamatorios ayudarían en el lento proceso de recuperación. 

Quisimos hacer el camino sin ayuda de empresas turísticas y de acuerdo con nuestras posibilidades físicas y financieras. Eso nos ahorró un buen dinero. De acuerdo con nuestros nuevos planes, iniciando en Lourdes la peregrinación el 16 de abril, llegaríamos a Santiago hacia el 6 o 7 de mayo. Para ello deberíamos estar en Sarria el 30 de abril, de modo que pudiéramos caminar el tramo final. En cada población donde pasáramos la noche iríamos a pie desde la estación del autobús o del tren hasta el hotel. Escogimos hoteles que estuvieran cerca de la estación y del “casco viejo” de cada sitio, para recorrer los sitios históricos, visitar las catedrales y algún otro lugar de interés histórico o artístico. 

También analizamos nuestras finanzas. Habiendo pagado los tiquetes y algunos hoteles, cancelar el viaje o posponerlo para otoño implicaba costos importantes. Se impuso nuestra determinación de peregrinar en primavera, como experiencia personal, espiritual y en pareja. Mi lesión nos permitiría conocer lugares que solo se recorren despacio y sin afanes.  Entonces comenzaron a manifestarse los “ángeles de carne y hueso” que nos acompañaron antes y durante el viaje. 

Eliana Montaño

Esta joven fisioterapeuta trabaja a domicilio en Bogotá y siguió estrictamente las indicaciones médicas. Con sólidos conocimientos para tratar lesiones y manos entrenadas para aliviar dolores recomponiendo músculos y tendones, me atendió diez días antes del viaje, cuando peor estaba la lesión, en terapias cuidadosas, intensas y dolorosas. El tiempo no fue suficiente para que la lesión desapareciera, pero me animó para persistir en el viaje. Eliana me puso en movimiento para poder subirme al avión. Además, me dio su pequeño listado de súplicas que dejé a los pies de la Virgen de Lourdes, como lo prometí. 

Diana González

En el teléfono su voz siempre sonó paciente, cálida y comprensiva. Sé que aún trabaja en la aerolínea que nos transportó de Bogotá a Madrid y nunca vi su rostro. Faltando apenas 24 horas para el vuelo escuchó la historia de mi lesión. Nos asignó sillas cómodas para estirar mi pierna y aliviar la fatiga de las más de 10 horas de vuelo. Además, logró que en Bogotá y Madrid un funcionario especial me condujera en silla de ruedas por los largos corredores y controles aduaneros. Diana arregló todo esto cuando ya se habían cerrado todos los plazos. Este ángel tiene un auricular, un buen computador y un corazón de oro, dispuestos a servir a quienes lo necesitan.

Jairo, un servidor sin apellido

En Madrid me recogió un hombre de mediana estatura, fornido y con un inconfundible acento paisa. Desde hace cuatro años recibe personas que necesitan silla de ruedas en el aeropuerto. “Soy Jairo, un servidor”, me dijo con una sonrisa al vernos llegar a la sala de equipajes. Él y mi esposa me ayudaron a acomodarme en una nueva silla de ruedas. Sin decir su apellido, nunca se apartó de nosotros, recogió nuestras maletas, nos llevó a la aduana y a la oficina de correos, nos ayudó a despachar una valija para Berlín y, luego, se subió con nosotros al autobús que nos llevó hasta el terminal 4, donde, finalmente, nos puso dentro del tren de cercanías que nos permitiría conectarnos con el tren a Bilbao. Este antioqueño, caficultor de origen, fue guía, portamaletas, enfermero y amigo, lleno de sonrisas y energía. Jairo, estaremos siempre agradecidos por tu bondad. Tus manos recolectoras de café aprendieron a servir el mejor: el de la entrega a los demás. Ojalá algún día vuelvas a tu patria a enseñar sobre servicio amoroso con la convicción tuya.

La familia de Tarbes

El domingo 15 de abril eran casi las siete de la noche. Unas horas antes habíamos tomado el autobús en San Sebastián, en la frontera vasca. La “diligente” vendedora de pasajes que nos dio las sillas delanteras del autobús, nunca nos dijo que en Tarbes la parada no sería en la estación de autobuses. Al llegar allí, a 20 kilómetros de Lourdes, el conductor nos dejó en un descampado solitario. Por decencia, nos ayudó a bajar los morrales y la maleta y se marchó sin más. No había taxis por allí, el celular no funcionaba en ese descampado y comenzaba a caer la noche. No había un alma con la que pudiéramos hablar en ese frío atardecer de domingo. Decidimos “echar dedo”. En silencio me encomendé a la virgen y sentí la seguridad de que encontraríamos una solución en la aventura.

Durante unos desalentadores 30 minutos ningún automóvil se detuvo, ni siquiera para curiosear o preguntar qué hacíamos allí. Cuando ya comenzaba a anochecer, cerca de las ocho de la noche, una pequeña camioneta Volkswagen cruzó frente a nosotros. Se detuvo y comenzó a dar marcha atrás unos cincuenta metros más adelante. Era una hermosa familia de inmigrantes albaneses con tres hijos pequeños. Sin dudarlo Omar, el papá, nos escuchó. El y su esposa hablaban muy poco francés y sus tres hijos pequeños fueron nuestros interlocutores. Recogió nuestros equipajes y los acomodó como pudo en el baúl. En su idioma les indicó a los niños cómo acomodarse y nos subió al auto. El niño más pequeño se sentó adelante con su mamá, Mariah. Eliah y Elsa, los otros dos hijos se acomodaron uno sobre otro y Myriam y yo pudimos sentarnos en la silla de atrás. 

Al saber que íbamos para Lourdes, nos explicaron que estaba a 20 kilómetros. Omar, sin dudarlo ni un momento, nos llevó a hasta la estación del tren, a dos cuadras de nuestro hotel y no nos cobró ni un solo centavo. Durante el viaje conversamos sobre Santa Teresa de Calcuta, que nació en Albania. Ellos honraron su nombre y se solidarizaron con los extranjeros. A ellos también, los llevamos en el corazón. 

Javier Murugarren. El kinesiólogo de Pamplona

Unos días después ya habíamos visitado Bilbao, Gernika, Loyola y San Sebastián, pero mi pierna mejoraba poco. Además del morral que llevaba en mi espalda, nos turnábamos con Myriam para arrastrar la única maleta en la que llevábamos toda nuestra ropa. Tenía que descansar cada dos o tres cuadras, buscando cualquier lugar para estirar la pierna. 

Este bulto con ruedas era nuestro equipaje conjunto: un error que no hay que cometer. Pesaba 25 kilos!

Al llegar a Pamplona, a las 8.00 p.m., dejamos el equipaje en el hotel del casco viejo y salimos a buscar un lugar en donde nos sellaran nuestro pasaporte de peregrinos. 

Myriam en la calle del Hostal Bearan, nuestro hospedaje en Pamplona
Al fondo, el edificio del Ayuntamiento, cerca de la tienda del peregrino

En una de las callecitas del centro entramos a La tienda del peregrino. Por el letrero, cerrarían a las nueve de la noche. Un vasco de nombre Ignacio nos atendió amablemente y nos puso el sello. Al verme caminando “como chencha”, apoyado en mis bastones, me miró detenidamente y me preguntó qué me pasaba. Brevemente le narré mi aventura, escuchándome con toda atención. Nos dijo que si pasábamos al día siguiente a las diez de la mañana, nos daría noticias de un amigo kinesiólogo y masajista profesional que prestaba su servicio, certificado por la autoridad de sanidad de Pamplona, a caminantes y deportistas. Él, con seguridad, podría ayudarme. Le agradecí sinceramente, esperanzado en recibir una ayuda que me aliviara la dolencia. Mientras curioseábamos la tienda, dieron las nueve, hora del cierre. 

Sin que lo advirtiéramos, Ignacio hizo una llamada a alguien. Cuando íbamos a salir, entró a la tienda un sonriente, fornido y macizo navarro cuyo nombre nunca olvidaré.  

– Hola, soy Javier Murugarren, para servirte, me dijo tendiéndome la fuerte mano y se saludó de abrazo con Ignacio, el dueño de la tienda. Sin más, me ordenó: 

– A ver, macho, ¡camina un poco sin bastones! 

Ante su indicación, le entregué los bastones a Myriam e intenté dar unos pasos con mi pierna adolorida y tiesa. Me observó y, luego de cuatro pasos, me dijo: 

– ¡Suficiente!  Y, sin más, me hizo presión justo en el centro del dolor de mi pierna. 

–  A ti te duele aquí, ¿verdad?, dijo con absoluta seguridad. 

– Sí, le respondí, intentando retirarme para aliviar la presión. 

– Te espero mañana a las diez en mi consultorio. ¡Tienes una falsa ciática y te la voy a quitar mañana mismo! Ya lo verás.

Les mencioné a dos navarros que llevaban los nombres de Ignacio y Javier, fundadores de la Compañía de Jesús. Reconocieron complacidos la coincidencia y nos despedimos. 

Javier Murugarren, el kinesiólogo que me puso a caminar bien. Luego del duro masaje, nos ofreció una cerveza para compensar el maltrato

Para hacer breve la historia, Javier en dos intensas sesiones, una muy dolorosa y otra más suave y de recuperación, logró soltar el nudo que tenía en el músculo y sentí inmediatamente el alivio. A partir de Pamplona pude comenzar a caminar más relajadamente y, cuando llegué a Sarria, el 30 de abril, estaba listo para caminar el tramo final recuperado prácticamente de mi lesión.

Ruinas de la ciudadela donde fue herido el capitán Ignacio de Loyola.
En el recinto amurallado, con un cañon de la época

Hay muchos otros ángeles de carne y hueso que nos acompañaron en este camino y a quienes quisiéramos recordar desde estas líneas. Gracias a ellos, esta peregrinación marcó un hito en nuestras vidas y hoy seguimos caminando uno al lado del otro, despacio y apoyándonos en nuestros bastones del peregrino. Con un solo destino, somos compañeros de camino. 

Bernardo Nieto Sotomayor

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Regalos y sueños de niños

Era un sábado y se inauguraba una escuela muy esperada en una vereda del municipio de Tierra Alta en el departamento de Córdoba. Después de casi dos años, su construcción y puesta en marcha habían sido posibles gracias a la alianza entre el municipio, la diócesis local, el gobierno departamental y UNICEF. La diócesis había donado el terreno. Los gobiernos municipal y departamental habían construido la escuela con trabajadores locales, según parámetros educativos avanzados, indicados por los manuales de UNICEF: aulas para garantizar el trabajo individual y en equipo, buena iluminación, higiene, ventilación, sanitarios independientes para niñas y niños, campo de juego, comedor y cocina escolar. 

Algunos de los papás y mamás habían trabajado en la construcción. Además, se habían nombrado dos maestras, pagadas por el municipio. UNICEF iba a entregar los materiales educativos y, también, morrales con el uniforme completo y zapatos para niños y niñas. 

Una banda amenizaba el ambiente de fiesta y alegría. Nadie quería perderse el acontecimiento. Los niños y sus familias estaban contentos y esperaban la llegada de las autoridades. Por ser época de lluvias, los caminos estaban enlodados y las familias y sus hijos habían trajinado para estar presentes, con sus pies que testimoniaban el barro de los caminos.

Por fin, luego de casi una hora, llegaron los patrocinadores de la nueva escuela. La banda tocó hasta cuando alguien les pidió hacer silencio para que la maestra leyera el orden del día y se iniciara la ceremonia. Afortunadamente, el cielo estaba nublado y el calor era soportable. Todos cantaron a grito herido y con las mejores intenciones, pero sin la más mínima entonación, el himno nacional. El Secretario de Educación, después de excusar al gobernador que estaba en la capital del país ese día, pronunció un discurso “veintejuliero” que exaltaba la generosidad del gobernador y su propia gestión, sin reconocer que lo que entregaba a la comunidad era su obligación y el cumplimiento bien retrasado de lo que todos esperaban desde hacía más de veinte años.

El Obispo fue parco. Solo hizo un agradecimiento a la familia que había entregado el terreno a la diócesis para que se construyera allí la capilla veredal. El aula múltiple de la escuela en donde estaba reunida la comunidad también serviría de capilla cuando fuera necesario y, de esa manera, se cumpliría la voluntad del donante, además de garantizar el servicio educativo. 

El delegado de UNICEF felicitó a niñas y niños, a los padres y madres que habían exigido por años su escuela y que habían puesto su tiempo y su trabajo para construirla. Invitó a los a recibir sus morrales y sus uniformes completos; la algarabía se apoderó del aire. Todos querían ver lo que había en los morrales y cómo eran los uniformes. Era un regalo que nunca habían esperado. 

Con ayuda de las dos maestras, de dos policías y de algunos padres y madres de familia, niñas y niños se acercaron ordenadamente a recibir lo prometido. La dicha colmó el lugar pues, de verdad, los libros y los uniformes eran nuevos, limpios y bien confeccionados. Las niñas recibieron faldita, blusa, medias y zapatos; los niños camisa, pantalón, calcetines blancos y zapatos con suela de caucho. 

Casi todos aprovecharon para cambiar sus zapatos viejos y estrenar los nuevos, guardando en la bolsa los embarrados. Sin embargo, en un rincón, un niño crespo y moreno, que estaba con su hermanito más pequeño, se negaba a abrir la bolsa y estrenar sus zapatos. 

La maestra le preguntó por qué no se los ponía. El niño, mirando con ojos alegres y compasivos su regalo, con toda la inocencia, pero con la más clara lógica del mundo, respondió: 

‒ Pero, ¿cómo? ¿No ve que están nuevos? 

La intuición de ese niño se me quedó grabada para siempre. Ese niño sabía lo que valían sus zapatos nuevos. ¡Su primer par de zapatos nuevos eran su tesoro más preciado! Él sabía lo que valía poder ir a la escuela y poder tener un uniforme nuevo que no iba a dañar por nada del mundo. 

Ojalá todos los niños y niñas de nuestro país algún día puedan ver cumplido plenamente su derecho a recibir una educación a la altura de su dignidad y de su dimensión de seres humanos, los primeros de la sociedad.

Bernardo Nieto Sotomayor

Noviembre, 2020

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La diaria discusión sobre la situación mundial y nacional del COVID-19, la crisis económica, la falta de trabajo, los forcejeos de los políticos de nuestro país, entre otros temas, han relegado a un rincón la discusión y la búsqueda de soluciones de uno de los más graves problemas colombianos: el acaparamiento de la tierra cultivable en manos de muy pocos. Esta situación ha sido una de las causas fundamentales del conflicto armado de nuestro país y, luego de más de 50 años de violencia, fue el primero de los puntos que se firmó en los acuerdos de paz con las Farc, con el propósito de encontrarle soluciones prontas y reales. Hasta hoy, este punto del acuerdo permanece sin implementación.

En 2014, el DANE realizó el Censo Nacional Agropecuario. Esta tarea no se adelantaba en nuestro país desde 1970, hacía 44 años, a pesar de las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de hacerlo, al menos, cada diez años. Este hecho revela el desgreño y abandono recurrentes de los diferentes gobiernos hacia los habitantes más pobres del campo colombiano y la falta de coraje para enfrentar y encontrar soluciones reales a las profundas problemáticas agrarias. 

Para escribir esta nota consulté varios documentos de los cuales llamo la atención, principalmente, sobre tres: el Censo Nacional Agropecuario de 2014[1], realizado por el DANE; el análisis Radiografía de la desigualdad. Lo que nos dice el último censo agropecuario sobre la distribución de la tierra en Colombia, publicado en 2017 por Oxfam[2], basado en los datos de ese censo[3] y, finalmente, la publicación de la FAO[4] titulada Concentración y extranjerización de tierras productivas en Colombia, también de 2017.  

Como lo presenta Oxfam, usando los datos del Censo de 2014 en la publicación aquí citada, Colombia es el triste líder en desigualdad en la tenencia de la tierra en América Latina. El 1 % de las grandes fincas concentra y posee el 81 % de las tierras cultivables del país (ver gráfico 6, elaborado por Oxfam[5]). Esto significa que el 99 % restante de los propietarios de tierras tienen que repartirse el 19 % de las tierras cultivables. 

En 1970, los terrenos considerados grandes, es decir, de más de 500 hectáreas, ocupaban 5.000.000 de hectáreas. En 2014, pasaron a ocupar 47.000.000 de hectáreas (940 % más). Entre 1970 y 2014, su tamaño promedio creció de 1000 a 5000 hectáreas (500 % más). Estos datos indican, no solo un tremendo avance en la concentración de la propiedad de las tierras sino, también, un real acaparamiento del territorio colombiano en manos de, verdaderamente, muy pocos.

Los más grandes poseedores de tierras no son campesinos. Muchos de los dueños son empresas familiares, empresas mineras extranjeras y conglomerados financieros que, aunque se lucran de ellas, encuentran cómo ocultar las ganancias y evadir impuestos. Si se tuvieran ya los avalúos reales de los territorios, los cuales avanzan muy lentamente, los dueños de tierras tendrían que pagar impuestos sobre el valor real de sus propiedades y el país tendría varios billones de pesos más para su desarrollo. Sin embargo, en las corporaciones públicas hay dueños de grandes extensiones que, por razones obvias, tienen poco interés en proponer y aprobar reformas y leyes que harían más equitativa la distribución de la tierra. En contraste, las tierras sí les sirven para obtener subsidios y préstamos bancarios al ponerlas como garantía. De este modo se aprovechan de beneficios orientados a los verdaderos campesinos y para conseguir dinero bancario con subsidios y prebendas diseñados originalmente para beneficiar a los más pobres.

La FAO afirma que el acaparamiento de tierras se da por “la violación de derechos humanos y el control directo de bienes y servicios ecosistémicos como el agua y los recursos minero-energéticosEn el contexto colombiano se ha generalizado históricamente el uso de la violencia, expresada, entre otros, en el despojo y abandono forzado. Desde esta perspectiva, el acaparamiento es esencialmente un ejercicio de control de la tierra con el fin de monopolizar los beneficios económicos, sociales y culturales de su utilización”.

En recientes críticas a la minga indígena de hace unos días se ha hablado de la exagerada dimensión del territorio asignado por la Constitución de 1991 a los resguardos, acusándolos de ser los más grandes terratenientes de Colombia, pero para hacer afirmaciones juiciosas y justas esto hay que mirarlo con detalle. Según el censo de 2018, hay 1.905.617 colombianos que se reconocen como indígenas, el 4.4 % de la población. En 2018, fueron censados indígenas en 115 pueblos nativos. 

La Agencia Nacional de Tierras, en el documento Implementación del programa de legalización de tierras y fomento al desarrollo rural para comunidades indígenas a nivel nacional reconoce que “si bien es cierto que los pueblos indígenas poseen el 28 % del territorio nacional, su ubicación, calidad, posibilidades de producción y comercialización no son favorables ni suficientes para obtener los recursos necesarios que les permitan una subsistencia digna y acorde con sus características propias y que les posibilite una sustentabilidad”[6].

Además, el Departamento Nacional de Planeación en 2017, al analizar el censo nacional agropecuario encuentra que “el estudio evidencia que el país está conformado por 773 Resguardos Indígenas que abarcan 31.569.990 hectáreas distribuidas como bosque natural en un 93 %, donde 2,8 millones de hectáreas son de territorios étnicos con uso agropecuario, de las cuales el 36,4 % se encuentra en territorios de pueblos indígenas con un 0,65 millones de hectáreas[7] [el resaltado es mío]. Esto quiere decir que los indígenas tienen asignado un territorio que solo en una reducida proporción pueden usar para agricultura y su posesión, en la práctica, apenas les garantiza su supervivencia, amenazada gravemente por los grupos armados ilegales, los paramilitares, los narcotraficantes y, en fin, por todos los actores que les obligan a desplazarse de los territorios que les fueron asignados constitucionalmente desde 1991.

La ambición económica de los poderosos es el motor del acaparamiento de tierras que pisotea la dignidad de los campesinos minifundistas o arrendatarios y de los indígenas que aún viven de lo que la tierra produce. Si Colombia quiere consolidar la paz, el problema de la tenencia y distribución real del territorio nacional tiene que enfrentarse de verdad. Solo una verdadera voluntad política por parte de los responsables de diseñar y ejecutar las reformas necesarias, con todas las consecuencias que ellas impliquen, podrá poner fin a esta inequitativa lucha por la propiedad, explotación y aprovechamiento del más importante tesoro nacional, la tierra, hasta ahora sin solución. 

En esto se juegan la vida todos los que, tristemente y desde hace siglos, siguen siendo los verdaderos siervos sin tierra, como titulaba Eduardo Caballero Calderón una de sus novelas⁸.

______________________

⁸ Eduardo Caballero Calderón (s. f.). Siervo sin tierra. Medellín: Bedout.

Bernardo Nieto Sotomayor


[1] DANE, Colombia. Censo Nacional Agropecuario 2014. https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/agropecuario/censo-nacional-agropecuario-2014

[2] Oxfam es la sigla del Oxford Committee for Famine Relief (Comité de Oxford de ayuda contra el hambre), organización internacional de carácter benéfico fundada en Gran Bretaña en 1942. Goza de credibilidad y prestancia por su propósito, su trayectoria y por la seriedad de su labor fundamentada en evidencias.

[3] Oxfam (2017). Radiografía de la desigualdad. Lo que nos dice el último censo agropecuario sobre la distribución de la tierra en Colombia.https://www.oxfam.org/es/informes/radiografia-de-la-desigualdad

[4] Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO (2017). Concentración y extranjerización de tierras productivas en Colombia. http://www.fao.org/3/a-i7843s.pdf (con el respaldo de la unidad de Planificación rural agropecuaria del Ministerio de Agricultura de Colombia).

[5] Oxfam (2017), o. c., p. 14.

[6] Agencia Nacional de Tierras (2018). Implementación del programa de legalización de tierras y fomento al desarrollo rural para comunidades indígenas a nivel nacional, p. 5.

[7] Departamento Nacional de Planeación (2017), Asignación especial del Sistema General de Participaciones para resguardos indígenas, una propuesta de distribución. Bogotá: DNP, p. 20. https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Inversiones%20y%20finanzas%20pblicas/Documentos%20GFT/Bolet%C3%ADn%20resguardos%20ind%C3%ADgenas.pdf

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Relato de una historia verdadera

En 1988 yo era el gerente de producción y programación de una empresa de televisión de prestigio nacional. Allí encontré a Consuelo, una periodista inquieta, aventurera y con inmensos deseos de andareguear por los caminos de Colombia, con un apasionado y cuidadoso camarógrafo. Descubrían historias que merecían ser contadas en su programa de televisión y que tocaran el corazón de los televidentes. 

Al regresar de un viaje por el departamento de Córdoba, en Todos somos Colombia, como se llamaba el programa de televisión, la periodista narró su encuentro con una niña de 12 años que enseñaba debajo de un palo de mango a un grupo de niños y adultos. Los encontró en una vereda perdida en Tierra Alta, protegiéndose del calor del mediodía. A falta de profesora y de escuela, la niña había decidido compartir lo que había aprendido en la escuela del pueblo con quienes aún no sabían leer y escribir. La cámara destacaba la manera como la pequeña maestra ayudaba a los adultos y a un abuelo a descubrir lo que decían las letras de la cartilla y la forma como todos seguían atentos sus instrucciones al tomar la mano de los niños para ayudarles a escribir. 

En la entrevista con la pequeña profesora, la periodista descubrió que ambas tenían el mismo nombre: Consuelo. En efecto, esa niña daba consuelo, y más, a los que no sabían. Cuando la entrevistadora le preguntó a la niña qué quería ser cuando grande, sin dudarlo, la niña respondió:  

‒ Quiero ser la maestra de nuestra escuela, pero de una escuela linda, grande y llena de flores. 

Con un abrazo y el aplauso de los alumnos debajo del palo de mango, el programa terminó emotivamente, destacando las virtudes de la pequeña educadora.

Veinte años después, en 2008, un colega de Unicef, encargado de las labores humanitarias y de protección de la niñez en ese mismo departamento, me preguntó si yo recomendaría el trabajo de Consuelo, mi antigua compañera, la periodista de Todos somos Colombia. Respondí afirmativamente y destaqué su seriedad y los valores que ella transmitía en sus programas. 

En el área de Acción humanitaria la habían contactado para que narrara en un reportaje televisivo la inauguración de una nueva escuela en una vereda de Tierra Alta, con el aporte metodológico de las Escuelas amigas de la infancia, un programa de Unicef de aplicación internacional. En la construcción y remodelación de la escuela habían hecho sus aportes económicos y de terrenos la gobernación y el municipio. Unicef había logrado que se tuvieran en cuenta las recomendaciones sanitarias para el acceso al agua potable, el diseño y adecuación de los sanitarios para niñas y niños, la circulación del aire y la iluminación de las aulas, siempre pensando en lo que se requería para cumplir y garantizar los derechos de ellos. 

Llegó, por fin, el día de la inauguración de la renovada escuela. Las flores adornaban los corredores, la entrada, los salones, el jardín y la huerta. Al iniciar la ceremonia de inauguración, la docente que actuaba como maestra de ceremonias leyó el orden del día con propiedad y autoridad. Durante la presentación de la banda local y mientras los expositores leían sus discursos, Consuelo, la periodista, daba las indicaciones a su camarógrafo para que captara los momentos importantes. Mirando a la maestra de ceremonia, en un momento creyó ver en ella antiguos rasgos físicos que le parecieron conocidos. Hubo un momento en que sus miradas y sonrisas se cruzaron. Como estaba interesada en obtener los detalles importantes de la ceremonia y de todos los asistentes, particularmente de niñas y niños, la periodista dejó pasar el momento y se concentró en atender los detalles de lo que sucedía para narrarlo cuidadosamente en el reportaje.

Por su parte, la maestra, miraba a la periodista y se esforzaba por recordar en dónde había visto ese rostro que le parecía familiar, aunque un poco diferente. 

Al terminar la ceremonia niños y niñas pasaron a los salones a recibir sus uniformes nuevos, los morrales con los cuadernos, los elementos educativos y los útiles escolares. Mientras el camarógrafo y la periodista filmaban la algarabía de los niños que sacaban sus camisas, pantalones y zapatos, la profesora tuvo un momento de iluminación y recordó cuándo y en dónde había conocido a la periodista. 

Sin poder contener la emoción, terminó su labor con sus alumnos y corrió a encontrarse con su tocaya. Desde la puerta del salón en donde estaba la periodista, alzó la voz y llamó casi con un grito: 

‒ ¡Consuelo!

La periodista, sorprendida, miró hacia la puerta y vio a la maestra que corría incontenible hacia ella con los brazos extendidos mientras le gritaba:

‒ Soy yo, Consuelo, la niña que enseñaba aquí hace 20 años, debajo del palo de mango. ¡Bienvenida a mi escuela!

En ese momento, Consuelo, mi amiga periodista, vio desfilar ante sí toda la película de 20 años antes. 

Volvió a sentir el calor del mediodía debajo del palo de mango y con una intensa emoción se dejó abrazar y besar por la antigua niña que le había dicho dos décadas atrás que quería ser la maestra de su vereda, pero en una escuela linda, grande y llena de flores, como la que estaban inaugurando. 

Hoy, ya graduada, la maestra Consuelo se aferraba a Consuelo, la periodista, que le sacó del alma su mejor deseo y su ilusión de enseñar a los que no saben y de compartir el pan de la sabiduría con los hambrientos de aprender. En ese momento, en una escuela linda, su sueño ya era realidad y podía enseñar a los que no saben para permitirles acceder a los beneficios que solo da la educación, una educación que libera de la esclavitud, de la ignorancia y la inequidad. 

Ambas lloraban y dejaron que los asistentes presenciaran sorprendidos y emocionados el reencuentro de dos seres humanos, protagonistas del momento mágico en que un círculo perfecto se cerraba, lleno de luz, de íntima alegría y de plenitud.

El silencio inicial y la sorpresa se convirtieron en un formidable aplauso y en fabulosa celebración. Todos compartieron la alegría de las dos amigas que volvían a encontrarse y que hoy comparten su historia y su vida con todos ustedes, por medio de estas letras que brotan de mi memoria como uno de mis recuerdos más hermosos. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Noviembre, 2020

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