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Alvaro Guerra Velez

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Francisco es un Papa moderno. Sin duda, la afirmación es un lugar común, pero es cierta. Más allá de su buen sentido del humor, de ser hincha del San Lorenzo y otras cosas digamos que normales, el Papa tiene una comprensión bastante integral de las realidades que, para bien o para mal, hacen parte protagónica de la contemporaneidad. 

La inmigración, el concepto de las periferias, las nuevas formas de la esclavitud, la explotación de personas a nivel laboral, el aborto, el feminismo, las dificultades de la iglesia para integrar a la mujer en la estructura de la institucionalidad católica, el sexo, la pornografía, las redes sociales, en fin, éstos y otros ejemplos, hacen lícito afirmar que Francisco se mueve con facilidad en estos campos tan difíciles y en los cuales, por supuesto, hay excepciones en las cuales tiene dificultades de análisis, pero nunca los deja de enfrentar.

Hay muchos aspectos de la personalidad del Papa en su ámbito personal y como primado de la iglesia católica, que ya han sido suficientemente estudiados y por lo cual no es necesario reiterarlos. Haré simplemente mención a dos o tres ideas o planteamientos que me parecieron notables en sus respuestas frente a jóvenes con edades y estructuras mentales no fáciles de enfrentar. Líderes feministas, trabajadoras sexuales en la red, agnósticos confesos, abortistas con retadoras e interesantes posiciones, estudiantes, jóvenes abusados en su infancia. Un menú bien interesante, que manejó con notables niveles de empatía y sincera búsqueda de comprensión.

Me gustó mucho la frase: “para mí ,como cabeza de la iglesia, lo importantes no es el adjetivo sino el sustantivo”. Esto lo dijo a propósito de una pregunta sobre su opinión acerca de homosexuales, bisexuales, trans, etc. El adjetivo es limitante, el sustantivo es preciso y realmente sujeto para analizar. Cuando se habla de una mujer bisexual, ya de entrada hay una etiqueta que dificulta establecer espacios de diálogo. Se está al frente de un ser humano. Y pienso que este criterio de no adjetivo, facilita enormemente el clima de las relaciones. Creo que es algo muy interesante para aplicar en muchos espacios de nuestra realidad,  como la política, la educación y muchos otros. Algo va de “tú siempre tan perdido…” a “tiempos sin saber de ti…”; “ese partido político tan fundamentalista”. La adjetivación generalmente produce que nuestro interlocutor se ponga en una posición negativa.

Un segundo punto que destacaría es su opinión o consejo del papel de la juventud en los procesos políticos e introduce el concepto de la “periferia”. De qué se trata? De que los jóvenes se unten de realidad y no necesariamente en la literalidad de la periferia como concepto: periferia de comunidades pobres en las grandes ciudades, pero periferia también en los medios, en los oficios, en fin, que vivan las realidades y no que se las cuenten. 

Un tercer y breve punto es su muy evidente preocupación por el problema de la inmigración. Esta es, dice Francisco, la esclavitud de nuestro tiempo. El clima de desprecio y de franca explotación de los inmigrantes no solo es vergonzante, sino también torpe. Hay que tener real respeto, por una parte, pero también imaginación para integrar a los inmigrantes en los procesos económicos y sociales de los países que reciben altos volúmenes de personas. 

Por último, sus conceptos en temas tan interesantes como el amor, el sexo y el aborto, son espacios en los cuales no se siente tan cómodo, pero es comprensible que así sea, pero es claro que no lo evita.

Francisco es un Papa moderno, capaz de manejar cualquier tema y con una gran facilidad para comunicarse.

Alvaro Guerra Vélez

Junio, 2023

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Con frecuencia oímos en estos tiempos expresiones como esta: “A mí no me gusta para nada eso de la política y menos lo de las votaciones. Además, ¿cómo saber por quién votar?”.

Dos reflexiones sobre política: 

En primer lugar, la política es un elemento transversal a todas las actividades de las personas y de las sociedades. Todas nuestras decisiones a nivel personal o profesional son en alguna forma políticas, pues impactan siempre la vida de nuestros seres cercanos y, en últimas, de toda la sociedad. Vivienda, educación, salud, recreación y muchos otros campos de nuestra existencia se desenvuelven en medio de decisiones políticas tomadas por personas que tienen el poder en el gobierno y que en procesos electorales hemos escogido por nuestro voto o por nuestro silencio. 

Quienes no votan permiten que casi siempre la vida de muchos dependa de las decisiones de unos pocos, que en su mayoría están en la política para cumplir órdenes de quienes ostentan el poder y beneficiarse así en el entramado corrupto del manejo de los bienes públicos. No podemos, por tanto, quejarnos si hemos regalado el poder, con nuestro silencio, a unos corruptos que se atornillan en el poder.

En segundo lugar: ¿por quién votar?

Lo primero es tener claridad de qué tipo de país queremos dejar a nuestros hijos. Ahí entra, entonces, el examen de los programas de los candidatos o de los partidos. 

Una vez que tenemos una razonable claridad a este respecto, debemos examinar qué partido ofrece las prioridades que más se acerquen al modelo de sociedad que soñamos. Una vez que terminamos ese examen, miramos qué lista de candidatos tiene ese programa y el equipo de personas que harán parte del gobierno. El candidato perfecto no existe, pero siempre habrá una persona que se acerque más a nuestras preferencias.

Ese líder que preferimos necesita apoyo para poder sacar adelante su proyecto de país y, por lo tanto, debemos escoger muy bien por quiénes votar para que desde el Congreso cumplan con ejercer control del primer mandatario y, a su vez, generar propuestas legislativas que vuelvan realidad las promesas de la campaña del partido que gane las elecciones.

En mi caso, votaré para la presidencia por Gustavo Petro y por su lista para el Senado, en el marco del Pacto Histórico. Para la Cámara por Bogotá mi voto será por Juan Carlos Losada, joven del sector progresista del Partido Liberal, quien ha estado al frente de la lucha por causas ambientalistas, de implementación del uso de energías renovables y del buen trato a los animales, entre otros temas.

A lo largo de los años de vida política, Gustavo Petro ha mostrado que tiene la formación más que necesaria para guiar al país con un énfasis demostrado en lo social y en la equitativa propiedad de la tierra, unas ideas modernas y viables de energías renovables, un propósito claro de buscar la soberanía alimenticia mediante el apoyo real al agro, su compromiso por entregar una formación gratuita y de calidad en educación superior, así como también una apuesta integral de generación y difusión del conocimiento.

Álvaro Guerra V.

Febrero, 2022

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Navidad no es solo recuerdos hermosos, agradables, que nos reconcilian con la vida. Es, también y para muchos, una temporada difícil, en la cual millones de padres no pueden celebrarla con sus hijos como quisieran por vivir en una situación de pobreza o extrema pobreza. No olvidemos que “pesebre” evoca algo muy distinto a lo que hoy se hace en muchas casas.

Son muchos, todos positivos, los recuerdos de la Navidad en mi primera infancia y en los posteriores años, cuando con mis padres y dos hermanos, nos vinimos a vivir a Bogotá, dejando nuestra Medellín de buñuelos y natilla. Para nuestra sorpresa, ya la capital del país

estaba colonizada por los paisas, al menos en los menús navideños.

Éramos una familia de clase media, como tantas que en esos años cincuenta vinieron a Bogotá a establecerse y buscar oportunidades de trabajo. Mi padre trabajó muchos años como periodista y luego hizo una larga carrera en el área de publicidad, que por esos años se conocía con el nombre menos sofisticado de “propaganda”.

Éramos la única rama de la familia que vivía en Bogotá, pero el periodismo siempre tuvo una característica clara de solidaridad y círculo de amigos, por lo cual la Navidad, sin duda la celebración más familiar en Colombia, nos rodeó de los colegas periodistas de mi padre y eso se extendió por muchos años, al menos dos generaciones en las cuales compartimos el paseo a recoger musgo para el pesebre, la compra y quema de la hoy, con razón, prohibida pólvora, los intentos fallidos en su mayoría de elevar globos, disciplina que por explicables

resultados pasó a llamarse “quemar globos”. Y, por supuesto, la Novena de Aguinaldos, con sus textos imposibles de entender, salvo la expresión de “padre putativo” que siempre generó risas entre nosotros.

La vida corrió implacable y pasaron algunos años en que las novenas llenas de cánticos y comida fueron cambiando a fiestas de compañeros de estudio y luego amigos de oficina, que terminaron por desdibujar totalmente el espíritu navideño, para darle paso al consumo

de trago y el baile al son de los 14 cañonazos y Los cincuenta de Joselito.

Llegamos ahora a nuestro piso séptimo de edad y mis sentimientos hacia la Navidad han cambiado mucho, para convertirse casi que en una temporada con más elementos negativos que le han ganado en mi percepción a la nostalgia de los primeros años. El festival de consumismo, la pesadilla del tráfico bogotano desde la segunda semana de diciembre y la más desaforada e impresentable realidad de la inequidad son fenómenos que en mi caso han casi que borrado los bellos recuerdos para convertirse en una temporada cuyo mayor mérito es darle paso a los maravillosos días de enero en que la ciudad, muy sola, se vuelve una maravilla de paz y tranquilidad solo comparable con algunos días de Semana Santa.

Es una época en que millones de padres de familia viven descarnadamente sus muy modestas condiciones de vida, lamentan no poder dar los regalos que sus hijos solo podrán ver en vitrinas de almacenes el día que los llevan a ver las luces de parques de un área de la ciudad que visitan solo en esa ocasión navideña o, eventualmente, cuando los traen a pedir dulces en centros comerciales llenos de juguetes y ropa que difícilmente podrán tener.

Quizás tengan razón quienes opinen que esta es una visión amargada de la vida y volveremos al razonamiento del vaso medio lleno o medio vacío. Lo que ocurre es que no es fácil seguir viendo el espectáculo de derroche de consumo en una sociedad donde 42 % de sus habitantes viven en situación de pobreza y pobreza extrema. No nos obsesionemos con comparaciones con el pasado, pero tampoco dejemos de pensar que sí es mejor un país donde todos tengan la oportunidad de una Navidad con paz y alegría.

Álvaro Guerra Vélez

Diciembre, 2021

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A los lectores del blog queremos contarles que desde hace 14 meses venimos reuniéndonos, semana a semana, en tertulias amigables, para conversar sobre muy diversos temas. Esas tertulias alimentan el blog y este aprovecha lo compartido allí. 

Ante la dolorosa situación que atravesamos en Colombia decidimos manifestarnos. Por eso, les propusimos a quienes desearan hacerlo, que escribieran un texto breve al respecto.

Este artículo hace parte de la cosecha que obtuvimos.

Responsabilidad

Tenemos que hacer conciencia de que somos un grupo de personas con una altísima dote de privilegios que nos ha dado la vida. Estudios, recursos, viajes y otras muchas oportunidades que nos hacen una muy pequeńa minoría. Ello, como nos lo recuerda la parábola evangélica de los denarios, se traduce en una responsabilidad igualmente grande hacia un país y una comunidad de la cual hacemos parte. Cada uno de nosotros ha tomado y seguirá tomando opciones de vida más que respetables, pero en mi opinión no podemos voltear el rostro y aferrarnos a nuestra vida particular, sin buscar, con libertad y raciocinio, aportar lo que con justicia exige nuestra situación ante un presente difícil y convulsionado.

Empatía

Bien lo decía en muchas formas el Papa Francisco hace menos de un año en la bella encíclica Fratelli Tutti. Está absolutamente claro que los problemas del mundo y sus pobladores, no son, casi nunca, situaciones aisladas. Los vasos comunicantes de la realidad del planeta son infinitos. Baste pensar en las redes sociales, a nivel de comunicación, los tratados de comercio, a nivel económico, o la terrible situación de los millones de inmigrantes. Así no lo quisiéramos, es imposibe aislarse y el concepto de la responsabilidad de todos es irrebatible. La bella expresión somos uno está claramente ligada a la solución y manejo de nuestra problematica. Si las dificultades son para todos, las soluciones no deben ser de unos pocos. Juntos saldremos adelante o juntos iremos hacia una sociedad inviable. Nadie tiene la verdad en sus manos, así muchos autoritarios u oportunistas lo crean. La empatía está llamada a guiar los procesos.

Curiosidad

Decía José Ortega y Gasset, un pensador español del siglo XX, que “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Solo si tenemos la curiosidad de ir a buscar las causas de los problemas que hoy nos aquejan habrá posibilidad de solucionarlos. De lo contrario seguiremos en la esclavitud de la inmediatez y la ceguera, debatiendo en círculos concéntricos de coyuntura, haciendo contabilidad de los daños en estaciones de Transmilenio o de la industria avícola del Valle del Cauca o, lo que es más aterrador, poniéndonos de acuerdo en las cifras de muertos de cada lado, como si hubiera medallas o rankings de la capacidad que tenemos para destruirnos. Hablo de curiosidad, porque debemos estar prestos a identificar las causas de los problemas, leyendo, pensando y, sobre todo, dialogando. Hasta hoy el triste empantanamiento de acuerdos a nivel nacional es una clara muestra de nuestra debilidad como sujetos de diálogo. Y ni hablar de la mediocre y sospechosa pobreza de la mayoría de medios de comunicación que viven la realidad nacional como si fuera una partido de fútbol, obesesionados con identificar vencedores y vencidos, como si de ello se tratase.

Qué hacer…

Decía hace un par de minutos que cada uno decide su grado de involucramiento en estas situaciones. El lujo que no podemos darnos es voltear la cara a la realidad. Colombia vive un estallido social que no podemos esperar que se solucione con violencia. Desde el simple diálogo a nivel familiar sobre lo que ocurre, la difusión de nuestros pensamientos, el rechazo a la violencia, hasta el activismo político, se evidencia la obligación de la sociedad civil. 

Y precisamente quiero terminar con una reflexión sobre la herramienta básica de la democracia: el voto. Es algo que podemos hacer. Hoy, más que nunca, la necesidad de un voto responsable adquiere una dimensión prioritaria. Hay una crisis de respeto institucional, bien ganada por el lamentable nivel de muchas de las cabezas de los tres poderes. Es imprescindible que votemos muchos y que reflexionemos antes en la sociedad que queremos y busquemos aquellos colombianos que más se acerquen a ese modelo. No podemos dejar destruir tantas vidas por nuestra intolerancia o indolencia. No podemos dejar que se siga votando por nuestros verdugos y saqueadores.  

Álvaro Guerra Vélez

Julio, 2021

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