Aprender y desaprender

Por: Francisco Cajiao
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Sin escuelas hay muchos niños, niñas y jóvenes que están muriendo por dentro, que se están marchitando. Empieza uno a pensar si los gobernantes, las familias, los maestros, los que vigilan a unos y otros estarán dudando de la necesidad de las escuelas y prefieren regresar a la Edad Media…

Los seres vivos tienen una capacidad de adaptación que les sirve para sobrevivir en condiciones muy diversas. Esto permite cultivar ciertos vegetales en regiones de variados climas, terrenos y régimen de lluvias. También logran sobrevivir muchos animales en épocas de sequía o después de incendios e inundaciones, pero cuando las condiciones adversas se prolongan en el tiempo, se producen cambios en la estructura biológica, modificaciones importantes del comportamiento o la extinción de especies.

La constante recolección de información sobre las condiciones del ambiente permite la adecuación del organismo al entorno: este intercambio de información se denomina homeostasis. La homeostasis psicológica se refiere a la tendencia general al restablecimiento del equilibrio interno cada vez que este es alterado. Si un organismo permanece en desequilibrio durante un tiempo extenso, se agota y enferma; si el proceso no se revierte, el organismo, inevitablemente, muere.

Para sobrevivir, los sujetos buscan nuevos comportamientos que les permitan sustituir, modificar o satisfacer esas necesidades, lo que significa en los seres humanos hacer aprendizajes que antes no habían sido necesarios y, en muchos casos, “desaprender” o abandonar hábitos y comportamientos que en el pasado fueron exitosos para progresar. Por eso, situaciones extremas suelen inducir cambios culturales muy fuertes.

Este preámbulo intenta ayudar a comprender mejor lo que está haciendo la pandemia con la sociedad en su conjunto y con las personas individuales. Hemos tenido que aprender a desconfiar de los demás, porque se rompió un equilibrio fundamental de seguridad vital: necesitamos con urgencia a los otros, necesitamos confiar en quienes nos rodean, en quienes amamos…, pero rápidamente aprendimos de forma brutal que ellos nos pueden contagiar y matar. Los primeros sospechosos fueron los niños y cerraron los colegios. Procedimos, entonces, a aislarlos para cuidarlos y porque no queremos que nos infecten.

Muy pronto se supo que este era un pésimo aprendizaje, equivocado y peligroso para la salud de los niños, de la sociedad y de nosotros mismos, pero aún no logramos restablecer el equilibrio y abrir los colegios para protegerlos. Nadie se hace responsable: el Gobierno central dice que giró los recursos; los dirigentes locales, que están en eso; los órganos de control persiguen con gran escándalo un frasco de seis vacunas embolatado, pero les importan muy poco más de siete millones de niños sin escuela.

Empieza uno a pensar si los gobernantes, las familias, los maestros, los que vigilan a unos y otros estarán dudando de la necesidad de las escuelas y prefieren regresar a la Edad Media, cuando lo normal era que los niños se educaran en la calle (hoy internet), en las pandillas, en las galladas, en el trabajo infantil de los campos y las minas. Es claro que una forma de restaurar el equilibrio es prescindir de la necesidad, como cuando los pueblos se adaptan a las dictaduras y glorifican la falta de libertad, o se vive en la miseria, o se adopta la violencia como parte de la normalidad…

Pareciera que muchos piensan que si la humanidad pudo vivir sin escuelas durante veinte o treinta mil años, qué más da un año más o un año menos. Pero la realidad es que sin escuelas hay muchos niños, niñas y jóvenes que están muriendo por dentro, se están marchitando y están haciendo el camino que reproduce la pobreza. Tal vez sobrevivan en las calles, en la guerra, en las cárceles porque se les ha ido cerrando la ruta de crecer juntos jugando, aprendiendo e imaginando mundos mejores. No se puede seguir eludiendo la obligación inaplazable de garantizar el derecho a la educación.

P. D. Se narraba que había un hombre tan avaro que decidió enseñarle a no comer al burro que poseía, con tan mala suerte que después de haber aprendido, se murió.



Francisco Cajiao

Abril, 2021

1 Comentario

Carlos Posada 27 abril, 2021 - 4:09 pm

Esta nota del dr. Cajiao pone el acento en una realidad muy triste que estamos viviendo en estos momentos. Nuestros niños son los primeros perjudicados por la pandemia, o mejor, por el mal manejo de la pandemia que han hecho los gobiernos. Están muriendo muchos infectados y se están perjudicando TODOS los niños en edad escolar…

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