“Aprender a vivir” con la “buena nueva” del cristianismo (2 de 4)

Por: Rodolfo Ramon De Roux
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No voy a explicar el largo y complejo proceso por medio del cual Jesús de Nazaret se vuelve Dios; el imperio romano se vuelve cristiano; el cristianismo se vuelve católico y la Iglesia católica se vuelve hegemónica durante mil años de historia europea, entre los siglos V y XV.

Ciñéndome al tema “Aprender a vivir”, quiero señalar simplemente cuál ha sido el meollo de la propuesta cristiana sobre el sentido de la existencia y sobre lo que implica vivir una “vita bona”, un “bien vivir”, una “vida realizada”. En pocas palabras, trataré de mostrar en qué consistió la novedad cristiana que irrumpió cuando el estoicismo era la principal doctrina de las élites culturales y administrativas del Imperio romano.1

La doctrina estoica nos promete la eternidad, pero como fragmentos inconscientes del cosmos. Para ella, la muerte es un paso que nos lleva de un estado personal y consciente a un estado de fusión con el cosmos, estado en el que perdemos nuestra individualidad consciente. El estoicismo ‒lo mismo que el epicureísmo‒ intenta desembarazarnos de nuestros miedos vinculados a la idea de la muerte, pero al precio de un eclipse del yo que muchas personas no están dispuestas a aceptar. ¿A quién no le gustaría reencontrarse después de muerto con sus seres queridos? En este punto el cristianismo no solo promete una inmortalidad personal, sino que también convierte al Destino anónimo y ciego (la Ananké, el Fatum) en Providencia divina, es decir, en una atención personalizada y benevolente comparable a la de un padre hacia sus hijos. Ante tan atractiva oferta de salvación las filosofías de la Antigüedad batieron en retirada y el cristianismo pasó a dominar el pensamiento del mundo occidental durante más de quince siglos, ayudado por los poderes terrenales que hicieron de él la religión oficial del Imperio romano a partir del año 380 de nuestra era. Pero ¿en qué consistió la novedad de la “buena noticia” (evangelio) cristiana?

Señalo a continuación siete puntos capitales:

1. El Logos, que se confundía en el caso de los estoicos con la estructura impersonal, armónica y divina del Cosmos como un todo, pasa a identificarse entre los cristianos con una persona concreta: Cristo. Para los estoicos, el Logos significaba la ordenación “lógica” del mundo. Por eso el Universo es Cosmos (“orden”), orden del que somos una minúscula parte. Escuchemos a Marco Aurelio meditando sobre el asunto:

Si es bueno para ti, oh Universo, es bueno para mí. Tu armonía es mía. El momento que elijas [para que las cosas sucedan] es el momento adecuado. Ni tarde ni temprano. Es fruto para mí todo lo que producen tus estaciones, oh Naturaleza. De ti procede todo, en ti reside todo, todo vuelve a ti (Meditaciones IV, 23).

Con el cristianismo estamos muy distantes de esta concepción de divinidad impersonal e inmanente a la Naturaleza. El cristianismo hereda del judaísmo la concepción de un Dios personal y creador del Universo. Ese Dios creador, exterior al Universo (pues no se confunde con él) y señor del mismo, es el Pantocrátor, o sea, el Todopoderoso. Ese Todopoderoso nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos ha puesto en el mundo no como minúscula parte del mismo, sino como sus señores, para dominarlo y explotarlo. Así está dictaminado en el mismo comienzo del libro del Génesis, el primero de la Biblia:

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra (Génesis, 1, 27-28).

A esa herencia judía, el cristianismo añade algo más: no solo identifica el Logos con el Dios creador del Universo, sino que también proclama que el Logos eterno e inmaterial se ha encarnado en la persona de Jesús de Nazaret. Lo dice el comienzo del Evangelio de san Juan:

En el principio la Palabra [el Logos] existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. (…) Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 1-3, 14).

Tengamos en cuenta que el término Logos, tomado directamente de los estoicos, se traduce por «Palabra». Para los pensadores griegos en general, y para los estoicos en concreto, no tiene sentido alguno la idea de que el Logos pudiera designar otra cosa que no fuera la organización racional, bella y buena del conjunto del universo. Desde su punto de vista, es puro delirio pretender que un hombre (Cristo) es el Logos encarnado. Igualmente les parecía absurdo que unas simples personas dijeran ser testigos de esa encarnación del Logos (“Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria”).

2. En el cristianismo la fe ocupará el lugar de la razón, incluso llegará a alzarse contra ella. Para los pensadores grecorromanos el acceso a la verdad de lo que somos y de cómo hemos de vivir pasa ante todo por el ejercicio de una razón humana capaz de aprehender la naturaleza de ese Todo cósmico del que formamos parte. En el cristianismo el elemento fundamental para acceder a la verdad de lo que somos y de cómo hemos de vivir ya no será la inteligencia, sino la confianza depositada en la palabra del Hombre Dios, Jesucristo, el Logos encarnado, en cuya boca se pone la afirmación: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 16).

Y en Jesucristo se va a creer porque hay testigos de sus milagros y de su resurrección: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15, 14). De ahí la importancia, no del propio raciocinio sino del testimonio de otros, como lo expresa en el Nuevo Testamento la primera epístola de san Juan:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida ‒pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto, y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos mostró‒, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (1 Juan 1, 1-2).

No se trata de argumentar a favor o en contra de la existencia de un Dios que se habría hecho hombre, puesto que una argumentación racional al respecto sería imposible. Se trata de dar testimonio y de creer, de decir que uno ha visto a Cristo, la “Palabra encarnada”, que uno lo ha «palpado» y oído, y que ese testimonio es digno de fe. Y porque no es cuestión de inteligencia y de razonamiento, “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 3).

3. Tenemos así otra novedad del mensaje cristiano: lo necesario para practicarlo no es el entendimiento propio de los sabios, sino la humildad de las gentes simples. Es lo que proclama Pablo de Tarso en su primera epístola a los Corintios:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el intelectual de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación. Así, mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es (1 Corintios 1, 20-28) [Las negrillas son mías].                

Con estas palabras, Pablo evoca además la imagen, inusitada para la época, de un Dios que ya no es grandioso: no es colérico, ni aterrador, ni omnipotente, como lo era el del Antiguo Testamento, sino débil y misericordioso hasta el punto de dejarse crucificar, lo que, desde el punto de vista del judaísmo de la época, bastaría para demostrar que realmente no había en Él nada de divino. Pero tampoco es un Dios sublime y cósmico, como la divinidad panteísta griega. Y serán precisamente este escándalo y esta locura las que le harán fuerte. Será esa “humildad de Dios”, que él también exige de sus creyentes, la que le convertirá en el portavoz de todos los débiles, los pequeños, los humillados y ofendidos.

Nos encontramos, pues, en el cristianismo con una doble humildad: la de un Dios que acepta «rebajarse» hasta el punto de convertirse en un hombre; y la humildad del creyente que renuncia al uso de la razón para depositar toda su confianza en la Palabra de Jesús y darle así sitio a la fe.2 Es este el tema de la kénosis en la teología cristiana, término griego que significa vaciamiento, despojamiento. Escribe san Pablo en su Epístola a los filipenses que Cristo, siendo Dios, “se vació de sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2, 6-7). De la misma manera el cristiano debe vaciarse de sí mismo para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios. A la kénosis de Cristo corresponde la kénosis del cristiano.

Debido a la primacía de la humildad y de la fe sobre la razón, en el cristianismo la filosofía deja de ser una sabiduría de vida, una disciplina de vida ‒como lo había sido en la Antigüedad grecorromana‒, y se convierte en «sirvienta de la teología»como una ayuda para la interpretación de las Sagradas Escrituras y de los misterios de la fe.3

4. A la idea, compartida con los estoicos de que la humanidad es esencialmente una (por eso, los estoicos se consideraban cosmopolitas), el cristianismo añadirá que todos los hombres son iguales en dignidad (por ser todos hijos de Dios, y que Jesús ha venido a redimir a toda la humanidad). Se trata de una idea ‒inaudita para su época‒ que nuestro universo democrático heredará en su totalidad. Más aún, subrayará el cristianismo que todos debemos amarnos como hermanos, hijos de un mismo Padre celestial. El cristianismo se constituye así en la primera moral universal basada en el amor. Como enseña Jesús, en ese ajuste de cuentas definitivo que es el Juicio final, seremos juzgados por nuestro amor concreto a los demás:

Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí (Mateo 25, 34-40).

Este tema del valor salvífico de nuestras obras va a ser objeto de mucho debate desde los primeros tiempos del cristianismo en lo que concierne a la relación entre la fe y las obras. Sostienen algunos que solo nos salva la fe en Cristo. Para otros, aunque la fe sea lo primordial, no se excluye el valor de las buenas obras “porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2, 26). Por supuesto que, aun quienes insisten en el valor de las buenas obras, subrayan que para poder hacerlas necesitamos la ayuda de la gracia de Dios, dada nuestra “naturaleza caída” y las tentaciones a las que nos somete el Demonio.4 Este tremendo personaje ‒al que Jesús también llama Diablo, Satanás, Beelzebú, “príncipe de la mentira”, “príncipe de los demonios”‒ tienta al mismo Jesús (Mateo 4, 1-11) quien, a su vez, cuenta entre sus milagros la curación de endemoniados (Mateo 8, 28-34; Lucas 8, 26-39). Y es que este “príncipe de los demonios” está a la cabeza de una legión de ángeles malos que hacen de nuestra existencia un campo de batalla entre el Bien y el Mal.

Sí, Jesucristo con su pasión y muerte nos ha redimido del “pecado original”. Pero el Demonio continúa tentándonos para que pequemos y nos condenemos. De ahí que el mensaje cristiano insista también en la “gracia divina” que Dios nos otorga de manera suficiente para resistir a las tentaciones; en el “libre albedrío”, por el cual nos hacemos merecedores del premio o del castigo divino; en el sentimiento de culpa por haber “ofendido a Dios” con nuestros pecados, sabiendo que lo ofendemos hasta con nuestros “malos pensamientos”, pues “el ojo de Dios todo lo ve”, aun lo más íntimo de nuestra intimidad ya que, como dice san Agustín en sus Confesiones con una frase que se ha vuelto célebre: Dios es “más interior que lo más íntimo de mí mismo”.5

Este sentimiento de culpa por haber “ofendido a Dios” debería llevar a arrepentirnos, enmendarnos y así podernos salvar. Y si, para arrepentirnos, no nos basta el amor a Dios, que nos mueva entonces el temor a la condenación eterna.

5. Esta creencia en una eternidad feliz o desgraciada, con resurrección de los cuerpos incluida, constituye otra de las novedades del mensaje cristiano. Para el cristianismo lo que en verdad cuenta en última instancia no es el “aquí y ahora” sino el “después y más allá”. En este mundo estamos simplemente de paso, como se canta hasta el día de hoy en las celebraciones litúrgicas: “somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo, la fe nos ilumina, nuestro destino no se halla aquí”.

Las escuelas filosóficas grecorromanas se preocupaban por alcanzar una forma de bien-estar en este mundo. Independientemente de sus diferencias, ninguno de sus adeptos creía en la existencia de un más allá en el que viviríamos eternamente, con nuestra individualidad, en compañía de nuestros seres queridos. El cristianismo introdujo la idea de que el único mundo que cuenta en verdad es el mundo del “más allá”, donde viviremos por toda la eternidad. Escuchemos, a ese propósito, lo que dice san Basilio de Cesarea en su Discurso a los jóvenes, escrito célebre en la historia de la educación cristiana. Basilio de Cesarea, preeminente clérigo del siglo IV es uno de los “Doctores de la Iglesia católica”, es decir, maestro de la fe para los fieles de todos los tiempos:

Nosotros, hijos míos, sostenemos que esta vida humana no vale absolutamente nada y de ningún modo consideramos ni calificamos de «bueno» nada que nos reporte la plena satisfacción, pero solo restringida a aquella.

Pues ni antepasados ilustres, ni fuerza física, ni belleza, ni estatura, ni los honores del mundo entero, ni la realeza misma, ni cualquier otra cosa humana que pudiera mencionarse la juzgamos importante, y ni siquiera deseable; ni tampoco nos fijamos en quienes las tienen, sino que en nuestras esperanzas vamos más lejos y todo lo hacemos en preparación de la otra vida.

Así, lo que contribuya a que la alcancemos [es decir, la otra vida], decimos que hay que quererlo y perseguirlo con todas nuestras fuerzas y lo que no se dirija a ella descartarlo como algo sin valor (A los jóvenes, II, 1-3). 6

Por otra parte, la «buena nueva» cristiana anuncia la resurrección y la inmortalidad no solo de las almas, sino también de los cuerpos singulares, de las personas como tales. A ese propósito escribe Pablo de Tarso a los cristianos de Corinto:

He aquí, os digo, un misterio: no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados [nota mía: algunos esperaban ver en vida la inminente segunda venida de Cristo, en gloria y majestad]. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: la muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15, 51-55).

Ahí donde para el sabio budista el individuo no es más que una ilusión, una agregación provisional destinada a la disolución y la falta de permanencia; ahí donde para el sabio estoico el yo está destinado a fundirse en la totalidad del cosmos, el cristianismo promete la inmortalidad de la persona singular, con cuerpo y alma.7 Es lo que se ha proclamado durante siglos al rezar el Credo“Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. ¿Con qué cuerpo renaceremos?, ¿a qué edad?, ¿qué queremos decir cuando hablamos de cuerpo espiritual, glorioso, etcétera? Son cuestiones que forman parte de los misterios de una revelación que, en este punto y según los cristianos, está fuera del alcance de nuestra razón.

6. Otra novedad del mensaje cristiano reside en el valor que se le atribuye al sufrimiento redentor. Según la visión cristiana, el Logos eterno se ha encarnado en Jesús para redimirnos del “pecado original” de Adán y Eva. La ofensa hecha a Dios era tan grande que solo Dios mismo podía lavarla con su sangre. Dice la primera epístola de San Juan:

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados” (1 Juan 4, 10).

Desde finales del siglo IV se canta solemnemente en el pregón de la Vigilia Pascual:

Nuestro Señor Jesucristo ha pagado por nosotros al Eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su Sangre, canceló la deuda del antiguo pecado. (…) Oh feliz culpa que nos mereció tan grande y glorioso Redentor”.8

Pero, para el cristiano, no basta el sufrimiento redentor de Cristo; también se necesita el sufrimiento de cada uno pues, como dice San Pablo, “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Colosenses 1, 24). ¿Y qué podría faltarle? Explican los teólogos que, para que la Pasión de Cristo me salve, es preciso que me asocie a ella prolongándola en mi vida, en mis miembros, en mi corazón y en mi carne. Debo hacerme uno con Cristo ‒es la imitación de Cristo‒, para completar en mí mismo su sacrificio por toda la humanidad.

Si para salvarnos bastaran los solos méritos de Cristo, todos nos salvaríamos y eso no sería justo. Por eso, se nos dice que para alcanzar la felicidad eterna hay que merecerla. Y para merecerla hay que saber sufrir. ¿Por qué sufrir? Porque somos pecadores, y porque Dios nos conduce a la luz a través de la cruz. Esta es la gran paradoja de una religión que sublima el sufrimiento terrenal en nombre de una felicidad futura.9

7. A los rasgos anteriormente mencionados de la novedad del mensaje cristiano añadamos el anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios10 y del Juicio final, cuando la justicia divina se cumplirá con rigor y separará radicalmente a los puros de los impuros:

Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed (…). Id, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.(Mateo 25, 31-46).

El contenido social de este mensaje es evidente y ha permanecido vivo a lo largo de siglos: el cumplimiento de la espera es revancha… y definitiva. No es un azar que el Nuevo Testamento cristiano se cierre con el libro del Apocalipsis, grandiosa y enigmática descripción del final de los tiempos que anuncia el triunfo definitivo de Cristo. Con frecuencia se dice que una situación es “apocalíptica” para significar que es catastrófica. Nada más alejado del mensaje del Apocalipsis, palabra griega que significa literalmente “revelación”. Ese apocalipsis, esa revelación, es un mensaje de consuelo dirigido a los cristianos que, a fines del siglo I, estaban siendo perseguidos duramente en tiempos del emperador Domiciano (81-96 d.C.). Y es mensaje de consuelo porque en él se revela el triunfo definitivo de Cristo y del Bien sobre el Mal, de los hijos de la luz sobre los hijos de las tinieblas. Por ello mismo, a lo largo de siglos las aspiraciones de los pobres se han nutrido no pocas veces de las profecías apocalípticas que vaticinan una prodigiosa lucha final entre los seguidores de Cristo y el Anticristo, con la subsiguiente renovación del mundo.

Concluyo condensando en tres palabras el mensaje cristiano para “aprender a vivir” una vida buena: Fe, Esperanza y Caridad. Fe en Cristo como camino, verdad y vida. Esperanza en la resurrección de los muertos y en su vida eterna. Caridad, no solo como amor a Dios sino como amor universal a los demás.

La antigua sabiduría greco-romana fue muy consciente de las trampas de la razón. Por eso, se preocupó por analizar en los tratados de Lógica cuáles eran las reglas del razonamiento correcto y cuáles eran los razonamientos falaces. Todavía hoy tenemos que estar en guardia contra los trucos de la retórica, ese “arte de convencer” que es capaz de hacernos pasar gato por liebre y que conocen muy bien los políticos populistas y los abogados penalistas. En el mundo cristiano, donde la fe prima sobre la razón, habrá que preocuparse por analizar las trampas de la fe, como lo hace Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales al exponer sus “Reglas para el discernimiento de espíritus” que buscan distinguir “lo que es propio de Dios y de sus ángeles” y “lo que es propio del ángel malo, que se forma sub angelo lucis”, en otras palabras, los engaños del demonio que toma la forma de un ángel de luz. En nombre de la Razón, el humanismo de la Modernidad será bastante ácido con las trampas de la fe cristiana como veremos en un próximo artículo.

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1 “Tras la muerte de Marco Aurelio, se considera que el estoicismo entra en decadencia. Las sucesivas crisis políticas, económicas y militares que asolan el Imperio romano durante el siglo III tienen como consecuencia una revalorización de la espiritualidad que el estoicismo no puede afrontar. Surge, entonces, el neoplatonismo, que a partir de 250 d.C. desplazará al estoicismo como principal doctrina de las élites. El giro cultural de esta época provoca que el plan de vida estoico pase a ser negativamente considerado; en esta época, esencialmente, el estoicismo ganará su fama de envarado y rígido. De igual manera, el auge del cristianismo afecta en forma negativa a todas las escuelas filosóficas helenísticas, al ser rechazadas muchas de sus enseñanzas por contrarias a la doctrina cristiana. Hacia el año 300, la única de estas capaz de objetar algo al cristianismo es el neoplatonismo, y el triunfo de aquel sentencia definitivamente al movimiento helenista en general, que formalmente concluye en el 529, cuando Justiniano cierra las escuelas filosóficas de Atenas (el Liceo, la Academia, la Stoá).” (Wikipedia, Estoicismo).

2 La filosofía grecorromana exaltaba el “conócete a ti mismo” y el “conoce la Naturaleza de la que formas parte para poder conocerte a ti mismo”. Como decía Sócrates, “una vida sin examen no merece ser vivida”. A lo que añade Virgilio en un conocido verso, “Feliz aquel que pudo conocer la causa de las cosas y puso así bajo sus pies todos sus temores y al inexorable destino” (Virgilio, Geórgicas, libro II). Por el contrario, en el cristianismo se hará el elogio de la “santa ignorancia” de quien cree con humildad (es la “fe del carbonero”). Se trata de la “santa ignorancia” opuesta al conocimiento que nos vuelve orgullosos, a esa ciencia que infla, de la que habla san Pedro Damián, cardenal y “Doctor de la Iglesia”, quien en el siglo XI escribió su obra Sobre la santa simplicidad que debe anteponerse a la ciencia que infla.

      Ese tipo de articulación entre fe y razón queda plasmado en la famosa máxima “la fe en busca de entendimiento”, método teológico enfatizado por Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, en el que uno comienza con la creencia en la fe, y sobre la base de esa fe pasa, ayudado por la razón, a una mayor comprensión de la verdad cristiana.

4 No fue el caso de la influyente doctrina del pelagianismo (que debe su nombra a Pelagio), condenada en 417 como herejía por la Iglesia católica. Negaba la existencia del pecado original, falta que habría afectado solo a Adán; por tanto, la humanidad nacía libre de culpa y una de las funciones del bautismo, limpiar ese supuesto pecado, quedaba así sin sentido. Además, defendía que la gracia no tenía ningún papel en la salvación; solo era importante obrar bien, siguiendo el ejemplo de Jesús.

   5 San Agustín, Confesiones, III, 6, 11.

6 Basilio de Cesarea, A los jóvenes: cómo sacar provecho de la literatura griega, Introducción, traducción y notas de Francisco Antonio García Romero. Madrid: Editorial Ciudad Nueva, 2011, p. 17.

7 No es solo el alma la que resucita. San Pablo lo dice claramente: “Y si el Espíritu de Aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que ha resucitado de entre los muertos, Cristo Jesús, también hará vivir vuestros cuerpos mortales a través de su Espíritu, que habita en vosotros” (Epístola a los romanos, 8, 11). Esta enseñanza la repite en el siglo II Justino, uno de los primeros apologistas del cristianismo, en su Diálogo con Trifón: “Si les sucede que se encuentran con algunos que se llaman cristianos (…) y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir son sus almas elevadas al cielo, no los tengan por cristianos.”, Justino Mártir. Diálogo con Trifón (Spanish Edition), p. 88. Edición de Kindle.

      8 Ver Wikipedia, “Felix culpa”, https://es.wikipedia.org/wiki/Felix_culpa

      9 Ver, por ejemplo, https://es.catholic.net/op/articulos/29861/cat/872/valor-del-sufrimiento.html#modal

10 “Venga a nosotros tu Reino” (Mateo 6, 10). El anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios es central en la predicación de Jesús. Más aún: “el Reino de Dios ya está en medio de vosotros” (Lucas 17, 21). Las actividades narradas de Jesús al sanar las enfermedades, expulsar los demonios, enseñar una nueva ética de vida y ofrecer una nueva esperanza en Dios al más pobre se entienden como una demostración de que el Reino de Dios está en acción. Por eso, la primitiva comunidad cristiana esperaba la inminente segunda venida de Cristo en gloria y majestad que señalaría el comienzo del fin, cuya conclusión es el Juicio final. La Iglesia católica se considera a sí misma como “el inicio sobre la Tierra” del Reino de Dios y que la plenitud de este se alcanzará después del Juicio final, cuando el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 Pedro 3, 13; Apocalipsis 21, 22).

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2021

11 Comentarios
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11 Comentarios

Humberto Sánchez Asseff 2 diciembre, 2021 - 11:31 am

Excelente, Rodolfo. Muchas gracias por difundir tus pensamientos sobre temas tan difíciles. Cuánto quisiera poder ver la expresión de tu cara cuando dices muchas de las frases que escribes. Esas expresiones, creo, me aclararían mucho lo que tratas de decir. Espero que se nos dé el tiempo y la oportunidad.

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Rodolfo Ramon De Roux 2 diciembre, 2021 - 1:35 pm

Humberto, espero que pronto me puedas ver gesticular.

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Vicente Alcala 3 diciembre, 2021 - 11:23 am

Estaremos muy pendientes de las trampas de la fe cristiana, para no quedar atrapados en ellas.
Gracias anticipadas.

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Rodolfo Ramon De Roux 3 diciembre, 2021 - 11:57 am

A practicar, pues, el discernimiento de espíritus, Ignatius dixit.

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Reynaldo+Pareja 2 diciembre, 2021 - 7:17 pm

Estimado Frater Rodolfo. Nunca paro de admirar la claridad, concisión y documentación de todo lo que has escrito. Eres verdaderamente la expresion del pensador serio, profundo, analítico capaz de hilvanar aspectos disimiles en un todo coherentey holistico. Gracias por el tiempo y la búsqueda de todos los textos que nos brindas para pintarnos un cuadro histórico de cómo evoluciono ese armazón teologico que se conviritió en los dogmas inamovibles del Catolicismo. Arrojas luz para entender, contexto para apreciar la evolucióon de dichas afirmaciones de fe que las pones en su justo marco para reflexionar y ver cuántos de esos dogmas siguen teniendo hoy validez a un razonamiento logico y bien documentado. Gracias por tu oobjetividad y riqueza de datos históricos que hacen de tu presentación una joya para la reflexión.

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Rodolfo Ramon De Roux 3 diciembre, 2021 - 4:41 am

Frater Reynaldus

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Rodolfo Ramon De Roux 3 diciembre, 2021 - 4:47 am

Te agradezco tu cariñoso comentario, expresión de tu bondad de corazón pues en lo referente a la evolución de los dogmas cristianos (tema que no abordo) tu mismo has escrito una buena síntesis en uno de tus numerosos escritos. Te deseo muchas consolaciones en tu vida bahía.

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Julio Hidalgo 3 diciembre, 2021 - 9:00 am

Gracias Rodolfo por esta síntesis de muchos de tus clases de teología

Gracias Rodolfo por iluminarnos con esta síntesis de tu visión profunda y humilde de Cristología tan necesarias para el mundo de hoy y mañana. Por favor sigue con tus comentarios para nosotros y nuestras tertulias de los exjesuitas. Esperamos contar con tigo.

–++

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Rodolfo Ramon De Roux 3 diciembre, 2021 - 9:27 am

Tengo que agradecerle a quienes me dieron clases de Teología, y muy especialmente a Carlos Bravo. Un abrazo.

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César Vallejo 20 diciembre, 2021 - 12:31 pm

Apreciado Rodolfo Ramón, voy despacio con tus brillantes artículos. Después de leer el segundo, sigo con la convicción de que la más difícil de las novedades del cristianismo, para el “buen vivir” (todas tremendamente difíciles) es aquella de que la fé ocupa el lugar de la razón (y en el mismo sentido, aquello de que la filosofía se pone al servicio de la teología). Aumenta mi curiosidad por tus artículos restantes. Un abrazo y mil gracias.

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Rodolfo Ramon De Roux 20 diciembre, 2021 - 2:39 pm

Estimado César, comparto tu dificultad. Para mí también se volvió muy problemática la subordinación de la razón a la fe. Aprecio (¿tal vez demasiado?) El uso de la razón crítica pues me parece que es un ejercicio saludable de cuestionamiento que puede ayudar a los creyentes a comprender porqué Dios no les responde, y a los no creyentes a entender porqué se sigue recurriendo a él.
Te va un abrazo.

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