Aprendizajes vitales, más que legados

Por: William Mejia
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Hay momentos en la vida en que hacemos un alto en el camino y miramos hacia atrás. Alterando a Antonio Machado, ya hicimos camino una gran parte del camino‒ al andar. Y en un momento como esos nos preguntamos por aprendizajes significativos que hicimos durante décadas, que ya superan con alguna abundancia el medio siglo. Comparto aquí algunos de ellos, que aparecieron primero en un fluir de conciencia.

Mirando el pasado, ya lejano, y situándome en el noviciado jesuita en Santa Rosa de Viterbo, salíamos a las veredas a enseñar el catecismo. Al vernos con sotana, nos decían padrecitos. Mi permanencia en la Compañía de Jesús no llegó hasta ser padre (sacerdote). Pero lo que sí fui fue padre de familia con mi segunda esposa. Un aprendizaje enorme fue aprender a ser papá de mis dos hijas, con las cuales crecí, uniéndome a sus preferencias vitales, a su transcurso escolar y universitario, a sus elecciones profesionales y a su desempeño profesional. Mientras tenga hijas seguiré aprendiendo a ser padre.

En 1979, el día del sepelio de mi primera esposa, lluvioso como los que nos acompañan en Bogotá desde hace varias semanas, el cortejo fúnebre que iba por la carrera 13 pasó por el entonces teatro Radio City en la calle 41. La pancarta que promocionaba una película ‒cuyo nombre no retuve‒, sentenciaba: “Hoy es el primer día del resto de tu vida”. Esto es verdad cuando amanece cada día. Solo contamos con el presente. Solamente tenemos los años que nos restan por vivir. Quizá por eso un amigo, al que cuando le preguntan qué edad tiene, responde filosóficamente: “no sé”, porque ignora lo que le falta de existencia en la Tierra. Los demás años ya los tuvo. Por eso, el carpe diem (aprovecha, estruja, sácale el jugo al día) del poeta latino Horacio sigue vigente. Aprender a vivir cada día.

Educar es la tarea y el reto de dejar al maestro dentro del que está aprendiendo, porque el maestro cesa su labor en poco tiempo ‒uno o más años‒, luego se marcha y el aprendiz queda solo. Si no asimiló e interiorizó lo que le enseñaron, tiene que recurrir a otros. Por eso, es clave que en ese ejercicio primordial de la vida le demos a quienes les enseñamos unos criterios para autoevaluarse. No podemos esperar a que nos digan, como cuando estábamos estudiando, si una respuesta, una acción, un trabajo, estuvo bien o mal. Tenemos que ser capaces de decidirlo sin recurrir a otros. Ante esta situación, bien podríamos preguntar: ¿cómo sabe el maestro si está bien lo que un estudiante respondió o hizo? Educar es dejar en el educando unos criterios de autoevaluación para que él mismo decida si estuvo bien lo que llevó a cabo. La dependencia genera dependencia; la independencia genera independencia y desarrollo.

Dentro de mi trabajo educativo como profesor de profesores universitarios en metodología de la enseñanza aprendí a dar y recibir realimentación (feedback) y su importancia en la vida. Aspectos como que la ayuda se ofrece ‒no se impone‒, que la realimentación debe describir lo que pasó, más que evaluarlo o emitir un juicio, ser selectiva (escoger qué comentar), enfocada (seleccionar lo más significativo, para comentarlo), concreta y no generalizante, centrada en comportamientos y no en la persona, que identifique lo positivo y lo mejorable, y oportuna, son aspectos fundamentales.

Cuando fui jefe en el mundo del trabajo, aprendí que hay que querer a los colaboradores que dependen de nuestra dirección, pero sin decírselo. Con hechos y no con palabras. Y como compañero en el mundo laboral, busqué siempre trabajar en equipo, pues produce mejores resultados.

El amor es la clave de la vida. En el siglo IV, en su Comentario a la primera carta de San Juan¹, Agustín de Hipona escribió: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. Este amor no es rígido ni serio; es mejor si está acompañado de la risa, del humor, del buen humor. La risa de la mujer amada, por ejemplo, es tan importante que Pablo Neruda dijo: “Quítame el pan, si quieres, quítame el aire, pero no me quites tu risa. (…) Niégame el pan, el aire, la luz, la primavera, pero tu risa nunca, porque me moriría”². Pablo de Tarso, en su segunda carta a los Corintios, lo sintetizó muy bien: “Dios ama al que da con alegría”. 

Siguiendo con la poesía, guardo en mi memoria algunos versos que el recuerdo hace memorables. El del controvertido Miguel Ángel Osorio ‒Porfirio Barba Jacob‒ en su poema Triste amor³ (1925) es uno de ellos: “Las cosas son la espuma del tiempo en nuestra mano”. Lo traigo a colación porque he aprendido que hay que ser desapegados, desprendidos, que de nada sirve aferrarse a los objetos, grandes o pequeños, valiosos o no, o a las personas. Nada nos llevaremos al final de la vida. Como cantaba el franco-argelino Enrico Macias: “no se tiene sino lo que se da. Entonces, abre tu mano y da”.

La palabra pregunta y lo que ella implica creó en mí una actitud inquisitiva, inquieta. Cuando me pregunté por su etimología, encontré dos respuestas hermosas, provenientes del latín⁴: una viene del verbo cunctor: detenerse, dudar, estar perplejo. Otra proviene de percunctor: inquirir, averiguar, informarse. Ambos derivan de contus, asta larga o bichero, un utensilio que usaban los navegantes para desatracar (salir de tierra firme) o atracar (arrimar a tierra) y para sondear el lecho de un rio, para tocar el fondo, impulsarse y avanzar. Preguntar(se), entonces, es ahondar en el fondo del asunto, inquirir, buscar elementos de solución.

Aprendí, también, que escuchar es más importante que hablar. Quien escucha acoge al otro, lo respeta, no lo interrumpe para expresar su punto de vista ni para obligarlo a que oiga lo que uno tiene que decir. Y la escucha no es solo hacia afuera: también es importante escuchar nuestras voces interiores, en el silencio de nuestra interioridad, donde no podemos decirnos mentiras, ni engañarnos. Escuchar y escucharnos nos sirve para conocernos más a nosotros mismos.

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¹ Agustín de Hipona (2002). Comentario a la primera carta de San Juan. Barcelona: Sígueme.

² Neruda, Pablo (1968), “Tu risa”. En Los versos del capitán. Buenos Aires: Losada.

³ Barba Jacob, Porfirio (s. f.). Poesías completas. Lima: Editora Latinoamericana.

⁴ Salvá, Vicente (1880). Nuevo Valbuena ó Diccionario Latino-Español, formado sobre el de Don Manuel Valbuena, con muchos aumentos, correcciones y mejoras. París: Librería de Garnier Hermanos.

William Mejía Botero

Julio, 2022

1 Comentario

Vicente Alcalá 16 julio, 2022 - 6:26 am

Me quedé con ganas de seguir leyendo aprendizajes… pero gracias por estos y volveré sobre ellos para confrontarlos con mi conducta. Oigo varios ecos de los Ejercicios de Ignacio de Loyola.

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