Así vivo mi dimension espiritual

Por: Carlos Alberto Posada
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Entiendo que la religión es el camino espiritual señalado por las enseñanzas y normas de un dios, un iluminado o un profeta. Observo que fe es la respuesta o la actitud espiritual asumida ante una revelación por medio de palabras, sentimientos, experiencias o vivencias místicas. 

Cuando se escoge y se adhiere a una religión determinada quiere decir que se cree en lo que otro me revela; es decir, creo en lo que otro me comunica y lo asumo como una verdad salvadora.

Todas las religiones se basan en creencias metafísicas o cosmológicas que sus seguidores aceptan como verdades para que el resto de las doctrinas tengan sentido. Esas creencias y doctrinas se reúnen en un discurso correspondiente, que se llama teología.

Mi experiencia me ha enseñado que espiritualidad es la búsqueda de lo divino por parte del ser humano; que espiritualidad es la manera de buscar y fundamentar el sentido de mi vida, más allá de lo mundano. Es la forma como desarrollo mi interioridad. 

He encontrado que hay tres caminos para vivir la espiritualidad: ser creyente, ser ateo o ser agnóstico.

Cuando me pregunto si soy creyente (es decir, que tengo fe), encuentro que mi respuesta es que NO soy creyente porque no creo en palabras o manifestaciones reveladas. 

Entonces: ¿seré ateo? (“ateo gracias a Dios”, como decía Buñuel). Y a su vez me respondo: No, no soy ateo. Pienso que el ateísmo es una filosofía y una práctica que niega la existencia de Dios y sostiene que se puede probar que no existe. 

No puedo probar que no existe Dios; es muy difícil probar una negación. La mera mención de Dios sirve como una afirmación de él, Dios existe. Su existencia no es una cuestión lógica y, por lo tanto, no tiene sentido comprobarla. Veo que no puedo demostrar que Dios no existe, porque no sé lo que Dios se supone que es. 

Cuando me han querido probar que el ser o entidad DIOS no es imaginario, sino que sí existe y es totalmente real, he estado dispuesto a aceptar las mejores pruebas que me evidencien la existencia de tal ser. Estoy abierto a cambiar de opinión y darle la razón al otro si la evidencia presentada lo amerita. Pero el hecho de que muchos hayan decidido creer en tal ser o entidad sin tener evidencia suficiente y convincente, no me lleva a ser creyente. Tampoco puedo probar que Dios existe. No sé; no tengo pruebas, luego no puedo creer. Soy agnóstico.

Como agnóstico vivo una espiritualidad de puertas abiertas. En mí permanece el sentido del misterio. No vivo ni la mejor, ni la única forma de espiritualidad; ateos y creyentes pueden tener razón. No defiendo dogmas. Más bien, realizo ejercicios y prácticas introspectivas que nutren mi sentido de la trascendencia y fortalecen mi vida espiritual, que para mí está relacionada siempre con hacer el bien. 

Esas prácticas personales e interiores no me exigen adherencia a creencias metafísicas. No me aferro a prácticas espirituales, ni a sus reglas, con la creencia de que con eso voy a conseguir la salvación eterna o la curación de mis males. 

Termino con unas palabras atribuidas a Borges: 

“Ser agnóstico significa que todas las cosas son posibles, hasta Dios, hasta la Trinidad. Este mundo es tan extraño que todo puede pasar o puede no pasar. Ser un agnóstico me hace vivir en un mundo más grande y fantástico. Me hace ser más tolerante”. 

Carlos Posada – 26/09/2020

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