Anclados en el poder

Por: Jesus Ferro Bayona
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Detrás de la pasión por el poder eterno, lo que uno encuentra en la historia humana de siempre son individuos que quieren inmortalizarse como dioses a la hora de tener las riendas del dominio sobre los demás, sin importar que la mayoría de los seres humanos sufran el castigo de la autocomplacencia del tirano que está convencido en su ebriedad de que su codicia es la fuente de la felicidad del pueblo.

Los resultados de las elecciones presidenciales del domingo pasado en Nicaragua no sorprenden a nadie. Estaban cantados, o mejor dicho sufridos, por todos los perseguidos políticos, los prisioneros, los exiliados por el régimen de la pareja Ortega-Murillo, que se atornilló, como si no lo estuviera, pero quizás ahora definitivamente en el poder por cuarta vez consecutiva. 

Si eso no es una dictadura con fachada democrática, entonces no sabe uno lo que es una democracia ni tampoco una dictadura. La eternidad en el poder es el sueño de los dictadores. Sobre Juan Vicente Gómez, dueño omnímodo de la presidencia en la Venezuela de 1908 a 1935, García Márquez escribió la metáfora cuasi inmortal de El otoño del patriarca. Solo la muerte pudo arrancarlo de la silla presidencial cuando las muchedumbres frenéticas se echaron a las calles cantando los himnos de júbilo con la música de la liberación. Porque el pueblo, con el tiempo desgastado por tres décadas suyas en el poder, se había resignado a esperar a que Dios, que todo lo puede, lo sacara del palacio presidencial camino del cementerio. En Latinoamérica se ha vuelto historia oficial el caudillismo que en algún momento hemos pensado que se había superado como anécdota con la modernización de la vida política. 

Ahí están los restos insepultos de tantos otros dictadores latinoamericanos que la literatura ha convertido en sus mejores temas novelísticos. como son el doctor Rodríguez de Francia en Yo, el supremo del escritor paraguayo Roa Bastos, la más notable entre todas las escritas sobre dictadores de la región. Pero sin que se quede atrás El señor presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, otro gran cuadro del dictador latinoamericano. Y por supuesto el larguísimo monólogo de El otoño del patriarca de García Márquez y esa otra novela grandiosa, como si se tratara de una crónica periodística resultado de una investigación detallada que Mario Vargas Llosa escribió sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo: La fiesta del chivo.

Y no es que Latinoamérica sea el lugar exclusivo en donde las dictaduras se hayan manifestado. Europa en pleno siglo XX tuvo a su Mussolini, su Hitler, al generalísimo Franco y, en el este europeo, Rusia soportó a su Stalin, Yugoeslavia a su Tito y, hasta el presente que corre, Putin logró cambiar la Constitución rusa para dejar abierta la puerta que le permita perpetuarse en el mandato hasta más allá de la mitad de la década de 2030. No es, por tanto, Latinoamérica sola el jardín de los caudillos, pero lo que sí es cierto es que el caudillismo se ha consagrado como un estigma que remite a la historia latinoamericana. 

Detrás de la pasión por el poder eterno, lo que uno encuentra en la historia humana de siempre son individuos que quieren inmortalizarse como dioses a la hora de tener las riendas del dominio sobre los demás, no importando que la mayoría de los seres humanos, que no se lo merecen, sufran el castigo de la autocomplacencia del tirano que está convencido en su ebriedad de que su codicia es la fuente de la felicidad del pueblo.

Jesús Ferro Bayona

Noviembre, 2021

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

7 Comentarios

Alfredo Cortes Daza 18 noviembre, 2021 - 6:28 am

Excelente artículo, apoyado en referencias literarias que ayudan a comprender la magnitud del poder dictatorial.

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jesús+ferro+bayona 18 noviembre, 2021 - 11:05 am

Gracias,Alfredo.

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John+Arbeláez 18 noviembre, 2021 - 10:23 am

Excelente repaso, Chucho, sobre el concepto del caudillismo latinoamericano, aunque, por la brevedad del texto, haya faltado algún personaje más cercano y actual a nuestro padecer histórico.

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Pedro Jose Benítez P 18 noviembre, 2021 - 1:00 pm

Muy buen artículo Chucho.Dejas retratados a estos personasjes que se creeen inmortales en el poder y que son los únicos que pueden salvar a sus pueblos. Tu menera de esribir adem´s es muy fluida y agradable

Pedro Benítez P

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jesús+ferro+bayona 19 noviembre, 2021 - 6:58 pm

Pedro : Siempre me ha inquietado ese deseo de inmortalidad de los dictadores, solo que en la literatura, más que en la vida real, nuestro escritores han sabido expresarlo mejor y con más fuerza.

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Eduardo Jimenez 18 noviembre, 2021 - 1:34 pm

Muy cierto,y no hay que irse a Nicaragua para tener un ejemplo. En Venezuela Chávez convocó un plebiscito para perpetuarse en el poder. Lo perdió, pero igual que sucedió por estos lados no hace mucho, desconoció el plebiscito, y promulgó la posibilidad de reelección indefinida. Veámonos en ese espejo. Saludos

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jesús+ferro+bayona 19 noviembre, 2021 - 7:05 pm

Eduardo : estoy de acuerdo contigo. Solo puse el ejemplo de algunos dictadores : los que se convirtieron en temas literarios. Pero ahí faltan Chávez, Batista, Rojas Pinilla y otros más. Pero que yo sepa, estos últimos no han tenido un escritor que los retrate como lo hizo por ejemplo, Vargas Llosa con Trujillo. O Perón, visto a través de Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.

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