Algo no anda bien en los colegios

Por: Francisco Cajiao
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Los colegios recogen a través de sus estudiantes esta amalgama de dolores que circulan. Un período como el que se vivió deja marcas que la pérdida de memoria no permite reconocer.

Apenas van dos meses de actividad este año y no dejan de surgir informes de conflictos graves en espacios escolares: una niña con graves lesiones producidas por la agresión de sus compañeros y compañeras; gente enfurecida que provoca un incendio en una sede educativa; estudiantes que se enfrentan con armas a la salida de clases; denuncias de abuso sexual por parte de profesores; pequeños grupos que amedrentan a los compañeros, amparados en fundamentalismos de moda; incremento del consumo de sustancias; familias que bloquean vías principales para exigir transporte escolar…

Solemos decir que “el tiempo vuela”, pero lo grave es que también se lleva la memoria de acontecimientos que hace muy poco fueron tan terribles que no creíamos poder superarlos. La pandemia se fue, así no más, o eso pareciera. En enero aún se discutía el retorno a la presencialidad en muchas actividades, y ya la gente regresó a conciertos, iglesias, centros comerciales, cines.

Gracias a este olvido casi inmediato de las fuertes emociones vividas (pánico, tristeza, incertidumbre, pérdidas…), se pueden recuperar fuerzas para seguir adelante y retomar lo que llamamos normalidad. Lo malo es que un período como el que se vivió deja marcas que la pérdida de memoria no permite reconocer. A los estragos de la pandemia se suman las heridas aún abiertas del conflicto armado, los caminos de sangre del narcotráfico, los desplazamientos. Y en medio de la exacerbación de un largo aislamiento, a nuestras tragedias propias sumamos las guerras raciales, los exterminios religiosos, las discriminaciones de género, las barricadas en las calles de Bogotá o de Santiago…

Es necesario identificar con cuidado lo que ocurre, pues de otra manera estaremos enterrando el propósito de tener colegios seguros y que sean territorios de paz.

Los colegios recogen a través de sus estudiantes esta amalgama de historias próximas y lejanas, de dolores que circulan y se filtran en las pantallas de la televisión, en los centenares de videos que suben y bajan por las redes sociales, y en las conversaciones que durante el largo encierro se tuvieron en la familia donde se expresan las rabias, las polarizaciones, las convicciones dogmáticas, los odios viscerales de quienes se sienten víctimas del Gobierno, de los ricos, de los pobres, de quienes protestan, de quienes reprimen.

Desde luego, también a esos espacios para la niñez y la adolescencia llegan la generosidad, el deseo de construir mundos mejores, la curiosidad y el amor por el conocimiento, la solidaridad, la amistad, los primeros amores, el deseo de superar las dificultades a partir del respeto y la tolerancia. Pero estos no son valores y actitudes que un colegio y un grupo de maestros puedan construir al margen de lo que niños, niñas y jóvenes vivan en sus familias y en sus comunidades.

De los maestros podemos y debemos esperar que sean buenos profesionales, que estén bien preparados y que ofrezcan las mejores oportunidades a todos los estudiantes, sin discriminación alguna, para que desarrollen sus capacidades y sus talentos. Pero formar personas capaces de vivir en paz, de respetar a los demás y aceptar las diferencias, de sentir que la vida implica esfuerzo, disciplina y persistencia, requiere el concurso de comunidades que transmitan esas convicciones, pues más allá de los colegios hay muchos otros factores que influyen en el comportamiento de los jóvenes.

He conversado con rectores y maestros de diversas partes, que desde final del año pasado me dicen que la pandemia parece haber afectado mucho el comportamiento de los estudiantes, que han vuelto más ansiosos, menos dispuestos a seguir reglas, más agresivos. Se han dado alertas serias desde el campo de la salud mental. Definitivamente algo está mal y es necesario identificar con cuidado lo que ocurre, pues de otra manera estaremos enterrando el propósito de tener colegios seguros y que sean territorios de paz en donde se puedan formar mejores ciudadanos.

Francisco Cajiao

Abril, 2022

1 Comentario

ARTURO ARANGO 19 abril, 2022 - 11:01 am

Pacho: estoy de acuerdo con lo expresado en este artículo que, además, te retrata como te conocí en la Compañía. Tienes razón cuando dices que la pandemia desnudó la carencia de trabajo en equipo y la solidaridad entre los centros educativos y la comunidad en la que están insertos, carencia que se suma a la desconfianza que muchos ciudadanos tienen hacia el gremio de maestros. Les exigen ser perfectos y asumir todas las responsabilidades con sus hijos, pero no los apoyan y usualmente los descalifican.
Un abrazo.

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